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Full text of "La Independencia Nacional v1"

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LA INDEPENDENCIA 
NACIONAL 



Ministerio de Educación y Cu i iura 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 
Dr. Daniel Darracq 

Ministro de Educación y Cultura 

Juan E, Pivel Devoto 
Director del Museo Histórico Nacional 

Adolbo Silva Delcado 
Director de la Biblioteca Nacional 

Abelardo García Viera 

Director Interino del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 
Vol. 145 

Francisco Bauza - José Pedro Ramírez 
Agustín de Vedia - José Espalter - Gustavo Gaiiinal 
Juan Zorrilla de San Martín - Felipe Ferré iro 

LA INDEPENDENCIA NACIONAL 
Tomo I 

Preparación y cuidado del texto a cargo del Departamento de 
Investigaciones Históricas del Museo Histórico Naaoual y de la 
Srta. Elisa Silva Cazet y de la Sra. María Angélica 
Lissardy he Monserrat. 




FRANCISCO BAUZA - JOSE P. RAMIREZ 
AGUSTIN DE VEDIA - JOSE ESPALTER - GUSTAVO GALUNAL 
JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN . FELIPE FERREIRO 



LA 



ti 



INDEPENDENCIA 
NACÍONAL 

O. 



BIBLIOTECA NACICN¿ l 
SALA D£ LECTURA ESI UDIANT'i, 



TOMO I 



MONTEVIDEO; 
1975 




PROLOGO 



I 

La nacionalidad uruguaya está prefigurada desde 
los orígenes de nuestra formación social. En las pági- 
nas de las "'Raices coloniales de la revolución oriental 
de 1811" hemos estudiado ese proceso histórico; la 
influencia preponderante para precipitar un destino 
particular y una vida propia a esta región del Plata, 
ejercida por el puerto de Montevideo, sus gobernado- 
res y cabildantes. Ya a comienzos del siglo XVII Her- 
nando de Montalvo propuso crear entre lo que habría 
de ser la gobernación de Buenos Aires y la del Para- 
guay, una tercera gobernación Atlántico-Rioplatense, 
desde la Cananea hasta el río Uruguay, El proceso de 
colonización del Uruguay se inició tardíamente impul- 
sado por los portugueses y por los jesuítas. Cuando 
la corona española intervino en él ya no era la gran 
potencia colonizadora del siglo XVL 

La fundación ds pueblos, la distribución de tierras, 
la delimitación de jurisdicciones se realizó sin orden 
ni concierto, sin noción de la realidad geográfica y 
económica de esta región del Río de la Plata. Bastará 
recordar que en el territorio jde la Banda Oriental del 
Uruguay, delimitado por grandes ríos, en el que la 
naturaleza del medio se caracteriza por rasgos que 
uniforman la geografía del país, en el que diversos 
factores parecían predisponer las cosas en favor de la 
unidad política "y administrativa, existieron, antes de 
18Íl| -ijreff jurisdicciones Allí donde, k geografía, la. 



VII ■ 



PROLOGO 



cría de ganado común a toda la región y la necesidad 
de una coherente acción gubernativa y militar para 
oponer resistencia al avance portugués, imponían y 
reclamaban un centro único de autoridad, coexistie- 
ron tres dependencias así distribuidas: el territorio de 
la jurisdicción de Montevideo, las zonas de la Banda 
Oriental comprendidas dentro de la jurisdicción de 
Buenos Aires y la región que formaba parte de la go- 
bernación de Misiones. 

Esa incoherente división tenitorial de la Banda 
Oriental, al no responder a ningún plan lógico, con- 
tribuyó a la anarquía de nuestra formación colonial. 
Llevadas al terreno, tales dependencias se expendían 
sobre las siguientes regiones: las tierras de la juris- 
dicción de Montevideo, señaladas en 1726, eran las 
comprendidas dentro de los límites formados por el 
Río de la Plata, el arroyo Cufré, las Sierras de Mal- 
donado y. al norte, por el albardón que servía "de 
camino a los faeneros" la Cuchilla Grande inferior, 
que dividía las vertientes de los ríos. En esa región 
estaban ubicados además de Montevideo, los núcleos 
de Canelones, Santa Lucía, Las Piedras, Pando y Flo- 
rida. Los campos ubicados al oeste del arroyo Cufré 

— que incluían a las poblaciones de Colonia, Poron- 
gos, San José, Soriano, Capilla de Mercedes, las Vacas, 
San Salvador — y al este de las sierras de Maldonado 
y de la Cuchilla Grande superior al sur del Río Negro 

— dentro de las cuales estaban comprendidas las po- 
blaciones de Maldonado, San Carlos, Minas, Rocha, 
Santa Teresa y Meló, fuertes y guardias de la frontera 
con Río Grande — se hallaban subordinados a la ju* 
risdicción de Buenos Aires. 

Las estancias ubicadas entre el río Uruguay, el río 
Negro 7 el Tacuarembó, con los pueblos de Paysandu, 



vm 



PROLOGO 



Salto y Belén, pertenecían a la jurisdicción de Yape- 
yu, gobernación de Misiones. En un territorio dislo- 
cado desde el punto de vista administrativo, en el que 
quedaban zonas extensas en situación confusa respecto 
de la autoridad a la que se hallaban sujetas (la región 
al oeste del lío Tacuarembó, la de entre ríos Yí y 
Negro) — tierras de nadie y semilleros de disputas - — 
se desenvolvió la vida colonial, cuyo ordenamiento, en 
esta banda del Río de la Plata, bien pronto aspiró a 
ejercer la ciudad de Montevideo. 

El rápido desarrollo de las estancias que desbordó 
los límites de su jurisdicción, las disputas por ganados 
y tierras con las autoridades de Yapeyú, la pujanza 
de sus comerciantes y hacendados* estimulada por la 
significación que adquirió el puerto de Montevideo y 
las exigencias de orden militar nacidas de las luchas 
para fijar la frontera con los portugueses, sirvieron de 
fundamento, a partir de 1768, a las distintas iniciati- 
vas promovidas desde entonces para ampliar la juris- 
dicción de Montevideo, atribuir mayor jerarquía a su 
gobierno y unificar en torno a su autoridad el territo- 
rio de la Banda Oriental. 

Las gestiones iniciadas por el Cabildo o el gobierno 
de Montevideo con tales propósitos en 1769, 1785 y 
1797 en pro de un ordenamiento administrativo, fra- 
casadas todas por distintos factores, entre los que cabe 
señalar la ignorancia de quienes decidían y la oposi- 
ción de Buenos Aires a que se le sustrajera lo que 
venía a ser su estancia en esta región, representan, en 
conjunto, el primer intento para unificar en el orden 
político y administrativo el territorio de la Banda 
Oriental. No todos los proyectos coinciden en su mo- 
tivación, en su forma y en sus alcance8 5 pero en lo 
esencial el objetivo es el mismo. 



IX 



PROLOGO 



A comienzos del siglo XIX, un observador certero 
de nuestras cosas — Miguel Lastarria — señaló como 
causa de los males que aquí se padecían "la falta de 
una autoridad central" del territorio, que propuso di- 
vidir en dos jurisdicciones: la del Uruguay, al norte 
del Río Negio y la de Montevideo. Pero importa seña- 
lar que aun cuando los proyectos difieren en detalles, 
a lo largo de todo el período colonial se percibe el 
anhelo de los dirigentes de Montevideo por extender 
«u autoridad o su esfera de influencia a las distintas 
regiones de la Banda Oriental. 

En el memorial elevado a la Corona con las preten- 
siones del Cabildo de esta ciudad, el 24 de agosto de 
1806, se insistió aun en el deseo de reunir todas las 
jurisdicciones para formar la Intendencia de Monte- 
video, por la cual bregaron estérilmente en España los 
comisionados Nicolás Herrera y José Raimundo Gue- 
rra, al tiempo que defendieron otras iniciativas para 
modificar la organización política y administrativa de 
la Banda Oiiental, con vistas a unificar todo cí terri- 
torio de e?ta margen del Plata bajo la autoridad de 
Montevideo, plaza fuerte, llave en la defensa del gran 
Río, puerto de mar que reclamaba su Consulado de 
Comercio independiente del de Buenos Aires; sede del 
apostadero de la Escuadra española hasta el Atlántico 
Sur; centro comercial, por cuyo puerto natural salían 
desde 1778 todos los frutos de la cuenca del Plata; 
ciudad que labró su destino con el trabajo y el espí- 
ritu de empresa, cuya sociedad, de hábitos sencillos, 
elevó sus condiciones de vida, levantó la casa consis- 
torial, la Iglesia Matriz, el hospital de Caridad y en- 
frentó a las invasiones inglesas con la decisión que 
sólo puede adoptar un pueblo cuando está alentado 
por un espíritu propio, . . , 



X 



PROLOGO 



El Virreinato del Río de la Plata, creado en 1776, 
no llegó a ser nunca una realidad política y adminis- 
trativa. Nació tardíamente para unificar teriitorios 
cuya existencia social y económica se había desarro- 
Hado bajo el impulso de ciudades hegemónicas como 
Montevideo y Asunción. El Virreinato no pasó de ser 
una denominación teórica. Esa es la "patria grande" 
que nunca existió, cuya fragilidad pusieron de mani- 
fiesto la lucha de los pueitos, las disputas suscitadas 
después de las invasiones inglesas y la Junta Monte- 
videana de 1808, que no hizo otia cosa que rubricar 
una escisión platense piefi^rurada desde la fundación 
de Montevideo. En ese mismo año de 1308, en que 
Elío se erigió en caudillo del puerto de Montevideo, 
en intérprete de sus comerciantes y vecinos, los Cabil- 
dantes de la ciudad, en el expediente iniciado en re- 
clamo de un Obispado que desligase esta región del 
Obispado de Buenos Aúes. habían expresado: "la pio- 
videncia tiene ya dema iradas las jurisdicciones con el 
Río de la Plata'*. 

II 

Antes de 1810 los pueblos del Uruguay buscaron 
por las vías administrativas, reformas orientadas a 
crear la capitanía de Montevideo, centro de una uni- 
dad territorial, política y económica dentro de la co- 
munidad hispánica. El puerto de Montevideo fue el 
piopulsor de esa tendencia regionalista que quiso ha- 
cer de esta banda del Río de la Plata un centro de 
unidad política, económica, militar y eclesiástica. Esa 
unidad no se alcanzó antes de 1810 bajo la éjida de 
Montevideo. No se logró por las vías administrativas. 
Se precipitó bojn el impulso de los suceso* revolucio- 



XI 



PROLOGO 



narios y en torno a la influencia aglutinante del cau- 
dillo en el éxodo de 1811, que confundió a los pobla- 
dores de todas las regiones bajo la autoridad común 
de un jefe. A partir de este momento los hijos de esta 
tierra se distinguieron por el nombre de Orientales. 
"Nunca hasta entonces — escribiría años después Lu- 
cas José Obes — se había conocido esta denominación 
ni otra que fuese capaz de establecer distinciones en- 
tre hijos de Buenos Aires y Monlevideo. Es a es — 
agregó — la obra de Artigas, Barreiro y Monterroso" 
La clase dirigente de Montevideo resistió la revo- 
lución iniciada en el medio rural, pero sin abandonar 
el ideal de la unidad política de esta región. Desde 
octubre de 1811 la "admirable alarma" del pueblo 
oriental definió su carácter independ enlista respecto 
de la Corona Española, v en el gcce de sus derechos 
primitivos enfrentó ai gobierno de Buenos Aires. Nues- 
tro movimiento emancipador dio carácter popular y 
contenido político a la revolución rioplatenge de 1310, 
proclamó la soberanía particular de los pueblos, pre- 
cipitó la formación de las provincias como unidades 
sociales para constituir la organización republicana y 
la confederación que debía surgir en los territorios del 
antiguo virreinato. No nos detendremos a exponer y 
analizai en sus detalles los fundamentos harto cono- 
cidos del ideario artiguista. Pero importa, sí, que re- 
paremos en las grandes líneas que resultan de ios he- 
chos. En su lucha con el gobierno de Buenos Aires, 
que aducía haber heredado derechos del antiguo régi- 
men para imponer su voluntad a los pueblos, la Pro- 
vincia Oiiental no reconoció otra autoridad que la de 
Artigas; buscó su unidad con las otras en un plano 
de absoluta igualdad y formó la Liga Federal para re- 
sistir al Directorio. Esa es la única patria grande que 



XII 



existió antes de. nuestra independencia definitiva. Pero 
en esa patria grande que nada tiene que ver con el 
virreinato, formada por las provincia* aitiguistas, la 
Oriental se gobernó por sí misma, sin reconocer la 
pretendida autoridad nacional del Director Supremo 
ni otra alguna, ni en las chcunstancias en que se apres- 
tó para hacer frente a la expedición española en 1815, 
ni en 1816, cuando, con sus propios recursos y el es- 
fuerzo humano de sus hijos, se lanzó a la heioica 
aventura de defender el patrimonio nacional ante la 
invasión lusitana. Todos los actos políticos, guberna- 
tivos, militares, protagonizados desde 1815 hasta 1820 
por la Provincia Oriental en la lucha con Buenos Aires 
y contra los ejércitos lusitanos, configuran, en los he- 
chos, la existencia de una voluntad soberana que go- 
bernó, administró, formó ejércitos, expidió patentes 
de corso, firmó tratados de comercio, defendió la in- 
tegridad territorial, y, al promover la caída del Di- 
rectorio y del Congreso de Tucumán, consolidó en el 
Río de la Plata el ideal Republicano. En 1820, cuando 
Artigas se alejó del escenario político y militar que 
dominó durante una década, los vínculos del Uruguay 
con las provincias del antiguo virreinato quedaron 
rotos. Señalaremos, asimismo, que bajo la dominación 
portuguesa, cada vez que los dirigentes cisplatinos 
enunciaron las condiciones a que debía ajustarse la 
unidad bajo el régimen lusitano impuesto por las cir- 
cunstancias, reclamaron la conservación de la autono- 
mía y de la unidad provincial. El proceso de esta uni- 
dad política y administrativa del territorio oriental es, 
a nuestro juicio, Un importante como el de la obten- 
ción de su soberanía e independencia. Ambos se ope- 
raron paralelamente* 



XIII 



PROLOGO 



Esa unidad territorial, de la Capitanía, Gobernación 
o Provincia, que prefiguran la nación, la buscaron tan- 
to Montevideo como Artigas, por distintos caminos \ 
bajo signos opuestos. La unidad sobre la cual ha- 
bría de consolidarse el espíritu y sentimiento nacional 
se logró y se quebró ya bajo la influencia del caudillo 
con el respaldo del pueblo, ya bajo la influencia de 
los dirigentes de Montevideo. 

III 

En 1811 cuando en el medio íural te produjo ec?c 
primer paso en favor de la unidad política alrededur 
de quien se mostró capaz de agí upar en una ^admi- 
rable alarma" a los hombres sueltos de su tieria, las 
autoridades realistas de Montevideo peisistieron por 
su lado en la idea de dar cohesión al gobierno de 
nuestro país, A Rafael Zufriategui, diputado por la 
ciudad de Montevideo ante las Cortes de Cádiz en 
1811, se le ordenó pedir "la creación de Intendencia 
o Capitanía General en esta banda*\ Desde entonces 
el antiguo anhelo por la unidad política v administra- 
tiva de la región, fue sustentado a través de iodo el 
período revolucionario, y al mismo tiempo, por do* 
fuerzas antagónicas, cada una de las cuales bregó por 
alcanzarla, pero bajo el opuesto signo político que 
una y otra representaban: la ciudad y su pueito con 
la clase culta dirigente; la campaña con el caudillo 
de las masas populares. En abril de 1813 tienen lugar 
los actos constitutivos de la Provincia Oriental» En 
uso de sus facultades soberanas los pueblos que habían 
pertenecido a las distintas jurisdicciones, borradas por 
la revolución emancipadora, celebraron el pacto de su 
unidad política al integrar la Provincia Oriental, que 



XIV 



PROLOGO 



nació proclamando vigorosamente los derechos auto- 
nómicos. "El territoiio que ocupan estos pueblos desde 
la costa oriental del Uruguay hasta la fortaleza de 
Santa Teresa, forman una sola provincia, denomi- 
nante: la Provincia Orientar', expresa el artículo oc- 
tavo de las Instrucciones del año 1813. 

La ciudad de Montevideo, dominada aún poi los 
realistas que resistían a los ejércitos revolucionario? 
no entró a formar parte de esta Provincia Onental, 
cuya organización propia, el gobierno de Buenos Ai- 
res, a su vez, se resistió admitir. No obstante, y aun- 
que desconociendo el derecho de los pueblos a darse 
por sí mismos la oiganización política que esümaian 
más conveniente para su destino común — que tal era 
lo ocurrido en la Provincia Oriental — el Directorio 
de Posadas, que no podía eludir la realidad de su exis- 
tencia, el 7 de mayo de 1814 decretó su creación, en 
uso de las facultades que creía haber heredado del 
antiguo régimen. 

Dice el decreto que "todos los pueblos de nuestro 
territorio con sus respectivas jurisdicciones, que se ha- 
llen en la Banda Oriental y Septentrional del Río de 
la Plata, formen desde hoy en adelante una de las 
Provincias Unidas con la denominación de Oriental 
del Río de la Plata", 

En medio de la disputa entre Artigas y el gobierno 
de Buenos Aires, se fue configurando la Provincia 
Oriental, con la exclusión de la ciudad de Montevideo, 
que, a raíz de la capitulación del 20 de junio de 1814, 
que puso término al gobierno hispánico, entró por eta- 
pas a formar parte de esa unidad que pareció conso- 
lidada cuando las huestes orientales, después de vencer 
a los ejércitos del Directorio en el combate de Guaya- 
bos, tomaron posesión de la plaza el 26 de febrero de 

XV 



_P_RO L OGO 

1815* La tiena oriental quedó libio cíe españoles y 
porteños y constituía una unidad social. Este proceso 
de estructuración política y administrativa, impulsado 
por un sentimiento colectivo se manifestó, además, en 
distintas resoluciones paia daile a la Piovincia Orien- 
tal jurisdicciones internas que hicieran posible un go- 
bierno nacional. 

El 5 de noviembre de 1814, Fiancisco Javiei de 
Viana, hijo del primer gobernador de Montevideo y 
natural de esta ciudad, conoced oí de la geografía del 
país, en el carácter de Ministro de Guerra del Director 
Posadas, dividió el territorio de la Provincia Oriental 
en siete departamentos militare*- Montevideo, Maldo- 
riado, Cerro Laigo, Poiongos, Colonia, Belén y Pay- 
sandú. Esta subdivisión trazada con sujeción a los 
grandes accidentes geográficos y lógica desde ese pun- 
to de vista, no llegó a hacerse efectiva. Con distinto 
criterio se llevó a cabo la organización territorial de 
la Provincia en 1816, confirmada por Ai ti gas. El te- 
rritorio de la Piovincia Oriental unificada fue dividido 
en seis departamentos, creados, no tanto en función 
de la realidad geográfica, sino respetando la influen- 
cia de los cabildos coloniales. 

Esos departamentos fueron Montevideo, Maldonado, 
Soriano, Guadalupe, San José y Colonia, ubicados to- 
dos al sur del río Negro. La dilatada y casi desierta 
extensión comprendida entre este río, el Uruguay y la 
frontera portuguesa, débilmente ligada a la región del 
Sur, tironeada por la influencia misionera que le ha- 
blaba de su origen con las poblaciones de Paysandú, 
Meló, Belén y Salto, no fue asimilada a este ordena- 
miento departamental, subsistiendo los Alcaldes en 
cada una de dichas poblaciones. 



XVI 



PROLOGO 



Pero esta unidad provincial de 1015 y 1816 se logró 
como algo frágil y precario. Montevideo, que antes de 
1810 había aspirado a realizarla, no se identificó con 
el espíritu artiguista que representaba la revolución 
desordenada y popular, por momentos anárquica, que 
impulsaba, no obstante, las grandes fórmulas democrá- 
ticas que proclamó. El peligro común pudo haber con- 
tribuido a consolidar esa unidad endeble. La invasión 
portuguesa de 1816 proporcionó ese motivo. Sin em- 
bargo, frente a la amenaza, los dirigentes de Monte- 
video pensaron primero, en evadirse de aquella asocia- 
ción política al amparo de la autoridad del Directorio 
de Buenos Aires y, fracasado este intento, no opusie- 
ron resistencia a las huestes de Lecor que, en 1817, 
ocuparon la ciudad. 

Producida la ruptura del orden provincial en 1817, 
y por espacio de diez años, asistimos a un proceso de 
integración y desintegración en el que se perfilan las 
dos tendencias antagónicas señaladas. Mientras Arti- 
gas, con los pueblos que le seguían fieles, opuso indo- 
mable resistencia en defensa de la integridad territo- 
rial, en cuya lucha se modeló definitivamente el senti- 
miento orientalista que subsistiría después de 1820 
como una llama inextinguible, Montevideo, desde 1817, 
renovó su plan de unidad que le tendría por centro, 
pero concibiéndola entonces bajo la forma de Reino 
autónomo — el Reino Cisplatino — dentro de la mo- 
narquía lusitana. Cuando se apagaron los últimos ecos 
de la resistencia artiguista pareció llegado el momento 
de incorporar a la ciudad que tenía el amparo de las 
tropas portuguesas, los territorios de la campaña. En 
1815 fue Montevideo quien se sometió de mal grado a 
los designos de la revolución caudillista. En 1820 fue- 
ron los representantes del ambiente rural los que de- 

XVII 

2 



PROLOGO 



bieron sujetarse a la ciudad que pudo entonces imponer 
su "sistema". La forma como se alcanzó esta nueva 
integración, muestra en qué grado los pueblos se consi- 
deraban aún elementos dispersos. Representantes del 
Cabildo de la capital con instrucciones para "incorpo- 
rar" a ella la campaña bajo bases que no estuvieran 
en oposición con su "sistema", celebraron en enero 
de 1821 pactos con los departamentos de Canelones, 
San José y Maldonado en los que acordaron "efectuar 
la incorporación del territorio" o "el reconocimiento 
de aquel cuerpo", mediante condiciones que evidencian 
a las claras el localismo de cada una de esas regiones. 
Bajo la aparente coherencia nacida del poder del Ca- 
pitán General de la Provincia Callos F. Lecor. durante 
el régimen cisplatino subsistió, de hecho, la dualidad 
gubernativa surgida del choque revolucionario. 

Entre 1811 y 1814 existió un centro de autoridad 
en la ciudad y otro en la campaña. Después del breve 
paréntesis de 1815-1816, la autoridad se escindió nue- 
vamente. Tal fue la situación existente desde 1817 hasta 
1820, en que Lecor extendió su dominio a todo el te- 
rritorio. Pero no de manera tan efecliva como parece- 
ría, desde que a partir de 1821 tuvo que confiar a 
Fructuoso Rivera el cargo de Comisario General de 
Campaña. 

IV 

La cruzada de 1825 reanudó la lucha por la inde- 
pendencia. Pocas cosas existen en nuestra historia tan 
definidas como el carácter orientalista de este movi- 
miento que enarboló el pabellón de la libertad, formó 
ejércitos, organizó el gobierno, contrató empréstitos y 
ganó batallas, anuló los actos de incorporación arran- 
cados a los pueblos, proclamó la independencia, orga- 



XVIII 



PROLOGO 



nizó I09 poderes del Estado y, con real sentido de las 
circunstancias, declaró también la unidad con los de- 
más pueblos del Río de la Plata. Ocioso nos parece 
detenernos en la controversia en tomo a las leyes del 
25 de agosto» 

Los actores de la revolución de 1825. en la lucha 
para arrojar del país a los usurpadores del territorio 
patrio y recobrar su independencia, no enajenaron ni 
comprometieron su soberanía por ninguna declai ación. 
El pueblo oriental conservó en 1825 todos sus dere- 
chos; su legislatura, su ejército, su administración y 
su gobierno. Los vínculos con las Provincias Unidas 
ya no existían, Razones circunstanciales de orden po- 
lítico, militar y económico pudieron impulsar a los di- 
rigentes de 1825 a proclamar la unidad, pero los he- 
chos nos dicen que cuando Rivadavia y sus agentes 
pretendieron anular el gobierno propio que la Provin- 
cia Oriental se había dado y hacer efectiva esa unidad, 
se produjo la reacción de 1827 que restauró el carác- 
ter originario del movimiento coronado en 1828 por 
la paz, que reconoció nuestra independencia del Bra- 
sil y de las Provincias Unidas, 

¿Qué querían decir los hombres de 1823 y 1825 
cuando se referían a la "antigua unión' 1 ? No aludían 
por cierto a la unidad muy relativa que había existido 
durante el período virreinaL Referíanse a la unidad de 
provincias Ubres surgida de la desintegración del Vi- 
rreinato, a la proclamada por Artigas en 1813. en la 
que cada región conservaba su independencia particu- 
lar. 

Razón le asistía a Pedro Feliciano Cavia paia ex- 
presar en el Congreso de Buenos Aires, el 30 de se- 
tiembre de 1826, fll referirse a las transacciones hechas 
por los orientales para liberarse del Brasil. "Ella [la 



XIX 



PROLOGO 



Banda Oriental], dijo, cuando no tenía que temer lo 
que ahora, fue el germen de la federación, la que ha 
dado pasos enormes en esa carrera, de que jamás re- 
trocederá y aunque no tenga un espíritu profético he 
sido vecino de allí, conozco a sus habitantes, y que 
ellos no abandonan lo que una vez han sostenido: y si 
ahora ejecuta ese paso de resignación es el ultimátum 
de los sacrificios que hace esa benemérita provincia 
por atender al objeto primario de exterminar a ese 
imperio usurpador; pero ella volverá a sus ideas, así 
que haya conseguido el objeto primario que ahora 
tiene, cual es el de su independencia, su tranquilidad 
interior; y como ha dicho muy bien la Comisión la 
seguridad debe afianzarse para descender luego a la 
libertad; ésta es la escala, que no puede menos que 
guardarse; y es el último de los sacrificios que ella 
hace. Yo no tengo el honor de ser su Representante; 
pero me lisonjeo de ser mi segunda patria; porque si 
en Buenos Aires recibí mi educación, allí mi fortuna 
me ha dado algo o al menos he adquirido estimación 
y honor", 

V 

Esta nuestra independencia que tiene como puede 
verse raíces políticas, geográficas, económicas y socia- 
les tan lejanas y diversas, suscitó desde hace muchos 
años juicios e interpretaciones de distinto carác er. 
Zorrilla de San Martín, en el discurso pronunciado el 
12 de octubre de 1902 al inaugurarse en Minas la es- 
tatua ecuestre del General Lavalleja, ensayó una inter- 
pretación sobre nuestra independencia ya enunciada 
en "Resonancias del Camino", que habría de desarro- 
llar después en "La Epopeya de Artigas". 



XX 



PROLOGO 



Refiriéndose a la influencia de Artigas en el pro- 
ceso de la nacionalidad, expresó: "El fue el primero 
que sintió la ley providencial que decretaba la existen- 
cia de una patria independiente en este territorio que 
bañan el Uruguay, el Plata y el Atlántico: una patria 
que, siendo subtropical, era al mismo tiempo atlántica. 
El fue el primero que vio con la clarividencia del que 
cierra fuertemente los ojos para ver cómo se despren- 
den los grandes ríos meridionales de las entrañas de la 
América, para venir a desembocar en el Plata, for- 
mando dos regiones distintas, dos patrias, hermanas 
pero diferentes, a ambos lados de esos ríos. El com- 
prendió, o más bien dicho, sintió en el fondo de su ser, 
cómo por una ley, no sólo sociológica sino también 
geológica y etnológica, este pedazo de suelo americano 
tenía que ser el territorio de una patria independiente. 
Porque si según las leyes sociológicas, estábamos uni- 
dos, por la lengua y las tradiciones españolas a nues- 
tros hermanos de allende el Plata, que tienen por nú- 
cleo geológico el levantamiento de los Andes, según 
las leyes étnicas pertenecíamos a la formación atlán- 
tica del Brasil. Y si éstas nos unían a las antiguas po- 
sesiones portuguesas, de ellas nos separaban, no sólo 
las tradiciones de lengua y costumbres, no sólo la ri- 
validad secular de los dos pueblos descubridores, sino 
también nuestra posición geográfica, que nos separa 
de los dominios del trópico y nos marca como el nú- 
cleo inconmovible de los pueblos atlánticos subtropi- 
cales de la América Meridional". "Si así como los 
orientales, señores, amamos fieramente nuestra inde- 
pendencia, dejáramos de amarla algún día. tendríamos 
que sobrellevarla. Seríamos independientes con nues- 
tra voluntad, sin nuestra voluntad y aun contra nues- 
tra voluntad. Y el oriental que renegara de la inde- 



XXI 



PROLOGO 



pendencia de su patria, iría a ocupar el sitio más ló- 
brego del infierno del Dante: aquél en que residen los 
que "non han speranza di morte", los que no tienen 
ni la esperanza de morir. Así sintió a nuestra patria el 
viejo Artigas: recibió una revelación de lo alto; oyó 
y cumplió un decreto de Dios"* 

En el ensayo consagrado a comentar la "Historia 
Constitucional de Venezuela'* de José Gil Fortoul, D. 
Miguel de Unamuno destacó la influencia de las ciu- 
dades hegemónicas y de los factores económicos en la 
formación de las nacionalidades americanas y, al pa- 
sar, sé refirió a la interpretación expuesta por Zorrilla 
al pie de la estatua de Lavalleja. Dice Unamuno: "La 
Historia nos explica cómo la Banda Oriental del Uru- 
guay se hizo una nación independiente y no se hizo tal 
Entre Ríos; pero la historia no nos pone muy en claro 
la razón íntima de eso. Un oarlyliano, uno que rinda 
culto a los héroes, podrá explicarlo por la superioridad 
de tal caudillo sobre el otro, y asegurar que el Uru- 
guay fue obra de Artigas y el Paraguay del doctor 
R. Francia; pero siempre habrá muchas gentes que no 
se satisfarán con tal explicación. Otros acudirán a ra- 
zones de geografía, de clima y de suelo; pero tampoco 
tales razones convencen siempre. Soy de los que rinden 
más sincero homenaje de admiración y simpatía al ta- 
lento brillante y a la imaginación cálida y a la par que 
fresca, dos cosas que en la imaginación no se excluyen 
del gran poeta Zorrilla de San Martín; pero no me 
pueden convencer de aquellos ingeniosos y patrióticos 
esfuerzos que hizo en su discurso al inaugurarse la es- 
tatua ecuestre del general Lavalleja, para demostrarnos 
que el Uruguay tiene que ser una nación independiente 
con la voluntad* &in la voluntad y hasta contra la vo- 

XXII 



PROLOGO 



lurltad de los orientales, por ser una patria subtropical 
y atlántica". 

Sintetizando su opinión expresa Unamuno: "el ha- 
berse hecho la Banda Oriental una nación indepen- 
diente, se debe más que a Artigas o a Lavalleja y a 
los Treinta y Tres, y más que a ser ella subtropical y 
atlántica, a Montevideo. Montevideo hizo al Uruguay, 
porque Montevideo, con su puerto en el Atlántico y 
a la boca del Plata no dependía para su vida econó- 
mica y social de Buenos Aires". Ambas opiniones 
exaltan en particular, una, la influencia del caudillo, 
la otra, la importancia y proyección económica de 
Montevideo. Leopoldo Lugones que soñó con una Ar- 
gentina imperial, emitió una opinión certera sobre los 
factores predisponentes de nuestra independencia. "La 
intermediación del Plata facilitó el separatismo de la 
Provincia Oriental, hecho inevitable que Artigas no 
causó, porque nunca un hombre sólo llega a fundar 
una nación, sino que se limitó a encarnarlo como cau- 
dillo". 

"Así, el separatismo de la Provincia Oriental, era 
una fatalidad histórica determinada por la situación 
geográfica al otro lado del río inmenso; porque si las 
aguas fluviales constituyen regularmente un vínculo 
entre las riberas, desunen también, cuando la dificul- 
tad de comunicaciones imposibilita la constancia y la 
efectividad de ese mismo vínculo. . ," 

. . . "La Provincia Oriental constituía una verdadera 
nación desde que se emancipó, — agrega — puesto 
que había nacido dotada con el elemento esencial, en 
su capital marítimo, y naturalmente separada de la 
nuestra por el río". . . 

Sí, sin duda, la geografía hizo su parte. Pero el 
Uruguay no es un don del puerto de Montevideo, en 



XXIII 



PROLOGO 



grado exclusivo, ni de la ganadería, que volcó en él 
los frutos de las corambres, ni de los grandes ríos que 
separan territorios, ni del caudillo, seguido de su pue- 
blo desde 181L ni de la ruptura decretada por los jun- 
tistas montevideanos de 1808» Es una resultante de 
todos esos factores, del desarrollo de nuestra vida co- 
lonial que engendró un fuerte sentimiento regional, de 
la endeble unidad del Virreinato del Río de la Plata, 
del carácter particular de nuestra revolución que tuvo 
por escenario un territorio delimitado por esos grandes 
ríos, de la lucha de Artigas con Buenos Aires, que es 
la lucha de un pueblo libre contra la oligarquía na- 
ciente, y de la resistencia que los orientales librados a 
sus propias fuerzas opusieron a la invasión portuguesa, 
que contribuyó a romper los débiles vínculos que li- 
gaban nuestro país a la unidad platense y a enardecer 
aquel sentimiento regional; de la significación que ad- 
quirió después de la independencia del Brasil el pro- 
blema de la navegación de los ríos, del desarrollo de 
la revolución de 1825, durante la cual se suscitó de 
nuevo el choque entre la independencia particular de 
la provincia oriental que enraizaba con el federalismo 
artiguista, y el presidencialismo centralista de Rivada* 
via, reminiscencia del Directorio derrocado en 1820; 
de la influencia decisiva ejercida por los episodios mi- 
litares (Las Piedras, Guayabos, Rincón, Sarandí, Itu- 
zaingó, Misiones) que vigorizaron el arrogante espí- 
ritu del pueblo oriental; de los actos de organización 
institucional y su influencia en el fortalecimiento de 
una conciencia orientalista y. finalmente, de la gravi- 
tación de la diplomacia británica cuyos intereses re- 
sultaron coincidentes con los sentimientos y la volun- 
tad del pueblo y de los dirigentes que hicieron la re- 
volución emancipadora. No era pues la nuestra, no, 



XXIV 



PROLOGO 



en 1828, una sociedad improvisada, porque por dis- 
tintos senderos el pueblo oriental había buscado su 
destino propio. Ese anhelo constituía el rasgo común 
de nuestra historia. 

Francisco Bauzá precisó en 1894 con admirable cla- 
ridad los rasgos de esta etapa final del proceso de 
nuestra independencia: "El general Lavalleja — dice — 
personifica la ultima evolución de nuestro tránsito a 
la libertad, evolución original que burla hasta las mis- 
mas previsiones de su iniciador, dislocando el equili- 
brio sudamericano de entonces, para dar existencia a 
una entidad nueva, cuya capacidad moral y legal para 
la vida independiente fue desde luego indestructible. 
Porque cuando en pos de aquel estrépito de armas y 
discusiones que había ensangrentado los campos y atro- 
nado el espacio, surgió potente y severa la Constitución 
de 1830, no había triunfado solamente Lavalleja, sino 
triunfaron todas las aspiraciones y los ideales, sin ex- 
cluir el esfuerzo salvaje del charrúa en defensa del 
suelo de la patria, ni la resistencia cívica de los Ca- 
bildos para dar formas regulares al gobierno, ni el 
grito de la primera Junta revolucionaria de América 
reunida en 1808 en Montevideo, ni la guerra de Arti- 
gas, todavía más grande por la pavorosa magnitud de 
sus derrotas que por el brillo de sus victorias inmor- 
tales. Mientras el general Lavalleja peleaba y vencía 
con sus compañeros, los legisladores y los estadistas 
uruguayos elaboraban paralelamente la organización 
institucional destinada a completar las victorias del 
héroe* Debido a ese doble trabajo, la Cruzada de los 
Treinta y Tres no fue un movimiento militar sino el 
alzamiento de un pueblo que sancionaba sus derechos 
en la ley y los afirmaba en el campo de batalla, sin que 
tuviera el empleo de las armas otro designio que do- 



XXV 



PROLOGO 



blegar la resistencia de sus dominadores. Por eso es 
que al triunfo militar del caudillo, no se siguió su 
triunfo personal, sino la victoria de las instituciones 
libres cuya suerte, a pesar de los vaivenes del tiempo, 
quedó desde entonces irrevocablemente fijada". 

u Desde aquel día en que nos presentamos al mundo 
con el código escrito de nuestras libertades, fuimos 
una Nación y no solamente lo fuimos porque así re- 
zase en una hoja de papel deleznable, sino porque lo 
demostramos en la guerra y en la paz, dentro y fuera 
del territorio nacional, durante medio siglo de la prue- 
ba en que pusimos a concurso todas las energías para 
someter y encauzar nuestros propios ímpetus desorde- 
nados. Tal es el significado que tiene la Cruzada de 
los Treinta y Tres como coronamiento de la obra de 
nuestra independencia". 

VI 

Nuestra independencia, declarada solemnemente por 
la Asamblea de la Florida el 25 de agosto de 1825, 
fue reconocida jurídicamente poi el Imperio del Brasil 
y por las Provincias Unidas del Río de la Piala me- 
diante la Convención Preliminar de Paz suscrita en 
Río de Janeiro el 27 de agosto de 1828, cuyas ratifi- 
caciones se canjearon en Montevideo el 4 de octubre 
del mismo año. Inglaterra empeñó sus buenos oficios 
para acercar a las partes en lucha, pero, repitámoslo 
una vez más; no fue garantía de nuestra independen- 
cia, ni nos impuso una solución. Sus puntos de vista 
coincidieron con la voluntad libremente manifestada 
por el pueblo oriental para constituirse en nación so- 
berana. Ahora se pretende magnificar y aun desnatu- 
ralizar el carácter de la mediación inglesa en la paz 

XXVI 



PROLOGO 



de 1828 y en el reconocimiento de nuestra independen- 
cia. 

Es notorio el preponderante papel ejercido por In- 
glaterra desde 1808 hasta 1816 en la emancipación del 
Río de la Plata, así como el de Estados Unidos en el 
Pacífico. En consecuencia ¿sería cuerdo aseverar que 
las Provincias Unidas y Chile dehieron su independen- 
cia a los buenos oficios de Lord Strangford o del cón- 
sul Poinsett? Tampoco podría sostenerse que el surgi- 
miento del Imperio del Brasil en 1822, al que se llegó 
gradualmente, fue obra de los agentes de Londres que 
alentaron ese proceso y mediaron en el reconocimiento 
de la soberanía brasileña en 1825. 

La política británica anterior y posterior a 1810, la 
invasión de Napoleón a España, los errores tremendos 
de Fernando VII en 1814 y en 1823 fueron tan sólo 
factores coadyuvantes que se agregaron al variado con- 
junto de causas que prepararon y decidieron el nací- 
miento de las Repúblicas hispanoamericanas. ¿Existió 
acaso en América algún movimiento revolución ai i o en 
cuya gestación y desarrollo no se advierte la influencia 
de factores externos? 

Desde mediados del siglo XVIII Inglaterra observó 
una obstinada política para destruir el Imperio Espa- 
ñol en Indias e impulsar hacia la independencia a las 
regiones que lo formaban. La insurrección continental 
se precipitó por la crisis dinástica de 1808. En la etapa 
inicial la revolución no tuvo carácter separatista. La 
diplomacia británica estimuló arteramente ese designio 
que se manifestó después. La actitud de Fernando VII 
en 1814, al restaurar el absolutismo, fortaleció sin pro- 
ponérselo el ideal de la independencia ya en marcha. 
Cierto es cuanto expresamos. Sin embargo, sería sim- 
plista afirmar que a la diplomacia británira, a Ñapo- 



XXVII 



PROLOGO 



león I y a Fernando VII deben su independencia los 
pueblos de América, en 1810 aún leales a la Corona 
española. 

El Uruguay no debe su independencia a la magna- 
nimidad del gobierno de Dorrego o al Emperador Pe- 
dro I. Los países signatarios de la Convención la fir- 
maron a desgano. Con ánimo de anular sus efectos 
cuanto antes se lo permitieran las circunstancias. Ni 
Dorrego ni Pedro I aceptaron de buen grado el reco- 
nocimiento de la independencia uruguaya, reconoci- 
miento que el texto de la Convención estatuye de ma- 
nera imperfecta y deliberadamente confusa. En los ar- 
tículos primero y segundo de la Convención, el Impe- 
rio del Brasil y las Provincias Unidas del Fío de la 
Plata, cada uno por su parte, "declaraba" y "concor- 
daba en declarar" separadamente la independencia de 
la Provincia Cispl atina o de Montevideo. En esos ar- 
tículos iniciales» se omitía toda referencia a la voluntad 
de los orientales que era la que había impuesto la in- 
dependencia. El observador que ignorase los aconte- 
cimientos ocurridos desde 1825 y examinara la letra 
fría de la Convención de 1828, podría pensar que la 
independencia del Uruguay era el fruto de una conce- 
sión graciable del Emperador Pedro I y del Goberna- 
dor Manuel Dorrego. La Convención omitió expresar 
que la independencia que ella reconocía consagraba la 
voluntad del pueblo oriental Esa omisión, que desco- 
nocía el valor de los hechos, contribuve a explicar la 
opinión sustentada por Juan Carlos Gómez en 1879, 
a la que nos referiremos oportunamente. La omisión 
deliberada, entrañaba, además, un peligro: facilitaba 
los planes ulteriores de los signatarios cuando se pro- 
pusieran suprimir de hecho esa independencia que apa- 
recían concediéndonos y que de mal grado se habían 

XXVIII 



PROLOGO 



visto obligados a aceptar bajo la piesión de las cir- 
cunstancias. Los países signatarios de la Convención 
de Paz de 1828, por los artículos 3, 10 y 11, se reser- 
varon ejercer una tutela sobre el nuevo Estado, me- 
diante la declaración del propósito que los animaba de 
protegerlo. Se establece que ambas partes se obliga- 
ban a defender la independencia e integridad del nue- 
vo Estado por el tiempo y foTma que se ajustaría en 
el Tratado Definitivo de Paz. En consecuencia, si antes 
de jurada la Constitución y durante los cinco años 
que trancurriesen desde la fecha en que fuera puesta en 
vigencia, la tranquilidad y seguridad de la República 
resultaran perturbadas por la guerra civil, las partes 
contratantes prestarían al gobierno legal el auxilio ne- 
cesario para la conservación y restablecimiento del or- 
den, exclusivamente: "Pasado el plazo expresado — 
que sería de cinco años — cesará toda la protección 
que por este artículo se promete al gobierno legal de 
la Provincia de Montevideo; y la misma quedará con- 
siderada en estado de perfecta y absoluta independen- 
cia'\ 

El Tratado Definitivo de Paz por el cual se comple- 
taría el instrumento preliminar de 1828, debía cele- 
brarse entre los países signatarios del mismo y, según 
se deduce del artículo 18, sería ajustado antes de que 
transcurrieran los cinco años de protección a contarse 
desde la fecha en que fuera puesta en vigencia la Cons- 
titución. Si nos remitimos a los hechos, el Tratado 
Definitivo de Paz debió suscribirse antes del 18 de 
julio de 1835. En dicho Tratado Definitivo de Paz 
se estipularía el modo y tiempo en que el Impe- 
rio del Brasil y las Provincias Unidas quedaban 
obligados a defender nuestra independencia y las con- 
diciones en que se haría la navegación del Río de la 



XXIX 



PROLOGO 



Plata y de todos los ríos que desaguan en él- En la 
Convención Preliminar no se dice de manera expresa 
si el Estado Oriental, cuya independencia era recono- 
cida, tendría derecho a intervenir en la negociación y 
firma del Tratado Definitivo. 

Para el Imperio el reconocimiento de la independen- 
cia oriental fue una solución transitoria. u Kra forzoso 
en el momento, principalmente ante la amenaza inglesa 
adversaria de la política platense de Don Juan VI y 
del Imperio, que éste cediera. Ceder, entre tanto, sin 
perder de vista eventualidades supervinientes. Reservar 
el futuro, por tanto"', ha escrito con acierto Juan P. 
Calógeras. El cumplimiento de lo estipulado, sin una 
potencia que garantizara su estricta observancia, queda- 
ba sujeto a la buena fe de las partes signatarias. Las 
intenciones de recuperación territorial evidenciadas 
por el Imperio en 1830 en oportunidad de la misión 
confiada al Marqués de Santo Amaro revelarían bien 
pronto en qué grado estaba dispuesto a respetarnos 
como país soberano. La convención de 1828, que re- 
conoció con reticencias nuestra independencia, nos im. 
ponía limitaciones y ataduras que obstaban, por lo 
menos hasta 1835, para que ejerciéramos plenamente 
nuestros derechos soberanos. 

VII 

En la Asamblea de la Florida que declaró la inde- 
pendencia en 1825 no estuvieron representados todos 
los pueblos de la Provincia. 

Cuando se ratificó la paz de 1828, dos centros de 
poder existían en el territorio oriental: el de Monte- 
video, vestigio de lo que había sido el poder de la Cis- 
platina y el del gobierno patriota que controlaba todo 

XXX 



PROLOGO 



el pai9. Durante los veinte años de lucha por la inde- 
pendencia en que la unidad política del pueblo oriental 
se logró para deshacerse luego > recomponerse des- 
pués, una y otra vez, ya bajo la influencia de los cau- 
dillos campesinos o por el poder hegemónico de la ciu- 
dad, se había ido modelando un sentimiento nacional, 
sentimiento que no pudo apagar el fuego de profundos 
antagonismos nacidos durante la revolución, antago- 
nismos que eran un reflejo de la distinta manera de 
concebir la patria. La ciudad de Montevideo la conce- 
bía sin mengua de aquel espíritu de puerto que puede 
contribuir a explicar el convenio de 1319 por el que 
permutó las tierras comprendidas entre el Cuareim y 
el Arapey por el faro de la isla de Flores, con espíritu 
de autoridad unitaria y centralista. 

Los caudillos y los pueblos de la campaña que con- 
quistaron la independencia, la sentían bajo el imperio 
de un vigoroso instinto regional que los ligaba a la 
tierra, a la que identificaban con el ejercicio de la li- 
bertad sin restricciones. b£ Los celos de los pueblos con 
la Capital, son bien conocidos antes de ahora", ex- 
presó en 1829 Lázaro Gadea al oponerse al proyecto 
por el que se daba al país el nombre de Estado de 
Montevideo. Miguel Barreiro hizo oír su voz que traía 
acentos de la Patria Vieja, para manifestar: "Creo 
— dijo — que el nombre de Oriental, que ha tenido 
hasta ahora la Provincia, es el que debe conservarse 
porque cualquiera de las razones que se han expuesto 
en oposición no pueden pesar con la de que sus gue- 
rreros han llevado siempre este nombre"'. 

Los orientales y los montevideanos — de la Provin- 
cia Oriental y del Estado de Montevideo o Cisplati- 
no — habían buscado, por distintos caminos y proce- 
dimientos, un mismo fin: la unificación territorial y 



XXXI 



PROLOGO 



la organización política. Y habían coincidido en la 
reivindicación de los pueblos de Misiones usurpados 
en 1801, propósito enunciado en 1813 al constituirse 
la Provincia Oriental y reiterado en 1821 cuando ésta 
pactó su incorporación al Reino Unido de Portugal, 
Brasil y Algarves. 

Pero ni el nombre que a partir de 1830 a todos ex- 
tendía la gloria de hechos memorables, ni el anhelo 
de unidad que animó a los constituyentes, ni el carác- 
ter centralista de la Carta de 1830 producirían la in- 
mediata cohesión política y social de la República. Ni 
la unidad política se alcanzaría por milagro de la Cons- 
titución, ni la independencia del país quedaría en los 
hechos consolidada por haber sido declarada en 1825, 
reconocida jurídicamente en 1828 y ratificada solem- 
nemente en la carta de 1830, 

Ambas cosas, unidad e independencia consolidada, 
se alcanzarán a lo largo del siglo XIX en un intenso 
y heroico proceso social y político que es nuestra ter- 
cera epopeya nacionaL 

VIII 

Librada a sus propios medios, expuesta a las con- 
tingencias resultantes de la vida de los países limítro- 
fes, — que se traduciría en la conmixtión de los ban- 
dos y de las tendencias políticas del Río de la Plata — 
frágil y pequeña para mantener su neutralidad y equi- 
distancia entre las potencias que no la habían reco- 
nocido de buen grado, la nacionalidad oriental supe- 
raría todas esas alternativas, demostrando con su capa- 
cidad de supervivencia que no era fruto de una con- 
cesión graciable ni de las combinaciones artificiales 
de las cancillerías. 



XXXII 



PROLOGO 



Renovados esíuei/os debió realizar el país después 
de 1830 para sobrevivir a todas las acechanzas que 
amenazaron su independencia, antes de lograr su de- 
finitiva consolidación. Las intervenciones extranjeras 
bajo diversas formas* los desmayos que los fracasos po- 
líticos y la incertidumbre produjo en la voluntad de 
los hombres, sugiriendo soluciones basadas en protec- 
torados, garantías conjuntas o neutralización interna- 
cional, que se suceden paralelamente a los esfuerzos 
para negociar la delimitación de las fronteras y con 
las luchas para unificar política y socialmente el país 
y formar su conciencia histórica, constituyen los as- 
pectos mas importantes de la evolución del Uruguay 
hasta fines del siglo XIX. 

Ese proceso operado después de 1830 es realmente 
apasionante. La nacionalidad fue sometida a todas las 
pruebas. El genio inquieto de nuestros caudillos bus- 
caba alianzas en el litoral para asegurarse contra Bue- 
nos Aiies o en Río Grande para equilibrar la influen- 
cia del Imperio. 

En 1834 la cancillería abogó con intrepidez por la 
derogación de la Convención Preliminar de 1828. El 
Uruguay subsistiría como Estado independiente por 
su voluntad de seilo. En 1835 inició ante España las 
gestiones para obtener el reconocimiento de esa inde- 
pendencia y se rehusó a firmar con Inglaterra un tra- 
tado de Comercio, contrario a nuestros intereses. Pro- 
ducido en 1836 el choque de los bandos que dieron 
origen a los partidos tradicionales, en el dilatado pe- 
ríodo que se prolonga hasta 1851, la independencia 
del país se vio expuesta a las contingencias de una lu- 
cha en la que se entrelazaron nuestros problemas inter- 
nos con el proceso de la unidad argentina, de la esci- 

XXXIII 

i 



PROLOGO 



sión riograndense y de los intentos de penetración eu- 
ropea en el Río de la Plata. El país se dividió una vez 
más en dos; dos gobiernos rigieron su destino cada 
lino, invocando la misma Constitución de 1830; en 
1839 Francisco Joaquín Muñoz pensó en un protecto- 
rado como el de las islas Jónicas, la Defensa de Mon- 
tevideo se apoyó en las intervenciones europeas y bus- 
có la alianza del Brasil para combatir a Rosas porque 
veía en él a un enemigo de nuestra independencia. 
Oribe, aliado de Rosas, resistió las intervenciones eu- 
ropeas que desconocían la soberanía del país y defen- 
dió nuestra frontera de la expansión imperial. Cada 
uno de los bandos en lucha acusó al otro de traidor 
a la patria. Ambos la defendieron a su modo; cada uno 
con las alianzas impuestas por las circunstancias histó- 
ricas. La guerra grande fue una prueba de fuego para 
la independencia nacional, en la que ésta no sucumbió. 

La fusión a que se apeló después de 1851 tuvo por 
objeto consolidar la unidad política del país, el orden 
institucional y la soberanía de la República. Algunos 
dirigentes de la clase doctoral creyeron que la salva- 
guardia de nuestra independencia y del orden jurídico 
estaba en el Tratado de Alianza Perpetua suscrito con 
Brasil en 1851. Andrés Lamas fue su más decidido 
defensor. Todos los antecedentes históricos eran con- 
trarios a esa idea. La tradición rioplatense y en par- 
ticular la oriental, era antilusitana y antibrasileña. Ber- 
nardo P. Berro creía peligroso en 1853 confiarse a la 
garantía de un solo Estado. Propuso la garantía con- 
junta de varios: de los signatarios de la paz de 1828, 
de Francia, Inglaterra, España, Estados Unidos, es de- 
cir la garantía colectiva. Fueron estas soluciones in- 
ternacionales para preservar nuestra soberanía amena- 
zada por los vecinos, a las que se apeló o propuso re- 



XXXIV 



PROLOGO 



curiir en la década del 50 — iniciada precisamente 
con el proyecto disparatado de Sarmiento expuesto en 
"Argirópolis", de unidad piálense con capital en Mar- 
tín García, que suscitó en nuestro país una enérgica 
reacción popular, exteriorizada a través de un Mani- 
fiesto. Vale la pena hacer referencia a este episodio 
olvidado que originó en nuestro país una reacción co- 
lectiva para refutar a Sarmiento. "Es el caso — dice 
el Manifiesto a que nos referimos — que se requiere, 
se exige que la República Oriental, reconocida como 
nación soberana y constituida, se desnude de su na- 
cionalidad, borre su nombre, su nombre escrito con 
gloria y de un modo indeleble en el gran libro de las 
naciones, rompa su código político, abandone sus in- 
tereses más vitales, aje su soberanía y se presente así. 
desnuda, sin nombre, y por cierto degradada, en la 
Isla de Martín García, golpeando la puerta de un Con- 
greso constituyente extranjero, pidiendo ser admitida 
en su seno, para tomar otro nombre subalterno, y so- 
meterse a un mandato recibiendo otra ley que allí le 
dicten". 

"Abstenémonos de comentarios: — prosigue el Ma- 
nifiesto — ni una sola palabra sobre este cuadro me- 
rece que digamos: solamente pedimos a nuestros con- 
ciudadanos que respondan libremente con su concien- 
cia; y con la misma, que respondan del mismo modo, 
todos los hombres libres del mundo, que tengan un 
nombre y una patria. Esta será la respuesta elocuente 
y lógica que opondremos a ese pensamiento". 

"Diremos algo más: es un pensamiento insidioso 
porque es una semilla venenosa, largada por esta vez 
con descaro y de un modo público en el terreno de 
nuestra nacionalidad, para que influyendo en los áni- 
mos agitados y desalentados de los habitantes de un 



XXXV 



PROLOGO 



país como el nuestro, tan larga y Ijái bar ámente azo- 
tado por una revolución sin horizonte, germine y brote 
de ella la disolución de todos los principios de unidad 
nacional; rompa todos los vínculos sociales, ahogue 
cuanto hay de digno y noble en ese sublime sentimien- 
to de nacionalismo, que es el escudo poderoso de nues- 
tra soberana independencia". 

"Ya es larde: no es a la República Oriental a quien 
se pueden dirigir semejantes tiros con impunidad; por- 
que se levantaría como un solo hombre la voz varonil 
y poderosa de todos sus hijos para lanzar un grito de 
repulsión enérgica. 

La República Oriental del Uiuguay ha inscrito su 
nombre en el catálogo de las naciones para siempre; 
tomó a Dios por testigo, y Dios lo ha aprobado y ben- 
decido; ya de antemano la había misteriosamente se- 
ñalado con esa gigantesca y única montaña que lla- 
man Cerro: lo que ha sufrido y sufre son las pruebas 
que sufre el acero del más alto temple. 

No es de las dimensiones de este artículo y del ob- 
jeto, detenemos en rebatir las argucias del autor del 
folleto, sobre la denominada incorporación: nos redu- 
cimos solamente por ahora a protestar. Invítesenos si 
se quiere a la discusión y al momento nos presentare- 
mos en la arena, y con anticipación lo decimos, con el 
sentimiento de la seguridad del triunfo, por el lado que 
se ventile; ya sea por el de las conveniencias como por 
el del derecho. Esto sentado, nos limitaremos a formu- 
lar la siguiente: 

PROTESTA 

Declaramos — agrega — que el pensamiento polí- 
tico que se desenvuelve en esa obra, y que, como un 
corolario, se resume en la palabra ^Argirópolis" es 



XXXVI 



PROLOGO 



incompatible con la soberanía, libertad, independencia 
e intereses de la República Oiiental del Uruguay, cuya 
creación debe ser respetada tan solemnemente por el 
mundo entero, como fue solemne y a la faz del mundo 
la proclamación que se hizo de su soberanía e inde- 
pendencia: que debe sei eterna e indestructible como 
es eterna la voluntad de Dios e indestructible la con- 
ciencia nacional. Que es incompatible también obser- 
vada por el lado de las más altas conveniencias na- 
cionales y por el de los peligros que puedan compro- 
meter su existencia o estabilidad. 

Lo calificamos: refiriéndonos a esa concurrencia 
que se requiere de la República Oriental en el proyec- 
tado congreso, como solución de las dificultades que 
nos embarazan, etc., de insidioso, desorganizador, y 
descaradamente alentador a nuestra consagrada Sobe- 
ranía e Independencia. 

Lo rechazamos: — concluye el Manifiesto — con 
toda la indignación de que es susceptible una naciona- 
lidad ultrajada y herida en su coiazón: lo rechazamos 
con nuestra entera voluntad, expresada ahora, siempre, 
y en todas partes, con los esfuerzos de nuestra inteli- 
gencia, y si es necesario, con el poder de nuestros bra- 
zos y el holocausto de nuestras vidas y fortunas; lo 
rechazamos, por fin, en nuestro nombre y en el de 
nuestros descendientes'\ 

En 1357, durante la guerra de secesión entre Ur- 
quiza y Buenos Aires, los dirigentes del antiguo unita- 
rismo, Mitre, Alsina, Vélez Sarsfield, Sarmiento, co- 
mo recurso de circunstancias, lanzaron la idea de un 
Estado del Río de la Plata que sedujo a Juan Carlos 
Gómez. Ya se habían experimentado todos los males 
de la alianza perpetua con el Imperio. Lamas firmó en 
1859 con el Brasil y la Confederación Argentina, en 



XXXVII 



PROLOGO 



nombre de nuestro país, el Tratado de Neutralización 
— nueva fórmula a la que se apeló entonces para 
preservarnos de intromisiones extrañas — . Hemos sido, 
apunta Lamas cuando se refiere a nuestras guerras ci- 
viles, un satélite en la vida de nuestros vecinos. El 
Tratado de Neutralización fue rechazado por el Parla- 
mento uruguayo porque era limitativo de la soberanía 
oriental. La soberanía nacional, fue puesta a prueba 
una vez más en 1864 por la intromisión del Brasil en las 
luchas internas del Uruguay. 

Y bien, de esa contienda salieron configurados para 
siempre los partidos históricos, con sus caudillos fun- 
dadores, sus divisas y sus lemas, sus doctrinarios y sus 
héroes. El ideal generoso de la fusión para garantizar 
el orden institucional, había sido superado por la rea- 
lidad de dos partidos identificados con el país: los 
hechos también iban demostrando que. ni las alianzas 
perpetuas ni las garantías conjuntas, ni las neutraliza- 
ciones, eran más eficaces que la capacidad v la volun- 
tad del país para sobrevivir a todos los contratiempos. 
Contratiempos derivados de la animosidad de los Es- 
tados vecinos. — que fueron nuestros enemigos, — de 
las reclamaciones impertinentes de las naciones euro- 
peas y de las conmociones producidas entre 1856 y 
1865 por el proceso de gestación de los partidos tra- 
dicionales. 

El último tercio del siglo XIX está señalado por dos 
fenómenos esenciales: I o la consolidación del concepto 
de la autoridad y del ideal de la independencia nacio- 
nal la unidad política y administrativa del país y la 
formación de su conciencia histórica; 2° la consecu- 
ción de los principios esenciales que permitirían lo- 
grar la convivencia de los partidos y la libertad polí- 
tica, en las fórmulas concertadas en 1397 v 1898 El 



XXXVIII 



PROLOGO 



militarismo que sucedió a] caudillismo decadente ins- 
tauró la autoridad, promulgó los códigos, unificó ad- 
ministrativamente el país, le dio su definitiva configu- 
ración interna con las subdivisiones territoriales que 
perduran hasta hoy; en su tránsito fugaz por nuestra 
historia no impuso el servicio militar obligatorio ni 
pidió a ningún hombre de pluma que sustentara la doc- 
trina del poder absoluto. Influido por la prédica doc- 
trinaria del principismo cedió el paso al civilismo 
cuando más fuerte era su poder material y el civilismo 
completó entonces el proceso de nuestra organización 
republicana y democrática. 

La unidad del país, la instauración del poder, la 
consolidación de la soberanía nacional, fueron acom- 
pañadas, dijimos, de la formación de una conciencia 
histórica. 

En 1879 fue inaugurado en Florida el monumento 
a la Independencia y a la epopeya de 1825. En ese 
año escribió Zorrilla de San Martín "La Leyenda Pa- 
tria" en la que exalta la gesta libertadora de 1825 ; Juan 
Manuel Blanes pintó el Juramento de los 33 Orientales. 
Fue en esa ocasión que Juan Carlos Gómez, al rehusar 
su adhesión a los actos patrióticos, negó los fundamen- 
tos de la Independencia Nacional. Reiteró aquí opinio- 
nes vertidas en 1859 y en 1867. No creía en la capaci- 
dad de supervivencia del Uruguay como Estado sobera- 
no. Las ideas que expuso en 1879 revelan su absoluta 
ignorancia sobre nuestra historia. El país iba a definir 
en ese momento su conciencia histórica. Ocurrió en 
1880, al iniciar Francisco Bauzá la publicación de 
la "Historia de la Dominación Española en el Uru- 
guay", consagrada al estudio de los orígenes de nues- 
tra formación social y política. José P. Ramírez refutó 
desde la tribuna del Ateneo las trasnochadas ideas ane- 



XXXIX 



PROLOGO 



xionistas de Juan Carlos Gómez, defendidas con argu- 
mentos endebles por Pedro Bustamente. José Pedro 
Ramírez hizo un acertado juicio sobre la personalidad 
de Artigas, la revolución de 1825 y la paz de 1828. 
Angel Floro Costa, más identificado con la vida argen- 
tina que con su país natal, publicó, también en 1880, 
su incoherente libro Nirvana, en cuyas páginas, reve- 
ladoras de su desconocimiento del pasado histórico 
uruguayo, enunció el programa de la reconstrucción 
de una unidad platense que nunca existió. Carlos Ma- 
ría Ramírez refutó este libro al que calificó de "libelo 
contra la Nación Oriental^. La misma condenación 
mereció su artículo publicado en El Sisólo en 1881, 
adhiriendo a las ideas expuestas por Dardo Rocha, 
gobernador de Buenos Aires, en pro de la unión pla- 
tense que nadie acompañó entonces en nuestro país. 
De su pasado ya no se podía hablar ni escribir con 
impunidad. En 1874 publicó Francisco A. Berra la 
segunda edición del "Bosquejo Histórico" en cuvas pá- 
ginas recogió todos los elementos de la tradición anti- 
artiguista. Pero en 1881 cuando dio a conocer la ter- 
cera edición en un grueso volumen, Carlos María 
Ramírez enjuició la obra para reivindicar los valores 
históricos del país que Bauzá había sido el primero en 
estudiar con sentido orgánico por considerar que el 
conocimiento del pasado y su análisis crítico debían 
coronar el proceso de consolidación de la independen- 
cia nacional La obra de Bauzá ejerció una influencia 
decisiva en la formación de la conciencia histórica del 
Uruguay. Zorrilla de San Martín y Acevedo Díaz la 
completan con "Tabaré" e "Ismael'", en cuyas páginas 
exaltaron en 1888 la tradición indígena y la epopeya 
emancipadora. 



XL 



PROLOGO 



X 

La independencia del Uruguay aparece en el magis- 
tral estudio de Bauzá como una resultante lógica del 
proceso en el que se forjó la sociedad colonial. La 
"Historia de la Dominación Española en el Uruguay" 
viene a ser en realidad, en consonancia con el pensa- 
miento guía de Bauzá, una introducción histórica y 
sociológica para la comprensión del carácter que dis- 
tinguió al movimiento revolucionario de 1811, inter- 
pretación imbuida de un fuerte sentimiento naciona- 
lista. "El Uruguay nació a la civilización cristiana 
— expresa — en concepto de independencia, es decir, 
bajo el mismo concepto que había nacido a la socia- 
bilidad charrúa. Jamás se creyó inferior a sus vecinos 
en nada, y tan cierto es esto, que desde el primer día 
de su instalación, comenzó el Cabildo de Montevideo 
a dirigirse al Rey exponiéndole sus cuitas y necesidades 
directamente, y de ahí para adelante fueron continua- 
das las correspondencias de ese género entre las diver- 
sas corporaciones del país y el monarca. 

Este espíritu de independencia deliberado y cons- 
ciente, se extendía también a los campos donde mo- 
raba la población primitiva. Todos los pueblos forma- 
dos por los charrúas, habían nacido por sumisión pre- 
via al Cabildo de Montevideo, y después de arreglos 
y conferencias entre los caciques indígenas y los ma- 
gistrados de la ciudad. De la misma manera, las tierras 
adjudicadas a los habitantes de las Misiones que tras- 
migraron al sur del río Uruguay, les fueron concedi- 
das por las autoridades del país". 

Y en otro pasaje, agrega: "La explotación de su 
ganadería y de su agricultura y la habilitación de sus 
puertos principales, demostraron que el país no sólo 



XLI 



PROLOGO 



se bastaba a sí mismo, sino que podía suplir las nece- 
sidades del Virreinato en muchos años. Todo lo que 
constituía el menaje de su instalación civilizada ha- 
bía sido por otra parte el producto de sus esfuerzos y 
el resultado de la riqueza de su suelo. Los edificios 
públicos como las casas particulares, representaban la 
labor y el dinero de los habitantes del país empleados 
en ellos. A esta conciencia de una vida propia posible, 
se agregaba un fuerte sentimiento de localismo acre- 
centado por triunfos y reveses militares, que habían 
hecho nacer el amor de la patria. La generación que 
asistía pues, al drama político precursor de la indepen- 
dencia, estaba fornecida en su espíritu y sus costum- 
bres por tradiciones, ejemplos y aspiraciones que la 
llevaban lógicamente a reivindicar los derechos, fun- 
dando una nacionalidad". 

El estudio de Clemente Fregpiro sobre el Exodo, 
publicado en 1883 y la esclarecedora polémica sobre 
Artigas sustentada en 1884 por Carlos María Ramírez 
vinieron a sumarse a este proceso de formación de las 
ideas históricas cardinales sobre la formación, coinci- 
dentes con el gran tema de su destino propio. En 1884, 
al morir Juan C. Gómez, Bauzá apreció severamente 
su personalidad política y literaria. Al referirse a sus 
ideas sobre el pasado del país, expresa Bauzá que 
Gómez "desconocía por completo la historia nacional 
y nunca pudo formarse un criterio exacto de los moti- 
vos que determinaron nuestra independencia, ni de los 
inconvenientes que hacen tan penoso nuestro tránsito 
de la esclavitud al ejercicio del gobierno propio". 

Ese desconocimiento de nuestra historia explica su 
incapacidad para ubicarse en el escenario político del 
país, cuando irrumpió en él para promover la forma- 
ción de un partido revoltoso y anárquico denominado 



XLII 



PROLOGO 



por singular incongruencia Partido Conservador. De 
la prolongada e intensa actuación de] Dr. Gómez en 
Buenos Aires, recuerda Bauzá un rasgo que la dis- 
tingue: el desdén con que se refirió siempre a los su- 
cesos y a los hombres del país natal. "Desde Artigas 
hasta Flores — expresa — todos los prohombres uru- 
guayos fueron presentados a la opinión argentina como 
gauchos rebeldes, cínicamente ambiciosos y profunda- 
mente inmorales. La generación actual, era para él una 
generación cobarde y servil; y sus hombres especta- 
bles, políticos lame platos vendidos al oro brasilero". 
Lo medular de este Ensayo de Bauzá es el alegato 
en el que se rebaten las estrafalarias ideas del Dr. Gó- 
mez sobre los orígenes y fundamentos de la Indepen- 
dencia Nacional. "La República del Uruguay es inde- 
pendiente por el esfuerzo de sus hijos y contra la vo- 
luntad de sus dominadores intrusos. San José y Las 
Piedras demostraron que no queríamos ser argentinos. 
Las combinaciones diplomáticas y aun las vistas par- 
ticulares de propios y extraños, se estrellaron durante 
todo el largo período de la lucha por la independencia, 
contra estas determinaciones airadas de la voluntad 
nacional, triunfando por último el pueblo, que era 
quien había preparado, perseguido y alcanzado la con- 
quista de su emancipación política". Destruye la tesis 
peregrina del Dr. Gómez de que nuestra independencia 
fuera el resultado de una concesión graciable hecha 
por el gobernador Manuel Dorrego y el Emperador 
Pedro I y demuestra cómo la segunda ley dictada por 
la Asamblea de la Florida el 25 de agosto de 1825 
que declaró la incorporación del país independiente y 
constituido, al que pretendía arrastrar, con desconoci- 
mientos de sus tradiciones, a la aventura del ideal ane- 
xionista. Con agudo sentido histórico analiza el pro- 



XLm 



PROLOGO 



ceso de la revolución de 1825 que culminó en la In- 
dependencia Nacional, en la que el pueblo vio colmados 
sus anhelos. 

Las ideas que sembró Juan C. Gómez en las pláticas 
que durante un cuarto de siglo mantuvo con los diri- 
gentes de Buenos Aires en los salones del Club del 
Progreso, tuvieron en estos sus epígonos. Miguel Cañé 
escribió en 1884 en tono protectoral: 

"El Uruguay no ha salido aún de la época difícil ; el 
militarismo impera allí y el elemento inteligente ha 
sido diezmado en el esfuerzo generoso por implantar 
la libertad. Los destinos de ese pedazo de tierra, ma- 
ravillosamente dotado, constituyen uno de los proble- 
mas más graves de la América. Antigua provincia del 
virreinato del Río de la Plata, el pueblo oriental tiene 
la misma sangre, las mismas tradiciones, el mismo 
idioma que el que a su lado marcha a pasos de gigante. 
Las leyes históricas de atracción parecen dibujar una 
solución mirada con ojos simpáticos a ambas márgenes 
del inmenso estuario común, pero ningún gobierno ar- 
gentino provocará por medios violentos. El día en que 
los orientales pidan, por la voz de un congreso, volver 
a ocupar su puesto en el seno de la gran familia serán 
recibidos con los brazos abiertos y ocuparán un sitio 
de honor en la marcha del progreso, como lo ocupa- 
ron siempre en las batallas donde corrió su sangre 
mezclada con la argentina". Pedro L. Lamas le salió 
al camino para replicarle con energía. Cañé a su vez 
precisó el alcance de sus palabras. Aclaró que sus opi- 
niones no eran en favor de la anexión y expresó: ''En 
primer lugar, Ud. sabe perfectamente que en la Repú- 
blica Argentina no hay ningún partido, ni círculo, más 
aún, ni cotene social, que levante como bandera la 
incorporación del Uruguay. Es ésa una idea que no 



XLIV 



PtlOLOGO 



corre en el campo político, no es un programa ni un 
plan. Por consiguiente, todo lo que sobre ese tema se 
diga o escriba, es simplemente la expresión de senti- 
mientos individuales". "En ese sentido es que he dicho 
— agrega Miguel Gané — que la solución que parecen 
bosquejar las leyes históricas de atracción, era mirada 
con ojos simpáticos en ambas orillas del Plata. Ud. 
no puede negarme que hay en Montevideo muchos hom- 
bres que la saludarían con júbilo; conste, pues, que, 
como en todo lo demás, he dicho la verdad a ese res- 
pecto". 

'"Poniendo aparte la concepción práctica y positiva 
de las nacionalidades, que no corresponde por cierto 
a la que se forjan los intransigentes como Ud.; desen- 
tendiéndome de la cuestión de utilidad recíproca de 
la unión, a la que no quiero entrar, tengo razones per- 
sonales que determinan mi cariñoso apego a esa idea 
grande y generosa. He nacido en Montevideo, por un 
accidente de la vida azarosa de nuestros padres, y aun- 
que volví muy niño a la patria del mío, que era la mía 
legal, nunca he podido olvidar el lugar de mi cuna, al 
que me ligará eternamente un sentimiento de respeto 
y afección. ¿Comprende Ud?" 

"No quieio hacerle polémica a este íespecto; los he- 
chos fatales se producirán sin necesidad de agitar los 
ánimos previamente por la previsión de su probabili- 
dad. Tomo nota solamente de su inclinación hacia mi 
tierra, en el caso estricto del dilema y me anima la 
esperanza que será raro el oriental que en el momento 
dado no piense como Ud." 

Todas estas sugestiones aviesas, juego de palabras, 
opiniones personales, artículos o discursos de carácter 
exploratorio, se relacionan con los intereses de la po- 
lítica argentina de la época, con la tensión creada por 



XLV 



PROLOGO 



5113 problemas de límites con Chile, con las maniobras 
del Brasil para inclinar al Uruguay en favor de Chile 
en el caso de un conflicto. Siempre fueron dados cier- 
tos hombres de Buenos Aires a abrir juicio sobre los 
problemas internos del Uruguay, opiniones a las que 
hacían eco algunos orientales renegados. Era ésa una 
derivación inevitable de la práctica de inmiscuirse en 
nuestros asuntos para estimular revoluciones o para 
oficiar de mediadores. En 1886 Roca dejó organizar 
en Buenos Aires la revolución del Quebracho y no se 
enteró que el ejército invasor atravesó todo el litoral, 
no obstante el protocolo Bauzá-Irigoyen suscrito en 
1876. Procedió así no porque el gobierno de Santos 
fuera menos liberal o más autoritario que el suyo, no 
por identidad con los ideales de la revolución: simple- 
mente porque quería evitar que se llevaran adelante 
los trabajos para construir el Puerto de Montevideo. 
Desde luego que los revolucionarios románticos de 
1886 estuvieron ajenos a los designios del Gral. Roca. 
Pero el Uruguay tenía ya una noción clara de su pa- 
sado y de su destino histórico, libre, independiente. 
Ese destino lo habían labrado el esfuerzo y la sangre 
de sus hijos muchas veces en las luchas civiles que 
consolidaron las instituciones republicanas y ratifica- 
ron nuestra voluntad, de pueblo soberano. Las guerras 
civiles constituyen la tercera epopeya nacional que 
complementó y afianzó la obra de las libertades. Con 
ellas surgieron y se consolidaron nuestros partidos; 
abrieron, es cierto, sin pensarlo, las puertas del país 
a las intervenciones que estaban en acecho, pero esas 
mismas intervenciones extranjeras, al poner en peligro 
la independencia, endurecieron y vigorizaron en la 
lucha el espíritu nacional; crearon una pasión colec- 
tiva, impulsaron el progreso político e institucional de 



XLVI 



PROLOGO 



la República, promovieron su evolución mediante so- 
luciones trangaccionales. En 1897, al celebrarse la paz 
de setiembre que puso fin a la contienda civil por un 
pacto estipulado entre orientales, razón le asistía a 
Bauza para señalar el hecho de que ese acuerdo hubie- 
ra sido estipulado sin mediaciones extrañas. "Es ésta 
la primera vez — expresó en el Parlamento — que los 
orientales, después de haberse batido largamente, de- 
ponen de propia voluntad las armas a la sombra de un 
pacto que ellos solos han convenido bajo los impulsos 
de su razón libérrima. Esa era, agregó, una demostra- 
ción palmaria de que *'la familia oriental se siente 
dueña de su propio destino 1 '. 

La historia nos enseña en qué forma nuestro país se 
ha comportado en cada una de las etapas esenciales 
de su evolución, desde los días en que se inició el pro- 
ceso revolucionario de 1811. Los períodos de transición 
que mediaron entre cada una de esas etapas progresi- 
vas de la vida nacional, se caracterizaron siempre por 
una crisis aguda manifestada en los más diversos pla- 
nos y en las más variadas formas del pesimismo y de la 
conducta. 

Pero el instinto certero y la madurez del pueblo 
uruguayo siempre encontró la solución a sus grandes 
problemas afirmando su personalidad en la Historia. 
Y esa historia que hemos reseñado proclama que nues- 
tra independencia está consustanciada con el destino 
de esta región de América. No es un accidente. No. 
Es la resultante de la libérrima voluntad manifestada 
a través del esfuerzo sin eclipses de varias generacio- 
nes. No nos ha sido otorgada por nadie. La hemos 
conquistado y es nuestro bien más preciado. 

Los estudios sobre la Independencia Nacional que 
forman los volúmenes 145 y 146 de la Biblioteca Ar- 



XLVII 



PROLOGO 



tigas de "Clásico» Uruguayos"', seleccionados de entie 
los más importantes publicados en el decurso de medio 
siglo, testimonian en qué grado esa independencia es 
el fruto de una arraigada vocación nacionalista: un 
hecho histórico irreversible que no lograrán conmover 
quienes empequeñecen el pagado a través de una exé- 
gesis mezquina, ni los escépticos de lo que se ha dado 
en llamar la viabilidad futura de la República Oriental 
del Uruguay. 

Juan E Pivcl Devoto. 



XLVIU 



FRANCISCO BAUZA 



Francisco Bauza nació en Montevideo e! 7 de octubre de 1¡ 




hijo del general Rufino Bauza, a quien le cupo destacada actua- 
ción en las luchas por la independencia y la organización nacional, 
y de Da. Bernabela Argerich. Muy joven aún se inició en la polí- 
tica y en el periodismo como militante del Partido Colorado. Hizo 
sus primeros ensayos periodísticos en El Nacional cuando tenía 
diecisiete años. En 1871 asumió la redacción de Los Debates, en 
cuyas columnas se consagró como escritor y polemista. En 1876 fue 
electo representante nacional, deslino que ocupó durante varias le- 
gislaturas, hasta que en 1890 íue designado Ministro Plenipotenciario 
en el Brasil Años antes había desempeñado misiones diplomáticas 
en dicho país y en la Argentina. En su actuación parlamentaria se 
destacó por la independencia de sus actitudes y la elevación de 
su pensamiento, batiéndose gallardamente en defensa de sus convic- 
ciones filosóficas y políticas, buscando siempre el mejoramiento mo- 
ral e institucional de la República. Bauzá ha sido sin duda el más 
destacado orador parlamentario del país en el siglo pasado. Fue 
la suya una elocuencia galana y concisa a través de la cual se per- 
cibe siempre una sólida información. En 1892 el Presidente Julio 
Herrera y Obes lo llamó a desempeñar el Ministerio de Gobierno, 
en cuyo ejercicio ratificó sus altas dotes de hombre de Estado y 
ciudadano independiente. En 1893 fue candidato a la Presidencia 
de la República. En 1894 ingresó a la Cámara de Senadores en la 
que actuó hasta 1898; fue nuevamente electo para ocupar una banca 
en la misma Cámara en 1899. 

Ha dejado acerca de nuestra realidad nacional valiosos estudios 
de carácter económico, social, jurídico, literario, pedagógico e his- 
tórico. Entre ellos se destacan: Estudios teórico-prácticos sobre la 
institución del Banco Nacional (1874); Ensayo sobre la formación 
de ana clase media (1876 J ; Colonización industrial. Ensayo sobre 
un sistema para la República Oriental del Uruguay (1876); Estudios 
literarios (1885); Estudios constitucionales (18871; y por sobre todo, 
su monumental Historia di> la Dominación Española en el Uruguay, 
publicada entre 1880 y 1882, a loe 31 años de edad, ampliada por 
su autor y reeditada en 1895-1897, obra fundamental de la historio- 
grafía nacional y americana, en cuyas páginas Bauzá describió en 
severo estilo y con profundo sentido critico, el proceso de la for- 
mación social del Uruguay y de bu revolución emancipadora hasta 
1620. Bauza murió en Montevideo el 4 de diciembre de 1899. 



i 



XLIX 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



Nació en Montevideo el 7 de noviembre de 1836, hijo de Juan 
Pedro Ramírez y de Da. Consolación Alvarez. En 1863'. colaboró en 
la fundación de El Siglo, cuya dirección ocupó ese año y en 1868. 
Militante en el Partido Colorado, acompañó la revolución promovida 
por el general Venancio Florea en 1863, de quien fue más tarde 
opositor conjuntamente con la juventud liberal de ese partido en 
la que actuaba. Deportado a Buenos Aires en 1870 durante el go- 
bierno de Lorenzo Batlle, regresó poco después al país a conse- 
cuencia de la revolución blanca y se distinguió por su intransigencia 
a cualquier concesión a los revolucionarios, actitud que hizo fracasar 
el acuerdo de 10 de febrero de 1872. Ingresó en 1873 a la Cámara 
de Representantes Derrotado el principismo, fue uno de los depor- 
tados a La Habana en la barca "Puig" e intervino en la Revolución 
Tricolor. Alejado de la vida política durante el gobierno de Latorre, 
ejerció su profesión de abogado en Montevideo. En 1881 se separó 
del Partido Colorado para ingresar al Partido Constitucional, des- 
vinculado de los partidos tradicionales. Al año siguiente fue desig- 
nado Rector de la Universidad, cargo que abandonó en 1881 a con- 
secuencia de un conflicto con el gobierno Participó en 1886 en ]a 
Revolución del Quebracho dirigida a anular el poder del militarismo 
y la influencia personal de Máximo Santo*. Obligado Santos a ceder 
ante la oposición, ofreció a Ramírez el Ministerio de Gobierno, que 
éste aceptó luego de imponer condiciones. Ramírez reunió la docu- 
mentación relativa a la instalación del Ministerio llamado de la 
Conciliación en un folleto titulado: La evolución del 4 de noviembre 
de 1886 (Montevideo, 1887).* En 1887 volvió al parlamento, ocu- 
pando una banca en la Cámara de Senadores. Tuvo participación 
señalada en las negociaciones entabladas entre el gobierno y la 
revolución nacionalista de 1897; fue uno de loa mediadores que 
concertó la¡ paz en el Paso d© la Cruz. Actuó también en carácter 
de mediador en 1903 y consiguió, con la firma del pacto de Nico 
Pérez, evitar la revolución acaudillada por Aparicio Saravia. Entre 
los años 1905 y 1907 ocupó una banca en la Cámara de Senadores 
en representación del departamento de Flores. Falleció en Monte- 
video el 13 de julio de 1913. 

Periodista y tribuno; figura relevante en el foro; ideólogo y honv 
bre de acción; revolucionario en 1875 y en 1886; pacificador en 
1886, 1897 y 1903, la personalidad y actuación del Dr. José Pedro 
Ramírez están identificadas con el proceso de consolidación de la 
nacionalidad y de las instituciones republicanas. 



L 



AGUSTIN DE } EüiA 



Nació en Montevideo el 10 de enero de 1843, hijo de José Joaquín 
de Vedia y de María Luisa Correa. Cursa sus primeros estudios en 
su ciudad natal, la que abandona en 1859 para reunirse con su padre 
en la Argentina y tomar parte en la campaña de Cepeda. De Tegreso 
a Montevideo colabora en la Reforma Pacífica y dirige El Iris 
(1864-1865). Triunfante la revolución de Flores emigra a Buenos 
Aires donde funda el I o de febrero de 1866, en compañía de Guido 
Spano, La América, diario antigubernista que fue cerrado y deste- 
rrados sus redactores el 27 de julio del mismo año. Nuevamente en 
Montevideo, vuelve a Buenos Aires cuando reaparece La América 
en noviembre de 1868. Contrae enlace con Carolina Villademoros, 
hija del Dr. Carlos Jerónimo Villademoros. A piincipios de 1870 
figura en el Comité organizador del movimiento revolucionario na- 
cionalísta que se apresta para invadir el Uruguay bajo las órdenes 
de Timoteo Aparicio. Durante la guerra, publica en los campamen- 
tos la hoja La Revolución (1870) Más tarde interviene en el Comité 
Pro-Paz, que finalmente puso término a la revolución mediante el 
Convenio de Paz de abril de 1872. Al mismo tiempo, funja La 
Democracia (1872) e ingresa en la Cámara de Diputados, electo por 
el departamento de Cerro Largo, donde se destaca como orador y 
colabora en la obra de regeneración política. Lucaío, a consecuencia 
del motín del 15 de enero de 1875, es desterrado a La Habana en 
compañía de otros ciudadanos distinguidos, de donde regí esa en 
agosto del mismo año. Vencida la Revolución Tricolor, se radica en 
Dolores, (R. A.) dedicándose a tareas judiciales. Hacia 1880, lia- 
mado por sus correligionarios, vuelve a Montevideo, donde dirige 
La Democracia. Afianzado el régimen santista, regresa en 1882 a 
Dolores y en 1885 integra la redacción del órgano bonaerense La 
Tribuna National. En 1891, luego de un breve interinato en El 
Nacional y La Prensa, asume la dirección del diario La Tribuna, 
En 1901 le es ofrecida la cartera de Relaciones Exteriores del 
Uruguay, que rehusa. En sus últimos tiempos forma parte de la re- 
dacción de La Nación de Buenos Aires, hasta que fallece en esa 
ciudad el 13 de mayo de 1910. 

Entre las numerosas obras que publicó tienen especial importan- 
cia La deportación a La Habana en la Barca "Puig". Historia de 
un atentado célebre. Buenos Aires, Imp. especial para obras, de 
Pablo E. Coni, 1875. El Banco Nacional; historia financiera de la 
República Argentina. Buenos Aires, Félix Lajouane, 1890 Consti- 
tución argentina. Buenos Aires, Imp. Coni Hnob , 1907. Martín Gar- 
cía y la jurisdicción del Plata. Buenos Aires, Imp. Coni Hnos., 
1908. Soberanía y justicia, derecho federal y autonomía provincial. 
Buenos Airea, 1903. 

U 



JOSE ESPAUEli 



Nació en Montevideo el 19 de octubre ile 1870» hijo de José Es- 
palter y de D a Juana Goieoechea, ambos de nacionalidad española. 
El 9 de octubre de 1892 se doctoró en la Facultad de Derecho con 
una tesis sobre "El Poder Ejecutivo*' que fue adoptada luego como 
texto de consulta en la cátedra Pasó a desempeñar los cargos de 
Agente Fiscal en Rocha y en Durazno y el de Juez Letrado Depar- 
tamental en Treinta y Tres. Lo que predomina en su actuación pú- 
blica es la actividad legislativa» que desai rolló entre los años 1897 
y 1940, en los que ocupó durante vanos período* bancas en la Cá- 
mara de Representantes y en el Senado, rama del Poder Legislativo 
de la que fue presidente en varias oportunidades. 

Desempeñó en 1909 el cargo de Ministro del Interior y en 1915 
el de Justicia e Instrucción Pública. En 1930 fue designado Director 
del Banco de la República >, en 1931, Rector de la Universidad, 
cargo que abandonó para hacerse cargo de la cartera del Interior. 
Producido el golpe de Estado del 31 de marzo de 1933 aceptó inte- 
grar la Junta de Gobierno. Ingresó luego a la Asamblea Constituyente 
de 1933, en la que tuvo destacada actuación. En 1934 fue designado 
Ministro de Defensa Nacional y luego, de Relaciones Exteriores. En 
noviembre de 1936 presidió la Delegación Uruguaya a la Conferencia 
Internacional de Consolidación de la Paz celebrada en Buenos Aires 
y le cupo, en esa oportunidad, responder al Presidente de la Asam- 
blea en representación de todas las delegaciones, pronunciando un 
memorable discurso. Como publicista lia dejado una vasta producción, 
formada por poesías de la juventud, estudios constitucionales, ensa- 
yos sociológicos y políticos. Predomina en su obra la que resultó de 
su actuación parlamentaria: los discursos en los que trató los más 
diversos temas de gobierno, destacándose particularmente los relacio- 
nados con el Derecho Público. Por resolución del Senado fueron 
publicados, en ocho tomos, entre los años 1940 y 1942 sus "Discursos 
Parlamentarios". En esta obra fueron editados «*ua estudios "Una 
base de Pacificación" (1904); "El problema de actualidad" (1904); 
"El Dr. Justino Jiménez de Aréchaga" (1927); "Aspectos de la de- 
mocracia" (1939 y 1940); "Ensayos sobre la democracia" (1941). 
Murió en Montevideo el 17 de agosto de 1940, en el ejercicio de la 
Presidencia de la Asamblea General 



LII 



OftSTUü GALUA AL 



Nació en* Montevideo el 18 de marzo de 1889, hijo del Dr. Hipó- 
lito Gallinal y de Da, María Carbajal» Luego de cursar los estudios 
primarios y secúndanos en el Colegio de los P. Jesuitas de Monte- 
video, ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. En 
1912 obtuvo el titulo de abogado En el mismo año realizó un viaje 
por Europa. A su regreso en 1914, publicó un volumen de impresio- 
nes. Desde muy joven participó activamente en las luchas políticas 
que culminaron en la elección de la Convención N. Constituyente de 
1916. En representación del Partido Nacional formó parte de esta 
Asamblea. En 1923 ingresó a la Cámara de Representantes, en la 
que actuó durante varias legislaturas en representación de los de- 
parlamentos de Montevideo, Canelones y Soriano hasta 1932 en que 
fue electo miembro del Consejo Nacional de Administración, al que 
ingresó el 19 de marzo de 1933. Compartió durante todo este período 
en intensa actividad política, periodística y de legislador con la 
labor de escritor, crítico, historiador, conferencista y profesor de Li- 
teratura. Producido el golpe de Estado de 31 f e marzo de 1933, fue 
desterrado. En Buenos Aires íeanudó sus trabajos literarios. De 
regreso al país, se rpintcgró a la actividad política en las filas del 
Partido Nacional Independiente y a la docencia. En 1943 ingresó a 
la Cámara de Senadores; entre 1945-47 desempeñó el Ministerio de 
Ganadería y Agricultura. En la misma época presidió la misión di- 
plomática para obtener la liquidación de los fondos bloqueados en 
Inglaterra durante la guerra mundial. Integró la Comisión Nacional 
''Archivo Artigas**, cieada por su iniciativa. Volvió a ocupar una 
banca en la Cámaia de Secadores; participó activamente en el mo- 
vimiento que culminó en la reforma constitucional de 1951. Murió 
en Montevideo el 23 de diciembre de ese año. En 1919 formó su 
hogar con Da. Elena Artagayeytia. 

Su vasta obra de escritor, historiador y de hombre público está 
contenida en colaboraciones periodísticas, artículos de revistas espe- 
cializadas, discursos, proyectos e informes. Colaboró en El Amigo 
del Obrero, El Bien Público, Caras y Caretas y La Nación de Buenos 
Aires. Fue miembro de número y fundador de la Revista del Instituto 
Histórico y Geográfico del Uruguay. Han sido recogidas en las» pá- 
ginas del libro, entre otras, las siguientes obras: Apuntes para un 
estudio jurídico (Los bienes de la iglesia), 1911; Tierra Española, 
1914; Crítica y Arte, 1920; El Centenario del Dante, 1921; Letras 
Uruguayas. Primera Serie, 1928; Hermano Lobo y otras prosas, 1928; 
El Uruguay hacia la dictadura, 1938. 



LUI 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Nació en Montevideo el 28 de diciembre de 1855, hijo de Juan 
Manuel Zorrilla de San Martín y de Alejandrina del Pozo. Entre 
1865 y 1873 cursó estudios en Santa Fe y Montevideo. En 1877 Be 
licenció en Leyes y Ciencias Políticas en Chile. Hacia 1872 se inició 
en la literatura. Más tarde escribe en La Estrella de Chile, y pu- 
blica Notas de un himno (1877). 

Regresa a Montevideo en 1878, contrae matrimonio con Elvira 
Blanco e ingresa en la magistratura Obtiene la cátedra de Literatura 
de la Universidad. Funda y dirige El Bien Público, En 1879, da a 
conocer el poema La Leyenda Patria en la inauguración del Monu- 
mento a la Independencia (Florida). 

Bajo el gobierno de Santos, es perseguido por su actividad perio- 
dística. Emigra a Buenos Aires en 1885 y participa en los prepara- 
tivos de la Revolución del Quebracho. Enviuda en 1887 y regresa a 
Montevideo. Es elegido diputado para la XVI Legislatura (1888-1891). 
Publica en 1888 el poema Tabaré, del cual había hecho conocer frag- 
mentos en 1883 y 1886 En 1889 contrae segundas nupcias con 
Concepción Blanco. 

En 1891 es designado Enviado Extraordinario y Ministro Pleni- 
potenciario ante España y Portugal. Con igual jerarquía pasa en 
1894 a la Legación de París y desempeña en 1897 una misión es- 
pecial ante la Santa Sede. Separado de su cargo bajo Cuestas, re- 
gresa a Montevideo en 1898* Reasume la dirección de El Bien, pu- 
bhca Huerto cerrado (1900), y dicta la cátedra de Derecho Inter- 
nacional Público hasta 1904, 

Nombrado Jefe de Emisión del Banco de la República en 1903, 
en él actúa desde 1905 como delegado del gobierno. Este año aban- 
dona la dirección de El Bien y ocupa la cátedra de Teoría del Arte 
en la Facultad de Matemáticas En 1907 el gobierno le encarga una 
memoria sobre la personalidad de Artigas, la cual se convirtió en 
La Epopeya de Artigas (1910). 

En 1916 es electo para la Convención General Constituyente, re- 
presentando a la Unión Cívica. Publica Detalles de la historia rio- 
platense (1917) y El sermón de la paz (1924). En 1925 se le tributa 
un homenaje nacional. Edita en 1928 El libro de Ruth y fallece en 
Montevideo el 3 de noviembre de 1931. 

Fuera de los títulos mencionados, Zorrilla de San Martín publicó 
en vida las siguientes obras: El Bien Público, Diano Católico (Mont 
1878) ; ¡Jesuítas f por Paul Feval y ¡Jesuítas! por Juan Zorrilla de 
San Martín (Mont. 1879); Ofelia (Mont. 1880); Descubrimiento y 
conquista del Río de la Plata (Madrid, 1892); Resonancias del ca- 
mino (París, 1896), Conferencias y discursos (Mcnt, 1906); Dis- 
curso del Monumento (Mont. 1923) ; Híspano americanismo (Mont, 
1925); Obras completas (Mont. 1930). Luego de su muerte han 
aparecido: Las Américas (Mont 1945); Maris Stella (Mont. 1951) 
y Discursos, artículos y notas de Derecho Internacional Público 
(Mont. 1955 > 

LIV 



FELIPE FERREIRO 



Nació el 23 de agosto de 1892 en la villa de Artigas, departa* 
mentó de Cerro Largo, hijo de Angel Ferreiro y de Da. Josefa Gamio. 
En 1922 graduóse en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. 
Desde joven se dedicó al estudio y a la investigación histórica, dis- 
ciplina en la que alcanzó reconocida autoridad. Desempeñó durante 
varias décadas la cátedra de Historia Nacional y Americana y pu- 
blicó los siguientes estudios: Orígenes uruguayos; San Martín. Su- 
premo defensor de la independencia americana; Oribe y la Cruzada 
de los 33, Repoblación espiritual de la Coloma del Sacramento; 
Glorias auténticas y falsas glorias , De la gran resonancia de la Re- 
volución de Mayo y sus causas; Oribe en la historia diplomática 
de la República; Preliminares del Congreso federal de Concepción 
del Uruguay; Interpretación de las actas del Congreso de la Florida; 
Oribe en la causa rehabüitadora de Artigas; Ideas e ideales de los 
partidos y tendencias que actúan en el campo de la política del 
Reyno de Indias de 1808 a 1810, Causas de la revolución de 1810 y 
de la evolución subsiguiente hacia la definitiva independencia; Filia- 
ción histórica de las Juntas de Gobierno de 1810; Un haz de luz 
sobre la personalidad de Leandro Gómez; La fundación de la Uni- 
versidad de Montevideo; Esquema de una interpretación de la Re- 
volución Americana, Oribe y Rosas, El primer resplandor de la 
democracia oriental; El 25 de agosto de 1825; Oribe o la rectitud. 

Militó en el Partido Nacional y participó en la política activa. 
Ocupó los siguientes destinos: Constituyente en 1934, Subsecretario 
y Ministro interino de Relaciones Exteriores; miembro de la Co- 
misión Uruguaya de Codificación del Derecho Internacional; miembro 
de la Corte Electoral y senador, entre los años 1935 y 1955; delegado 
del Uruguay en la Asamblea General de las Naciones Unidas y a 
la de la Unesco en 1947, y presidente del Consejo de Enseñanza 
Primaria y Normal durante el período 1959-1963. Fue miembro de 
número y Presidente del Instituto Histórico y Geográfico del Uru- 
guay; correspondiente de numerosas instituciones académicas. Pre- 
sidió la delegación del Uruguay al Segundo Congreso de Historia 
Americana reunido en Buenos Aires en 1937 y la Comisión Nacional 
Archivo Artigas. Falleció en Montevideo el 31 de julio de 1963. 



LV 



CRITERIO DE EDICION 

El texto de los estudios que se publican en la presente edi- 
ción ha sido tomado de las fuentes mencionadas en cada caso. 
Fueron enmendadas las erratas y se actualizó la ortografía. 



LVI 



LA INDEPENDENCIA 
NACIONAL 



FRANCISCO BAUZA 



LA INDEPENDENCIA DEL URUGUAY 



LA INDEPENDENCIA DEL URUGUAY 



I 

El problema de la independencia de las naciones, 
será siempre un tópico de discusión interesante, para 
los pensadores y para los hombres políticos. En los 
pueblos sudamericanos, sobre todo donde el criterio 
público no aparece definitivamente formado respecto 
a las bases fundamentales de organización y de sistema, 
esa discusión reviste todavía caracteres de interés ma- 
yor, en cuanto determina las opiniones de personajes 
espectables y perfila las aspiraciones más o menos 
acentuadas de las multitudes- Hay pues, legítima ca- 
bida para todos, en un debate de este género. 

Aunque con apariencias de un hecho accidental, se 
ha presentado en estos días a la discusión de la prensa, 
el viejo y resuelto problema de la independencia uru- 
guaya. Promueve la querella don Juan Carlos Gómez 
desde la opuesta banda del Plata; y le acompañan aquí 
con escasa fortuna y maquiavélico intento El Siglo, 
que elogia la austeridad política y las virtudes de un 
hijo que insulta a su madre, y VEra Italiana!, diario 
con bastante justicia oscuro. El nombre del jefe de la 
propaganda y la filiación política de sus aliados, de- 
muestran que la idea que les trabaja es antigua, y 
que su discusión en vez de ser accidental es preme- 
ditada. 

La controversia, empero, sobre un hecho fatal que 
se ha realizado en el tiempo y en el espacio, elevándose 



[5] 



FBANCISCO BAUZA 



a la categoría de una ley histórica e influyendo en la 
vida, forma y organización de cinco nacionalidades, 
no puede presentar ningún peligro. Cuando menos, 
ella concurrirá a fijar una base para todas las opinio- 
nes vacilantes, esclareciendo puntos oscuros Cuando 
más, ella confirmará el fallo providencial que preside 
a la emersión de las nacionalidades, haciendo ver que 
no nacen al acaso los pueblos, ni caminan sin rumbo 
en la prosecución de su vida azarosa, ni derraman su 
sangre y gastan sus caudales por el prurito de osten- 
tar una fiebre de combate que repugna al egoísmo in- 
nato en el hambre. 

La República del Uruguay es independiente, por el 
esfuerzo de sus hijos y contra la voluntad de sus do- 
minadores intrusos. San José y Las Piedras demostra- 
ron que no queríamos ser españoles; Guayabos y Ca- 
gancha que no queríamos ser argentinos; Haedo y 
Sarandí que no queríamos ser brasileros. Las combi- 
naciones diplomáticas y aun las vistas particulares de 
propios y extraños, se estrellaron durante todo el largo 
período de la lucha por la independencia, contra estas 
determinaciones aisladas de la voluntad nacional, triun- 
fando por último el pueblo, que era quien había 
preparado, proseguido y alcanzado la conquista de su 
emancipación política. 

Este hecho trascendental, repercutió necesariamente 
sobre la organización interna de los pueblos que se ha- 
bían esforzado en reprimirlo. Por lo que toca al Bra- 
sil, nuestro ejemplo le precipitó a hacerse independiente, 
arrojando del trono al monarca extranjero que le ocu- 
paba a título de posesión complementaria de sus do- 
minios. Por lo que toca a la República Argentina, 
desmembróse el antiguo virreinato justificándose la 

Í6] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



independencia del Paraguay, la nuestra, y la organiza- 
ción definitiva de Boljvia, que se llevó consigo la pro- 
vincia de Tarija* De lo cual se sigue, que la indepen- 
dencia del Uruguay está vinculada al destino inmediato 
de cuatro naciones; y que esa independencia no podría 
desaparecer, sin que el continente del sur experimen- 
tase iguales o mayores trastornos de los que sufrió 
durante la contienda cerrada en 1830* 

Conviene sin embargo, dejar constatado, que la ley 
histórica a que obedece nuestro desarrollo nacional es 
anterior y preexistente a la lucha misma de la inde- 
pendencia; y que por lo tanto, son políticos ciegos y 
sin ninguna noción práctica de la vitalidad uruguaya, 
aquéllos que suponen un hecho posible la contingencia 
de que nuestra autonomía política peligre, por efecto 
de combinaciones más o menos bien urdidas, o por 
causa de propagandas periodísticas más o menos bien 
salpimentadas. Un historiador moderno — César Can- 
tó — ha puesto en relieve el hecho, de cómo las limi- 
taciones más ínfimas, un río, un arroyo, la sinuosidad 
de un terreno, que muchas veces hacen despreciable 
una provincia en sus días de infancia, están sin em- 
bargo anunciando el nacimiento de una nación pode- 
rosa. De la misma manera la zanja del Uruguay, como 
ha dado en llamársele ahora al río que nos da su 
nombre, estaba anunciando desde los tiempos prísti- 
nos, que ya quedaba preparado el límite de una nación 
más en el concierto de las naciones* 

Cuando la conquista española abordó la América 
del Sur, tres naciones encontró organizadas, con ele- 
mentos propios, carácter independiente y límite fijo, a 
saber: el Imperio de los Incas (Perú), el Reino de 
Lautaro (Chile) y la República charrúa (Uruguay). 



[71 



FRANCISCO BAU¿ \ 



Bien que el territorio que señoreaban nuestros mayo* 
res estuviera poblado a forma primitiva, esto rio im- 
plicaba que sus habitantes no tuvieran como efectiva- 
mente tenían, leyes por las cuales gobernarse, jefes que 
les condujesen a la guerra, y junta» en que se trataban 
los negocios públicos* Sus vecinos de las diversas tri- 
bus argentinas y paraguayas, solicitaron en ocasiones 
varias el auxilio de esta nación; y el auxilio fue dado, 
no en condición tributaria, sino como acto nacional 
y espontáneo. Tal sucedió, cuando los charrúas mar- 
charon a atacar la expedición de don Pedro de Men- 
doza, incendiando a Buenos Aires. 

Abandonados a sus propios esfuerzos y atacados de 
firme por los españoles, lucharon los charrúas tres 
siglos, siempre constituidos en cuerpo de nación. Ellos 
batieron a Solís y sus soldados; ellos batieron a Ga- 
boto asaltándole sus fortalezas y matándole sus tropas; 
ellos pusieron a raya las pretensiones de Irala destru- 
yendo la ciudad de San Juan; ellos afrontaron a Ortiz 
de Zárate matándole la mitad de sus gentes y destru- 
yendo la ciudad de San Salvador; ellos impidieron 
que los portugueses se extendieran más allá de la Co- 
lonia; ellos concluyeron con la poderosa expedición 
de Hernando Arias de Saavedra; ellos destruyeron en 
gran parte las reducciones jesuíticas del Uruguay y 
Santa Fe; ellos asaltaron a Montevideo concluyendo 
con casi toda su población viril; y ellos, por último, 
según confesión de los gobernantes españoles, costaron 
a la metrópoli más sangre y más dineros, que lo que 
le costaran las conquistas de los vastos imperios de 
Méjico y del Perú, 

Todo esto pasó dentro de un territorio determinado 
y demostró a las claras la existencia de una nación. 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL, 



Los españoles lo comprendieron desde el primer día, 
y su política posterior lo confirma. Erigióse a Monte- 
video en cabeza de gobierno, su cabildo se carteaba 
con el Rey, sus magistrados sostuvieron ante la Corte, 
pleitos con el virrey de Buenos Aires, y los ganaron. 
El gobierno español, por último, reconoció el error en 
que estuviera al establecer en la otra orilla la capital 
del virreinato, y comenzó aquella serie de obras y 
mejoramientos y aquella larga correspondencia con 
nuestros gobernadores, que indica hasta la posibilidad 
de hacer de nuestro país un gobierno dependiente tan 
sólo de la Corte. Sin la revolución de 1811, España 
habría hecho por nosotros, respecto de Buenos Aires, 
lo que más tarde hicimos nosotros sin ella. 

La revolución de 181 L marca el período de la rei- 
vindicación de nuestra independencia. Artigas, sobre 
cuyas vistas políticas pasan como sobre ascuas los his- 
toriadores argentinos, personificaba el elemento na- 
cional primitivo, convertido ya a la civilización cris- 
tiana, cruzado y modificado por la raza europea, más 
no por eso menos firme en sus aspiraciones y autono- 
mía propia. El caudillo uruguayo demostró en sus ac- 
tos todos, en su política y en sus alianzas, que obede> 
cía a impulsos ingénitos de carácter, y que seguía 
tradiciones establecidas por la corriente de tiempos 
remotos. Su compañerismo con los caudillos de Santa 
Fe y Entre Ríos, no es otra cosa que la repetición de 
las alianzas de Zapicán con Terú y de Cabarí con los 
minuanes. Su horror a la incorporación de este país 
a cualquiera otro, responde al horror de la servidum* 
bre que dio aliento a los charrúas para combatir tres 
siglos. 

Pero sea que la magnitud de la empresa no se avi- 
niera con el caudal de los elementos aglomerados para 

[9] 



FRANCISCO BAUZA 



la lucha, sea que la perveiteidail de los hombies pu- 
diese má& que la naturaleza di* las cosas, Artigas íue 
vencido. En su lugar &e colocaron los portugueses, 
grandes políticos y distinguidos hombres de estado, 
que habían disputado a la España la prelación en el 
descubrimiento de la América, y que ansiaban poseer 
el Uruguay a viva fuerza, como lo demostraron de 
antaño fundando en 1680 la Colonia del Sacramento 
de donde fueron arrojados tres veces: echando los 
primeros cimientos de Montevideo en 1723 de donde 
también fueion arrojados por España, y erizando de 
obstáculos la política española por sus diveisas tenta- 
tivas sobre Maldonado y sobre las Misiones uruguayas. 

Quedó Portugal dueño de nosotros en el año de 
1817, dejando caer sobre las extenuadas huestes de 
Artigas un ejército veterano de 14.000 soldados. Todo 
se sometió al conquistador en las apariencias visibles. 
Pero el espíritu de independencia, aunque latente en 
pos de tan gran, desastre, debía dominar de nuevo a 
las multitudes en día no lejano. Ocho años bastaron 
para que la opinión reaccionase, y al presentarse La- 
valle ja en escena, la nación uruguaya sufrió el primer 
vértigo que induce a las acciones heroicas. 

Vencimos. Sin embargo, nuestra victoria ha sido ca- 
lumniada. Se pretende con una candidez muy parecida 
a la ignorancia, que el resultado de la lucha es casual, 
y que nuestra independencia es hija de la cobardía 
de las dos naciones que se vieron obligadas a firmar- 
la. Esta pretensión pasa los límites de lo racional, 
para entrar en el dominio de la majadería. Demostraré 
en un artículo que seguirá a éste, cómo el Brasil y 
la República Argentina se vieion obligados a consen- 
tir en nuestra independencia, y cómo hemos llegado 



[10] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



a nuestra condición presente por la espontánea e iire* 
sistible voluntad del país. 

No es por mi culpa si la ilación íigoiosamente ló- 
gica de los sucesos, se resiente algo en la forma de 
estos escritos; pero debo hacer presente que un ar- 
tículo de diario no es un estudio histórico, y que el 
procedimiento periodístico está reñido a este respecto 
con el rigorismo académico. Por otra parte, he bajado 
a un campo donde nuestros adversarios hacen la gue- 
rra de recursos, marchando a saltos, y debo seguirles 
en las huellas que me dejan abiertas, coordinando 
mis argumentos paralelamente a los suyos, * 

II 

Cuando se produjo la invasión de Lavalleja al te- 
rritorio uruguayo, los estados cuyo interés político he- 
ría de distintas maneras aquella invasión, se encon- 
traban en preponderancia señalada. Regía el Imperio 
del Brasil, Don Pedro I, soberano originario y descen- 
diente de aquella ilustre casa de Braganza a quien 
Portugal debe su libertad e independencia, y en cuyo 
vastago el Brasil, transformado ya en nación, había 
depositado las riendas del gobierno. Era Don Pedro 
de condición política muy sagaz, y los sucesos le acre- 
ditaron más tarde con aplauso de gran soldado. Había 
hecho prácticas durante un gobierno breve, las más 
acentuadas aspiraciones de la mayoría de su país 
adoptivo, haciendo ratificar por la metrópoli la inde- 
pendencia brasilera, dando una Constitución al Impe- 
rio, sofocando la revolución republicana, y realizando 



* La Nación, año III, número 561 Montevideo, martes 30 
de setiembre de 1879 



ni] 



FRANCISCO BAUZA 



el dorado sueño de incorporar a sus estados todo el 
territorio uruguayo, profundo y permanente objetivo 
de los hombres políticos portugueses y de sus sucesores» 
Por su parte la República Argentina, aunque menos 
habilitada que su rival para calzar el coturno de las 
naciones fuertes, presentaba sin embargo por sus re* 
cuerdos militares, sus recientes tratados de pacifica- 
ción con el extranjero, y sus tentativas de organización 
gubernativa, una fuerza moral muy ponderable. Ha- 
bía guerreado victoriosamente contra la España y 
ahora entraba en tratos con ella para solidar las rela- 
ciones rotas con motivo de la separación originada 
por la independencia» Además, los brillantes 11 ninfos 
de Bolívar y Sucre en Junín y Ayacucho, ponían fin 
al dominio español en América, robustec.cndo de paso 
la acción del gobierno argentino, sea para negociar, 
sea para organizarse. Por último, un hombre político 
muy sonado, don Bernardino Rivadavia, dir gía los 
negocios de su país desde el ministerio, y se dejaba 
sentir ya, que muy pronto los dirigiría desde posición 
más elevada. 

En estas circunstancias, pisó Lavalleja el Arenal 
Grande. No acompañaban al caudillo uruguayo más 
que treinta y dos compañeros, señal inequívoca de la 
escasez de sus recursos. Ni combinaciones internas, ni 
apoyo exterior, daban a su empresa el colorido del 
éxito. Todo cuanto se hiciera anteriormente para in- 
dependizar al Uruguay, había fracasado del modo 
más desconsolador. Una misión enviada ante Bolívar 
por ciudadanos de Montevideo, recibió la simulada 
repulsa de entenderse con el Gobernador de Córdoba! 
Una revolución producida por el Coronel Bauza en 
Buenos Aires, a fin de colocar un gobierno simpático 



U2] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



a Iog uruguayos, dio por resultado la aprehensión de 
aquel jefe y su entrega a los portugueses! Una ten- 
tativa de negociación de Don Santiago Vázquez para 
aprovechar la disidencia momentánea de Portugal y 
el Brasil, salvando siquiera nuestra autonomía de pro- 
vincia argentina, sucumbió al iniciarse. Lavalleja pi- 
saba el suelo de la Patria, abandonado a su fortuna, 
contando con posibilidades aleatorias, empeñado a se- 
mejanza de Trasíbulo en una facción que no tenía otra 
salida lógica que el desastre, otra excusa que la de- 
sesperación, otra recompensa probable que la muerte. 

Bajo tales auspicios comenzó la esforzada contienda 
de los Tieinta y Tres, que debía devolvernos nuestra 
independencia nacional perdida, dignificándonos con 
la fundación de instituciones republicanas. Dios había 
querido que los sufrimientos de un pueblo honrado, 
generoso, varonil y sobrio, no se esterilizasen por el 
capricho de los hombres y que la constancia y las 
virtudes desplegadas en tantos años de combates, en- 
contraran al fin la recompensa que merecen el patrio- 
tismo trasmitido de generación en generación, y el 
sacrificio aceptado sin réplica por los herederos de un 
infortunio de tres siglos. 

Comenzó la lucha. ¿Cuáles eran los elementos del 
Brasil en el Uruguay? 12.000 hombres en las fronte- 
ras de la Provincia de Río Grande; 5.000 en Monte- 
video; 1.000 en la Colonia; 1.000 en Maldonado y Go- 
rriti; 500 en la Isla de Lobos. Total, 19.500 soldados 
veteranos de todas las armas, y el dominio exclusivo del 
país. Contra esta masa de elementos organizados, de- 
bía luchar en primer término Lavalleja, que no tenía 
consigo más que un Jpuñado de compañeros, sin otra 
fuerza moral que su heroísmo ni otros recursos mate* 



113] 



FRANCISCO BAUZA 



nales que unas cuantas cañas tacuaras con cuchillos 
en la punta. 

Pero había en segundo término otro obstáculo que 
disminuía la poca fuerza moral de los Treinta y Tres. 
El gobierno argentino se mostraba contrario a la em- 
presa, ostentando la misma indiferencia que ostentara 
en 1817 cuando los portugueses concluyeron con Ar- 
tigas. Interpelado por el agente brasilero en Buenos 
Aires, respecto a la expedición de Lavalleja, contestó 
lo siguiente: "Buenos Aires, mayó 2 de 1825. — El 
Ministro que suscribe, habiendo puesto en la conside- 
ración de su Gobierno la nota que el Sr. Cónsul del 
Estado del Brasil le ha dirigido con fecha de 30 de 
abril último, pidiéndole explicaciones con respecto a 
la empresa que refiere de algunos emigrados de Mon- 
tevideo, asilados en esta plaza, se halla encargado por 
su gobierno de decir en contestación a dicho señor 
cónsul, que puede continuar desempeñando sus funcio- 
nes en esta ciudad, bajo el seguro concepto de que el 
gobierno cumplirá lealmente con todas las obligacio- 
nes que reconoce mientras permanezca en paz y buena 
armonía con el gobierno de S. M. I.: debiendo agre- 
gar el que suscribe con relación a la tentativa que 
anuncia el señor Cónsul, que no está ni puede estar 
en los piincipios bastantemente acreditados de este go- 
bierno, el adoptar en ningún casa medios innobles, 
ni menos fomentar empresas que no sean dignas de 
un gobierno regular. — El Ministro que suscribe sa- 
luda al señor Cónsul con su acostumbrada considera- 
ción. — Manuel lose García. — Señor Cónsul del 
JBrasil," etc. 

Es evidente, pues, que Lavalleja entraba a la lucha, 
chocando de frente con la hostilidad militar y política 

[1*1 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



del Imperio del Brasil, y con la desconfianza fría y 
acentuada del gobierno argentino. Por más que el cau- 
dillo uruguayo se propiciase la alianza de Rivera, de- 
cidiendo con ella el pronunciamiento pleno de los ele- 
mentos nacionales, esto no le quitaba de encima la 
enemistad de dos naciones poderosas que acechaban 
sus pasos para aprovechar el primero de sus desastres. 
De ahí que Lavalleja se viera en la necesidad de tran- 
sar con las circunstancias, convocando una Asamblea 
en la Florida, que declaró a la Banda Oriental del 
Uruguay independiente del Brasil e incorporada a la 
Confederación Argentina. Se ha dicho sin embargo, 
que esta Asamblea, fue traidora a su misión, y com- 
prometió los intereses que le estaban confiados. 

¡Así se juzgan los actos de los hombres, y se perpe- 
túan las ingratitudes de los pueblos! 

La Asamblea de la Florida procedió con la giandeza 
de un patriotismo sin tacha, y con las vistas profun- 
das de una política elevada. Encontró delante de sí 
una nación poderosa que le era hostil y otra nación 
pujante que iba a serlo. No tenía en su apoyo al ins- 
talarse, más que una fuerza moral de dudosos quilates, 
y una fuerza material que sumaba ochocientos gauchos. 
Colocada en situación tan ardua, rompió de frente con 
el Brasil que era el enemigo más terrible, y trató de 
comprometer en su favor a la República Argentina, 
presentándole las probabilidades de un engrandeci- 
miento territorial. Esta política surtió todo el efecto 
deseado, luego de saberse en Buenos Aires que había- 
mos ganado las batallas del Rincón y Sarandí. Atur- 
didos los argentinos por una promesa que parecía te- 
ner propicia la victoria, admitieron en el Congreso 
á Don" Javier Gornénsoro, representante del Uruguay, 



115] 



FRANCISCO BAUZA 



resolviendo desde luego su intromisión en nuestros 
asuntos y su hostilidad contra el Brasil. Tal fue la 
historia de los trabajos de la Asamblea de la Florida. 

La entrada de los argentinos a la contienda, deter- 
minó una nueva faz de la cuestión. Ellos se habían 
presentado venciendo en Ituzaingó y ahora hablaban 
como dueños en los consejos de la diplomacia. Hacía- 
seles poco llevadero el perder una Provincia que con- 
sideraban como suya desde abolengo, y no se avenían 
a ninguna negociación que no complementase su triun- 
fo. Por su parte los brasileros, pecaban por iguales 
inquietudes, y consideraban con razón que era un 
asunto de preponderancia para su país y de corona 
para su soberano, el perder o ganar el territorio del 
Uruguay. Comenzáronse por lo tanto aquellas largas 
negociaciones en que cada uno de los dos rivales pre- 
tendía engañarse, ora proponiendo que este país fuera 
un gran Ducado, ora que fuese una Provincia federa- 
Hzada, o en último caso que se le neutralizara por 
cinco años. Todo esto no hizo más que embrollar la 
situación poniendo de manifiesto que ninguno quería 
abandonar la tierra donde había sentado sus reales; 
pero demostrando también que tanto un rival como el 
otro eran impotentes para imponer su voluntad si el 
pueblo, dueño de la tierra en disputa, no les ayudaba. 
La anarquía se pronunció en toda la línea. 

Entonces tocó al pueblo uruguayo decir la última 
palabra. De entre los escombros de tanta ruina, se 
levantó sañudo el verdadero partido de la revolución, 
hizo a un lado a los contendientes extranjeros, y tre- 
moló impávido el estandarte de la independencia. Ri- 
vera escapado providencialmente a las órdenes de 
prisión del gobierno de Buenos Aires y a los fogona- 



[16] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



zos de los soldados de Qribe, invadió y conquistó las 
Misiones, levantó un ejército, apoyó al gobierno nacio- 
nal instalado en la Florida, y se presentó como la 
expresión característica de nuestros deseos y de nues- 
tras esperanzas. Desde aquel momento, todo quedó 
concluido, llevando cada uno en lote los designios de 
la suerte; nosotros, la independencia; D. Pedro de 
Braganza, la proscripción; Buenos Aires, la tiranía de 
Rosas; el drama había tocado a su término. 

¿Cómo es posible, pues, que en presencia de estos 
hechos, revelados por la historia y conocidos de todos, 
haya quien suponga aún que nosotros no hemos con- 
quistado nuestra independencia de propia voluntad, 
y que sea un capricho de la política de dos naciones 
interesadas en poseernos y no una reivindicación ge- 
nerosa de nuestros mayores, la que nos haya dado la 
posesión definitiva de la tierra que señoreamos? 
¿Cómo es posible que en presencia de sacrificios tan 
grandes y de enseñanzas tan proficuas como las que 
de esos sacrificios se deducen, haya políticos tan me- 
diocres, que nos supongan dispuestos a entregar un 
patrimonio regado por la sangre de nuestros abuelos» 
glorificado por el heroísmo de nuestros padres, y ama- 
do por los recuerdos y las santas ambiciones que nos 
inspira? ¿Hasta qué punto está autorizada a creer la 
locura, la perversidad o la ignorancia humana, que 
teniendo por heredad nacional ocho mil leguas de las 
mejores tierras del mundo, grandes puertos sobre ríos 
caudalosos, el océano a nuestro frente, la tradición 
histórica que nos favorece, el valor militar que no nos 
Jia abandonado, la orgullosa satisfacciór>áe^e^^T€«j 
.Vayamos a cambiar todo e$to, es tmestros v tiñj- - 




FRANCISCO BAUZA 



satisfacción mezquina de ser súbditos de otro país 
más grande que nosotros en territorio? 

Las combinaciones políticas que determinan a un 
país a refundirse en otro, provienen de dos causas, a 
saber: la conciencia de su incapacidad para existir, o 
la posibilidad de su engrandecimiento. ¿Cuál de estas 
dos causas podría inducirnos a efectuar nuestra in- 
corporación a la República Argentina? — Ninguna, 
seguramente. — No somos incapaces de existir inde- 
pendientes, puesto que existimos después de haber lu- 
chado contra la España y Portugal, contra el Brasil y 
Buenos Aires: — éramos 30.000 el año de 1811, cua- 
renta mil el año 30, doscientos mil cuando la Guerra 
Grande, quinientos mil ahora: — vivimos y progresa- 
mos contra todo y contra todos. En cuanto al engran- 
decimiento que nos prometa la incorporación, franca- 
mente creo, que las tarifas de la aduana de Buenos 
Aires, el nivel político de Jujuy, y un procónsul per- 
manente a título de interventor nacional, no son gran- 
des promesas de agradecimiento que digamos. 

Después de todo, el pueblo uruguayo insiste en 
creer, y puedo asegurarlo sin temor de ser desmentido, 
que está mejor independiente que incorporado a un 
extraño. Sabe él por otra parte que la independencia 
le ha costado la mejor sangre de sus venas y la mejor 
suma de sus tesoros, y de aquí que la ame tanto por- 
que sólo se ama mucho lo que cuesta mucho. Por otra 
parte, este pueblo del cual hablan tanto y tan errónea- 
mente los que no le conocen, tiene conciencia de sus 
deberes y de sus derechos, gradúa por sí mismo los 
quilates de su honor, y acostumbra, cuando le fasti- 
dian demasiado, a tomar cartas en los asuntos que le 
conciernen. Sería pues inútil hablar de lo que haría 



118] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



o lo que jio haría, si el señor Gómez y sus amigos de 
allende y aquende el Plata, consiguieran llevar a la 
práctica sus doctrinas anexionistas. Voy a ceñirme por 
lo tanto a proseguir y adelantar mis demostraciones 
con respecto a lo pasado. * 

III 

Don Juan Carlos Gómez y su camarilla, es decir, 
un ambicioso vulgar y una cohorte de mediocridades 
que andan enojadas porque se sienten envejecer sin 
que este país les haya entregado sus destinos, recurren 
a la falsificación histórica y al sofisma, para demos- 
trarnos allá, a su modo, que nuestra independencia na- 
cional es hija de combinaciones extrañas a la volun- 
tad del pueblo uruguayo. Oigamos al gran sacerdote 
de la secta anexionista expresar sus opiniones a este 
respecto: 

"He afirmado que Ja nacionalidad nos fue impuesta 
por una presión de fuerza y de fraude. Que el Estado 
Oriental no la creó ni la aceptó por acto propio de 
soberanía o de propia voluntad. Que falta el consenti- 
miento oriental a la nacionalidad impuesta por Pe- 
dro I y Manuel Dorrego. Y he apelado al fallo del 
mismo Estado Oriental libremente expresado. Se me 
ha contestado con el quien colla otorga, singular forma 
de manifestarse la soberanía, para esos políticos de 
tres al cuarto, patriotas lame platos que proveen a los 
tiranuelos de teorías y doctrinas, como los tinterillos 
proveían a los caudillos que.no sabían leer, de retórica 
para las proclamas y Jos oficios. Quien calla otorga, 



• La Nación, año III, número 562 Montevideo, miércoles Iff 
<te octubre de 1879; 



FRANCISCO BAUZA 



quiere decir en el idioma de la moraU el silencio del 
miedo justifica la tiranía, la impunidad glorifica al 
crimen, el pavor de la víctima es el apoteosis del ver- 
dugo. Por eso el honrado y sabio legislador de las 
Partidas exclamó indignado: "¡mentira! quien calla no 
otorga, sino que sufre y devora sus lágrimas de indig- 
nación y de cólera' 1 . ¡Ya escampa, y llovían necedades! 

A menos de no pertenecer por completo al género 
simp'e que. en política es el género a que se arrima 
por su idiosincrasia Don Juan Carlos Gómez; es impo- 
sible afirmar que un hombre de estado tan eminente 
como Don Pedro I, y un político tan avisado como 
Don Manuel Dorrego nos impusieran la independen- 
cia, traicionando los intereses de sus países respecti- 
vos, esterilizando sus sacrificios, y creándose un obs- 
táculo en la frontera, por el gusto de alardear genero- 
sidades que no han entrado jamás, como dato, en los 
cálculos de los hombres destinados a influir sobre el 
futuro de un pueblo. Basta conocer por lo que respecta 
ai Brasil, la política de la casa de Braganza, para ha- 
cerse cargo que una dinastía que estuvo a punto de 
hacer fracasar el tratado de Utrecht, al solo objeto de 
quedarse con la Colonia del Sacramento: que más 
tarde encendió la guerra con España para posesionarse 
de Montevideo. Maldonado y las Misiones; que después 
hizo entrar un ejército a nuestro territorio, bajo Don 
Juan VI, para oponerse a los progresos de Artigas; 
que bajo Don Pedro I envió 14.000 soldados con el 
Barón de la Laguna para conquistarnos y gobernar- 
nos; y que desde el ano de 1825 al de 1829 costeó y 
mantuvo 20.000 soldados sobre el suelo uruguayo, 
glandes flotas navales en nuestros ríos y agotó sus 
tesoros para conservar el dominio de la tierra ; basta 



120] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



conocer todo esto digo, para hacerse cargo de que 
nunca pasó por la mente de los hombres políticos por- 
tugueses y brasileros, el desprenderse del dominio de 
este país. 

Y tan cierto es cuanto afirmo, que en el año de 1330, 
ya independiente el Uruguay, tentó todavía el gabinete 
brasilero una negociación en Europa para incorporar- 
nos al Imperio, monarquizando de paso a toda la Amé- 
rica del Sur; y en las instrucciones secretas que el 
Ministro Calmón du Pin de Almeida envió al Marqués 
de Santo Amaro el 21 de abril para interesar a la 
Francia y a la Inglaterra en su propósito, decía lo 
siguiente: "En cuanto al nuevo Estado Oriental o Pro- 
vincia Cisplatina que no hace parte del territorio ar- 
gentino, que ya estuvo incorporado al Brasil y que no 
puede existir independiente de otro Estado, V. E. tra- 
tará oportunamente y con franqueza de la necesidad 
de incorporarlo otra vez al Imperio. Es el único lado 
vulnerable del Brasil, Es difícil si no imposible repri- 
mir las hostilidades recíprocas y obstar a la mutua 
impunidad de los habitantes malhechores de una y otra 
frontera. «Es el límite natural del Imperio.» Es, en 
fin, el medio eficaz de remover y prevenir ulteriores 
discordias entre el Brasil y los Estados del Sud. Y, 
en caso que la Francia y la Inglaterra se opongan a 
esta reunión al Brasil, «V. E, insistirá por medio de 
razones de conveniencia política que son obvias,» en 
que el Estado Oriental se conserve independiente cons- 
tituido en gran Ducado o Principado, de suerte que 
de modo alguno vaya a formar parte de la República 
argentina". 

Es llano, pues, que ni Don Juan VI ni Don Pedro I 
ni el actual monarca del Brasil, bajo cuyo gobierno se 



[21] 



FRANCISCO BAUZA 



expidieron las instrucciones que acaban de citarse, 
pudieron vei nunca con gu^lo que este país dejara de 
pertenecerles. Desde que le consideraban como el límite 
natural del Imperio, mal podían desprenderse de ese 
límite. Desde que le reputaban el única lado vulnera- 
ble del Brasil, mal podían dejar ese lado vulnerable 
en descubierto. Si Don Pedro I se dio en último re- 
sultado a que este país se organizara independiente- 
mente, fue después de haberse agotado todos los medios 
de resistencia, después de haberse puesto él mismo a 
la cabeza de sus ejércitos en Río Glande, después de 
haber contemplado sus barcos destruidos y sus tesoros 
agotados. No fue él pues, quien nos impuso la inde- 
pendencia, sino que fuimos nosotros quienes se la im- 
pusimos a éj. 

¿Qué diré de Don Manuel Doircgo. representante 
de la política aigentina y gobernador de Buenos Aires, 
a la fecha del Tratado Prehminai de Paz? Todos co- 
nocen la vida de Dorrego: él fue tino de los jefes que 
entraron a nuestro territorio con Alveai y Soler para 
radicar el dominio argentino, y él fue precisamente 
el jefe vencido en Guayabos, La historia ha recogido 
las palabras de Dorrego estampadas en el diario que 
él dirigía en 1829, al día siguiente de conocerse en 
Buenos Alies la noticia de la victoria de Ituzaingó. 
Oigamos esas palabras que son la profesión de fe y 
el programa político de un jefe de partido y de un 
candidato al gobierno de su país: "Honor y gratitud 
a lo& generales, oficialidad y tropa del benemérito 
ejército de operaciones. Su intrepidez y pericia han 
sido coronadas con la brillante acción contenida en 
el documento que precede. El Tribuno reputa la victo- 
ria de Ituzaingó. de una suma importancia, no sólo 



[22] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



porque ella arranca la presa de mano de un usurpador 
haciéndole conocer «que nuestra República tiene unos 
límites demarcados y reconocidos, y en los que debe 
fijarse esta inscripción «hasta aquí y no más»; sino 
también porque resuelve el problema de que «nos era 
imposible la reocupación de la Provincia Oriental», 
y los que clasificaron de criminales a los Treinta y Tres 
héroes que dieron principio a la lucha en que nos 
hallamos envueltos, deben ser reputados o por cobar- 
des imbéciles o por enemigos del honor argentino. 
En igual punto de vista coloca El Tribuno a los que 
tal vez en estos días opinaban por una transacción 
ignominiosa y degradante, que debía tener por base 
ta pérdida o segregación de la Provincia Orientar*. 
He aquí cómo pensaba Dorrego el día antes de subir 
al poder. Y no paró ciertamente en esto, el impulso 
de la idea dominante en su ánimo con respecto a la 
anexión de nuestro país. Luego de hallarse investido 
con el gobierno elevó a la Legislatura el celebre Men- 
saje de 14 de setiembre de 1827, en el cual hacía en 
ásperos conceptos la recapitulación histórica de los 
actos de Rivadavia. Al llegar a la parte relativa a la 
guerra con el Brasil, el gobernante porteño censuiaba 
expresamente la conducta del general Alvear, jefe de 
las tropas argentinas en nuestro territorio; "por no 
haber aprovechado mejor las circunstancias de la vic- 
toria, y también por haber destruido con demasiada 
impericia los inmensos depósitos agarrados al enemi- 
go". Se ve pues, que tampoco resulta probado ni 
podrá probarse jamás* que Dorrego nos impuso la 
independencia. No podía él traicionar los intereses de 
su país, ni los suyos propios, concurriendo a desmem- 
brar a la República Argentina de un tro7a, 

/M 

[23] 



FRANCISCO BAUZA 



que aquella nación consideró Compre como comple- 
mento necesario a su influencia moral y material en 
la América. A semejanza de Don Pedro í no fue Do. 
rrego quien nos impuso la independencia, sino que 
fuimos nosotros quienes se la impusimos a él. 

En la revolución de 1825 la idea dominante por 
parte del Brasil fue la de sostener a todo trance el 
dominio del territorio uruguayo; mientras que por parte 
de la República Argentina la idea dominante fue rei- 
vindicar a todo trance la dominación de este territorio. 
Tan evidente es esto, que basta echar una ojeada so- 
bre los documentos de la época, para adquirir absoluta 
seguridad de la fijeza del plan tiamado por ambas 
naciones contendientes. Y puede el sentido común dis- 
currir sin auxilio de documento alguno, que no habían 
de lanzarse a lucha tan desesperada y en momentos 
tan graves dos naciones, por el placer de imponerle 
la independencia a una tercera. Era cuestión de domi- 
nio continental, de preponderancia militar, de organi- 
zación definitiva lo que el Brasil y la República Ar- 
gentina perseguían, y si fallaron sus cálculos fue por- 
que no conocían o afectaban desconocer la tendencia 
irresistible que había forzado y forzará siempre al 
pueblo uruguayo a conservar y defender su indepen- 
dencia. 

Así fue que cuando Rivera apareció nuevamente en 
escena, sublevando al pueblo y deslumhrando a todos 
con sus victorias, sintiéronse como sobrecogidos de 
terror los dos rivales que aspiraban a dominarnos. 
Comenzaron las intrigas contra aquel caudillo, luego 
se pasó a la persecución, más tarde se tentaron ios 
ofrecimientos y las dádivas: pero todo fue en vano, 
porque Rivera tenía la conciencia de su fuerza en aquel 



[24] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



momento, o por mejor decir, él eia la fuerza de la 
revolución. Representaba al pueblo llano, al pueblo 
que lucha y muere sin quejarse, al que no pide más 
que un jefe que lo guíe, conformándose con la oscuri- 
dad y la victoria* Y tan cierto es que Rivera resumía 
en su persona el pensamiento y la fuerza popular, que 
m el prestigio de Lavalleja, jefe de los Treinta y Tres, 
ni los esfuerzos de Alvear, vencedor y rodeado de tro- 
pas aguerridas, pudieron contener los progresos del 
caudillo, ni impedir su triunfo. 

Entonces vino la paz, y Rivera habló como dueño. 
Al acusar recibo a la nota en que se la comunicaban, 
escribió desde su cuartel general de Itú las siguientes 
palabras memorables al gobierno provisorio de la 
República: "Exino, Señor — El ejército del Norte for- 
mando un ángulo de la Provincia Oriental, por la 
unión voluntaria de sus habitantes, y guiado por uno 
de los más» antiguos de sus soldados al centro de las 
Misiones Orientales, enarboló en él la bandera de la 
República, por cuyos medios forzó al enemigo a mul- 
tiplicar y dividir sus fuerzas, ya debilitadas por los 
triunfos del Rincón, del Sarandí y del Ituzaingó, y 
para mantenerla invadió el continente colateral con la 
probabilidad de extender los triunfos de las armas de 
la República más allá de San Pablo y aun de Santa 
Catalina. En este e&tado el gobierno de la República 
de las Provincias Unidas, mandó plenipotenciarios a 
Río de Janeiro, y ajustó los preliminares de una paz 
que restaurara las ahora conquistadas Misiones al Im- 
perio del Brasil; pero que desata la Provincia Oriental 
de las Provincias Unidas, asegurando su absoluta in- 
dependencia; con lo cual echa, el primer paso funda-: 
mental a sus altos destinos. La soberanía oriental for- 

[25] 

6 



FRANCISCO BAUZA 



ma la base de ese ti atado, ) éste era el único objeto 
del origen de la invasión de las Misiones. Por consi- 
guiente, la guerra ha cesado para el ejército del 
Norte'. 

Rivera manifestaba en este oficio, con toda clari- 
dad, el espíritu de que estaba poseído y las sugestiones 
populares a que obedeciera en su última campaña mi- 
litan La comunicación escrita al Gobierno Provisorio 
desde Itú, es el programa de la revolución. No hay 
reticencias de estilo, ni misterios de forma en las de- 
claraciones del caudillo. El ejército del Norte había 
desenvainado su espada "para desatar la Provincia 
Oriental de las Provincias Unidas" y ahora que la 
"absoluta independencia" de la Provincia Oriental es- 
taba asegurada, aquel ejército volvía la espada a la 
vaina. La soberanía oriental había sido "el único ob- 
jeto del origen de la invasión de las Misiones". Esto 
es rotundamente claro. Ni podía esperarse otra cosa 
del hombre que asumiera la personería de la revolu- 
ción; porque no se comprenden las revoluciones sobre 
procedimientos ambiguos ni las declaraciones funda- 
mentales en términos medios. 

Sin embargo, Don Juan Carlos Gómez, con ese estilo 
culto que da la medida de su carácter cuando le con- 
trarían, llama políticos de tres al cuarto y patriotas 
lame platos a los que sostenemos la independencia na- 
cional; y se atreve a decir que el Estado Oriental "no 
creó ni aceptó su independencia por acto alguno de 
propia soberanía, o de propia voluntad". Esto es el 
colmo del cinismo. ¿No es un acto de propia y muy 
legítima soberanía, la declaración de la Asamblea de 
la Florida decretando írritos, nulos y de ningún valor 
los lazos de incorporación que nos ligaban a los in- 



[26] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



trusos podcid fie Pnilutral ) <] líiasil? ¿No cj> un 
acto de sobeidiiía el oficio del general en jefe del 
ejército del Norte declarando a nombre del pueblo 
armado, que la Provincia Oriental recuperaba su abso- 
luta independencia y quedaba desatada de las Provin- 
cias Unidas del Ríu de la Plata? ¿No es un acto de 
soberanía indiscutible e inalienable, la declaración ex- 
presa de los artículos 2° y 3 o de la Constitución de 
la República que dicen; "el Estado Oriental es y será 
siempre libre e independiente de todo poder extran- 
jero — jamás será el patrimonio de persona ni de 
familia alguna"? 

Y si de acuerdo ron !as doctrinas anárquicas que 
Don Juan Carlos Gómez y su escuela profesan, la so- 
beranía debe manifestarse en forma tumultuaria, y 
asumir proporciones contundentes, resolviendo por la 
fuerza, ¿qué actos de más completa contundencia que 
las batallas de Guayabos, Yerbal, Yaro, Sarandí, Rin- 
cón y Cagancha que nos libraron del dominio argen- 
tino, y del dominio brasilero? ¿Qué testimonio más 
espléndido de la voluntad nacional para recuperar la 
independencia polílica que la cooperación encontrada 
por Artigas en el pueblo para derrocar a los españoles, 
por Lavalieja y Rivera, para sacudir el yugo del Im- 
perio y de la Confederación? Debo creer pues, que 
Don Juan Carlos Gómez no conoce la historia del país, 
o la adultera ex profeso cuando dice que no hemos 
conquistado nuestra independencia, y que ni aun la 
hemos aceptado por acto alguno de nuestra propia 
voluntad. * 



• La Nación, año III, número 563. Montevideo, jueves 2 
de octubre de 1879. 



[27] 



FRANCISCO BAUZA 



IV 

Las alusiones de la polémica, han traído al escenario 
de la prensa nuevo contingente de lidiadores. Tocóle 
a El Siglo su vez en el asunto, para replicar a una 
alusión que le dirigí en el primer artículo sobre el 
interesante tópico que motiva este debate. El Siglo 
niega rotundamente que él acompañe al señor Gómez 
en su propaganda de constituir los Estados Unidos 
del Plata, pero agrega a renglón seguido: kt lo que tal 
vez ha inducido en error al señor Bauzá y le ha hecho 
ver visiones maquiavélicas es que El Siglo* que no 
gusta de exageraciones y es ante todo amante de la 
verdad, ha sostenido que es injusto zaherir al Dr. 
Gómez y atribuir a su propaganda, móviles de ambi- 
ción personal cuando su vida entera responde de la 
elevada rectitud de su carácter". — ]Te conozco, mas- 
carita! 

Hay dos maneras de combatir una causa: la una es 
acreditando y defendiendo las ideas que constituyen 
el programa de esa causa con prescindencia de los 
hombres; y la otra es enalteciendo y deificando a los 
hombres, con prescindencia de sus ideas. El primer 
medio es directo y eficaz; el segundo es trabajo de 
zapa, pero que puede dar resultados seguros. El pri- 
mer medio es el que adoptan las almas leales, firmes, 
desinteresadas, cuyas convicciones no alteran los con- 
tratiempos ni labra la calumnia; el segundo, entra en 
los procedimientos de Maquiavelo que elogia la per- 
sona para tener la cosa. El primer medio es el que se 
inspira en el espíritu de verdad; el segundo es el que 
generalmente procede por la hipocresía. 



[28] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Don Juan Carlos Gómez por más que El Siglo lo 
quiera, no ha dado nunca pruebas de la elevada rec- 
titud de su carácter. El ciudadano uruguayo que de- 
sertó del territorio de su país, cuando hasta los niños 
tomaban las armas en 1842; el hombre político que 
vino expresamente a romper la concordia de los orien- 
tales, produciendo con una propaganda incendiaria la 
revolución de 1858, en que murió la mitad de su par- 
tido y en la cual él no quiso batirse después de haberla 
provocado; el periodista que se asiló en país extran- 
jero para envenenar los odios de la tierra que le 
acogía, comprando por tan vil precio el pan de la 
popularidad y la clientela de su bufete, y que después 
de haber descendido todo el plano inclinado de la 
decrepitud, quiere elevarse ahora a costo de la digni- 
dad de su país, al cual llama Principado de Monaco 
y de la independencia de su nación que pretende en- 
tregar al extranjero; ése, hablando con toda verdad, 
no merece el calificativo, no digo de hombre de ca- 
rácter, pero ni siquiera el calificativo de hombre. El 
Siglo piensa sin duda de otra manera, pero el país 
sabe ya cómo debe juzgar a Don Juan Carlos Gómez 
y a El Siglo. 

Vuelvo a tomar el hilo de mi disertación- Demostré, 
si no estoy trascordado, que la independencia urugua- 
ya es hija del esfuerzo propio de nuestro país, y que 
por lo tanto el Imperio del Brasil como la República 
Argentina cedieron a la fuerza de las circunstancias 
cuando abandonaron el dominio de nuestro territorio, 
contra la voluntad expresa de sus hombres más emi- 
nentes, de su política tradicional y de sus intereses. 
Voy a ensayar a poner en claro por medio de otra 
demostración más breve, los grandes beneficios que 



[29J 



FRANCISCO BAUZA 



han resultado para la América del Sur con nuestra 
independencia, y los males que hemos evitado al Bra- 
sil y a la República Argentina por el hecho de haber 
establecido un campo neutral entre sus respectivas 
fronteras* Lo que voy a decir no necesito probarlo con 
documentos, porque corre publicado en la historia. 

Cuando la ciudad de Buenos Aires dio en 1810 el 
primer grito de alarma contra España, no contaba cier- 
tamente con la opinión uniforme de los hombres espec- 
tables que se plegaron a aquel movimiento, en cuanto 
a la solución característica que 61 debía perseguir 
concretándose en un ideal de gobierno: ni podía lison- 
jearse de contar tampoco con la opinión del pueblo 
argentino, que era entonces, al igual de todos los 
pueblos hispan o-americanos un hacinamiento de hom- 
bres de todas las procedencias sin más noción del de- 
recho común que la que daban las Leyes de Indias 
y sin otra prácticá de gobierno que la que habían apren- 
dido de los virreyes y gobernadores militares nombra- 
dos por la Corte. En estas circunstancias la revolución 
argentina tuvo un largo y laborioso período de misti- 
ficaciones, que desorientó al pueblo. Los generales más 
respetables de aquel país, Belgrano y San Martín, eran 
monárquicos; monárquicos eran Rivadavia, Pueyrre- 
dón, Sar ratea y todos los estadistas y diplomáticos de 
la revolución. El pueblo que no tenía una noción 
exacta del sistema republicano, ansiaba la libertad por 
instinto, confundiéndola con la anarquía en la práctica. 

Así andaban las cosas cuando Artigas, caudillo uru- 
guayo, concretó y fijó las bases de la organización 
republicana. A los temores de romper con el Rey 
opuso él una bandera tricolor triunfante en San José 
y Las Piedras, con gran escándalo del gobierno de 



[30] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Buenos Aires que acababa de ordenar a Belgrano el 
restablecimiento de la bandera española en su ejército. 
A las veleidades de monarquía y a los viajes de Riva- 
davia y Sarratea en busca de un rey, opuso él la 
constitución federal proyectada delante de Montevi- 
deo y cuya primera cláusula pedía "la independencia 
absoluta de estas colonias, que ellas están absueltas 
de toda obligación de fidelidad a la corona de España, 
y familia de los Borbones. y que toda conexión polí- 
tica entre ellas v el Estado de la España, es, y debe 
ser totalmente disuelta 5 '. 

Este primero y eminente servicio que prestó nuestro 
país a la revolución argentina fue agradecido por las 
Provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Comentes y Cór- 
doba que nombraron a Artigas su protector, y por 
muchas municipalidades de la Provincia de Buenos 
Aires que le aclamaron en documentos públicos el 
único ciudadano que comprendía los intereses de la 
revolución y buscaba el triunfo de la libertad. Ade- 
más, la influencia moral de Artigas y sus victorias 
contra los españoles, le permitieron buen acopio de 
elementos bélicos, pudiendo así enviar al gobierno de 
Buenos Aires dos fuertes regimientos de infantería que 
formaron el nervio del ejército de los Andes, y un 
escuadrón de caballería que salvó el honor de las jor- 
nadas de Pichincha. Es así que la acción inde- 
pendiente del Uruguay contribuyó a transformar la 
revolución argentina en revolución americana, rom- 
piendo con las ideas monárquicas y adelantándose a 
proclamar la República. 

Caído Artigas, no se perdió sin embargo la semilla 
que él había sembrado con mano pródiga y que el 
pueblo uruguayo fecundó con su sangre. El partido 



[31 ] 



FRANCISCO BAUZA 



monárquico argentino no pudo adelantar un paso, y 
al fin organizaron nuestros vecinos su gobierno repu- 
blicano. Pero entonces se encontraron con la hostili- 
dad del Brasil, que dueño de nuestro país y ama- 
gándole por todas sus fronteras, caminaba a marchas 
dobles por la senda de una monarquizacíón sudame- 
ricana que encontraba largas simpatías y hasta pro- 
mesas de apoyo en Europa. El contrapeso a pretensio- 
nes tan subidas, vino esta vez también de nuestro país. 
La revolución de Lavalleja nos hizo independientes, 
quitando al Brasil su influencia militar y colocando 
entre él y la República Argentina una nación más. 

Entonces entraron los argentinos en una evolución 
interna, que estuvo a pique de barbarizar a aquel país* 
Las facciones desenfrenadas se arrojaron las unas so- 
bre las otras y una entidad siniestia, Don Juan Ma- 
nuel Rosas, apareció en lontananza para sofocarlo 
todo. La emigración se hizo ineludible para el elemento 
adelantado, y Montevideo vio golpear a sus puertas, 
proscriptos y perseguidos, a los futuros legisladores 
y gobernantes que debían fundar la unidad argentina 
organizando el gobierno nacional. Pronto vino Rosas 
tras de sus víctimas iniciando el luctuoso período de 
la Guerra Grande que nos puso al borde del abismo 
donde hubimos de perder nuestra independencia. Por- 
que Rosas buscaba como Don Juan Carlos Gómez, la 
reconstitución del antiguo virreinato empezando por 
la anexión de este país. 

No llevó tampoco el Brasil una vida muy agradable 
durante el período que se menciona. Trabajado por 
una guerra civil que segregó de la unidad nacional 
varias de sus mejores provincias, se vio condenado a 
largos dispendios y a esfuerzos de toda lava. Cuando 



[32 1 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



apenas salía de apuros tan graves, la hostilidad de 
Rosas le hizd comprender que jugaba una partida muy 
arriesgada con vecino tan intratable. Entonces buscó 
el Imperio, como habían buscado los argentinos, el 
punto de apoyo, la base de operaciones a que debiera 
recostar su acción, y no la encontró en otra parte que 
en el pueblo que había resistido diez años a Rosas, y 
que le resistía aún sin cuidarse de las ingratitudes de 
la suerte. Se contó para la jornada de Caseros, con 
nuestro ejército, nuestra diplomacia y nuestra dispo- 
sición excepcional en el curso de lo pasado. 

La imaginación se pregunta con asombro, ¿qué ha- 
bría sido del Brasil y de la República Argentina si 
nosotros no hubiéramos resistido a Rosas? En cuanto 
al primero, es seguro que se habría visto obligado a 
luchar con los ejércitos argentinos, agregando a sus 
perturbaciones internas, una guerra nacional para la 
que no estaba preparado y que le habría sido funesta. 
En cuanto a la segunda, habría retrogradado un siglo, 
para replegarse después, desangrada y desolada en 
un trabajo de reorganización que quién sabe cuándo 
habría concluido. Y todo esto se evitó, empero, con 
nuestra resistencia de nación, con nuestros esluerzo- 
de pueblo que defiende su autonomía, con nuestra ac- 
titud persistente que no habríamos podido conservar, 
si no hubiéramos tenido el resorte que mueve todas 
nuestras acciones: ¡la independencia! 

Se comprende desde luego y se justifica sin réplica 
a la sola enunciación de los hechos que van narrados, 
cual sea la razón que nos induce a dar un precio tan 
alto a la independencia nacional. Aparte de los sacri- 
ficios que ella nos cuesta, sólo ella constituye la fuerza 
inicia! de toda nuestra actividad y la esperanza de un 



[33] 



FRANCISCO BAUZA 



engrandecimiento que la población, la riqueza y el 
orden se encargarán de hacer por ai mismos. En balde 
dice Don Juan Carlos Gómez que al amar la inde- 
pendencia nos mostramos "legítimos descendientes de 
Otorgues que soltaba sus perros en las calles de Mon- 
tevideo, cuando encendía el fogón para calentar el 
mate en la Sala de Gobierno, contra los que no tra- 
jesen el chiripá y la bota de pellejo", Don Juan Carlos, 
que desciende de los mamelucos de San Pablo, de 
aquellos mestizos de la planicie de Piratininga que 
quisieron ahogar nuestra civilización a sablazos, no 
entiende una palabra del asunto cuya discusión ha 
provocado, por más que en su modestia se compare 
a Ca\ our y a Bisniark, y en su adoración le comparen 
sus amigos a Cincinato y Washington. 

Cavour no habría pretendido nunca desorganizar la 
Suiza para anexarse el cantón Tessíno, a pretexto de 
que es italiano; Bismark no ha intentado tragarse a 
la Bélgica, so capa de que allí se habla alemán. Cono- 
cedores ambos hombres de Estado del límite que ha- 
yan podido tener sus vistas, nunca se arrojaron a 
compiometer la neutralidad de la Europa entera, echán- 
dosela encima, por el gusto de ensayar la realización 
de una utopía. Si ellos hubieran pensado como Don 
Juan Carlos "que la patria es la asociación de los 
hombres de una raza, de una lengua, de una tradición, 
de una comunión de ideas y de sentimientos, de una 
sociabilidad, de un mismo destino político *\ entonce* 
su plan de absorción no habría tenido límites. Italia 
habría podido decir que tenían comunidad de origen, 
de lengua, y de sentimientos con ella, todos los pue- 
blos latinos de Europa, y habría intentado conquis- 
tarlos. Alemania habría invocado los recuerdos germá- 
nicos» la* tradiciones teutónicas, Barbairoja, Federico 



[34] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



el Grande, cualquier cosa; y adiós San Petersburgo 
que está en teriitorio alemán y Viena, y las fronteras 
europeas de la Turquía toda. 

De la misma manera, si la República Argentina o 
cualquiera otro poder extraño intentase algo sobre 
nosotros, encontraría en primer término toda la hos- 
tilidad de la América del Sur. del Norte y del Centro, 
que se sentiría amenazada por la definición de una 
patria tan grande como la que proyectan en sus sueños 
Don Juan Carlos y su comparsa: tan originarios de 
una fuente común y tan hablantes de una mi«ma len- 
gua somos nosotros y los argentinos como los boli- 
vianos, paraguayos, mejicanos, chilenos, culombianos, 
peruanos, neo-granadinos, etc. Y si esto sucedería por 
lo que respecta a los demás, no habrían menores obs- 
táculos en lo que toca a nosotios mismos. Para anexar 
esta nación sería necesario dominarla, venciéndola por 
las armas, borrarla del catálogo de los pueblos libres: 
y para conseguirlo era necesario matar tres siglos 
de historia, destruir hasta los cimientos nuestras ciu- 
dades troyanas, extinguir las clases ilustradas, y poi 
último poner en guardia contra treinta mil gauchos 
que se llevarían por delante con el encuentro de sus 
caballos, no digo a Don Juan Carlos que tendría la 
prudencia de no presentarse en los campos de batalla, 
sino a otros y a muchos que vaien más que el sedicente 
proscripto de El Nacional * 

V 

Después de haberse puesto en duda nuestro derecho 
de ser independientes, falsificando los hechos e insul- 

* ha Nación, año III, número 564 Montevideo, viernes 3 
de octubre de 1879 



[35] 



FRANCISCO BAUZA 



tando a las personalidades más venerandas del país 
para justificar ese aserto; se nos viene ahora con la 
desautorizada afirmación de que somos un pueblo 
pequeño en número de gentes y territorio, deduciendo 
de ahí el argumento de que no podremos alcanzar y 
difundir los beneficios de la civilización. Error grave 
que caracteriza el alcance polítjco de la inteligencia 
que lo sustenta. Porque los pueblos no son ni más 
glandes ni más pequeños, por la cantidad de sus gen- 
tes, sino por la calidad. No hay pueblos más apiñados 
y hacinados sobre grandes territorios que los de la 
India y de la China, y no hay otros tampoco, ni más 
estacionarios, ni más torpes, ni más incapaces de dar 
o recibir la civilización que ellos. El número ni cons- 
tituye ni determina la incapacidad. 

Pero oigamos a Don Juan Carlos Gómez: "Se pre- 
tende — dice él — que las pequeñas asociaciones son 
tan aptas como las grandes para alcanzar y difundir 
los beneficios de la civilización. Lo niego. La Suiza, 
la Holanda, la Bélgica, siguen^ no imprimen el movi- 
miento de Europa. La Suiza debe su libertad, no a sí 
propia, sino a la contraposición de intereses entre los 
cuales vive; hace muy buenos quesos y excelentes re- 
lojes, es dechado de virtudes sencillas y es feliz con 
los humildes y los modestos, a quienes nadie molesta 
en su oscuridad y medianía. La Holanda se contó entre 
las naciones históricas, por decir así, cuando estaba 
unida. Después de fraccionarse en nacionalidades in- 
dependientes, no tiene historia, y va cayendo en el 
olvido. La Italia fraccionada, era según la expresión 
de un pensador, una denominación geográfica, y a 
estar a las palabras de un poeta nada más que polvo 
de héioes. La unión le ha vuelto su importancia y hoy 
tiene vo7 y voto en las cuestiones continentales". 



r 36] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



En las palabras que acaban de transcribirse, hay 
tantos errores de apreciación como liviandades de 
juicio. Muy atrasado estará del movimiento europeo, 
aquél que no sepa que la Bélgica es hoy el ideal de 
los monárquicos constitucionalistas y de los demócra- 
tas, a extremo de haber eclipsado bajo este punto de 
vista a la Inglaterra, y de causar la envidia de la 
Italia. Muy ignorante debe estar de las aspiraciones 
de la Europa republicana, el que no conozca que la 
Suiza ocupa el primer puesto en el corazón de todo 
repúblico honrado, y en este concepto, no lecibe sino 
que imprime el movimiento al Viejo Mundo. Muy 
triste hombre de estado debe ser si es que merece tal 
nombre, aquél que eche como argumento decisivo en 
la balanza, la razón de que un pueblo conserve su in- 
dependencia merced a la contraposición de intereses 
entre los cuales vive; como si no fuera ésta precisa- 
mente la razón de ser de la Italia entre Austria. Fran- 
cia y Alemania, de la Grecia, entre Turquía y Austria, 
de la Rumania entre Rusia y Turquía; de Suecia, 
Noruega y Dinamarca entre Rusia y la Europa occi- 
dental. A no haber contraposición de intereses ¿cómo 
se formarían las nacionalidades? ¿Para qué existirían 
las fronteras?, ¿por qué razón no se haría práctico 
el antiguo aforismo unus Deas una lex unum Impe- 
rium? 

Después de la caída del Imperio Romano tres hom- 
bres han existido en el mando que quisieron atar al 
carro de su fortuna la suerte de los pueblos, sin con- 
siderar la contraposición de sus intereses, ni la razón 
de ser de su existencia; Carlomagno, Carlos V y Na- 
poleón, El primero vio. desplomarse su imperio tras 
de sí, el segundo, se sepultó en un convento, y el ter- 



[37] 



FRANCISCO BAUZA 

<<*n> Íjk* ii moni vilnr mu hm ,i ni la inmensidad dr| 
océano. Los malrs que- estos hombres»- causaron por 
el orgulloso designio de cambial la voluntad de la 
Providencia, cayeron sobre sus respectivos pueblos 
anonadándolos^ mientras que las naciones momentánea- 
mente vencidas, se levantaron más fuer Les para ser de 
ahí en adelante, enemigas y azote de sus conquistado- 
jes. Saquen Don Juan Carlos Gómez y los ilusos que 
deseen seguirle, las deducciones que quieran de estos 
hechos que veriíica la historia; y aprendan, si no sa- 
ben, que la ley providencial es eterna y se cumple 
indefectiblemente en el tiempo y en el espacio, para 
castigo y aprovechamiento de la humanidad extra- 
viada. 

Por otra parte ¿quién ha dicho que la capacidad 
industrial de los pueblos, sea un título de deshonra 
para arrojárseles al rostro? Es necesario ser un mal- 
vado para suponer que las naciones no han de vivir 
del trabajo, y que los gobiernos en vez de fomentar 
esa disposición de ánimo de sus subditos, hayan de 
sumirles en los horrores de la guerra a pretexto de 
sacarles de la oscuridad: ¡bonito presente griego! La 
Suiza fabrica buenos quesos y excelentes relojes, y tal 
vez a esa ocupación honrada deba el no tener aboga- 
dos que quieran vender su independencia. Ella es una 
nación modesta y feliz con los humildes, es cierto, 
pero es una nación libre y soberana, y cada vez que 
han atacado su independencia, se ha batido heroica- 
mente y la ha salvado. Díganlo sus guerras con Fran- 
cia y Austria, con Alemania y con algunos Estados 
de la Italia. 

La noción más adelantada de gobierno es aquélla 
que considera las funciones del mecanismo oficial 



[38] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



cuino gaiantía de los- intereses pacíficos y pui ma nen- 
ies de la comunidad. Murió ya en el ánimo de todo 
pensador honesto la teoiía de las conquistas a título 
de engrandecimiento y de falsa gloria. El ruido del 
cañón que es siempie grato para los que como Don 
Juan Carlos Gómez se quedan en su casa cuando 
truena, ha sido reemplazado victoriosamente por el 
golpeteo del yunque y el gemir de las poleas, que han 
hecho de una nación de fabricantes y agricultores 
como los Estados Unidos, el primer pueblo del mundo. 
Y sin embargo, ese pueblo que también, hace buenos 
quesos y fabrica excelentes relojes ha sabido conquis- 
tar su independencia, libertar su esclavatura y batirse 
bravamente; de lo cual se sigue, que para afrontar el 
peligro no es necesario estar jugando a los soldados 
todo el día ni buscar camorra a los vecinos. Basta y 
sobra con tener cada hombre un corazón honrado y 
una noción exacta de sus deberes de ciudadano, cosas 
todas que mejor se aprenden en un taller que en un 
campamento. 

Pero todo esto es discutir de subía, porque el punto 
de arranque de la comparación está nial elegido. No 
hay paridad de circunstancias entre la Suiza y noso- 
tros, ni entre las grandes naciones europeas y la Re- 
pública Argentina. La imaginación poética de Don 
Juan Carlos y sus adeptos, reviste de tintes mágicos 
laa cosas, y juega al vocablo con las palabras, haciendo 
política por entre el prisma de sus ilusiones. La Re- 
pública Argentina tiene 77.500 leguas cuadradas de 
territorio, en las cuales se encuentra esparcida una 
población de 1:800.000 habitantes, es decir, menos 
población que la Suiza, igual población a la Dinamar- 
ca, menor población que las ciudades de Londres o 



[39] 



FRANCISCO BAUZA 



París. Frente a ese país estamos nosotros con una po- 
blación de quinientos mil habitantes, situados sobre 
ocho rail leguas de tierra con mejores puertos que los 
argentinos, con más facilidades de concentración que 
ellos y con tantos elementos de expansión como ellos. 
Estas son las verdaderas condiciones de uno y otro 
país. ¿Qué tiene que ver pues, con esto, la reorgani- 
zación de la Italia, la influencia de la Suiza, la deca- 
dencia de la Holanda, ni todas las majaderías traídas 
por los cabellos, a fin de decir muchas cosas y no 
probar nada? 

Para plantear bien el problema, sería necesario es- 
tablecerlo netamente así: la República Argentina quie- 
re conquistar a la República del Uruguay. Formulada 
la cuestión de esta suerte, el debate tomaría propor- 
ciones exactas. Por mi parte, no me atrevo a asegurar 
que falten deseos de conquistarnos, pero lo que sí 
afirmaré desde luego, es que no podrán conquistarnos. 
No se echa tan fácilmente por tierra un edificio tan 
sólido y bien construido como la República del Uru- 
guay. Los obreros que han tomado parte por esta 
construcción no eran de media cuchara, sino maestros 
viejos y entendidos. Desde Zapicán hasta Rivera y 
desde Santiago Vázquez hasta Lucas Obes, toda la 
gente de la casa ha sido gente brava. Y si creen que 
es mentira, ¡qué vengan! 

Pero yo creo que Don Juan Carlos no las tiene to- 
das consigo, a pesar de su aparente aplomo. Los cir- 
cunloquios y rodeos de que se vale para pintarnos la 
anexión como cosa buena, están diciendo que le queda 
en el fondo del alma algo muy parecido a la descon- 
fianza en las facilidades de la empresa. Entre los in- 
sultos que nos dirige,, nos hace de cuando en cuando 



[40] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



una caricia para convencernos, bien es verdad, que 
no todo? han de ser golpes ya que se trata de quitar- 
nos lo nuestro. Así, hablando de la patria grande se 
digna explicarnos su pensamiento, y dice; u La patria 
no es el terruño, como la casa no es la familia. Natu- 
ral es que la familia ame la casa, en que han jugado 
los niños, y han llorado las madres, pero sería estú- 
pida y ridicula la familia que se rehusase a habitar 
una casa más grande, más cómoda, más saludable, 
con más aire, más luz, más bienestar, más satisfac- 
ción, y condenase la prole a la tisis o al raquitismo 
de la atmósfera de sótano, del techo enano y de la 
puerta rastrera". 

Ahí está lo que e?i no conocer el corazón humano. 
Familia hay que moriría de pena si la sacaran de su 
rancho jiara llevarla a un palacio. Hombre hay que 
no cambiaiía .su modesta posición de labriego, por el 
empleo de rey : — y si no, que lo diga aquel paraguayo 
que habló con Callos IV — . Pero aparte de estas con- 
sideraciones, la verdad es que nuestra ca^a no es chica, 
ni la atmósfera e^ mala, ni la puerta es rastrera. 
Desde Montevideo a Tacuarembó y desde Cerro Largo 
a Maldonado, caben holgadamente diez millones de 
habitantes, que un día ocuparán felices esta tierra: los 
aires tónicos del Océano y del Plata vivifican nuestro 
aparato pulmonar y estimulan el desarrollo de la vida: 
la puerta de entrada que está abierta generalmente 
para todo el que pide hospedaje, es ancha y fran- 
queable, como que comienza en las riberas confluentes 
del Océano y el Cabo de Santa María, y viene a con- 
cluir allá por los Cerros de la Cruz. ¿Qué más casa, 
y para qué? Y sobre todo, si es tan fea ¿para qué la 
quieren los argentinos? 

[41] 

7 



FRANCISCO BAUZA 



Pero no. . . no se la vamos a dar tampoco. La re- 
cibimos libre de manos de nuestros padres y libre la 
entregaremos a nuestros hijos. Es un compromiso de 
honor tácitamente contraído, es un acto de conciencia 
al que no faltaremos a fuer de hombres de bien. No 
hay remedio: la cosa está decidida ya. En balde nos 
dirán lo que quieran, nosotros haremos lo que nos 
parezca. No tenemos miedo a nadie; excusamos las 
camorras, pero las aceptaremos si nos las traen. Como 
dicen muy bien nuestros gauchos: ¿Para qué quiere el 
hombre la vida si no para voracear un día? Si ese día 
ha de llegar, voracearemos. No hemos de ser menos 
que nuestros padres, y por muy mal que pinte la raza, 
si ellos eran tigres, overos tenemos que ser nosotros,. 
Vayase Don Juan Carlos en hora mala con sus pro- 
yectos de anexión, y no juegue con fuego. * 



• La Nación, afio III, número 565 Montevideo, sábado 4 
de octubre de 1879» 

[42] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



LA ANEXION Y SU APOSTOL 



LA ANEXION Y SU APOSTOL 



Señores : 

Con motivo de la solemne inauguración del monu- 
mento levantado en la Florida para conmemorar el 
hecho más culminante de nuestra historia nacional, 
una nota discordante se escuchó en el concierto de 
emociones patrióticas, que, oía estallaion en himnos 
y canciones épicas, oía se mantuvieron dentro del pe- 
cho, como si temiesen traducirse en imprecaciones y 
anatemas a los que en diversas épocas mancillaron la 
santidad de los íecuerdos que se evocaban, la gloria 
de esas tradiciones que se perpetuaban en el bronce 
y en el mármol. 

Esa nota se ha acentuado más tarde^ y de cuando 
en cuando una hoja periódica que se publica en Bue- 
nos Aires, nos trae el eco desgarrador de una propa- 
ganda implacable contra las tradiciones que prepara- 
ron y fundaron la independencia del país, y el lúgubre 
augurio de las desdichas que nos esperan si reac- 
cionamos contra esas tradiciones, si renegamos de la 
nacionalidad que fundamos y no resolvemos valiente- 
mente incorporarnos a la gloriosa nacionalidad ar- 
gentina. 

Y esa nota discordante, que toma cuerpo y produce 
ya armonías seductoras que arroban y extasían, no 
puede ni debe despreciarse, pues parte de un ilustre 
compatriota a quien nadie puede negar la sinceridad 
de las convicciones, la energía del carácter, la pro 1 ' 
dad, la ilustración, el talento^ que le dieron sie 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



un puesto culminante en las tranquilas lides del pen- 
samiento y en las ardientes luchas de la política mili- 
tante. 

Invitado el Dr. Gómez para asociarse a sus compa- 
triotas, residente en Buenos Aires, a fui de hacerse pre- 
sente, por una manifestación de simpatía, en el acto 
de la inauguración del monumento, contestó que la 
Asamblea de la Florida no declaró la independencia; 
que la declaración de la independencia hubiera sido 
un crimen inútil, porque ante el derecho inmutable y 
eterno lo ha sido y lo será siempre despedazar la pa- 
tria; que la Asamblea de la Florida es tanto más 
meritoria cuanto que tuvo que resistir a presiones de 
fuerza, a coacciones militares, para levantarse a la 
altura en que se colocó con sus solemnes declaracio- 
nes; y por fin, que habiendo rendido toda su vida un 
culto inalterable a la verdad, no podía prestarse a 
endiosar la mentira al fin de sus días; agregando que 
si se tratase de erigir un monumento a la Asamblea 
de la Florida como el que acaba de decretar la Fran- 
cia a la Asamblea de 1789, se asociaría con entusiasmo 
al homenaje a esa encumbrada Asamblea, y aún más, 
que si se tratase de solemnizar el hecho de la inde- 
pendencia oriental, sin conexión alguna con las tra- 
diciones de los Treinta y Tres y de la Florida, tal 
vez se asociase a ello, tomándolo como un hecho con- 
sumado o conveniente, pero que en tal caso sería nece- 
sario colocar en el monumento las estatuas del Empe- 
rador Pedro I y del Gobernador Dorrego, que fueron 
los dos genios que lo produjeron. 

La impresión que produjo este reto audaz del más 
esclarecido publicista al sentimiento unísono que do- 
minaba a todos los espíritus en aquellos momentos 



[46] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



solemnes, pasó sin dejar profundas huellas; pero la 
insistencia deliberada de estos últimos días empieza a 
preocupar y obliga a discutir tranquila, desapasionada 
y concienzudamente la tesis arrojada a la arena del 
debate. 

La Asamblea de la Florida no proclamó la inde- 
pendencia; proclamarla habría sido un crimen; solem- 
nizarla con la erección de un monumento, es consa- 
grar una mentira histórica, extraviando y pervirtiendo 
la conciencia pública: — la independencia del paísi no 
puede solemnizarse sino a condición de desligarla de 
la tradición de los Treinta y Tres y de la Florida ; — 
he ahí la última síntesis del pensamiento del Dr. Gó- 
mez: niega todo lo que el pueblo oriental cree, y de- 
prime todo lo que ese pueblo ama y venera. 

Todos o casi todos, quiero creerlo, estamos conven- 
cidos de que el Dr. Gómez no tiene razón; pero es 
necesario que nos expliquemos los unos a los otros 
cómo y por qué no tiene razón el doctor Gómez. 

Es necesario que empecemos a preocuparnos seria- 
mente de estudiar las tradiciones de la independencia 
y de levantar las que mejor hayan entrañado las legí- 
timas aspiraciones de estos pueblos, emancipándonos 
de la influencia que ha ejercido sobre nuestro espíritu, 
el brillo de las glorias argentinas, el ascendiente de 
su política y de su literatura. 

No pretendo ser el primero en tomar esa iniciativa ; 
pero quieio segundarla seriamente, poniendo el contin- 
gente de mis ideas al servicio de esa patriótica tarea. 

Permítaseme no guardar un método rigoroso, y que 
ante todo rae apodere de aquello que más honda im- 
presión ha producido sobre mi espíritu. 

[47] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



El Dr. Gómez manifiesta cierto desprecio, marcada 
repugnancia hacia la tradición de los Treinta y Tres 
v de la Florida. "Yo me asociaría, ha dicho, si se 
tratase de solemnizar el hecho de la independencia 
sin conexión con las tradiciones de los Treinta y Tres 
v de la Florida". 

Yo no me explico, no puedo explicarme que la 
independencia oriental tenga ni pueda tener tradicio- 
nes mas legítimas y más puras. 

Durante la dominación extranjera, los 33 patriotas 
representan la protesta airada contra la usurpación 
que echaba raíces y asimilaban gradualmente mu?hos 
elementos nacionales. 

Postrado el país por la anarquía, abandonado por 
Id política falaz de Buenos Aires, se dieron en esa 
época ejemplos vergonzosos de adhesión servil a los 
usurpadores, que habrían arrojado un eterno baMón 
sobre la patria, a no existir ese grupo de adalides 
errando en tierra extraña o parias en su patria, pero 
firmes e incorruptibles, soñando siempre con devolver 
la patria a los mismos que la entregaban por debili- 
dad o cobardía, al extranjero invasor. 

Entonces, como ahora, se diseñaban dos escuelas 
políticas en los acontecimientos del Plata: la escuela 
de las transacciones, de la habilidad política, de las 
evoluciones paulatinas, de las contemplac ones. de los 
términos medios, y la escuela de los propósitos defi- 
nidos, de las resoluciones valientes, de la intransigen- 
cia indomable; y si en la v^da ordinaria de los pueblos 
y en el decurso de los acontecimientos de carácter 
civil es posible optar entre esas dos escuelas, no lo 
es cuando de un lado está el país y del otro la domi- 
nación extranjera. 



[48] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Loá prohombreé del movimiento de Mayo pertene- 
cían a la primera escuela; iniciaron el movimiento 
revolucionario contra España en nombre de Fernan- 
do VII y transcurrieron cinco años sin que llegasen 
a definir neta y valientemente el pensamiento que en 
realidad agitaba a los pueblos del antiguo v'rreinalo 
y aun muchos años después elaboraban clandestina- 
mente combinaciones monárquicas a pretexto de que 
estos pueblos no estaban preparados para una tran- 
sición tan violenta. 

Eso se hacía en la República Argentina, mientras 
que respecto del Estado Oriental, la escuela bastarda 
acentuaba más aún sus caracteres. 

A pretexto de la anarquía que devoraba a este país, 
y que «o era otra cosa que la resistencia que suble- 
vaba la política tenebrosa de aquella célebre logia de 
Lautaro, que conspiraba en secreto contra las legí- 
timas aspiraciones de estos pueblos* se fomentó la 
invasión del año 16 y se encontró muy cómodo que 
Portugal nos unciese a su yugo, mientras los demás 
pueblos del antiguo virreinato afirmaban su indepen- 
dencia en victorias inmortales* 

No pretendo empequeñecer las glorias argentinas. 
En cambio del abandono ignominioso que hizo Bue- 
nos Aires de la Provincia Oriental, puede jactarse de 
que dominó la anarquía que devoraba a una gran parte 
de sus provincias, que escaló los Andes y selló en la 
batalla de Ayacucho la independencia del continente 
americano; pero no es por eso menos cierto que su 
política para con el Estado Oriental fue débil y des- 
leal. 

Ahora bien: la influencia de Buenos Aires se hizo 
sentir en el interior de nuestro país. Artigas, inspirado 



[49] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



en el verdadero sentimiento nacional, y no escuchando 
más sugestiones que las de su patriotismo salva je, 
resistió la invasión mientras pudo conservar a su lado 
un puñado de fieles compañeros con quienes librar 
combate, y vencido, emigró para no volver a aspirar 
las auras de su tierra natal. 

Pero no fue ésa la conducta que obsei varón todos 
los orientales. 

Al fin y al cabo, Artigas no Ies ofrecía más perspec- 
tiva que una lucha sin tregua, desigual, homérica, 
pero estéril; y el extranjero devolvería la tranquilidad 
al país, daría puestos, honores y riquezas a los patrio- 
tas que aceptasen el suave yugo lusitano, y el suave 
yugo lusitano fue aceptado por una gran parte del 
país, y se verificó el hecho ignominioso de que muchos 
prohombres de la época aceptasen los principales pues- 
tos en el gobierno y en la administración. 

Doloroso me es recordarlo: entre esos prohombres 
se encuentra el General Don Fructuoso Rivera, el 
héroe de Rincón y de Misiones, quien, vencido con 
Artigas, no tuvo la noble abnegación de abandonar el 
país antes que rendir su espada al extranjero, y algo 
peor que rendirla, ponerla a su servicio. 

Entonces se trató de justificar esa actitud de los 
ciudadanos orientales, invocando la esterilidad del sa- 
crificio, la necesidad y la conveniencia de no aban- 
donar el país, de hacer el bien posible en la esfera 
de lo posible, y no dejó de condenarse la intransi- 
gencia de los que no se sometían al hecho consumado, 
emigraban y se abstenían de llevar su contingente a 
la labor común, que al fin, un pueblo no emigra y el 
país necesitaba vivir, y la realidad viviente era el lu- 
sitano dueño y señor de la Provincia Oriental. 



[501 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Sofisma de todos los tiempos, señores, a que algunos 
suscriben por error sincero, y ésos son los menos, 
pero que adoptan conscientemente los más para pa- 
sarlo cómodamente en todas las vicisitudes de la vida. 

Consuélenos que si eso se verificaba de un lado, del 
otro, los patriotas intransigentes, los que creían que 
el país debe vivir y que un pueblo no emigra, pero 
que los ciudadanos a quienes los acontecimientos o sus 
aptitudes han dado la fortuna de influir en los des- 
tinos de su país, no deben adherir al día siguiente a 
lo que combatieron el día anterior como una gran 
injusticia y un gran atentado; los que creían que se 
producen situaciones para los pueblos en que los hom- 
bres de bien no tienen más rol que el de la lucha 
armada o la abstención absoluta, o emigraron o se 
aislaron; y esperaron errantes o proscriptos, llorando 
en silencio la servidumbre y la ignominia de la patria, 
a que gonara la hora aspirada de redimirla al precio 
de la generosa sangre de sus hijos. 

Esa tradición representan los Treinta y Tres ciuda- 
danos que desembarcaron en el Arenal Grande el 19 
de abril de 1825. 

¿Cuál hay más grande en las tradiciones de nuestro 
continente? 

¿Cuáles otras quieie el Dr. Gómez que se levanten? 

¿La de Buenos Aires, cómplice, según la más justi- 
ficada versión histórica, de la invasión lusitana, y 
espectador impasible, cuando menos, según la noto- 
riedad de los hechos de que fue testigo una genera- 
ción que no se ha extinguido todavía? 

¿La tradición de los que pidieron o aceptaron el 
yugo extranjero y vivieron tranquilos y felices a su 
sombra, acumulando honores y riquezas? 



[51] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



Y sin embargo, el Dr. Gómez lo dice: "Yo me aso- 
ciaría a los que solemnizan la independencia oriental, 
a condición de quitar a ese hecho toda conexión con 
la tradición de los Treinta y Tres". 

A mí me sucede lo contrario, señores. 

La independencia oriental sin la tradición de los 
Treinta y Tres y de la Florida, seiía para mí un hecho 
bastardo, resultado híbrido de las rivalidades de dos 
pueblos, independencia de convenciones extrañas, sin 
tradiciones en el pasado, sin vínculos en el presente y 
sin derecho a perpetuarse en los tiempos venideros. 

Pero esa tradición* que, como se ha visto, es tan 
pura en su origen, ¿dejó de serlo en el curso de los 
acontecimientos que desarrolló en el país? 

El general Mitre ha dicho en su Historia de Bel- 
grano, que Artigas fue en las luchas de la indepen- 
dencia el representante de una democracia bárbara 
que comprometía la suerte de la revolución, y cons- 
tituía una amenaza para la organización definitiva y 
regular de estos pueblos. 

Es posible que el general Mitre haya sido feliz al 
cal ficar de ese modo las tendencias populares que 
encarnaba Artigas y el presentimiento profundo de 
la idea descarnada y definida que perseguía el caudi- 
llo oriental, porque la democracia es una idea dema- 
siado compleja para que fuera dado esperar que un 
pueblo educado bajo el régimen colonial la concibiese 
y la realizase en medio de la lucha y de la anarquía, 
según las exigencias del ideal moderno. 

Pero en cambio, con el movimiento revolucionario 
del año 25 empieza un segundo período, que no tiene 
de común con el que llenó Artigas con su nombre, con 
su influencia y con sus hazañas, mas que el sentimiento 



r 52 1 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



nacional que resplandece en todas las manifestaciones 
de la vida pública de los caudillos de nuestra inde- 
pendencia. 

Producido el movimiento del año 25, ¿qué hace 
Lavalleja? 

¿Llama a sí, por ventura, la representación del 
país? ¿Impone su voluntad, dispone de los destinos 
de su patria? 

El 19 de abril invade el país el General Lavalleja, 
retando audazmente al usuipador extranjero, y el 27 
de mayo siguiente convocaba a comicios para consti- 
tuir el Gobierno Nacional, y el 14 de junio, consti- 
tuido el primer gobierno patrio, deponía ante él su 
autoridad, por nadie tan legítimamente conquistada, 
recibiendo del Gobierno el nombramiento de General 
en Jefe del Ejército. 

En menos de dos meses, el Dictador había consti- 
tuido el Gobierno Nacional por elección directa de los 
pueblos libertados, y entregando al Gobierno la repre- 
sentación del país, reemprendía las operaciones de la 
guerra, ¡lo único que aceptó reseivarse el libertador 
de la patria! 

jQué ejemplo! ¡Qué lección! 

En el ejemplo del libertador se inspiró el gobierno 
patrio. Constituido el 14 de junio, convocó a comicios 
para constituir la Sala de Representantes el 17 del 
mismo mes, dictando con la misma fecha un decreto 
o ley electoral en el cual se prescribía el modo y 
forma en que debían verificarse las elecciones, el nú- 
mero de diputados que debían elegirse, las condicio- 
nes que debían reunir los electos, y la época y lugar 
en que debía verificarse la reunión. 



[53] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



Eso ya no era democracia bárbara, señores; eso era 
democracia pura, la que practican los pueblos más 
libres y más adelantados, la que responde a la fórmula 
augusta del sistema representativo-repubhcano, 

¿Quién inspiraba a Lavalleja 9 

No lo sé, ni nos importa saberlo. Cuanto más im- 
personal un movimiento de opinión, es más legítimo 
y será más saludable. 

Los hombres de ese movimiento comprendieron que 
la opinión es fuerza, que la sobeianía del pueblo es 
la fuente de todo derecho, y que el sistema represen- 
tativo no es un obstáculo, ni aun para luchar contia 
los opresores de la patria. 

¡Qué ejemplo! ¡Qué lección! 

Con estos piccedente* y bajo estos auspicios se re- 
unió la Asamblea en 1825, y el 25 de agosto de ese 
año memorable, reasumiendo la plenitud de su sobe- 
ranía, se declaró de hecho y de derecho, libre e in- 
dependiente del Rey de Portugal, del Emperador del 
Brasil y de cualquiera otro del Universo, y con am- 
plio y pleno poder para darse las foimas que en uso 
y ejercicio de su soberanía estimara conveniente. 

Ese fue el primer acto de la Asamblea de la Florida, 
el voto espontáneo, el voto consciente, el que traducía 
el sentimiento nacional, sentimiento que no debió des- 
pertarse jamás, o más bien, que debió tener por ob- 
jetivo, más dilatados horizontes, produciéndose uní- 
sono desde el Plata hasta los Andes, pero que en rea- 
lidad y por causas fatales se producía dentro de las 
fronteras que la República Argentina abandonó a la 
conquista extranjera, y que abandonadas tenía en los 
momentos mismos en que se promulgaba la solemne 
declaración. 



[54] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



¿Cómo es posible suponer que la Provincia Orien- 
tal, abandonada durante nueve años a su desesperada 
suerte, entregada sin piedad a la codicia de Portugal 
y del Brasil, ofrecida a todas las ambiciones monár- 
quicas por la política falaz de los gobiernos y de los 
congresos argentinos, la Provincia Oriental, que ha- 
bía visto extinguirse casi una generación, luchando 
desesperadamente contra España, primero a bandeias 
desplegadas, y luego contra la conquista lusitana, es- 
tipulada y preparada con el plenipotenciaiio argen- 
tino; que aun después de eliminado Ai ligas, el eterno 
pretexto de las maquinaciones monárquicas y de los 
protectorados extranjeros, continuaba desamparada por 
el gobierno de la Nación, a quien no arrancaba de su 
indiferencia ni el heroísmo de los patriotas» que ini- 
ciaban la cruzada redentora; ¿cómo es posible, decía, 
que la Provincia Oriental tuviese otro sentimiento que 
el de su independencia, otra aspiración que la de 
emanciparse y constituirse con sus propios y exclusi- 
vos elementos? 

Es necesario no haber estudiado con ánimo tran- 
quilo y desapasionado la histoiia de esos diez años de 
luchas y de martirio por que pasó nuestro país desde 
1816 a 1825 ; es necesario desconocer todo lo que hay 
de sentimiento y de pasión en las resoluciones supre- 
mas de los pueblos, para decir y sostener que la unión 
argentina, y no la independencia oriental, era la as- 
piración unísona de la generación de 1825. 

No ha desaparecido todavía por completo esa gene- 
ración y aún es posible interrogar a los que sobre- 
viven. 

Si no teme el Dr. Gómez ver desvanecidos sus sue- 
ños, provoque las confidencias íntimas de los que al 



[55] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



borde del sepulcro, viven todavía con el recuerdo de 
aquellos tiempos legendarios, y sabrá entonces en qué 
sentido vibraban las fibras del patriotismo, 

Pero dice el Dr. Gómez: 

"Nada hay más brutal que un hecho. 

''Pueden Vds. escribir más volúmenes que Antonio 
Díaz para adulterar la historia y no conseguirán su- 
primir el hecho de la incorporación proclamada por 
la Asamblea de la Florida, el mismo día de la decla- 
ración que Vds. llaman de la independencia. 

"Vd. es abogado, agrega, dirigiéndose al Dr. Ma- 
gariños Cervantes. — O esas dos leyes dictadas el 
mismo día son armónicas, se complementan una a otra, 
o son antagónicas y una deroga la otra. La ley de 
incorporación, declarada fundamental, fue la segunda 
sancionada. Luego derogaría a la que ustedes apelli- 
dan acta de la independencia si ambas se contradi- 
jesen. 

"Salga Vd. de este atolladero, como profesor, con 
alguna doctrina de nueva invención sobre la vigencia 
de las leyes.' 1 

No es cierto con el estrecho criterio forense que 
deben abordarse y resolverse estas cuestiones. 

Los documentos oficiales son generalmente pálidos 
y fríos para dar idea exacta de una situación política, 
y muchas veces para revelar el sentimiento público en 
las grandes crisis de los pueblos. 

¡Qué idea tan pequeña se formaría el historiador 
del movimiento de mayo de 1810, y aun de la decla- 
ración de la independencia argentina por el Congreso 
de Tucumán, si sólo en documentos oficiales preten- 
diese descubrir los latidos del pueblo argentino, sus 



r 56 3 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



verdaderas tendencias, stt alíenlo, su aspiración su* 
prema! 

En mayo, según la declaración que promulgó el Ca- 
bildo de Buenos Aires y que fue la bandera revolu- 
cionaria durante algunos años, los patriotas se mos- 
traban más realistas, más absolutistas que los godos. 

La patria era para ellos el monarca; poco impor- 
taba que Fernando VII no ejerciese ya su autoridad 
sobre un solo palmo de tierra en la península. Fer- 
nando VII era el amo y señor de las Américas y en 
su nombre debía ejercerse la autoridad que se arre- 
bataba al virrey. £1 Presidente de la nueva Junta 
Gubernativa no empezó a ejercer sus funciones sin 
prestar antes juramento de mantener la integridad del 
territorio bajo el cetro de Fernando VIL 

Seis años habían transcurrido: se habían librado 
batallas y obtenido victorias contra España; San Mar- 
tín había escalado los Andes, y el Congreso de Tucu- 
mán había proclamado la independencia el 9 de julio 
de 1816. 

Escuchad ahora las instrucciones, reservadas unas y 
reservadísimas otras* que ese mismo Congreso daba 
inmediatamente después de declarar la independencia 
a su plenipotenciario para el Brasil, el General Don 
Matías Irigoyen. 

Por las instrucciones reservadas se le prevenía pa- 
sar previamente por el Cuartel General de Lecor y 
ponerse allí de acuerdo con Don Nicolás Herrera, antes 
de entrar en negociaciones* Siguiendo en un todo las 
prevenciones de García, debía el General Irigoyen ha- 
cer entender al General Lecor que si el objeto del 
gabinete portugués era solamente reducir al orden la 
llanda Oriental, de ninguna manera podría apoderarse 

[57] 

B 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



del Entre Ríos por ser territorio peiteneciente a la 
Provincia de Buenos Aires. 

Para amansar las furias portuguesas, dice Mitre, se 
prevenía, además, al comisionado: "También expondrá 
al General Lecor, que a pesar de la exaltación de ideas 
democráticas que se ha experimentado en toda la re- 
volución, el Congreso, la parte sana e ilustrada de los 
pueblos y aun el común de éstos, están dispuestos a 
un sistema monárquico constitucional, de un modo 
que asegure la tranquilidad interna y que estreche sus 
relaciones e intereses con los del Brasil. Procurará 
persuadirles del interés y conveniencia que de estas 
ideas resulta al gabinete del Brasil, en declararse 
protector de la libertad e independencia de las Pro- 
vincias Unidas, restableciendo la casa de los Incas y 
enlazándola con la de Braganza'\ Para el caso de que 
nada de esto se consiguiera, preveníase: "Si después 
de los más poderosos esfuerzos para recabar la an- 
terior proposición, fuese rechazada, propondrá la co- 
ronación de un infante del Brasil en las Provincias 
Unidas, o la de otro cualquier infante extranjero con 
tal que no sea de España* para que enlazándose con 
alguna de las infantas del Brasil, gobierne este país 
bajo una Constitución que deberá presentar el Con- 
greso, tomando a su cargo el gobierno portugués alla- 
nar las dificultades que presente la España". 

Las instrucciones reservadísimas iban más lejos 
todavía. 

"Si se le exigiese al comisionado que las Provin- 
cias Unidas se incorporen a las del Brasil, se opondrá 
abiertamente; pero si después de apurados todos los 
recursos de la política, insistiesen, les indicará como 
una cosa que nace de él, y que es lo más a que pueden 



[58] 



LiA INDEPENDENCIA NACIONAL 



prolaise las pmvmcias: qu^ formando un E«tad<j dis- 
tinto reconoceián poi su monarca al del Brasil mien- 
tras mantenga su corte en este continente, pero bajo 
una Constitución que le presentaiá el Congreso". 

Con estos documentos oficiales podría en cualquiera 
de los días clásicos de la República Argentina, el 25 
de mayo o el 9 de julio, decirser a los argentinos pa- 
rodiando al Dr. Gómez: vuestra independencia del 
año 10 es una mentira histórica. Vosotros hicisteis ese 
día voto de adhesión a Fernando Vil, y protestasteis 
tan sólo contra la usurpación de Napoleón. Vuestra 
independencia de 1816 es una superchería vergonzosa, 
porque si a la faz del mundo declarábais. la indepen- 
dencia, en el secreto negociábais la incorporación de 
las Provincias Unidas al Brasil bajo el cetro de su 
propio monarca o de algún príncipe de la estirpe. 

Pero no es ése el criterio con que deben juzgarse 
los precedentes históricos de las nacionalidades. 

Sobre las flaquezas de las individualidades, sobre 
las apostasías de las camarillas, y sobre las infidencias 
de la diplomacia, está el sentimiento popular que no 
se extravía fácilmente: está el pueblo que no discute 
las formas que los hábiles políticos dan a su pensa- 
miento, y que marcha siempre a su objetivo, apoyando 
o iniciando instintivamente los grandes movimientos 
revolucionarios. 

El día en que el pueblo de Buenos Aires se con- 
gregó en la plaza pública, osó enfrentarse con el 
virrey y habló de su soberanía y del derecho de go- 
bernarse a sí mismo, estuvo iniciado, si no consumado, 
el movimiento de la emancipación y de la indepen- 
dencia, aunque por sus directores se tomase por pre- 
texto la dominación de Napoleón y se invocase todavía 



[59] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



la autoridad de Fernando VII, como csluvo decretado 
por la voluntad indisputable de ese mismo pueblo, 
que las nuevas nacionalidades se constituirían bajo la 
forma representativo-republicana, a despecho de las 
maquinaciones tenebrosas de sus prohombres, que des- 
conociendo el alto significado del movimiento que se 
operaba, buscaban la fórmula definitiva de la revo- 
lución de Mayo en combinaciones absurdas de monar- 
quías indígenas o extranjeras. 

Apliquemos el mismo criterio a la solemne decla- 
ración de la Florida. 

La declaración de la independencia absoluta, es la 
que expresa el voto popular incubado en quince años 
por la nefanda política de los prohombres de la revo- 
lución de Mayo, de sus gobiernos y de sus congresos, 
¿y por qué no confesarlo también? por los errores y 
los extravíos de nuestro gran caudillo. 

Si enseguida de hacerse esa declaración, consa- 
grando así, por una manifestación legítima de la opi- 
nión del país, las resistencias que había opuesto con 
Artigas a todo yugo extranjero, se hizo una segunda 
declaración incorporando la Provincia Oriental a las 
del antiguo virreinato, ese hecho se explica por sí 
mismo. 

La Provincia Oriental no tenía elementos para ven- 
cer en la lucha emprendida con el Brasil, y sobre el 
sentimiento de independencia estaba la repulsión ai 
extranjero opresor. ¿Quién puede dudar que entre la 
dominación brasilera y la incorporación a la Repú- 
blica Argentina, el país en masa optaba por ese último 
extremo? 

Pero quedaba consagrado que la Provincia Oriental 
había reasumido la plenitud de su soberanía, decía- 



[60] 



L.A INDEPENDENCIA NACIONAL 



raba rotos todos los vínculos de sumisión a poderes 
extraños, y que dispondría de sus destinos como me- 
jor viese convenirle. 

Esa declaración era la independencia, o bajo una 
nueva bandera y levantando una nueva nacionalidad, 
o en una Confederación de Estados independientes y 
libres. 

Pero dados los precedentes históricos a que me he 
referido ligeramente en esta breve exposición, la in- 
corporación tenía que ser, como fue, un hecho transi- 
torio; los vínculos de la nacionalidad estaban rotos y 
nuevas guerras desastrosas habrían surgido con cual- 
quier pretexto, que en definitiva se traducirían en 
guerras de emancipación e independencia. 

La declaración de la independencia promulgada en 
la Florida, fue, pues, un hecho deliberado y consciente, 
necesario y fatal, hecho que, por ser la expresión de 
la voluntad nacional e inicial de la patria, tal cual hoy 
la concebimos y la amamos, debe ser conmemorado 
y glorificado por todos los ciudadanos orientales. 

¿Era acaso un crimen optar por la independencia 
en los momentos en que la Asamblea de la Florida 
la declaraba? 

"Ante el derecho inmutable y eterno, dice el Dr. 
Gómez, ha sido y será siempre un crimen despedazar 
la patria/* 

El espíritu, a veces paradojal del Dr. Gómez, se 
revela en esta afirmación absoluta. 

Despedazar la patria es un crimen sin duda; pero 
constituir nacionalidades que se imponen por los acon- 
tecimientos, y que nacen por la voluntad justificada 
de todo un pueblo, es tan sólo obedecer a una ley 
natural y acatar el principio fundamental del derecho: 



I 611 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



la voluntad general, o en términos más concretos, la 
soberanía de todas las agrupaciones humanas que tie- 
nen los medios y la posibilidad de constituirse inde- 
pendientes, y de gobernarse a sí mismas. 

Juzgando las revoluciones de la independencia ame- 
ricana con el criterio del Dr. Gómez, resultaría que 
fue un crimen emancipar la América y constituir nue- 
vas nacionalidades en este hermoso continente, porque 
al fin y al cabo, se despedazaba la patria de los mo- 
narcas del derecho divino; esa patria que tenía a 
orgullo que en sus dominios jamás se ocultase el sol. 

Según ese criterio, la heroica Cuba no debería me- 
recer nuestras simpatías, y a lo sumo, deberíamos 
compadecerla en su martirio, merecido hasta cierto 
punto, por su insensato y criminal empeño en despe- 
dazar la patria. 

No: para justificar o condenar los esfuerzos de un 
pueblo que se emancipa, segregándose de la comuni- 
dad a que perteneció, cualesquiera que sean las tra- 
diciones y conveniencias que produjeron esa comuni- 
dad, es necesario estudiar su historia, y, como en 
todos los casos, sobreponer a todos los intereses y a 
todas las preocupaciones, el sentimiento de la justicia. 

¿Tiene un pueblo razones justificadas para emanci- 
parse? ¿Quiere la emancipación? Si las tiene, si las 
quiere, la causa de ese pueblo es la causa del derecho, 
de la justicia, de la libertad, y sobre todo, señores, si 
ese pueblo ha consagrado su derecho por una existen- 
cia nacional de medio siglo; si durante el transcurso 
de todo ese tiempo, ha confirmado por actos conse- 
cutivos, su voluntad de ser independiente; si tiene los 
medios de serlo, llenando los fines inmediatos de toda 
asociación política, la paz, la libertad, el orden, no 



[62] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



sé a qué título podría decirse a ese pueblo: buscad 
en la supresión de vuestra bandera, en la incorpora- 
ción a otra nacionalidad, más vasto teatro para vues- 
tros grandes hombres, mayores esplendores para 
vuestra existencia nacional. 

Yo no pienso como el Dr. Gómez, que las pequeñas 
nacionalidades deben suprimirse; yo no tengo por la 
Holanda, por la Bélgica, por la Suiza, el desdén que 
el Dr. Gómez. A la Suiza no le envidio sus quesos 
ni sus relojes (palabras del Dr. Gómez), pero sí le 
envidio sus instituciones, sus virtudes, sus hábitos, 
su paz inconmovible, su libertad sin eclipses, su feli- 
cidad sin sombras; pueblo bendecido, que realiza sin 
ostentación y sin estrépito, el ideal de las legítimas 
aspiraciones del hombre, y vive feliz, en paz y en gra- 
cia de Dios. ¡Y la Suiza, señores, vivió también du- 
rante largos años, oprimida por los colosos que la 
rodean y asienta su nacionalidad sobre una cuarta parte 
de nuestro territorio! 

En cambio, hay mucho que reprochar a esos orga- 
nismos monstruosos que se llaman las grandes nacio- 
nalidades* que convierten en siervos a los hombres, 
llenan el mundo con el estrépito de sus hazañas mili- 
tares, y oprimen a los pueblos relativamente débiles. 

Yo no concibo la asociación política, sino como me- 
dio de asegurar al hombre la plenitud de sus derechos 
naturales y de satisfacer el conjunto de sus aspiracio- 
nes legítimas. Allí donde una agrupación humana ha 
resuelto ese problema, deben estar las simpatías y los 
votos de todos los hombres libres de la tierra; poco 
importa que las fronteras en que ese hecho se pro- 
duce, sean estrechas como las de la Suiza y las de mi 
patria, o dilatadas como las de la Rusia o la Alemania, 



[63] 



JO&E PEDRO RAMIREZ 



El Dr. Gómez nos habla mucho de la patria grande, 
de renombre, de gloria, y nos dice que la patria no es 
el terruño: que debemos buscar más aire, más luz, 
más bienestar, más dilatadas fronteras. 

La patria es y no es el terruño ... la patria es el 
suelo, la luz, el aire, el derecho, la justicia, la liber- 
tad, conjunto indefinido de sentimientos misteriosos; 
un culto de amor, como ha dicho un ilustre escritor, 
con todo el ardor, con todas las supersticiones, con 
todo el fanatismo de una religión... felicidad, glo- 
ria, inmortalidad... El sentimiento de la patria da a 
la historia aquel Leónidas que se inmola en las Tei- 
mópiJas, aquel Bruto que inmola a sus hijos, aquel 
otro Bruto que inmola a su padre; inspira el sacr ficio 
de Régulo, el patriotismo de los Gracos, la austeridad 
de Catón, las virtudes de Cornelia, la abnegación de 
Cincinato. 

¡Arrancad todo eso del corazón humano a título de 
darle más extensas fronteras, más escenario, más re- 
nombre ! 

Por otra parte, el destino del hombre no es la gloria, 
ni es tampoco el destino de las naciones. 

Esa concepción del Dr. Gómez es de linaje cesa- 
rista, y ha hecho ya su época. 

El destino del hombre y el fin de las naciones, es 
realizar el bien y alcanzar la felicidad por el cum- 
plimiento de las leyes morales. 

Y la razón, la historia y los ejemplos mismos del 
presente, nos dicen que las pequeñas nacionalidades 
no sólo pueden llenar su fin, sino que tienen una gran 
misión que llenar en los destinos de la humanidad. 

Por necesidad y por virtud, las nacionalidades pe- 
queñas son las depositarías de todos los grandes dog- 



[64] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



mas del derecho moderno, y son la piotesta viva y 
permanente contra todas las usurpaciones de la fueiza. 

Que esas 'nacionalidades se conserven; que se for- 
talezcan por el ejercicio de las instituciones libres y 
se hagan respetar por la práctica de todas las virtudes 
cívicas, he ahí el interés social bien entendido y he 
ahí el objetivo útil y práctico que no deben perder 
de vista publicistas de la talla del doctor Gómez. 

Yo de mí sé decir, señores, que si un día alcanzara 
a ver a mi país practicando severamente las institu- 
ciones que se dio al constituirse, libre v feliz, nada 
echaría de menos los grandes territorios que sobran 
a otras nacionalidades, el vasto escenario que esas 
nacionalidades ofrecen a las altasi personalidades, ávi- 
das de espectabilidad y de glorias; ni el recuerdo de 
las grandezas de la antigua Roma, ni el espectáculo 
de los esplendoies de la moderna Atenas, contrista- 
rían mi espíritu, la plenitud de mi personalidad de 
hombre y de ciudadano en un pueblo libre y virtuoso, 
he ahí cuanto colma el ideal de mis aspii aciones. 

¿Niega el Dr. Gómez que este precioso jirón del 
continente americano, ubicado en la más envidiable 
posición geográfica, en la embocadura del Océano, 
sobre el estuario del Plata, con un territorio cuatro 
veces mayor que el de Suiza, mayor que el de la Isla 
Británica, que no alcanzan a doblar el de Francia y 
el de España, cruzado por caudalosos jíosj, favoiecido 
por la naturaleza con la benignidad del clima, con la 
fertilidad del suelo, con la exuberancia de inteligen- 
cia y de virilidad de que dio testimonio la propia 
generación que declaró la independencia, con sus 
tradiciones de gloria y con la rcbgión de &us marti- 



[65] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



ríos, pueda constituir una nacionalidad que responda 
a los fines legítimos de toda asociación política? 

Aquí la cuestión se traslada a otro terreno y me 
será necesario una segunda conferencia para diluci- 
darla. 

Yo me esforzaré en demostrar que este país tiene 
elementos aun para constituir una gran nacionalidad, 
y que, optando por su incorporación a la nacionali- 
dad argentina, se lanzaría a una aventura arriesgadí- 
sima, que sin extirpar el virus que la corroe y paraliza 
en el desenvolvimiento de los gérmenes latentes de su 
fecunda vitalidad, engendraría nuevas y más profun- 
das causas de peí turbaciones y conflictos, 

Pero por hoy, repito, no puedo entrar a ese terreno. 

Los pocos momentos de que aún puedo disponer 
debo consagrarlos al apóstol después de haber com- 
batido su apostolado. 

Señores: cuando el Dr. D. Juan Carlos Gómez sube 
a la prensa y emite un pensamiento de su privilegiado 
cerebro, y expresa una convicción de su alma fuerte, 
se verifica un hecho que enaltece su personalidad y 
que deprime a sus competidores, salvo raras y honro- 
sas excepciones. 

El habla en el lenguaje severo, tranquilo, augusto 
que dan las convicciones, la elevación del carácter, la 
superioridad del genio, y a sus sentencias, paradoja- 
Ies muchas veces, y alguna vez, doloroso me es de- 
cirlo, crueles e implacables para el sentimiento na- 
cional, se contesta con invectivas, con sarcasmos y 
hasta con insultos. 

Por xnr parte estoy muy lejos de asociarme a los 
que reciben las palabras del apóstol extraviado, pero 
no caído, con tan acerba hostilidad. 



[66] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Suponiendo que haya error — y yo lo creo así con 
todas las veras de mi alma — en los juicios que el 
Dr. Gómez viene emitiendo desde tiempo atrás, sobre 
las evoluciones que produjeron el aislamiento de la 
Provincia Oriental primero, su sumisión al yugo im- 
perial después, y su independencia más tarde; hay 
tanta sinceridad en su error, tanta consecuencia, tan- 
ta valentía para afrontar las antipatías y las preven- 
ciones irreflexivas, que desarma a sus más calorosos 
adversarios, a poco que levantan su espíritu y se 
sobreponen a los movimientos ciegos de esas pasiones 
ligeras que flotan a favor de las auras populares. 

Y cuando de labios temerarios se ha deslizado la 
palabra traidor, para motejar a nuestro preclaro pa- 
tricio, yo he sentido que el rubor subía a mis mejillas, 
como si por condenar las apreciaciones históricas y 
las apreciaciones políticas del gran publicista, me 
hiciese cómplice de la impía acusación. 

No, señores; él lo ha dicho: por más amigos que 
seamos de Platón, seamos más amigos de la verdad 
— por más que amemos la patria, suboidinemos las 
exageraciones de ese avasallador sentimiento, a los 
severos dictados de un sentimiento más alto todavía: 
la justicia. 

Decidme: ¿cuándo tuvo el acento de los traidores 
esta unción patriótica que se respira en las líneas que 
arranco a una de sus últimas publicaciones? 

4 'Nací el año 20, dice, el año de las montoneras y 
de las independencias. No había entonces nacionali- 
dad oriental. El Estado Oriental era una provincia 
argentina. Era, pues, ciudadano natural de la Repú- 
blica Argentina. He podido hacerme reconocer tal, y 
calcule Vd. el camino que hubieran hecho mis ambi- 



[67] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



ciones, si las hubiera abrigado desde 1852, en este 
ancho campo en que aspiran a la posición encumbrada 
y a la fortuna deslumbradora. Los hijos de los emi- 
grados nacidos bajo la bandera oriental, se han hecho 
declarar argentinos y han sido diputados, senadores 
y ministros, y tal vez llegue alguno a la presidencia. 

Yo preferí a esa tentación de la montaña, correr 
la suelte adversa de mi provincia natal, no abando- 
nando a la madre en sus horas de tribulaciones, su- 
friendo su mala fortuna, zozobiando en sus naufra- 
gios, hasta encontrarme en la playa solo y aterido. 1 ' 

Y es la verdad, señores: el Dr. Gómez ha conde- 
nado las evoluciones políticas que segregaron a la 
Provincia Oriental, de la gran nación de que formaba 
parte; pero se ha conservado fiel a su bandera, ne- 
gándose durante veinte años de residencia en Buenos 
Aires, a todos los halagos y a todas las seducciones 
que ofrece una gran nación a los hombres de sus 
condiciones de carácter y de inteligencia. 

Poi otra parte, la traición a la patria no se revela 
) &e manifiesta de ese modo. No se traiciona a la 
patria discutiendo su historia con el ciiteno elevado 
del filósofo y del publicista, aunque &e incurra en el 
enor y ese error lastime el sentimiento nacional, des- 
de que quien tal hace, acepta el hecho producido, 
contra propias convicciones, se envuelve en la 
bandera de su país, y sigue su suerte en la buena 
como en la mala fortuna. 

El que eso hace no es siquiera un mal ciudadano, 
el más suave epíteto dispensado al Dr. Gómez. 

Los malos ciudadanos no son los que discuten los 
precedentes históricos de una nacionalidad, sino los 
que la deshonran con sus hechos; los malos ciudada- 



[68 1 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



nos no son lo 6 ? que discuten los actos de soberanía 
que produjeron la independencia, sino los que se 
sustituyen a la soberanía, la escarnecen y vilipendian; 
los malos ciudadanos no son los que hacen vida hon- 
rada durante medio siglo, los que jamás oprimieron 
a sua conciudadanos ni infirieron el mínimo agravio 
a las patrias libertades; los malos ciudadanos no son 
los que tomaron parte activa en las agitaciones polí- 
ticas de su país, y no figuran en el libro de las expo- 
liaciones que abrumaron su tesoro, ni en la lista de 
los proscriptores que obligaron a sus hijos a aban- 
donar los patrios lares. 

Perdóneseme si me detengo demasiado en la perso- 
nalidad del Dr. Gómez; pero a ello me inducen varias 
consideraciones. 

En primer lugar, es acto de justicia, y de tanta 
mayor oportunidad cuanto que acabo de combatir y 
condenar con severidad sus apreciaciones históricas 
y políticas. 

En segundo lugar, quiero aprovechar la oportunidad 
de encarecer en cuán alto aprecio deben tener los 
pueblos el carácter de los ciudadanos, su altivez, su 
probidad, sobre todo en los tiempos que corren, de 
abatimiento moral, de desprecio por las grandes vir- 
tudes cívicas, de adhesión servil a esas doctrinas uti- 
litarias tan a la moda, que condenan sin piedad el 
error sincero y absuelven las genuflexiones, las apos- 
tasías, las transacciones cobardes con el ídolo consa- 
grado, con el hecho triunfante, con la realidad viviente, 
para valerme de las palabras de un gran tribuno, que 
empieza a envenenar las conciencias honradas con la 
magia de su palabra, en otra hora, símbolo de la moral 
más alta y de la doctrina más pura. 



[69] 



JOSE PEDRO RAMIREZ 



Y es que en pos de grandes y dilatados hechos vie- 
nen siempre períodos de laxitud y de cansancio, lo 
mismo a los individuos que a las colectividades, con 
esta sola diferencia: que los individuos condenados a 
una vida limitada* suelen sucumbir bajo la influencia 
de ese cansancio y de esa laxitud, mientras que los 
pueblos destinados a una vida inmortal, restauran gra- 
dualmente sus fuerzas y recomienzan la lucha por la 
verdad y por el bien, por la libertad y la justicia en 
los albores de cada generación. 

Espero con el Dr. Gómez que alcanzaremos todavía 
a confundir nuestra voz con la generación que ha de 
restaurar las fuerzas perdidas en las luchas del pa- 
sado, que ha de recobrar el brío de las grandes con- 
cepciones, el temple de las grandes virtudes, y que 
ha de fulminar con su anatema a los que levantan al 
Cicerón, cortesano de César, sobre el Catón de la mo- 
ral eterna y sobre el Bruto de la eterna libertad, 
sombras venerandas que retemplan todavía a loa pue- 
blos oprimidos. * 



• Anales del Ateneo del Uruguay Montevideo, diciembre 5 
de 1881 Año I. Tomo I, Número 4, págs 281-298. 

[70] 



AGUSTIN DE VEDIA 



EL URUGUAY INDEPENDIENTE 



EL URUGUAY INDEPENDIENTE 



Los documentos históricos y los mismos aconteci- 
mientos políticos y militares a que se refieren, com- 
prueban acabadamente este hecho; los hijos de la 
Banda Oriental del Uruguay, aspiraron siempre, desde 
la revolución contra el coloniaje, a formar un país 
independiente. Parece inútil detenerse a justificar esta 
afirmación, ante los hechos que la abonan. Los mis- 
mos negociadores de 1828, generales Guido y Bal- 
caree, inculcaron frecuentemente el convencimiento 
que abrigaban a ese respecto. Según esas manifesta- 
ciones, desde Artigas hasta aquella fecha, los orien- 
tales no buscaron ni anhelaron realmente otra solución 
que la que se arbitró por medio de la convención ce- 
lebrada entre el' gobierno de la República de las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata y el emperador 
del Brasil; esto es, la independencia. 

El Uruguay celebra en el 25 de agosto de 1825 el 
aniversario de la independencia nacional* Ella fue 
declarada, en efecto, ese día, por la asamblea de la 
Florida, después de los triunfos adquiridos por sus 
armas en la campaña iniciada por aquellos treinta y 
tres patriotas que se embarcaron clandestinamente en 
Buenos Aires y descendieron en las playas de la Agra- 
ciada el 19 de abril, jurando allí triunfar o sucum- 
bir en la demanda. 

Importa sacar a luz una vez más el texto de aquel 
memorable documento: "La Sala de Representantes 
de la Provincia Oriental del Río de la Plata, en uso 



9 



[7S] 



AGUSTIN DE VEDIA 



de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legal- 
mente inviste, para constituir la existencia política de 
los pueblos que la componen, satisfaciendo el cons- 
tante, universal y decidido voto de sus representados, 
etc., declara írritos, nulos, disueltos y de ningún va- 
lor para siempre, todos los actos de incorpoi ación, 
reconocimiento, aclamaciones y juramentos arrancados 
por... los poderes de Portugal y el Brasil., . desde 
el año de 1817 hasta el presente de 1825. Reasu- 
miendo la Provincia Oriental la plenitud de los dere- 
chos, libertades y prerrogativas inherentesi a loa demás 
pueblos de la tierra, se declara de hecho y de derecho 
libre e independiente del rey de Portugal, del Empe- 
rador del Brasil, y de cualquier otro del universo, y 
con amplio' y pleno poder para darse las formas que 
en uso y ejeicicio de su soberanía estime convenientes". 

Hecha esa declaración, la misma Sala de Repre- 
sentantes, por acto separado, invocando y aplicando 
la soberanía ordinaria y extraordinaria, de que se 
creía investida, declaró que su voto general, constante, 
solemne y decidido, era y debía ser por la unión con 
las demás provincias argentinas, a que siempre per- 
teneció por los vínculos más sagrados. En su virtud, 
quedaba la Provincia Oriental del Río de la Plata 
unida a las demás de este nombre eni el territorio de 
Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad 
de los pueblos que la componían, manifestada en tes- 
timonios irrefragables y esfuerzos heroicos, desde el 
primer período de la regeneración política de las 
provincias. 

La proclamación que un pueblo ha hecho de su in- 
dependencia ante el mundo, puede quedar por más o 
menos tiempo en suspenso, en razón de las transac- 



[74] 



LlA independencia nacional 



ciernes a que lo obliguen los sucesos, pero, cuando tras 
esas vicisitudes, se vuelve en definitiva hacia su prime- 
ra declaración y fija sus destinos de acuerdo con ella, 
es natural que haga retrogradar a aquel punto de 
partida la fecha inicial de su independencia o el prin- 
cipio de su existencia política. 

No puede decirse que, por el hecho de haberse 
ligado a los aigentinos en 1825, los uiuguayos hu- 
biesen renunciado a su independencia. La asociación 
de los estados suscita numerosas e importantes cues- 
tiones. Ellos pueden unirse de diferentes maneras, sea 
por una liga personal o real, bajo el mismo soberano, 
sea por incorporación o por pacto federal; pueden 
constituir una federación o un estado compuesto. Sus 
condiciones internacionales serían muy diferentes en 
esas diversas hipótesis- La historia ofrece ejemplos de 
uniones y de confederaciones de pueblos, que han sal- 
vado individualmente, expresa o implícitamente, su 
soberanía exterior* 

Para determinar si los estados que se unen conser- 
van o no su soberanía individual y las relaciones in- 
ternacionales a ella inherentes, es necesario examinar 
las condiciones generales que sirven de base a la 
unión contraída. Si se hubiese creado definitivamente 
un nuevo poder central o nacional, un estado nuevo, 
del cual hubiese sido sólo un elemento constitutivo, 
el Uruguay hubiera perdido su soberanía individual 
exterior. 

"A nuestros ojos, dice Calvo, el caiácter esencial 
de Id soberanía de un Estado, no reposa sobre su 
mayor o menor dependencia de otro Estado, sino más 
bien sobre la facultad que tiene de darse una consti- 
tución, fijar sus leyes, establecer su gobierno, etc., sin 



£75] 



AGUSTIN DE VEDIA 



la intervención de ninguna nación extranjera. Esta 
soberanía, por otra parte, puede modificarse, determi- 
narse en cierto modo por convenciones y tratados, 
sin que por eso hubiese razón para sostener que esa 
soberanía se ha perdido completamente. El mismo 
Vattel que define la soberanía por la "independencia 
de todo pueblo extranjero", aplica un correctivo a su 
definición cuando dice que para que una nación pue- 
da figurar en la gran sociedad sometida al Derecho 
de Gentes, es necesario que ella sea verdaderamente 
soberana e independiente, es decir, "que se gobierne 
a sí misma por su propia autoridad y por sus propias 
leyes." 1 

La misma unión personal de estados diferentes bajo 
un mismo soberano no implica la extinción de la so- 
beranía individual de los estados que lo han formado, 
siempre que esa unión se haya realizado bajo la base 
de una igualdad completa de derechos. En las mis- 
mas condiciones, la unión real arrastra consecuencias 
idénticas. 2 

Es oportuno recordar un antecedente que fija, a 
ese respecto, las tendencias y aspiraciones de los uru- 
guayos. Ya que no pudiesen ser enteramente inde- 
pendientes y soberanos, sólo querían hacer a la unión, 
concesiones que dejasen en salvo su más completa 
autonomía. Queremos referirnos a las instrucciones 
que dio Artigas delante de Montevideo, el 13 de abril 
de 1813, a los representantes del pueblo oriental en 
la Asamblea Constituyente reunida en Buenos Aires. 
Ellos debían abogar porque las colonias fuesen des- 



1 Calvo Droit International souverameté des Etats, § 41 

2 En la obra de Calvo, Droit International (§ 45), puede 
verse ejemplos y referencias interesantes a ese respecto. 



176] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



ligadas de toda obligación de fidelidad a la corona 
de España y se declarase su independencia absoluta. 
Se les prohibía admitir otro sistema que el de la Con- 
federación. La Provincia Oriental debía retener su 
soberanía, libertad e independencia, y todo poder, 
jurisdicción y derecho que no fuese delegado expre- 
samente a las Provincias Unidas. Se daría su consti- 
tución territorial y tendría derecho a sancionar la ge- 
neral (arts. 1, 2, 11 y 16 de dichas Instrucciones). 

Importa tomar nota del juicio del gobierno ameri- 
cano, ante el cual gestionaba, en 1818, el agente de 
las Provincias Unidas, el reconocimiento de su inde- 
pendencia. El ministro de Estado, John Quincy Adams, 
le decía: "Usted ha pedido el reconocimiento del go- 
bierno de Buenos Aires como supremo sobre las Pro- 
vincias del Plata, mientras que Montevideo, la Banda 
Oriental v el Paraguay, no solamente están poseídos 

por otros, sino bajo gobiernos que desconocen toda 
dependencia de Buenos Aires, no menos que de Es- 
paña". 8 Llegaba, desde entonces, hasta el gabinete de 
Washington, el eco de las aspiraciones que dividían 
a los pueblos del virreinato. 

La declaración por la cual se incorporaba el Uru- 
guay a las Provincias Unidas del Ría de la Plata, no 
importaba fatalmente el sacrificio de su soberanía, 
ni ésta era incompatible con la influencia exterior a 
que pudiera quedar subordinado. Habría que tener 
siempre en cuenta la naturaleza del pacto, el grado 
de influencia ejercida por el superior, y la obedien- 
cia rendida por el inferior. Estos principios abonados 
por los publicistas que tienen autoridad en la materia, 



3 A Palomeque, Orígenes de la diplomacia argentina^ t. I. 
pág 211 



[77] 



AGUSTIN DE VEDI A 



se afirman en el examen particular de los aconteci- 
mientos de que era teatro el Río de la Plata. 

El gobierno a que se incorporaba la Piovincia 
Oriental* distaba mucho de tener un caiácter definido, 
y mucho más aun de su consolidación. No eia un 
gobierno unitario: sistema que fue repudiado siempre 
por las provincias. Tampoco era federal, a semejanza 
de la Suiza, o de los Estados Unidor de América, que, 
ante el extianjenx representan una entidad o unidad 
absoluta. No era siquiera una confederación: sistema 
que deja a los estados cierta independencia y los atri- 
butos esenciales de la soberanía. Las Provincias Uni- 
das estaban por constituirse: su forma de gobierno 
era precisamente el gran problema, la incógnita del 
futuro. * 

4 Es oportuno i ecordar que en el provecto de constitución 
sometido a la Asamblea Constituyente del Uruguay, se auto- 
rizaba al presidente de la República para iniciar y concluir, 
entre otros tratados, el de federación Esa cláusula suscitó 
fundadas observaciones El doctor Ellaun, miembro caracte- 
rizado de la asamblea, abonándola, dijo que podían sobre- 
venir circunstancias en que conviniera a la República, por 
acto de espontánea voluntad, ligarse en esa forma a cualquier 
estado y encontrar su felicidad dentro de la federación Esa 
cláusula, como se comprende, no podía aparecer tan despren- 
dida de ]os antecedentes a que estaba subordinada la consti- 
tución Es probable que se tuviese en cuenta el becho de 
haber sido rechazadas por los negociadores aigentinos, en 1828, 
las disposiciones que limitaban las facultades de la pro- 
vincia de Montevideo para darse nuevas formas de gobierno, 
entre las cuales figuraba su incorporación a otro estado, 
por sumisión o federación. Los negociadores de 1828 creían 
también que el Uruguay era dueño de unirse a los argenti- 
nos, después de cinco años, si tal era su voluntad Sin em- 
bargo, don Santiago Vásquez observo que esa cláusula estaba 
en oposición con los deberes de la asamblea y con la situa- 
ción general Creía él también que después de haberse decla- 
rado que el país "es y será siempre Ubre e independiente 1 ', 
era contradictorio abrir el camino a un sistema diferente 
Si la federación, por otra parte, pudiera llegar a ser algún 
día una solución posible, el pueblo se encargaría de allanar 
los obstáculos íef armando sus instituciones La asamblea su- 
piirmó Pl pollgioso vocablo El tratado complementario de 



[78] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Las Provincias Unidas, apenas salidas del coloniaje, 
no representaban sino un amalgama de pueblos o de 
poderes agrupados por las necesidades de una defensa 
común. La misma Provincia Oriental no estuvo si- 
quiera representada en la asamblea que se reunió en 
Tucumán en 1816 y declaró a las Provincias Unidas 
independientes de la España. Su adhesión se prestó, 
por acta especial, ese mismo año. Los ensayos cons- 
titucionales, por otra parte, fueron constantemente des- 
graciados, y sublevaron a veces el sentimiento auto- 
nómico de los pueblos, o fracasaron al nacer. El 
mismo Congreso de 1825 declaró, al ratificar el pacto 
federal, que las Provincias Unidas debían regirse in- 
teriormente por sus propias instituciones, mientras pe 
promulgaba la constitución y se reorganizaba el es- 
tado. Quiere decir que cuando la Banda Oriental se 
incorporó a las Provincias Unidas, éstas no tenían 
constitución, ni forma definitiva de gobierno. El Uru- 
guay conservaba suá propias instituciones, y se regía 
por ellas. 

Si una constitución vino después, la de 1326, sabido 
es que. por sus tendencias unitarias, chocó con el 
sentimiento de las Provincias, precipitando nuevamente 
la disolución. Todavía en la misma asamblea consti- 
tuyente de 1853, un orador conspicuo opinó que sólo 
por una impropiedad de lenguaje había podido lla- 
marse Unidas a las Provincias, y hablarse de federa- 
ción o de república, siendo así que sólo habían exis- 



la convención preliminar de paz, vino a demostrar, treinta 
años después, que la República Oriental no podría confede- 
rarse con el Brasil o la Confederación Argentina sin aniquilar 
las garantías esenciales que esas naciones habían buscado en 
la creación de un estado mtermedro, que les asegurase una 
frontera pacífica y neutral, 



[79] 



AGUSTIN DE VEDIA 



tido ''catorce pueblos, aislados, disconformes en todo, 
menos en hacerse la guerra sin misericordia y suici- 
darse sin repugnancia". 5 

Sea que tengamos en cuenta los principios abstrac- 
tos o las reglas universales de derecho; sea que to- 
memos sólo en consideración los antecedentes propios 
del sistema a que se incorporaba el Estado del Uru- 
guay, y las consecuencias de ese acto; en cualquier 
caso, es permitido afirmar que, por el hecho de la 
segunda declaración de la Florida, ese estado no ena- 
jenó su independencia o su individualidad propia. Si 
un peligro lo amenazó, en ese sentido, tuvo él su 
origen en un pacto oprobioso a que nunca prestó su 
adhesión: pacto repudiado felizmente ante la protesta 
viril del pueblo de Buenos Aires. 

Fuera de eso, habiendo sido impotente el gobierno 
de las Provincias Unidas para hacer prevalecer la 
segunda declaración de la Florida, el resultado final 
de la contienda dejaba en pie el primer voto de la 
asamblea uruguaya, según lo reconocieron los tra- 
tados* 



5 Congreso Constituyente de 1853 Discurso del diputado 
por Santa Fe, don Juan Francisco Seguí, 

En El Nacional de Montevideo del año 1840, época en que 
era redactado principalmente por José Rivera Indarte, y en 
los artículos consagrados al examen de la Convención Mackau, 
aparece un cuadro bastante exacto del federalismo argentino, 
que confirma los juicios precedentes 'Xa Confederación Ar- 
gentina, decía el antiguo diario, tiene un modo peculiar de 
ser Se compone de Estados totalmente Independientes, enla- 
zados flojamente por un mismo idioma, unos mismos recuer- 
dos, una misma forma gubernativa, y por presentarse en 
comunidad siempre que naya que entenderse con las naciones 
extranjeras para negocios generales. Los elementos sociales 
de estos pueblos, nunca ni desde la conquista, han tendido a 
la centralización; han reconcentrado, en sí mismos, su vigor 
y vitalidad, y sólo los ha ligado un débil vinculo federativo. 
El horror que estos pueblos tienen a la centralización, ha 
Bldo explotado tenazmente por los demagogos " 



[80] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



De todo esto se desprende que la independencia 
uruguaya es, no la obra vana de la diplomacia, no la 
creación artificial y efímera de los gobiernos contra- 
tantes de 1828, como algunos lo han pretendido, sino 
el resultado de una aspiración perseverante, de es- 
fuerzos y sacrificios continuados, de tradiciones y 
esperanzas patrióticas, que han persistido a través de 
tres cuartos de siglo, en medio de las más crueles 
vicisitudes. 

Apresurémonos a decir que la independencia im- 
pone graves deberes, cuyo abandono arrastra a veces 
una sanción cruel. No puede desconocerse el buen 
espíritu que dictaba aquella cláusula de las intruc- 
ciones dadas a los negociadores de la paz de 1828, 
indicando la conveniencia de someter al Uruguay a 
un ensayo de vida independiente. í% Si se demostrase 
su incapacidad para el gobierno propio; si envuelto 
en la guerra civil y la anarquía, viniese a ser un pe- 
ligro para los Estados limítrofes, cesaría de ser inde- 
pendiente; tendría que incorporarse a uno u otro de 
los estados vecinos." Esa cláusula, como una adver- 
tencia severa, debió recordarse siempre por los uru- 
guayos, a la par de otras máximas saludables. 

Un pueblo que no concentra y aplica todas sus 
voluntades y esfuerzos a la realización de un ideal 
común, y que divide, dispersa y destruye sus fuerzas 
en luchas intestinas, será siempre débil y correrá el 
peligro de ser víctima de la injusticia y de la fuerza. 
Nunca inspirarán suficiente respeto en el exterior 1 los 
pueblos desgarrados por esas disenciones, que se mues- 
tran impotentes para asegurar en su propio seno los 
beneficios de la paz y la civilización. * 

• Agustín de Vedia. Martin García y la Jurisdicción del 
plata, Suenoe Aires, 1908 Págs. 61 a 73 



[81] 



JOSE ESPALTER 



LA INDEPENDENCIA ORIENTAL 



LA INDEPENDENCIA ORIENTAL 



Si ha habido un pueblo en el mundo que haya lu- 
chado con tesón por su independencia, hasta lograr 
alcanzarla y consolidarla definitivamente, ese pueblo 
ha sido la República Oriental. Y sin embargo, por una 
extraña anomalía, por una paradoja singular, ninguno 
como él, ha visto más discutidos sus títulos de pueblo 
y por obra misma de sus propios historiadores, ha visto 
arrojar más sombras sobre los hechos culminantes é 
intergiversables del drama de sus titánicos esfuerzos 
emancipadores. 

Una vez, ha sido el olvido de su actuación en la Re- 
conquista de Buenos Aires contra la invasión inglesa, 
otra, la calumnia de su desobedecimiento al centralis- 
mo colonial del virreinato, después, el desdén a sus 
luchas heroicas contra el poder español y la usurpación 
portuguesa, condenadas como el alzamiento de los cau- 
dillos bárbaros contra los gobiernos regulares, y por 
fin el vilipendio de la leyenda casi sobrehumana de 
los Treinta y Tres. Todo se ha negado. Cuando no lo 
han negado las soberbias argentinas o brasileñas, inte- 
resadas cada una a su manera, en constituirse en crea- 
doras y protectoras de nuestra nacionalidad, lo han 
desconocido nuestras propias pasiones de partido, ce- 
losas hasta de las más puras glorias patrióticas cuando 
no se ponían bajo su intransigente divisa. 

Es necesario reaccionar, y reaccionar en nombre de 
la verdad histórica y de las glorias patrias. 

Una cosa es forjar mentirosas leyendas, aunque sea 
con el alto propósito de elevar los propios orígenes, 



[85] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



y otra, que es lo único que deseamos, aspirar a que 
se conozca y se sepa quiénes fueron nuestros mayores, 
y cuáles sus obras, para ejemplo perdurable de todas 
las generaciones que nazcan en nuestro suelo. 

* 

No debemos aplicar a los hechos del pasado, el con- 
cepto con que juzgamos los hechos de la actualidad 
No sólo ha cambiado la faz material del mundo, sino 
también su faz política, social y moral. Sobre el fondo 
eternamente inmutable de la naturaleza humana, cam- 
bian las perspectivas y los colores. No tenía el hom- 
bre hace un siglo el concepto de Independencia y So- 
beranía, que tiene hoy. ni el concepto de derecho, ni 
el concepto de libertad. Los escritores de Derecho In- 
ternacional, no juzgan inconciliable la soberanía inte- 
rior con la vinculación de supeiiores deberes a una 
autoridad central, y acaso el porvenir ofrezca el es- 
pectáculo de todos los Estados soberanos unidos en el 
seno de la República Universal. Ante este criterio no 
podrían desconocerse los esfuerzos libertadores de 
nuestro país. Pero no es con él, que vamos a apreciar- 
los» No es con principios jurídicos, ni con doctrinas 
de derecho. La Independencia de los pueblos no ha sido 
nunca la obra artificial del hombre, ni puede sujetarse 
a normas inflexibles y preestablecidas. Ella es un he- 
cho, como los demás que presenta en sus variados pa- 
noramas la vida y el mundo. Cierto es que presenta 
rasgos y caracteres uniformes, que pueden sistemati- 
zarse, y servir para la enseñanza y para la ciencia: 
pero no es menos cierto tampoco, que no surge de 
improviso, que tiene sus fases y evoluciones, sus alter- 
nativas, su proceso más o menos lento y regular. 



[86] 



JOSE ESPALTER 



Quien hubiera observado la actitud y la conducta, 
de este pedazo de tierra que se extiende entre el Océano 
y el Uruguay, entre el Plata y el Cuareim, desde la 
época del coloniaje, hasta el día de la incorporación 
por acto de soberanía propia a las demás Provincias 
Unidas del Río de la Plata, habría advertido que es- 
taba destinado a constituirse en Estado no sólo autó- 
nomo, sino absolutamente independiente. 

Aun en el régimen colonial, Montevideo jamás quiso 
subordinarse incondicionalmente a Buenos Aires. Ha- 
bía algo más que celos, que rivalidades locales, entre 
esos dos pueblos- Había en Montevideo la conciencia 
del propio valer y la propia fuerza. Y esa conciencia 
era tan robusta, tan impetuosa, que más de una vez 
se exteriorizó en la forma de varoniles rebeldías. La 
gobernación de Buenos Aires era un yugo para Mon- 
tevideo, como fue un yugo después el viireinato. La 
lucha entre Liniers y Elío, no fue tanto una lucha en- 
tre el sentimiento americano y el español, como una 
lucha entre Buenos Aires y Montevideo. El impulso 
interno de ese antagonismo era el sentimiento de la 
segregación. Vino después el caudillaje, en quien se 
acentuó aún ese sentimiento. Artigas fue su más alto 
exponente, y Artigas no era, como lo han dicho los 
historiadores argentinos, la barbarie, la prepotencia 
personal, la anarquía encarnada en una forma corpo- 
ral de hombre: no; Artigas era el caudillo del régimen 
federal, es decir, de la única forma que en aquellos 
rudos tiempos podía tomar el sentimiento de la Inde- 
pendencia. 

Las Instrucciones que dio en 1813 a los represen- 
tantes del pueblo Oriental en la Asamblea Constitu- 
yente reunida en Buenos Aires, les ordenaba abogar 
por el sistema de la Confederación, y retener en favor 



[87] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



de la Provincia Oriental su "soberanía, libertad e in- 
dependencia, y todo poder, jurisdicción y derecho que 
no fuese delegado expresamente a las Provincias Uni- 
das, así como la facultad de darse libremente su Cons- 
titución territorial". 

Aunque de mal grado, los propios historiadores ar- 
gentinos reconocen el antagonismo invencible que exis- 
tió siempre, entre la Banda Oriental y las demás Pro- 
vincias de la Confederación constituidas en pueblo 
bajo la hegemonía de Buenos Aires. 

El historiador López lo confiesa, y no sabiendo aue 
nombre darle, lo llama espíritu de discordia, espíritu 
maldito destinado a envenenar y disolver la Confede- 
ración, y que ésta debió alejar de su seno para sal- 
varse. Pero, ¿no vale más llamar las cosas por su nom- 
bre, y explicar esa conciencia vigorosa de su propio 
ser que tuvo siempre la Banda Oriental, esa ansiedad 
por vivir su propia vida, por obedecer sólo a sus cau- 
dillos nativos, en el sentimiento de la Independencia, 
que ya germinaba en aquellos tiempos lejanos, y que 
si no se confesaba francamente a sí mismo, y a las 
veces hasta se negaba, era sólo porque la hora no ha- 
' íp Tegado todavía? 

Habíamos luchado con nuestros caudillos contra Es- 
paña, y le habíamos dado el primer golpe que reci- 
biera en esta parte de América, — pues Suipacha fue 
sólo una escaramuza, — en la batalla de íb Las Pie- 
dras". Habíamos luchado hasta morir contra la inva- 
sión portuguesa, siempre bajo el brazo de Artigas, 
acaso más grande entonces, envuelto en el polvo de 
sus derrotas pavorosas, que en u Las Piedras" cubierto 
de laureles; pero falta aún el tercer episodio del dra- 
ma, el comienzo del desenlace. 



[88] 



JOSE ESPALTER 



Llega a la playa de la Agraciada, la falange heroica 
del 19 de Abril de 1825. Estén solos los Treinta y Tres* 
El gobierno de Buenos Aire9 había vendido al Portu- 
gal y al Brasil la patria que iban a reconquistar. El 
pueblo argentino, es cierto, los acompañaba con sus 
votos, pero estaban librados a sus propias fuerzas* Se 
internan, se alientan, Rivera les lleva su concurso in- 
comparable, y vencen juntos en el Rincón y Sarandí, 

Bajo el amparo de la cruzada redentora, ya en el 
camino del triunfo, se reúne la Asamblea de la Florida 
el 25 de Agosto de 1825, y proclama la Independen- 
cia, y en el mismo momento, pero en acta separada, la 
anexión a las demás Provincias Unidas. Estas se alzan, 
al fin, y el gobierno argentino no tiene más remedio 
que intervenir y declarar la guerra al usurpador. Des- 
pués vienen Ituzaingó y las Misiones, y la Indepen- 
dencia, como corona de tantas proezas y tantos afanes. 

No hay que ofuscarse con las apariencias. La cru- 
zada de los Tieinta y Tres fue una cruzada de inde- 
pendencia. AI iniciarse, la Banda Oiiental no era una 
provincia argentina sino brasileña, y ella vino a arran- 
carla al Brasil pura y exclusivamente. Y si en 25 de 
Agosto de 1825, luego de reivindicar su absoluta so- 
beranía, la anexó a la Argentina, eso no puede mirarse 
sino como un medio de interesar a ésta, en la desigual 
lucha empeñada entonces. 

Fue un recurso, y hasta podemos agregar, como lo 
dice el historiador Bauzá, un recurso maestro de ha- 
bilidad diplomática. 

El patriciado porteño estimuló la invasión y la 
dominación portuguesa, como una sañuda venganza 
contra las rebeldías de Artigas y de todos los caudillos 
nativos, en cuyas almas se abría ya el ensueño hala- 



[89] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL, 



gador de la Independencia. Luchar pues solos y heroi- 
oamenle, contra esa dominación, como lo hicieron los 
Treinta y Tres, fue preparar el advenimiento de la 
soberanía completa, pues fue separar el obstáculo más 
grande que sus implacables enemigos le opusieron, y 
extender la esfera de expansión de esas rebeldías y 
ensueños, sin los cuales aún no seríamos libres. 

No podemos negar que entonces como hasta hace 
poco, ha habido algunos anexionistas sinceros. En la 
misma Constituyente se propuso autorizar al Poder 
Ejecutivo de la República para iniciar tratados de fe- 
deración y al Cuerpo Legislativo para sancionarlos, y 
el articulo final de la Constitución, aún en vigencia, 
faculta a la doble Asamblea para cambiar la forma 
constitucional de la República o sea, para decretar la 
ariexión; pero el pueblo, la masa, que sufrió los rigo- 
res de la guerra % que siguió a Artigas en sus éxodos, 
que tremoló con Lavalieja el pabellón tricolor sobre la 
Piedra Alta de la Florida, que con Rivera conquistó 
las Misiones, con aquel Rivera que al volver a la tierra 
se tendía en el polvo y se revolvía, para saturarse, 
para impregnarse bien en la ticira de la patria, nunca 
ambicionó otra cosa que la independencia absoluta. 

Aun aquel hombre de talento, que ha atacado en 
sus procedimientos diplomáticos la creación de nuestra 
nacionalidad, con la ira y la tenacidad con que no lo 
ha hecho ningún argentino, aun Juan Carlos Gómez, 
lo ha reconocido así. 

Al criticar la Convención Preliminar de Paz de 1328, 
declara que la soberanía nacional no estuvo en ella 
representada, pero lo había estado "militar y cívica- 
mente por el sable oriental del ejército de Lavalieja 
en Sarandí y por el voto oriental de la Asamblea de 



[9€] 



JOSE ESPALTER 



la Florida; por el pueblo que solo y sin ayuda de los 
otros estados de la Nación, arrojó al rostro de la mo- 
narquía el guante homérico de los Treinta y Tres, le 
puso el pie sobre el pecho en la memorable Horqueta, 
y sepultó en el pasado irrevocable su odiosa domina- 
ción, con el acta monumental en que la Junta del 
Pueblo declaró rotos y nulos para siempre los actos 
de la monarquía en el Estado, e independiente a éste 
de todo poder extranjero, y soberano como el pueblo 
más soberano del Universo". 

** 

De la misma maneia que en el orden de las inves- 
tigaciones científicas, ni en el celebro de ios genios 
nacen completas las ideas ni le es dado a un hombie 
realizar una empresa o una obra en toda su perfección, 
tampoco un pueblo desde el primer día, puede colmar 
todos sus anhelos en pro de la libertad y la indepen- 
dencia. 

Opinar otra cosa, sería negar la ley del piogreso, 
la ley de la perfectibilidad indefinida del espíritu hu- 
mano. 

¿Qué fue ese 14 de julio que el mundo moderno 
celebra como la fiesta de la redención definitiva de 
todas las esclavitudes y todas las opresiones? Pues en 
su materialidad, no fue otra cosa que un acceso del 
furor popular sin miras ulteriores. ¿Qué fue ese 25 de 
Mayo que conmemoramos como la fecha de la Inde- 
pendencia Americana por excelencia? Pues no fue 
otra cosa, que una protesta contra la invasión napo- 
leónica en España, y un acto de sumisión a Feman- 
do VII. Y sin embargo, en aquel acceso de furor po- 
pular estallaban las cóleras comprimidas durante si- 



[91] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



glos enteros, contra la arbitranedad, y en esta p;otp?ta 
iba contenido el sentimiento de la propia soberanía, 
que aun subordinándose a las ficciones, que aun en- 
corvándose, se reconocía y se afirmaba a sí mismo. 

Todos nuestros hechos históricos, desde el grito de 
Asencio hasta la declaratoria de la Independencia, y 
la subsiguiente anexión a la Argentina, tienen un mis- 
mo significado. Son actos de soberanía nacional, ac'os 
de pueblo independiente y consciente de sus des inos. 
Claro está que ninguno de ellos fue la organización 
del Estado soberano destinado a seguir siéndolo por 
los siglos de los siglos, pero fue su iniciación inmor- 
tal. Y por eso debemos honrarlos* 

Cierto es que unidos a la Argentina estábamos muy 
lejos de gozar de la independencia a que aspirábamos, 
pero la anexión al Brasil nos hacía menos libres toda- 
vía. 

Aun en el espíritu de la -época, la subordinación 
a las Provincias Unidas era una opresión, una escla- 
vitud; pero vivas las tradiciones coloniales como lo 
estaban, la transformación del país en una colonia por- 
tuguesa, o en una provincia del Brasil, era una opre- 
sión mayor, una esclavitud más dura. Y por tanto, esa 
lucha contra los amos más odiosos, de cualquier manera 
que se la mire, tiene un mérito innegable, y fue un 
paso gigantesco dado hacia la completa emancipación. 

No conmemorar el 25 de Agosto porque ese día no 
surgió completa, como Minerva de la cabeza de Júpi- 
ter, nuestra nacionalidad, nos obligaría a borrar junto 
con ella casi todas las fechas gloriosas de nuestra his- 
toria. Con ese criterio no deberíamos conmemorar tam- 
poco el 25 de Mayo, porque esa fecha no fue la de 
nuestra independencia definitiva. 



L92] 



JOSE ESPALTEB 



Pero ese iconoclastismo histórico sería absurdo. Hay 
que solemnizar el 25 de Mayo porque fue la Indepen- 
dencia contra España, como hay que rendir homenaje 
al 25 de Agosto, porque fue la Independencia contra 
el Brasil, y porque uno y otro fueron dos grandes es- 
fuerzos emancipadores, que en las circunstancias en 
que surgían, representaban los anhelos más hondos de 
la tierra oriental. 

Ningún pueblo de América ha luchado tanto como 
el nuesLro por su Independencia, No una, cuatro gue- 
rras de Independencia hemos empeñado los orientales. 
Hemos luchado contra los españoles, contra los portu- 
gueses, contra los brasileños, contra los argén inn<= 
por el espacio de más de cuarenta años, desde 1810 
hasta 1852. Y sólo después de esos esfuerzos gigan- 
tescos la hemos visto definitivamente conquistada y 
consolidada. La inició Artigas en Las Piedras y la 
coronó César Díaz en Monte Caseros. 

Cada uno de sus períodos tuvo sus glorias propias, 
en su género, y en su condición todas igualmente in- 
superables. 

Son cuatro cuadros llenos de color y de vida, cuatro 
cielos cuajados de estrellas de primera magnitud. Nin- 
guno de esos cuadros se aventaja, ninguna de esas 
estrellas se eclipsa. 

Y después del medio siglo de luchas, ha seguido el 
otro medio siglo de ratificaciones pacíficas. ¿Quién 
piensa hoy en la confederación con el Brasil, quién 
piensa en la anexión a la Argentina? 

En la Convención Preliminar de 1828 se aceptaba, 
aunque implícitamente, la posibilidad de una unión al 
Brasil o a la Argentina, o por lo menos, la posibilidad 
de la desaparición del Estado Oriental. Pero en el tra- 



[93] 



LiA INDEPENDENCIA NACIONAL 



tado complementario y definitivo de esa Convención, 
de 1859, eso se juzgó ya de todo punto imposible. Los 
que la habían codiciado tanto, la respetan y la miran 
como una cosa sagrada. Sus poetas la cantan, sus ar- 
tistas esculpen magníficos monumentos, sus hombres 
públicos inician leyes adelantadas para íesolver en la 
forma en que no lo ha hecho todavía ningún país de 
América, todos los grandes problemas del progreso; y 
un millón de hombres cultos riegan de sudor sus cam- 
pos, y las brisas que refrescan sus frentes enardecidas 
por el trabajo, divulgan el himno de un pueblo entre- 
gado a labrarse sus propios destinos 

Más fácil sería que volviera el ton ente hacia la cum- 
bre de donde se despeña, que volviera nuestra patria 
a sus modestos orígenes, con lia el impulso íoimidable 
de sus tradiciones homéricas, y de sus ansias de pro- 
greso ya rpalizadas. 

La patria es obra nuestra, exclusivamente nuestra. 
Los mismos documentos argentinos de la época a-í lo 
establecen terminantemente. Véase cntie muchos, la re- 
solución del Congreso General Constituyente de la^ 
Provincias Unidas de 1825, en la cual se declara que 
la Provincia Oriental "fue reconquistada gloriosamente 
por el valor denodado de sus hijos libres*'. La diplo- 
macia no hizo sino reconocer y consagrar el hecho, sin 
reticencias ni mutilaciones vergonzosas. Y liov es fuerte 
e inconmovible, como la roca granítica que atraviesa 
las entrañas de su fecundo territorio. 

Agosto de 1908. * 



* Revista Ilistó T ica de la Universidad Año 1 N° 3 Mon- 
tevideo, setiembre de l*í08, pags 017 a 



[94] 



GUSTAVO GATXINAL 

LA INDEPENDENCIA NACIONAL 
EL CENTENARIO 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Discurso pronunciado en la Cámara de Representan- 
tes el 28 de mayo y el 4 de junio de 1923 por el Dr. 
Gustavo Gallinal. 

Señor Gallinal. — Pido la palabra. 
Señor Presidente. — Tiene la palabra el señor Re- 
presentante, 

Señor Gallinal. — Señor Presidente: Cuando se 
presentó al seno de la anterior legislatura la duda so- 
bre la fecha del Centenario, tuve el honor de firmar 
una solicitud dirigida a la Asamblea* Encabezaban 
aquel documento dos ciudadanos de indiscutible au- 
toridad, los dos modernos historiadores de Artigas: 
el doctor Eduardo Acevedo y el doctor Juan Zorrilla 
de San Martín. Los acompañaba un grupo de aficio- 
nados a los estudios históricos. El documento era muy 
breve y muy escueto, como destinado a ser firmado 
por personas que profesaban las más contradictorias 
doctrinas políticas y filosóficas; pero pedían todos, 
de común acuerdo, que se declarara fecha del Cente- 
nario de la Independencia Nacional, de acuerdo con 
el proyecto del señor diputado José G. Antuña, el 
día 25 de agosto de 1925. 

Planteado ahora el debate sobre este asunto, voy 
a fundar mi voto con la mayor brevedad y concisión 
que me sean posibles, diciendo lo que entonces hubiera 
ya dicho si aquel documento impersonal hubiera po- 
dido contener la expresión fundada de mis ideas y de 



[97] 



GUSTAVO GALLINAL 



mi criterio. No es ésta una pueril discusión de efe- 
mérides patrióticas, una cuestión de jerarquía de fe- 
chas, de mayor o menor significado y trascendencia 
de aniversarios: va envuelta en ella una cuestión de 
interés más hondo y esencial. En ninguna parte apa- 
rece tan clara esa fundamental oposición como en una 
polémica famosa en nuestros anales literarios. Cuando 
se inauguró el monumento a la Independencia en la 
Florida, Juan Carlos Gómez fundó, en resonantes ar- 
tículos, su criterio contrario a la tradición de los 
Treinta y Tres, Llegaba entonces Juan Carlos Gómez 
al último declive de la vida, en medio de una gran 
desorientación espiritual que llenaba su pensamiento 
de pesimismo y de amargura, y en sus escritos se 
transparentaba con un dejo de señorial y melancólica 
altivez. 

Era nn proscripto, no por cierto por vivir en tierra 
argentina — que no lo fue nunca para él y acaso no 
lo es del todo para nosotros — tierra extranjera — 
sino por ese aislamiento de los que sobreviven a la 
generación a que pertenecieron y se encuentran per- 
didos en medio de nuevas ideas, de doctrinas distintas 
de las que profesaron, de instituciones sociales y polí- 
ticas renovadas. La vejez entonces puede ser una suerte 
de destierro. Miraba Juan Carlos Gómez a su alrededor, 
en la Argentina y en el Uruguay, que hacían en medio 
de penosos y a veces trágicos errores, el arduo apren- 
dizaje del gobierno libre, y le parecía ver pueblos 
radicalmente impotentes para realizar la democracia. 

Llegó a pensar entonces, no que el Uruguay tan sólo, 
sino que ambos pueblos, el Uruguay y la República 
Argentina, expiaban un error cometido por sus funda- 
dores; un error contra la naturaleza ]a<= co*x*. 



[ 98 J 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Se habían creada dos puefclos truncos, condenados 
a debatirse en medio de perpetuas e infecundas con- 
vulsiones, en vez de una sola, grande y próspera pa- 
tria que abarcaría los inmensos territorios del antiguo 
Virreinato y cuya natural cabeza, la capital, decía él 
con amor de hijo, seíía esta ciudad de Montevideo. 

Y entonces, Juan Carlos Gómez decía: "Como uno 
de esos pretendidos pueblos, la República Argentina 
va a ser disuelta por los sucesos, es mi convicción, y 
la otra, la Oriental, está ya disuelta por las interven- 
ciones extranjeras, propongo que con la supresión de 
ambas se forme la nueva nación, cuya sanción está 
consagrada por dos actos de soberanía, uno general, 
el del Congreso de Tucumán. y el otio local, el de 
la Constituyente de la Florida 51 . 

No había existido en d Uruguay una tradición his* 
tonca de independencia. La empresa de los Treinta 

y Tres respondió simplemente a un ideal provincial, 
> la declaratoria de la Florida fue una declaratoria 
de reincorpoiación. de anexión. 

La independencia vino más taide, — pensaba — por 
obra de factores extraños; surgió, violentando la vot 
Imitad, de los pueblos y los! mandatos de la geografía 
y de la raza, del choque de la Argentina y del Brasil. 
Y señalando el monumento que se erigía en la Florida, 
Juan Carlos Gómez llegó a decir un día que para 
hacer justicia plena, en su basamento debían esculpirse 
las efigies de Dorrego y del Emperador del Brasil, 
verdaderos autores, a quienes debíamos el funesto don 
de nuestra independencia. 

Naturalmente, la afirmación de que la nacionalidad 
carecía de antecedentes históricos que la justificasen 
y de aptitudes para run?ervar?e y para rnbu«t^cer«e t 



[99 j 



GUSTAVO GALLINAL 



levantó contra Juan Carlos Gómez, una tempestad de 
contradicciones y de réplicas. 

En las múltiples incidencias de aquella polémica fa- 
mosa, subió también a la cátedra del "Ateneo" el Dr. 
José Pedro Ramírez, para refutar las ideas del apóstol 
de la anexión, de las que se había hecho eco un ciu- 
dadano muy distinguido, Don Pedro Bus tañíante. 

José Pedro Ramírez era entonces un espíritu ardo- 
roso, lleno de impetuosidades, de vehemencias varo- 
niles; nadie habría sospechado, por cierto, que la vida 
de aquel tribuno, lleno de fuego, siempre pronto para 
el combate, tendría aquel desenlace al que nosotros 
asistimos con respeto, aquel magnífico desenlace de 
serenidad que fue su vejez de patriarca. 

"E& necesario, respondía José P. Ramírez, es nece- 
sario no haber estudiado con animo tranquilo y des- 
apasionado la historia de esos diez años de luchas y 
de martirio por que pasó nuestro país de 1816 a 
1825; es necesario desconocer todo lo que hay de 
sentimiento y de pasión en las resoluciones supremas 
de los pueblos, para decir y sostener que la Unión 
Argentina y no la Independencia Oriental, era la as- 
piración unánime de la generación de 1825. No ha 
desaparecido todavía por completo esa generación, y 
aún es posible interrogar a los que viven. Si no teme 
el doctor Gómez ver desvanecidos sus sueños, provo- 
que las confidencias íntimas de los que al borde del 
sepulcro viven todavía con el recuerdo de aquellos 
tiempos legendarios, y sabrá entonces en qué sentido 
vibraba la fibra del patriotismo." 

Hoy leemos esas polémicas con sentimientos contra- 
dictorios. Desde el punto de vista de la información 
y del criterio históricos* son evidentes los vacíos y 



[100] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



las deficiencias. Muchas ideas han envejecido y Fe 
han marchitado; pero hay todavía algunas ideas, y 
son, precisamente, las ideas centrales, las ideas bási- 
cas, que permanecen en pie. No sólo en cuanto al 
juicio sobre aquella utopía de Gómez (utopía, sobre 
todo en la época en que fue formulada), aquella qui- 
mera que por sí sola se desvanecía, de formar una sola 
nación con la fusión de los dos pueblos platenses. No 
sólo en cuanto a nuestra pretendida incapacidad para 
el gobierno, que no se podría discutir ya en este 
tiempo, mucho más afortunado que aquél. Permanece 
todavía en pie, y es lo que ahora nos interesa, la afir- 
mación de que en el pasado la nacionalidad fue la 
obra libre y consciente de nuestros padres; no una 
creación artificial de la diplomacia, sino la aspiración 
auténtica de sus espíritus, manifestada, precisamente, 
en esa declaratoria de la Florida, declaratoria de in- 
dependencia, surgida como la voz misma de las entra- 
ñas del terruño nativo. (¡Muy bien!). 

Desde entonces aquí, señor Presidente, en los años 
que han corrido, esas ideas se han afirmado, se han 
apoyado sobre sólidas bases documentales. Los hom- 
bres de aquella generación obedecían, y hacían bien 
en obedecer, a la autoridad de la tradición histórica. 
La tradición histórica es una suerte de memoria co- 
lectiva, es la conciencia viva y palpitante que un pue- 
blo mantiene de sí mismo a través del tiempo. En 
nosotros es, además, una convicción, un hecho com- 
probado; nosotros podemos decir, que la independen- 
cia nuestra, ha sido el resultado de un largo y labo- 
rioso proceso de gestación, que trataré de reseñar 
muy brevemente» 



[101] 



GUSTAVO GALL1NAL 



Desde muy antiguo, señor Presidente, todavía den- 
tro de la época colonial, es evidente que se forma 
aquí, en Montevideo y au campaña, en formas rudi- 
mentarias, pero visibles claramente, una sociabilidad 
hermana de la sociabilidad argentina; pero una socia- 
bilidad distinta, que buscará a tientas su propio camino. 
Causas geográficas, causas económicas, derivadas de 
ellas, crean y mantienen la rivalidad y ia emulación 
en ambas riberas del Plata. En Montevideo hay un 
centro de vida propia, con autonomía dentro de la 
organización colonial, y con la voluntad persistente 
e imperiosa de acrecentar cada día esa autonomía, 
que es el escudo de sus intereses más \itales. 

El sentimiento cívico rioplatense, y paralelamente 
el sentimiento local montevideano, no menos \ivo y 
perfectamente diferenciado, despiertan en las invasio- 
nes inglesas. El régimen colonial sufre en Montevideo 
los primeros, pero decisivos golpes, y desde este mo- 
mento, el piuceso de formación del Uruguay es dis- 
tinto o separado del proceso de formación de la Ar- 
gentina. 

Llega luego el eco de la invasión napoleónica en 
España. Montevideo erige su Junta de Gobierno, ab- 
solutamente autónoma y rebelde y, al grito de "Junta 
como en España", se produce una escisión, un di- 
vorcio ya definitivo con. la capital del Virreinato y 
aparece en aquella Junta la forma externa de la revo- 
lución ya inminente. El sentimiento regional, el senti- 
miento local es vivo, es intenso; tan vivo y tan intenso 
es, que comienza ya a apuntar el sentimiento histórico 
— es un dato muy significativo — comienza a apuntar 
y a definirse el sentido de una tradición propia. Un 
joven destinado luego a ser uno de los más brillantes 



[102] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



constituyentes del año 30, el doctor José Ellauri, me- 
dita por vez primera escribir la historia de Montevi- 
deo, que, según sus propias palabras, tiene ya en su 
haber hechos memorables. 

Suena por fin la hora de la Revolución de Mayo. 
Montevideo, obedeciendo a su antigua ley geográfica 
e histórica, se resiste a ser arrastrada en la órbita de 
Buenos Aires; sobre los baluartes de la ciudad flotan 
las banderas de la resistencia y de la reacción espa- 
ñola; pero hay que agregar que en los pechos de sus 
defensores hay un acentuamiento enérgico al mismo 
tiempo del sentimiento local. Se crea el Consulado* se 
gestionan la Intendencia, la Capitanía General, el Obis- 
pado de Montevideo; quiere decir: la autonomía sin 
trabas ni limitaciones; la autonomía económica, polí- 
tica, militar, administrativa, eclesiástica. 

En las exposiciones del diputado que Montevideo 
envía a las célebres Cortes de Cádiz, sorprende la 
fuerza del sentimiento regional, aquel calor con que 
refiriéndose a la Banda Oriental, y nada más que a la 
Banda Oriental, habla del patrio suelo y describe su 
territorio, su población y sus riquezas, muestra su 
oposición fundamental de intereses con el resto del 
Virreinato y aboga porque se consiga una autonomía 
total, necesaria para salvaguardar estos intereses. 

Este diputado lleva también una cláusula en sus 
instrucciones que concuerda con una cláusula de las 
instrucciones artiguistas del año 13, y esa cláusula 
— como es una cláusula dictada por el sentimiento 
nuestro, perfectamente genuino y autónomo — habla 
de reivindicar los territorios de la frontera del norte, 
usurpados por la codicia de los portugueses; de ello 
se preocupaban las autoridades españolas y debía ello 



fe J 



[103 3 



GUSTAVO GALLINAL 



ser luego la gran preocupación de las autoridades 
nuestras. 

Y como la ciudad de Montevideo sigue su proceso 
distinto al de Buenos Aires* dentro de ella se jura la 
constitución española del año 12; y con la constitu- 
ción española del año 12, la ideología revolucionaria 
viene fuertemente a penetrar y a acabar de conmover 
la organización colonial ya quebrantada. Dentro de 
la plaza asediada se realzan las primeras elecciones 
populares, los primeros tímidos ensayos democráticos. 
Esto sucede en Montevideo, que permanece todavía 
fiel a la metrópoli. En la campaña el proceso es toda- 
vía más singular, más distinto, más genuino. En h 
campaña, Artigas fascina y arrastra a las muchedum- 
bres y cae con ellas al fin, defendiendo su triple y 
gloriosa fórmula: la independencia absoluta de Amé- 
rica, el gobierno republicano representativo y el fede- 
ralismo. Bajo su impulso y por la necesidad de las 
cosas, se organiza un gobierno autónomo; entre bata- 
lla y batalla, a la rojiza y trémula llamarada de los 
fogones de los campamentos, se dictan los primeros 
audaces esbozos constitucionales y en la realidad de 
las cosas, en la verdad de los hechos, mientras la 
provincia lucha y pugna por el federalismo, se orga- 
niza a sí misma en plena independencia y celebra 
tratados y promueve guerras y campea soberana. 

(¡Muy bien!). 

Tan es así, señor Presidente, que en la memoria 
del pueblo, que no se engaña, estos son los tiempos, 
que llamaban de la Patria Vieja, nuestra edad de 
hierro. Más adelante, en la reacción de la época por- 
tuguesa, los documentos, no uno, sino muchos docu- 
mentos, hablan de aquellos años, como de los años 



[104] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



de nuestra independencia, vinculados también, hay que 
reconocerlo con justicia, al recuerdo indeleble de la 
desastrosa gestión interna de algunos de los lugarte- 
nientes del gran caudillo. Sometido a la prueba de 
sangre y fuego de la conquista, entregado inicuamente 
al invasor portugués, el pueblo oriental acaba de plas- 
marse en el sacrificio y en la derrota. 

En el seno del Congreso Cisplatino de 1821, la 
proposición de independencia que había ya asomado 
alguna vez en notas del directorio porteño, vuelve a 
aparecer formulada por el conquistador, como una 
de las soluciones de la gran intriga platense, proposi- 
ción que en aquella Asamblea sometida, tiene tan sólo 
el valor de una ficción hipócrita, de una simulación. 
Sin embargo, aun en los hombres nuestros que inter- 
vinieron en aquel Congreso se ve en medio de su 
extravío un esfuerzo desesperado para salvar los ras- 
gos propios de la patria. No se puede negar eso, 
leyendo las palabras tristes y dolientes pronunciadas 
en ese momento de eclipse de su alta personalidad 
por Dámaso Antonio Larrañaga y por Francisco 
Llambí también, quienes dicen en definitiva que allí 
se estaba tratando de sofocar una nación que existía, 
que vivía ya. Puede afirmarse que la elaboración del 
sentimiento de la independencia estaba ya muy avan- 
zada, tan avanzada estaba ya que va a manifestarse 
activo dentro de poco en los movimientos de 1822 y 
1823. La ocupación portuguesa es manifiestamente 
una tregua. El vínculo creado es el de la fuerza, del 
imperialismo que siempre, aun cuando parece más 
poderoso, es frágil y efímero. Al producirse la escisión 
entre el Brasil y la metrópoli portuguesa, la expecta- 
tiva de algo inminente, que no puede dejar de pro- 

[105] 

li 



GUSTAVO GALL1NAL 



ducirse, una inmensa espera, llenó a los espíritus de 
todos los habitantes de este territorio. El ansia de 
libertad mueve al Cabildo memorable de 1822 y está 
entrañada en el movimiento de que fue propulsor y 
que tuvo extensas ramificaciones. Que alentó y se agitó 
entonces en la ciudad y en la campaña un partido o 
facción que tenía por norte la independencia absoluta 
del territorio oriental, es cosa que no se puede poner 
en duda» 

En diciembre 21 de 1822 se publicaba un periódico 
en Montevideo, que se llamaba La Aurora y este pe- 
riódico en ese día, definía el estado de la opinión del 
país en el siguiente artículo: "Espíritu público. — El 
de la independencia es el único que anima a todo el 
vecindario de esta provincia. En esta capital y sus 
inmediaciones, a donde no alcanza el influjo del des- 
potismo imperial, se ha pronunciado con una rapidez 
y una generalidad asombrosa, y la multitud de impre- 
sos que han circulado sin contradicción es una de 
las pruebas de aquel aserto. Todos los habitantes 
aman la libertad, la desean y aparecen dispuestos a 
consagrarle los sacrificios que ella exija 15 . Y pocos 
días después insiste sobre el tema en los siguientes 
términos: "Orientales: la opinión, trayendo en su 
apoyo la justicia os habla del modo más imperioso 
para que queráis ser independientes y lo seáis. Vues- 
tras leyes deben ser vuestras; vosotros debéis reglar 
vuestros destinos". Y en marzo 18 de 1823, planteaba, 
como una especie de encuesta y como un problema 
político, el que estaba, sin duda, en todos los espíritus 
reflexivos y era objeto de las preocupaciones de la 
hora; y lo bacía en las siguientes palabras extraordi- 
nariamente interesantes: "Política. Problema. Conviene 

[106J 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



más a la felicidad de eata provincia constituirse en 
estado particular independiente y aislado de las demás 
provincias del Río de la Plata, o entrar convencional- 
mente en la alianza de todas o algunas de ellas, supo- 
niéndolas dispuestas a unirse por las bases de una 
convención ,> . 

Y en el mismo número el articulista, que era adicto 
a la segunda fórmula, pugnaba por la convocatoria 
db un congreso para que dictara una constitución 
propia y leyes fundamentales de toda índole y orga- 
nizara el Estado. 

En realidad, las dos fórmulas son de independen- 
cia: la una, es de independencia absoluta, tal como 
prevaleció en nuestro país para formar un estado se- 
paiado; la otra, un poco vaga ? un poco indefinida, 
era una idea desprendida del pensamiento de Artigas 
y trataba de realizar como una conjunción de sobera- 
nías; era cercana a aquella unión de pueblos libres 
que había soñado el caudillo, no por sumisión, sino 
por pacto, según las palabras de la Asamblea del 
año 13; era una de las tantas ideas nobles y grandio- 
sas, irrealizadas, sin ser por eso completamente utó- 
picas, que flotaban en el ambiente de aquella época 
de formación, en la cual todo: nación, fronteras, es- 
tados, soberanías, nociones de gobierno, todo — hay 
que pensar en eso — estaba en formación, estaba en 
fermentación. Las dos eran de independencia, por esta 
razón fundamental: porque las dos suponían la libé- 
rrima decisión y voluntad de los pueblos recobrados 
en el goce sin trabas de sus derechos primordiales, 
disponiendo ellos de su destino, que es lo que informa 
la noción de independencia 

(¡Muy bien!). 



[107] 



GUSTAVO GALLXNAL 



— . . .Que la idea de la independen ui a absoluta agitó 
en aquel momento a las muchedumbres de los cam- 
pos — acabo de hablar de la ciudad — es cosa que 
me parece absolutamente indiscutible* En la* actas que 
el jefe brasileño, barón de la Laguna hizo firmar bajo 
la coacción de la fuerza, tai como nos la ha pintado 
y ha descubierto un historiador brasileño, a los iner- 
mes vecinos de la campiña oriental, está la prueba 
plena. 

En ellas se habla de repudiar la tentativa de inde- 
pendencia absoluta que se ha difundido — y no hay 
interpietación capciosa que pueda torcer el sentido 
de esta expresión— independencia absoluta; pero 
para quienes traten de sofismar de que se trataba de 
independencia solamente con respecto al Brasil, les 
leeré los términos del acta de Paysandú, por ejemplo, 
de 1822, que es de una claridad meridiana» y que 
disipa hasta la más remota tombía de duda. 

Dice esta acta hecha, como he dicho, bajo la coac- 
ción de la fuerza: "Los vecinos de Pavsandú creen 
que está en los intereses y en los deberes de este estado 
entrar en la gran Confederación del Brasil, porque 
con estas> medidas terminarán nuestra? revoluciones 
de un modo el más feliz e inesperado, y nuestro es- 
tado, gobernándose con sus leyes, con representación 
nacional, formando paite de un vasto imperio y bajo 
las protecciones de un emperador y de la confedera- 
ción de dieciocho provincias respetables, habrá ase- 
gurado su libertad e independencia en la independen- 
cia general de nuestro continente, sin los riesgos de 
nuevos sacudimientos en que trata de precipitarnos 
una miserable facción de hombres perversos y am- 
biciosos, aconsejando que nos hagamos república se- 



[108] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



parada^ a fin de grasar (medrar) a la sombra de la 
anarquía y a costa de los crédulos e incautos, como 
si nuestro estado tuviese los elementos necesarios para 
constituirse en nación independiente 1 '. 

Esta resolución de independencia no dejó sus fines 
completamente expresados en el documento final en 
que el Cabildo de Montevideo se puso bajo la protec- 
ción del de Buenos Aires en la hora del fracaso y 
de la derrota. 

Ei gobierno de Martín Rodríguez, cuyo ministro era 
Rivadavia. envió entonces a la coi te de Río de Janeiro 
un embajador, a Don Valentín Gómez, para obtener 
pacri camente la devolución de la Banda Oriental, re- 
moviendo los obstáculos que parecían ya entonces des- 
tinados a provocar la gucria entre el Brasil y la 
Argentina. 

Buenos Aires alegaba sus viejos derechos territoria- 
les sobre la Banda Oriental; en su respuesta al comi- 
sionado argentino que había invocado el deseo de la 
Banda Oriental de unirse a Buenos Aires, la cancille- 
ría brasileña, deja una prueba más, valiosísima, del 
carácter de lucha de independencia absoluta que había 
revestido en gran parte aquel movimiento sofocado 
de 1822-1823. 

"Es constante, decía la nota brasileña en su res- 
puesta, que si existe algún partido en el Estado Cis- 
platino a favor de Buenos Aires, de lo que no se po- 
dría racionalmente dudar cuando así lo dice el señor 
comisionado y cuando hasta en los países más conso- 
lidados, existen divergencias de opiniones políticas, 
también es constante que a causa de la lucha pen- 
diente entre las armas que ocupan la provincia se han 
desenvuelto otros partidos diferentes fomentados por 



[109] 



GUSTAVO GALLINAL 



los enemigos del Imperio y de los propios montevidea- 
nos, como es el de los que quieren la unión a Portu- 
gal e Inglaterra." 

Los que querían la unión a Portugal, querían la in- 
dependencia también, pero no lo dice y los que aspi- 
ran a la independencia absoluta del Estado Cispla- 
tino, los cuales aunque poco numerosos y diseminados 
en la grande masa de los que desean y juraron la 
incorporación al Imperio, ofrecen con todo en seme- 
jante fermentación los mayores obstáculos para cole- 
girse la expiesión de una voluntad general libremente 
enunciada," Este es el testimonio oficial de la canci- 
llería brasileña sobre la acción del partido de la in- 
dependencia. No necesito explicar los móviles que lo 
inducen a disminuir la importancia del partido de la 
independencia diciendo que son poros y diseminados 
en la gran masa de los que quieren permanecer fieles 
al Imperio. 

Los testimonios del lado argentino son también muy 
valiosos. Es el general Soler, enviado para explorar 
la situación del país, quien después de trazar un 
cuadro sombrío de su aniquilamiento — aunque no 
resultara riel todo verdad en el año 25 — , dice que 
en el corazón de sus habitantes sólo ha quedado el 
deseo de la independencia. Es el testimonio del gene- 
ral Mansilla, gobernador de Entre Ríos, de quien nos 
dice el historiador Saldías, que uno de los motivos 
que tuvo para negarse al pedido de auxilio de una 
comisión oriental, fue el sospechar en ello "miras más 
egoístas que nacionales" y descubrir en los hombres 
que la componían y en los que a éstos inspiraban, 
44 má« bien la idea ~ reronrebida de sustrarr su pmvin- 



[ no] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



cia al dominio del Brasil que no la de mantenerla 
unida a las demás argentinas'*. 

Estas pruebas concurrentes que corroboran las mu- 
chas y valiosas que trae el informe de la comisión, 
iluminan y comentan la parquedad de las declaracio- 
nes y de los documentos oficiales que son inexpresi- 
vos para quien sólo se atiene a la letra muerta sin 
tratar de indagar el espíritu, para quien no busca to- 
car los móviles ocultos, verdaderos y profundos que 
no siempre pueden ostentarse sin comprometer im- 
prudentemente la misma causa que se defiende. 

El estudio del movimiento de 1822 y 1823 es un 
antecedente, a mi juicio, no menos que decisivo para 
juzgar los móviles y el carácter de la revolución de 
1825, más amplia, más madura y que al través de 
inevitables vicisitudes, acciones y reacciones, llevará 
al triunfo la idea de independencia absoluta de esta 
tierra y cuya gloria hemos de reconocer, le pertenece, 
«i es que queda algún sentimiento de gratitud y de 
justicia histórica en nosotros» 

En su refugio de Santa Fe, después del fracaso de 
1823, Lavalleja había escrito una carta confidencial 
que descubre sus sentimientos y propósitos íntimos, que 
ha sido publicada por un historiador argentino, llena 
de reproches contra el gobernador Mansilla y contra 
los que en su apasionamiento llamaba, "la indigna 
raza porten a". Y esa carta concluía en esta forma: 
"Los montevideanos no hemos de desistir de la em- 
presa. Tenemos resignación bastante para pelear solos 
o acompañados". 

Solos desembarcaron en el Arenal Grande, la Agra- 
ciada, el 19 de abril, enteramente solos. 



[lili 



GUSTAVO GALLINAL 



Cualquiera que piense que de un lado estaba el 
enorme Imperio de Pedro I que se extendía desde el 
Plata al Amazonas y más allá, desde el Atlántico hasta 
Ja cordillera, y que podía poner casi 20.000 soldados 
sobre las armas, y que del otro lado estaban las Pro- 
vincias Unidas cuya clase directiva era entonces in- 
diferente a la empresa que sin embarco bacía vibrar 
de simpatía al pueblo argentino, cualquiera que piense 
esto tiene que preguntarse luego qué prodigio de 
arrojo, de valor temerario, de amor al esclavizado 
terruño, fue necesario para lanzane a esa aventura, 
uno de los más hermosos y de los más extraordinarios 
espectáculos que ofrece el conjunto de las luchas por 
la libertad y por la independencia de América, 

(¡Muy bien!). 

Yo pienso en esto, señor Presidente, y luego pienso 
en que, aunque nosotros quisiéramos, aunque noso- 
tros cometiéramos el error de quererlo, contrariando 
todo el sentido de la Historia Patria, no podríamos 
hacer el silencio sobre ese año 25 que se aproxima 
todo resonante de grandes recuerdos que nos saldrían 
al paso. Es la hora decisiva; es el año decisivo del 
proceso de gestación de nuestra nacionalidad. Es la 
hora inicial, y es toda nuestra. Se abre con la inva- 
sión de la Agraciada; la noticia, como una buena 
nueva largo tiempo esperada, vuela de rancho en ran- 
cho y de cuchilla en cuchilla y levanta al país contra 
el dominador; tiene como etapas triunfales el Rincón 
de Haedo, la Florida, Sarandí; tiene como glorias 
cívicas no menos altas, la declaratoria de la indepen- 
dencia, la abolición de la esclavitud, la restauración 
de la enseñanza pública por el sistema lancasteriano. 



1 112] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



El ciclo de gloria lo cierra el 31 de diciembre el 
comandante Leonardo Olivera que clava la bandera 
de la patria en las almenas seculares del fuerte de 
Santa Teresa, puesto por los españoles para atalayar 
las fronteras del norte del país. 

En el siglo que ha corrido, el espíritu nacional para 
celebrar esta empresa, ha agotado sus mejores obras 
y puesto a tributo sus mejores inteligencias. La pintó 
Juan Manuel Blanes, Blanes el viejo, patriarca de 
nuestro arte, y sus figuras son familiares en los hoga- 
res uruguayos; la pintó también con cálidas palabras 
Eduardo Acevedo Díaz, el gran novelista de "Ismael" 
y "Grito de Gloria" y en sus páginas rudas y viri- 
les, parece estar vibrando todavía el clamor confuso 
del alarido de la montonera heroica que salvó la pa- 
tria. La cantó Zorrilla de San Martín y las estrofas 
de la "Leyenda Patria" en el conjunto general de la 
poesía de América resuenan con notas más inspiradas 
y más altas que aquéllas que la lira de bronce de José 
Joaquín de Olmedo alzó para cantar la épica gloria 
de Juní:\ 

Pero un eminente historiador brasileño, Alfredo Vá- 
rela, nos dirá también en extracto su admiración ante 
este episodio: "Lejos de asustarse con el tamaño del 
gigante con quien iban a medirse, el 19 de abril 
pasaron a la Banda Oriental los 32 compañeros de 
Lavalleja para recomenzar en el silencio de la noche 
la epopeya cuyo primer ciclo había tenido epílogo 
trágico, entre ondas de fuego y de sangre, en los lla- 
nos de Tacuarembó. "¿Quién vive? La Patria"; con 
esta leyenda corría en Buenos Aires una hoja oriental, 
consagrada a la causa de los oprimidos. Expresaba 
con tales palabras una auspiciosa realidad: La Patria 



[113] 



GUSTAVO GALLINA!, 



uruguaya resurgió con el pasaje del audaz luchador 
a las playas nativas, y éste, con sólo pisar el suelo 
bien querido, sintió de golpe centuplicadas sus fuerzas. 
Ya el 7 desde lo alto de la elevación cercana del Ce- 
rrito soltaban a los vientos el estandarte de la Patria 
renacida . . . Debe haber sido grande, concluye este 
historiador brasileño, el asombro con que la guarni- 
ción de la plaza asistió al heroico gesto, de magnífica 
virilidad.' ' 

Pocos días antes de producirse la invasión, en los 
últimos febriles preparativos, a 20 de marzo de 1825, 
el futuro jefe, Lavalleja* escribía esta carta que esta 
entre la correspondencia política y confidencial de 
Pereyra: "Pongo en su conocimiento que dentro de 
muy poco tiempo invadiremos a nuestra Patria para 
conquistar el lauro de nuestra independencia contra 
la usurpación y dominio extranjero y sacudir su vugo 
ominoso. El conductor de ésta, que lo es Don Fran* 
cisco Lecocq, va instruido de todo y expresará a Vd. 
lo que por medio de una carta no se puede expresar 
ni es tampoco prudente, así es que dé crédito com- 
pleto a todo lo que le informe. Ahora, sí, es preciso 
que Vds. como patriotas nos secunden y ayuden a ver 
a nuestra Patria libre y feliz del poder ominoso del 
extranjero usurpador del suelo natal como nosotros 
que estamos dispuestos a sacrificar nuestras existencias 
por la patria''. . . Y otro de los actores descollantes 
de la empresa, Carlos Anaya, escribía en la misma 
forma confidencial! "Siempre he tenido la más pura 
fe en la independencia y libertad de nuestro territorio 
y creo aunque los reveses de la fortuna y la variabili- 
dad de la guerra han entregado este rico patrimonio 
al extranjero, día llegará en que sacudirán e<ste yugo 



[ 114] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



ominoso los orientales y que la patria de Artigas, 
del inmortal Artigas, de esa víctima sacrificada por 
el gobierno de Buenos Aires, por las ambiciones y 
por las maldades que rigen en política para con estos 
desgraciados pueblos y que ocupara el rango de pue^ 
blo libre e independiente entre las demás repúblicas 
americanas. Vd. mi amigo que tanto ha hecho y hace 
por su país no desespere y siga con ardor sus tra- 
bajos que el éxito ha de coronar de laureles inmorta- 
les la frente de todos los patriotas que como Vd. han 
secundado al inmortal Artigas, y veremos que la se- 
milla dará su fruto y el verbo se hará obra". 

Estos son documentos confidenciales, de aquellos 
en los cuales se vuelca con toda sinceridad el pensa- 
miento, no siempre expresado y con frecuencia escon- 
dido en los documentos públicos. Aquéllos explican 
a éste. Por lo demás sus palabras sólo un sentido ad- 
miten y cuando Anaya habla cíe ocupar el íango entre 
las demás repúblicas como pueblo libre e indepen- 
diente, es difícil desvirtuar la rectitud de ehta ex- 
presión. 

Otro de los actores beneméritos, el patriota Luis de 
la Torre, dice en sus Memorias con terminantes pa- 
labras: "Al iniciarse esta heroica cruzada ya mani- 
festaron los orientales el sentimiento de la indepen- 
dencia que después fue una realidad* 1 . 

Esta idea de independencia será una realidad, como 
dice Luis de la Torre, pero será una realidad después 
de una tremenda lucha interna y externa, negada unas 
veces, desconocida otras; a veces, a quien mire sola- 
mente la superficie de los documentos y de las decla- 
raciones, parecerá que se ha eclipsado totalmente, y, 
Mn embaí go. antes y después de ser enunciada en la 



[H5] 



GUSTAVO GALiLINAL. 



Florida, estará latiendo en la entraña del pueblo, y 
surgirá, a] fin, triunfante, en el Tratado de Paz del 
año 28. Ese Tratado de Paz será, de un lado, una tran- 
sacción entre las dos grandes naciones comprometi- 
das, y que ambas, las dos, resistirán hasta el último 
momento esa resolución, y después de haber llegado a 
ella, tratarán de anularla también. Será esa transac- 
ción, y será también la exigencia esclarecida de la 
política inglesa, siempre guiada por un espíritu de 
libertad; pero será también la aceptación de algo que 
estaba en la ley de las cosas y que se imponía por 
su propia gravitación a la voluntad resistente de los 
gobernantes. 

Será la realización del anhelo del pueblo oriental, 
que era una realidad que nadie podría ya destruir, 
con una historia muy breve, pero muy intensa, con 
una sociabilidad hermana de la Argentina, pero dis- 
tinta de ella, y que tenía ya en su haber una comunidad 
de recuerdos, de sacrificios, de luchas, de derrotas, 
todo lo que forma ese algo intangible que se llama el 
alma de una nación. 

El Tratado o Convención de Paz del año 1828 con- 
tendrá en su protocolo y en los documentos emanados 
de sus negociadores, los testimonios más auténticos, 
más solemnes, más indestructibles, de que esa inde- 
pendencia ha sido el objeto de las luchas del pueblo 
oriental y que ha sido el objeto de la Cruzada del 
año 25. Y cuando fuera desconocido esto en una mala 
hora por un ministro oriental, por José Ellauri, sería 
entonces uno de los propios negociadores, el general 
Tomás Guido el que saldría a la palestra para pro- 
clamar indignado, en una carta violentísima que no 
leo por sus términos, de que se desconocieran los sa- 

[116] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



orificios que a bs orientales había costado su inde- 
pendencia y que se tratara de presentarlos falsamente 
como deudores al extranjero de su propia nacionalidad. 
Señor Polleri. — Apoyado* 

Señor GallinaL — Es a la luz de estos antecedentes 
y de los hechos que los comentan y que los aclaran, 
que hay que juzgar el alcance y el sentido de las de- 
claraciones. El acta de la independencia del 25 de 
agosto, la primer acta* tiene un sentido tan claro, que 
toda la revolución americana, absolutamente toda, no 
produjo un documento tan limpio de sombras. 

¿Que quiere decir y qué significa esa fórmula cuya 
misma gravedad y lentitud están proclamando su tras- 
cendencia, escrita en uso de la soberanía ordinaria y 
extraordinaria, invocando con autoridad única el nom- 
ine y la autoridad de los pueblos, con amplio y pleno 
poder para darse la forma que en uso y ejercicio de 
su soberanía estimen conveniente? Significa el triunfo 
y la consagración entre nosotros del gran principio 
de la democracia universal; el que inspiró toda la 
revolución americana; el mismo por el cual recien- 
temente se han derramado en el mundo ríos de san- 
gre, humeantes todavía. Este principio es el derecho 
de los pueblos, aun de los más pequeños, aun de 
los más débiles, a disponer por sí mismos de sus 
propios destinos; y ciertamente que habría pocos pue- 
blos más débiles y más pobres que el nuestro cuando 
hicimos esta declaración. 

Desde luego esta acta, considerada conjuntamente 
con la otra, con la segunda, con la que hablaba de la 
unión a las Provincias Unidas, estas dos actas juntas 
abrían un abismo entre la voluntad del pueblo uru- 



r 117 1 



GUSTAVO GALLINAL 



guayo y las pretensiones de la corona brasileña, here- 
dera de Portugal. 

Pero es necesario agregar asimismo, que abrían 
también un abismo entre las pretensiones tradiciona- 
les de la política de Buenos Aires y la voluntad del 
pueblo uruguayo. 

La política que todavía en 1823 y 1324 inspiraba 
la misión de Valentín Gómez a Río de Janeiro, con 
instrucciones de Rivadavia, se basaba en la reivin- 
dicación de derechos territoriales sobre la Banda Orien- 
tal, pretendidos antiguos derechos. 

En nota al enviado de 13 de octubre de 1823, Riva- 
davia le manifestaba que debía negarse a que para 
la resolución de este asunto se consultara la voluntad 
del pueblo oriental, su soberanía de que hablaba en 
sus mentirosas fórmulas la Constitución brasileña, y 
decía entonces: lí Aun cuando para la negociación 
establecida a fm de que se devuelva el pueblo de Mon- 
tevideo y sus campañas a las Provincias Unida*, ha 
obrado también el interés que en ella se ha demos- 
trado por actos positivos para separar de una domi- 
nación a que ha sido arrastrada poi la fuerza, lo que 
principalmente ha inducido a promoverla, y, en efecto, 
lo que la legaliza es el interés de las Provincias Uni- 
das y el derecho con que ellas reclaman la integridad 
de su territorio, lo cual no puede dejarse en depen- 
dencia de la voluntad, cualquiera que sea, de sus 
habitantes''. Esta es la fórmula de Buenos Aires, he* 
redera de pretendidos antiguos derechos, fórmula que 
era una supervivencia de antiguas nociones jurídicas, 
ya desconocidas y arrasadas por la voluntad de los 
pueblos, incluso del pueblo argentino, que siempre 
estaba en la vanguardia de las revoluciones, pero que 

[118] 



i 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



todavía permanecían inspiradoras en las esferas del 
gobierno. Esto decía la política de Buenos Aires, y 
decía, en cambio, la declaración de la Asamblea de 
la Florida, en virtud de su soberanía ordinaria y ex- 
traordinaria: "Queda la Provincia Oriental del Río de 
la Plata unida a las demás de este nombre, en el te- 
rritorio de Sud América, por ser la libre y espontánea 
voluntad de los pueblos que la componen, manifes- 
tada con testimonios irrefragables y esfuerzos heroi- 
cos desde el primer período de la regeneración política 
de dichas provincias". 

Invoca la historia nuestra, a partir de Id i evolución, 
confirmando su dirección y senticlo; invoca como au- 
toridad única la voluntad de los pueblos. Hay entre 
una y otra concepción un abismo, y nuestra fórmula 
de unión tiene un alto sentido de libertad. Es un acto 
soberano, una decisión de soberanía, v como tal, 
desde luego, esencialmente revocable ¡jor la misma vo- 
luntad que lo establezca. (Apoyados. ¡Muy bien!). 

Proclamado y consagrado el principio de que nues- 
tro destino dependía de nuestra voluntad soberana, 
estaba consagrado el principio fundamental de nues- 
tra independencia y de nuestra democracia. 

Pocos días después la Asamblea reglamentaba el 
modo como habían de celebrarse pactos o alianzas con 
alguno o algunos de los demás gobiernos extranjeros 
y con los particulares, reglamentaba el corso, y decía 
que quedaba reservada a las autoridades del territorio 
oriental, la imposición de tributos, todas esas facul- 
tades esencialmente soberanas. 

Claro está que yo no pretendo negar que el con- 
cepto de soberanía no podía estar, como no estaba 
ningún concepto de gobierno, libre de indecisiones, 



[119] 



GUSTAVO GALXJNAL 



de contradicciones y de dudas. Tiene las contradic- 
ciones ) las dudas de todo período de formación. Y 
desde luego, aquellas Provincias Unidas, a las que nos 
unía la segunda ley de la Florida, no eran una nación 
regularmente constituida, ni constituida siquiera: eran 
un caos, una masa social disgregada y en fermenta- 
ción. Pueblos unidos por aquellos vínculos sagrados 
que invocaba con razón nuestra ley, es decir, la iden- 
tidad de origen, de idioma, de raza y de religión. 

Formaban im conjunto étnico y social claramente 
definido, pero no formaban un Estado regularmente 
organizado. — (¡Muy bien!). 

No tenían autoridad central respetada y permanente; 
no tenían capital; no tenían constitución ante la cual 
hubieran abdicado las soberanías locales que se entre* 
chocaban entre sí sin llegar a armonizarse. Alguna 
de ellas, poi ejemplo Tucumán, se había declarado 
República independiente, v otras celebiaban alianzas 
entre sí y guerras unas con otras, o celebraban alian- 
zas también con el extranjero, y mucho más tarde 
de esta época, en 1351, cuando la Guerra Grande, no* 
so tros celebramos alianza con una sola provincia ar~ 
gentiiia, con la provincia de Entre Ríos. 

Ei a la dislocación total que debía preceder necesa* 
riamente a la reconstrucción sobre nuevas bases; y 
alguna vez, en algún documento oficial del gobierno 
argentino (gobierno argentino es una expresión que 
está mal empleada en este momento) los documentos 
oficiales de la autoridad central argentina provisional, 
se hablaba de ella, no hablando de Provincias Unidas 
ni de República Argentina mucho menos, sino de 
"los pueblos libres del territorio de la antigua Unión". 
Uno de los pueblos libres del territorio de la antigua 

[120] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Unión, eso entrábamos a ser nosotros con la segunda 
declaración de la Florida. 

En 1826, bajo la presión en parte de la guerra 
oriental, se inicia una pasajera concentración a la que 
sirve de columna la fuerte personalidad de Rivadavia, 
y se elige a Buenos Aires capital y se dicta una cons- 
titución que es rechazada por la mayoría! de las pro- 
vincias y se ensaya una vasta y teórica obra de orga- 
nización; pero aquello pronto se desmorona y recae 
luego en la dislocación anterior y sobrevienen primero 
la anarquía y después los largos años de la tiranía. 

La unión, pues, que la Asamblea proclamó, no era 
en modo alguno la anexión irrevocable a un gobierno 
superior definitivamente constituido; era más bien, 
jurídicamente — después los hechos trataron de des- 
figurarlo y lo desfiguraron — , pero jurídicamente era 
entrar a una coparticipación de soberanía; era entrar 
en una comunidad inorgánica de pueblos que se re- 
servaban celosamente sus libertades. 

Todavía podría agregar que la declaratoria de la 
independencia era válida por sí misma y desde el 
primer momento que se dictó, en tanto que la de la 
Unión necesitaba la voluntad concorde del Congreso 
de las Provincias Unidas, Congreso reunido precisa- 
mente para tratar de constituir el Estado, Para que 
este pacto se cerrara y se afirmara, fue necesario que 
llegara a oídos del Congreso el vocerío de la victoria 
de Sarandí, que electrizó a los pueblos del Plata; pero, 
entre tanto, en este intermedio, luchamos contra el 
Brasil teniendo un ejército de las Provincias Unidas 
en observación sobre la línea del Uruguay; y en ese 
período de tiempo, por lo menos, la independencia 
de hecho y de derecho, fue, un hecho real e indiscu- 
tible. 

[121] 

u 



GUSTAVO GALUNAL 



Más tarde, la influencia del centralismo de Rivada- 
via y después la política porteña, penetró hondamente 
entre nosotros, más hondamente acaso que en otras 
partes y en. otras provincias, precisamente porque no- 
sotros estábamos sometidos a las necesidades ineludi- 
bles de la guerra, y para hacer írente a la guerra, 
era necesario una fuerte concentración y se conquistó 
la adhesión entre la clase ilustrada y entre lob jefes 
y arrancaron, finalmente, a las Juntas de 1826 v 27 
declaraciones de obsecuencia y la aprobación de la 
constitución unitaria de 1826, y hasta una ley por 
la cual se delegaba al gobierno central de Buenos 
Aires dirigir nuestros asuntos en mucha parte. 

Verdad es que cuando se hizo la mayoría de estas 
leyes, la Junta estaba desintegrada y en minoría, sin 
el quorum legal, y que se adoptaron con la protesta 
expresa y terminante de algunos de sus miembros y 
que en el país se alzó contra ellas una tácita repulsa, 
que hizo que la Asamblea cayera en un gran descré- 
dito y propició la dictadura de 1827 . . . 

Bueno, señor Presidente; estoy un poco fatigado y 
dejaría con gusto la palabra para continuar otro 
día. — (Aplausos en la Cámara y en la barra,) 

Señor Presidente. — Habría que resolver qué día 
se celebra sesión para continuar tratando este asunto. 

Seíwr García Morales. — El lunes próximo. Yo 
hago moción en ese sentido» 

— (Apoyados.) 

Señor Presidente. — Si no se observa, se continuará 
el lunes próximo la consideración de este asunto. 
— Queda terminado el acto. 

Señor Gallinal — Señor Presidente: nadie ha afir- 
mado que el 25 de agosto sea la fecha de nuestra or- 



t 122] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



ganización como República, de nuestra formación 
constitucional. La declaratoria de la Florida fue de 
independencia, de soberanía, de nuestra voluntad de 
ser, un propósito y una aspiración que sólo pudieron 
convertirse en realidad después de tres años de lu- 
chas durante los cuales estuvimos más de una vez 
al borde del abismo* La organización definitiva del 
Estado, de la República, es otra etapa posterior de 
nuestra historia. 

El argumento que se esgrime con aire triunfal y 
que se ha esgrimido también en este momento, la pa- 
labra "provincia**, estampada en los documentos o 
en las actas de la Sala de Representantes, tiene, si 
bien se considera, un valor menos que relativo : "pro- 
vincia", pero dentro de un conglomerado de pueblos 
libres, como he demostrado en la parte anterior de 
mi discurso. ''Provincia Oriental"» "Estado Oriental", 
"República Oriental", "Banda Oriental", "Provincia 
Cisplatina", "Estado Cisplatino", "Provincia de Mon- 
tevideo", o "Estado de Montevideo" (de todas esas 
maneras se nos llamaba), no teníamos nombre, ni or- 
ganización, ni forma definitiva, pero éramos — y eso 
sí que es lo esencial — , éramos una entidad que había 
proclamado su propósito de independencia y que pug- 
naba por realizarla, sin abdicar jamás de ese ideal, 
cualesquiera que fueran las concesiones transitorias, 
— y fueron muchas — arrancadas a nuestros hombres 
y a nuestras asambleas por la tremenda presión de 
las necesidades de la guerra, la convicción de la pe- 
quenez de nuestros recursos y la necesidad imperiosa 
e ineludible de la cooperación de las Provincias Uni- 
das. 



[123] 



GUSTAVO GALLINAL 



Señor Gallinal. — La idea de independencia, como 
he dicho, pareció un momento sepultada bajo la su- 
perficie engañosa de las declaraciones, de los títulos 
oficiales, de los documentos, de las apariencias, de 
todas esas apariencias que van a exhibirse con el vo- 
lumen de la Junta Provincial del año 25 al año 27. 

Pero existían siempre como fuerza honda y pro- 
pulsora. Existían los conductores del pueblo oriental 
que buscaban realizarla, de establecerla en su totali- 
dad. Existía sobre todo, siempre, alguien dispuesto 
a sostener la independencia, dispuesto a confirmarla 
y ungirla con su sangre generosa, alguien cu va ins- 
tintiva rebeldía a todos los dominios extraños, se 
orientaba hacia la plena libertad; era la muchedum- 
bre anónima del pueblo, verdadera protagonista del 
drama de nuestra emancipación. (¡Muy bien!) 

Esa aspiración permanente de independencia se re- 
vela, por ejemplo, en un momento inesperado; se 
revela en ocasión de la misión de Núñez en 1826, 
que precedió a la remoción de Lavalleja en el genera- 
lato, y que pone en claro que en lo civil, en lo econó- 
mico y en lo militar había una voluntad sorda y tenaz 
que se oponía a veces silenciosamente, y a veces en 
alta voz, pero que se oponía a la nacionalización del 
territorio. Esa aspiración permanente de independen- 
cia se siente latir, próxima a estallar, y estalla al fin, 
contra esa Junta que sanciona la constitución unita- 
ria, estalla en protesta militar y popular al tiempo 
mismo, porque el ejército no era una institución se- 
parada, sino que era el pueblo armado para su 
defensa. 

Esa aspiración indeclinable de independencia se 
revela también y se revela, sobre todo, en la gestión 



[ 124 ] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



del diputado y comisionado de la Banda Oriental, en 
la gestión de Trápani, coya misión de decisiva efi- 
cacia libertadora, esclarece admirablemente el informe 
de la Comisión tan sólido y tan instructivo, mostrando 
cómo la aceptación de algunos momentos, la necesaria 
contemporización pudo hacerse sin obstaculizar y sin 
anular el propósito primordial de independencia, por 
esta razón fundamental que nadie destruirá; porque 
la perspectiva de la paz sobre la base de la indepen- 
dencia absoluta, se presentaba como una solución 
cercana; en la gestión diplomática de Trápani la lle- 
varía al triunfo, apoyándose en la mediación inglesa 
que antes de forzar 1 la aceptación del Brasil y la Ar- 
gentina contaba con la voluntad previamente consul- 
tada de los jefes orientales. 

Señor Galhnal. — El conocimiento de estas circuns- 
tancias a que me he referido, el conocimiento particu- 
larmente de las ge&Liones de Trápani, ha hecho plena 
fe para algunos historiadores extranjeros con respecto 
a los móviles de la cruzada de 1825. Así en la docu- 
mentada y moderna historia de la ciudad y provincia 
de Santa Fe, tan unida a nuestras cosas, el historia- 
dor argentino Cervera se expresa de esta manera que 
extracto: "Los orientales, para obligar a Buenos Ai- 
res* comunicaron a su gobierno sus hechos de armas 
y hasta se declararon unidos a las provincias argenti- 
nas el 25 de agosto de 1825, reconocidos el 24 de oc- 
tubre y dejan más tarde el mando de sus ejércitos a 
jefes argentinos. Cuando se eligió Gobernador de 
Buenos Aires al coronel Dorrego nombróse General 
en Jefe del Ejército oriental - argentino a Lavalleja. 
con lo que se dio auge al partido que perseguía la 
independencia de la Banda Oriental. La tendencia de 



L 125] 



GUSTAVO GALLINAL 



los Gobiernos de Buenos Aires fne que la Banda 
Oriental entrara de nuevo en la unión de las Provin- 
cias Unidas; pero aunque los orientales habían apro- 
vechado la ayuda argentina contra los brasileños, sólo 
perseguían su independencia local de todo poder ex- 
traño". , . 

Y hablando de la paz de 1828, diré: "El Ministro 
inglés anuncia estos deseos de paz al Brasil, cuya si- 
tuación interna era tan afligente como la de Buenos 
Aires y su Gobierno; conocían la decisión de la Ban- 
da Oriental en ser ¿independiente, y el Gobierno inglés 
apremiaba a esta paz, favorable a sus miras comercia- 
les". En el tratado de 1828 se reconoció la indepen- 
dencia del Uruguay, que el 25 de agosto se había 
proclamado "como aspiración de los hombres patrio- 
tas y pensantes del Uruguay 5 '. 

El testimonio último, pero de capital importancia, 
está en los protocolos y en los documentos de la mi- 
sión García de 1827 y en los de la Convención de 
Paz de 1828. 

En 1827, Manuel Gal cía, enviado por Rivadavia a 
Río de Janeiro para negociar la paz, y que defraudó 
o traicionó la* miras de su gobierno, afirmó rotunda- 
mente a los Ministros del Emperador estas palabras 
en su carácter de Ministro argentino: "Que estaban 
en error imaginando que la insurrección de la Pro- 
vincia de Montevideo fue obra de algunos rebeldes, 
de canalla y de gente perdida fomentada por el Go- 
bierno de la República que estuviesen ciertos que 

el movimiento de aquella población había sido es- 
pontáneo, sin la más leve impulsión de la autoridad 
a quien se imputaba. Que cuando de esta verdad no 
hubieren prueba* evidente?, bastaría reflexionar pola- 



[126] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



mente que sin una disposición general de los ánimos 
no era posible que treinta y tres hombres mal arma- 
dos arrojasen en pocos días a las fuerzas brasileñas 
de la Provincia Oriental y se apoderaran de toda 
ella sin más excepción que dos plazas fuertes". Y a 
su vez, los delegados del Emperador dijeron: "Que 
el Gobierno de la República (óigase bien) hacía sti 
paz cuando le parecía conveniente sin sacrificio al- 
guno de su parte, porque, hablando seriamente, la 
renuncia de sus derechos a la Provincia Cisplatma 
en el estado actual, y atendido el espíritu de insubor- 
dinación e independencia de sus habitantes, en lugar 
de sacrificio, era una manera hábil de libertarse de 
compromisos y de obligaciones las más onerosas". 

En el protocolo de la Convención de Paz de 1828 
los reconocimientos del carácter de independencia de 
la revolución oriental, que se deslizan entre las tesis 
oficiales de ambos gobiernos, no son menos rotundos 
ni menos categóricos. 

La delegación argentina afirmó, por su parte, que 
no se podían desconocer fcÉ los derechos de un pueblo 
que combatía por su independencia política y su li- 
bertad civil", y dijo también estas notables palabras 
contestando a los brasileños que manifestaban el temor 
de que la independencia trajera la anarquía: "que 
aunque no negaba que habían ocurrido diferencias 
entre los generales Lavalleja y Rivera, éstas habían 
desaparecido desde que el destino de su patria los 
había traído a un punto de contacto". 

Notables palabras, señor Presidente, que no cono- 
cen o que olvidan los que en nuestros días intentan 
convertir esta cuestión nacional en una discusión de 
personalidades romo si fuera necesario y fuera pa- 



{127 1 



GUSTAVO GALLINAL 



triótico, para ensalzar a unos proceres, deprimir a 
los otros. (¡Muy bien!) 

Y a su vez, los delegados del Imperio, cuando los 
argentinos, en el curso de las negociaciones, propu- 
sieron tan solo una independencia temporaria, dije- 
ron: "El ensayo de la independencia de aquella Pro- 
vincia por el espacio de cinco años, era considerado 
por los Ministros de Su Majestad Imperial como ofen- 
sivo e injurioso para los orientales, porque era lo 
mÍ9mo que darles por mitad la libertad que preten- 
dían". 

Cuando Dorrego, después de la memorable cam- 
paña de Rivera en las Misiones, tentó un postrer es- 
fuerzo para celebrar la paz evitando el reconocimiento 
de nuestra independencia, los Ministros argentinos, 
los negociadores de la paz, Guido y Balcarce, le con- 
testaron con estas declaraciones formidables: "Los 
Ministros que suscriben juzgan que cuanto mayores 
sean los progresos de la expedición al Norte (a las 
Misiones) tanto más derechos creerán haber adqui- 
rido los orientales para conquistar una independen- 
cia que, sin estos títulos nuevos, ha sido siempre el 
objeto de su idolatría, por más que las circunstancias 
particulares en que se han visto los hayan reducido 
algunas veces a adoptar el arbitrio de la simulación. 
Es poco menos que un imposible moral (continuaban) 
el que llegue a negociarse la paz bajo otras bases que 
la independencia absoluta de la Banda Oriental. Esta 
base, en sentir de los Ministros infrascriptos, cuenta 
en su favor con la opinión de la parte pensadora de 
ambos Estados, con la del pueblo oriental, a quien 
afecta y que conoce sus verdaderos intereses, y con 
los sufragios de la potencia mediadora", 

[128] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Para el Ministro, general Tomás Guido, hay testi- 
monios no menos categóricos de una época anterior 
a ésta, que prueban cómo se interpretó desde el primer 
momento el propósito de la revolución de 1825. En 
carta confidencial dirigida al general San Martín, y 
publicada en el Archivo de San Martín, del Museo 
Mitre, se expresa así: "Por consecuencia de las ges- 
tiones de Lord Ponsonby, parece que no queda duda 
que por este paquete que toca en el Janeiro se hacen 
aberturas de paz al Emperador. 

La independencia de la Banda Oriental, se cree ge- 
neralmente, es la base de la negociación que se manda 
entablar. 

Esta condición, que en un sentido puede halagar 
los intereses del Emperador y que en otio ha venido 
a ser el resultado infalible de la opinión dominante 
de los orientales, por otra parte, puede venir a ser 
el manantial de grandes males". . . 

Y el Ministro argentino José María Rojas, de pro- 
minente actuación en los sucesos de la época, escribía 
la siguiente carta, que ha sido publicada por el his- 
toriador Saldías en su libro "La Evolución Repubb- 
cana M : "Cualquiera que sea hoy la opinión aceica de 
la independencia de la Banda Oriental, era ésa la base 
convenida entre el Presidente Rivadavia y Lord 
Ponsonby, como mediador. Los mismos orientales 
trabajaban por ella, y no teníamos los medios de 
someterlos en una guerra civil, después de la que 
concluimos con el Brasil" . . . 

Estos testimonios, algunos del más solemne carác- 
ter, hacen plena fe sobre el propósito de la revolu- 
ción, que se mantiene con una tenacidad inquebran- 
table, a pesar de las apariencias, a pesai de los títulos. 



[129 J 



GUSTAVO GALLINAL 



a pesar de las declaraciones arrancadas una y otra 
vez a nuestros hombres y nuestras asambleas por la 
ruda presión de los sucesos. 

La bandera argentina después de los primeros me- 
ses, sustituye a la tricolor, el escudo argentino, lucen 
los documentos; todo parece denotar, por lo menos 
muchísimas circunstancias paiecen denotar, que la ab- 
sorción está consumada, que la autoridad central se 
ha impuesto; pero bajo esta apariencia engañosa, 
como he dicho, está fermentando y creciendo el sen- 
timiento de la independencia, que en el pueblo es una 
resistencia latente a todo poder extranjero pero que 
es también, en algunos de nuestros primeros estadis- 
tas, tal como se nota, por ejemplo, en las cartas de 
Trápani, que el informe reproduce, una clara y lumi- 
nosa visión del porvenir» 

Véase por ejemplo estos párrafos de Trápani, que 
tomo del informe: "La Provinria Oriental, formando 
un Estado independiente y conservándose en orden, 
guardando como corresponde sus fronteras, no puede 
ser atacada, "si no vienen sus enemigos de la luna": 
¡vamos raciocinando como hombres! En el estado 
antiguo en que se ha encontrado la Provincia Orien- 
tal, ella ha sido siempre la manzana de la discordia. 
Por un tratado, quedando ella independiente, será el 
iris de la paz. Este es mi modo de ver". Y continua- 
ba; "No, amigo. Este es un asunto que debe pensarse 
sin olvidar que después de conseguido, nuestro terri- 
torio nada más necesita que un gobierno moderado 
y justo, que conservando el orden interior, proteja 
los diferentes ramos de industria que en ella abun- 
dan. En quince años (decía en su optimismo patrió- 
tico) no fiabrá guerra. En ese tiempo. *r cruzarán 



[ 130 ] 



tiA INDEPENDENCIA NACIONAL 



más y más I09 intereses de sangre y comercio entre 
nosotros. Nuestros campos se poblarán con hijos de 
Buenos Aires y de las demás Provincias. También 
habrá bastante campo para la inmigración extranjera, 
dándose a ésta la extensión que prudentemente le co- 
rresponda. La Provincia Oriental será más dichosa y 
rica, sola que unida al Imperio mejor del Universo". 

A partir, según creo, del libro de Historia Nacio- 
nal que escribió el doctor Francisco Berra, — espí- 
ritu muy ilustrado, pero negativo — „ suele hacerse 
caudal de una nota de Lavalleja, cuyos términos am- 
biguos se interpretan como aceptando con pesar, como 
un hecho consumado tan sólo, la noticia del recono- 
cimiento de nuestra independencia. Esa interpretación 
está contrariada por toda la gestión secreta y confi- 
dencial de Lavalleja, y está contrariada también por 
otros documentos que creo decisivos. 

Después de la ratificación del Tratado. Lavalleja 
arengaba a su ejército en una proclama del 12 de 
octubre de 1828, aniversario de Sarandí y en sus 
términos se nota, junto con la justa gratitud al pueblo 
argentino, — que a pesar de todas las disidencias, 
había, en definitiva, compartido con nosotros los lau- 
reles de Ituzaingó — v se nota, también, me parece, el 
júbilo íntimo del realizado ensueño. 

"Guerreros republicanos, decía: habéis llenado el 
más sagrado compromiso; quisisteis libertar a esta 
oprimida Provincia y lo conseguisteis con la constan- 
cia y el valor que os acompañó desde el principio de 
la lucha". . . Se refería luego a sus compatriotas y 
decía: "Compatriotas: el Gobierno de la Nación sabrá 
recompensar vuestros méritos; mientras todos los ciu- 
dadannq n ? llenan r\e bendiciones y vuestro general 



[131] 



GUSTAVO GALLINA!, 



os felicita con el más elevado entusiasmo por haber 
tenido el honor de mandar un ejército tan virtuoso 
como heroico, y en medio de los transportes que ins- 
pira el placer de este gran día, os recomienda las 
virtudes cívicas que os caracterizan y adornan. ¡Viva 
la patria^ la paz, el Gobierno y la heroica República 
Argentina!'' 

No interpretaba, por cierto, en sentido de pesar la 
actitud de Lavalleja, un diario que se publicaba en- 
tonces en Buenos Aires y que combatía su política, 
El Tiempo, que, comentando con despecho la paz 
sobre la ba&>e de la segregación de la Banda Oriental, 
decía con intención recriminatoria: "Jamás dudamos 
que la paz, como se ha hecho, seiía del agrado del 
señor generar', y concluía el artículo: "La ambición 
del general Lavalleja debe estar ya satisfecha". 

¿Se arguye que la Constitución de 18S0 está fechada 
en el año segundo do nuestra independencia. Los 
constituyentes se refieren, naturalmente, a la sanción 
internacional de la independencia, a la época de la 
erección por el Tratado; pero su concepto sobre el 
carácter de la revolución de 1825 está claramente ex- 
presado en el manifiesto que dirigieron al pueblo en 
el momento de presentarle el proyecto de Constitu- 
ción, donde se habla del propósito de la independen- 
cia desde el principio de la i evolución; se alude des- 
pués al tratado de paz de 1828. como el tratado en 
el cual se erigió la República Oriental, pero se agre* 
gan estas palabras: "Los votos que hicisteis al tomar 
las armas en 1810 y al empuñarlas de nuevo en 1825, 
empezaron a cumplirse". 

En definitiva, señor Presidente, la revolución de 
1825. en su rorrienle general, pai Ocularmente en su 



[ 132 | 



L.A INDEPENDENCIA NACIONAL 



corriente popular, fue una revolución de independen- 
cia absoluta. El 25 de agosto de 1825 resume en sus 
declaraciones los propósitos esenciales y los medios 
políticos de la Cruzada Libertadora. Es, por consi- 
guiente, la fecha mayor de nuestra historia, la de 
sentido permanente. El reconocimiento que hicieron 
más tarde la Argentina y el Brasil de nuestra inde- 
pendencia, fue una transacción y una solución traída 
por la mediación inglesa, pero fue también un resul- 
tado de la afirmación nuestra, impuesta en la empresa 
de los Treinta y Tres y en la campaña de las Misiones. 

Esta tradición no pertenece a ningún partido, no 
está empañada con ninguna sombra de parcialidad. 
Arranca desde el momento inicial de nuestra vida li- 
bre. Nada más falso y nada más injusto que afirmar 
que fue consagrada esa fecha por móviles partidarios. 
No lo sospechaba, por cierto, Don Joaquín Suárez, 
cuando escribiendo sus recuerdos autobiográficos en 
los días de su ancianidad venerable, recordaba con 
legítimo orgullo su participación en la Asamblea y 
decía: "Se constituyó la primera representación pro- 
vincial de la Florida, clonde arranca osa declaratoria 
y grito de independencia pronunciado en esa reunión 
memorable de que fui miembro'*. No lo sospechaban, 
tampoco, los soldados de la Defensa, Andrés Lamas, 
que consagraba minuciosamente todos los episodios 
de la Cruzada Libertadora en la hermosa nomencla- 
tura de la ciudad de Montevideo, tan torpemente es- 
tropeada por nuestros municipios, y que exaltaba tam- 
bién en sus escritos, Melchor Pacheco y Obes. cuando 
en 1851 publicaba en París la biografía de Francisco 
Joaquín Muñoz, y en ella entonaba un himno a los 
recuerdos de aquella campaña, diciendo precisamente, 



[133] 



GUSTAVO GALLINA L 



que entonces el sentimiento común de la nacionalidad 
había vinculado, había unido a todos los orientales. 
No lo bospechaba tampoco el Come icio del Plata, 
— el órgano más importante de la ciudad sitiada y 
también del Río de la Plata — 9 cuando en agosto de 
1849 estampaba el acta de la independencia, y al 
pie de ella* — como lo ha recordado recientemente 
el doctor Alberto Palomeque — , un fervoroso elogio 
escrito por el ilustre unitario y ciudadano argentino 
Don Valentín Alsina, perteneciente a la pléyade de 
los proscriptos. Decía el doctor Valentín Alsina: "El 
documento expedido hace ahora veinticuatro años en 
la Florida, es de los que este país debe registrar y 
conservar con justa satisfacción. Verdad es que, al 
declararse un gian derecho, no se hacía nada más 
que proclamar la existencia de un sentimiento que, 
como lo demostiaron los hechos ulteriores, se agitaba 
vigoroso en el corazón de la Nación; pero fue un acto 
de coraje ilustre el proclamarlo. La Provincia se ha- 
llaba inorganizada, se carecía de los elementos mar- 
ciales, materiales* que requeiía tamaña empresa; no 
se contaba con otros recursos que los que facilitase 
la decisión de sus hijos, y se tenía al frente a un 
enemigo que poseía la capital, los puertos y todo el 
Estado; a un enemigo potente y todavía intacto, pues 
no habían rayado las auroras del Rincón y Sarandí. 
Fue en estas circunstancias y ante esa masa de difi- 
cultades y peligros, ilustre el proclamarlo. La Pro- 
vincia, reunida en un pueblo de campaña, tuvo el 
coraje de declarar enérgicamente, a los cinco días 
apenas de instalada, el cese de la dominación extran- 
jera y la plena reasunción de la propia soberanía. 
Así lo hizo en solemne documento, padrón de eterno 



[134] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



honor para los hombres patriotas cuyos nombres lu- 
cen a su pie". 

El recuerdo conmemorativo de la Asamblea de la 
Florida decía que arranca desde el primer momento 
de nuestia vida nacional. 

Efectivamente: entre 1830 y 1834 recorrió la cam- 
paña del país, cuando aún estaban vivos„ recientes los 
recuerdos, un viajero francés, Arsenio Isabelle; en 
un libro de viaje publicado en El Havre cu 1835, 
narra sus recuerdos de viaje y traza una somera re- 
seña histórica del país, y ya en ella da a la Asamblea 
de la Florida toda la importancia que en sí entraña. 

Más interesante todavía es el testimonio de otro 
viajero francés, D'Orbigny, el que recorrió nuestro 
territorio en los instantes mismos en que acababa de 
sellarse la paz. Entró al Uruguay por Paysandú, que 
era entonces una mísera aldea, y fue testigo del jú- 
bilo con que el pueblo oriental acogió la paz que 
traía el reconocimiento de su independencia. 

"Todo esté en conmoción (nos dice), en todas par- 
tes, por todos los caminos, los gritos de ¡viva la pa- 
tria! se mezclaban al ruido de la marcha de las tropas 
extranjeras, que en ejecución del tratado comenzaban 
su retirada. 5 ' Se mezcló D'Orbigny a los soldados 
orientales, de loa que hace una pintoresca descripción 
pintándolos como una especie de cosacos del nuevo 
mundo, y agrega luego, interpretando sin duda los 
sentimientos recogidos de sus labios en esta hora 
única: "Tales eran los guerreros que bajo las órde- 
nes de jefes valerosos, Lavalleja, Fructuoso Rivera, 
hábían combatido durante* tres años por la indepen- 
dencia de su país y acababan de conquistarla". 



[ 135] 



GUSTAVO GALL.1NAL 



Pero hay un testimonio de más humilde origen y 
de más precioso valor, porque atestigua lo que hay 
de verdad en el episodio de la Piedra Alta, y porque 
descubro al vivo los sentimientos de la generación 
misma de la independencia. 

Es una crónica de los festejos realizados en la villa 
de la Florida en 1831, al año de jurarse la Constitu- 
ción , crónica cuyo conocimiento debo a la generosidad 
de uno de nuestros más jóvenes y talentosos investi- 
gadores, una verdadera esperanza para los estudios 
históricos del país, el doctor Felipe Ferreiro. 

Cuenta la crónica, en estilo tosco y sin arte, los 
festejos del 25 de mayo, y nos dice: que el maestro 
de la escuela pública reunió en tal ocasión a los niños, 
y con banderas y música los llevó a las afueras del 
pueblo a que tuviesen un recuerdo muy grande, cerca 
del río, y pronunció allí un discurso compuesto tex* 
tualmente así: "Que allí se congregaron los primeros 
patriotas, que de allí nació la cuna de la libertad, y 
que allí fue donde se reunió el Gobierno de la patria, 
dándonos sus leyes y nueva vida en el territorio". 

Y agrega la crónica publicada en El Universal del 
11 de junio de 1831 que la columna infantil volvió 
al son de dos marchas, "que estaban muy lindas, la 
una se llamaba de los Treinta y Tres Patriotas, y la 
otra, de Haedo, Ibicuy y las Misiones. Por la noche, 
— continúa — se exhibieron dos lienzos iluminados, 
obras también del preceptor de la escuela. 

El uno representaba al general Lavalleja mandando 
la batalla de Sarandí, el otro, al general Rivera, man- 
dando la batalla del Rincón de Haedo". 

La crónica está firmada por "Un gaucho olvidado 
del siglo". 



[136] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Tales eran, señor Presidente, auténticos, no desfigu- 
rados con intenciones literarias, los sentimientos del 
pueblo en 1831. Unía en su recuerdo a los dos ilustres 
soldados de la guerra de la emancipación. Si nosotros, 
al cumplirse la primera centuria de la grande hazaña, 
no nos sentimos dispuestos al homenaje merecido, por 
lo menos, no convirtamos esta cuestión en una disputa 
de méritos personales. No hagamos ruido de odio, 
no hagamos ruido de discordia, no hagamos ruido de 
pasiones inferí ores. No convirtamos en cuestión par- 
tidaria una cuestión nacional, impersonal y altísima. 
( ¡Mwy bien!) 

El sentimiento popular ha sido siempre que la in- 
dependencia fue declarada en las grandes palabras 
de la Florida. Pasó revocada por los hechos, por 
nuestra voluntad misma, por la íntima ley que rige 
nuestra historia, pasó la declaratoria de unión a las 
provincias argentinas, sin la cual la otra, la esencial, 
hubiera sido tan sólo una aspiración, un ensueño 
ahogado en sangre por el poder brasileño. Pasó tam- 
bién la Constitución de 1830, primera y gloriosa 
fórmula de nuestra organización republicana. Pasaiá 
la Constitución de 1917* y nuevas generaciones uru- 
guayas sentirán que nuestros códigos y nuestras leyes 
están envejecidos y anticuados, como nosotros senti- 
mos que estaban los de nuestros mayores y los reem- 
plazarán por otros, buscando acercarse cada vez más 
a un ideal de perfección y de justicia social, siempre 
entrevisto y perseguido, pero acaso para siempre in- 
accesible y remoto como una estrella. Pero esta de- 
claratoria de independencia, este acto de sobeianía, 
esta afirmación esencial de nuestra nacionalidad, ¿«?a 
no pasará, por lo menos, mientras exista el pueblo 

£137) 

19 



GUSTAVO CiALLlKAL 



uruguayo independíenle y Ubre entie los deina-s pue- 
blos de la tierra. ( ¡Muy bien f ) ( Aplausos en la Cá- 
mara). 

Esa es nuestra Carta Magna, la tuente primera de 
nuestra vida institucional, preexistente a las Constituí 
ciones, anterior y superior a ellas. 

Yo repito una y otra vez, en la sinceridad de mi 
conciencia sus graves y sentenciosas fórmulas, y caria 
vez más, veo sobre ellas un claro resplandor, un vivo 
fulgor de inmortalidad. El 25 de agosto en que esa 
declaración íue proclamada, es, por consiguiente, un 
día de valor nacional y permanente. La Cámara debe 
poner su sello a esa elección ya consumada por las 
generaciones, consagrando la fecha mayor de nuestra 
historia, que, por serlo, es también una fecha ilustre 
en la historia de la organización libre y democrática 
de América. 

He terminado. (¿Muy bien!) 

(Aplausos en Ja Cámara,) * 



* Diarto de Sesiones de la H Cámara de Representantes 
Tomo CCCVII, págs 163 a 173, 321 a 329 Montevideo, 1924 



[138] 



EL CENTENARIO 



La Florida, "ese pueblo que en medio de los 
riesgos nos sirvió de asilo; aquél donde se san* 
clonaron las leyes fundamentales; aquél, en fin, 
que la posteridad sabrá respetar como cuna de 
]a liberad, es, en concepto del Gobierno, el 
más a propósito para su residencia". 

(Nota de Don Manuel Calleros a Lavalleja, 
16 de enero de 1826.) 

La antigüedad de la tradición que conmemora el 
25 de agosto me parece plenamente demostrada en 
el curso del debate ya próximo a cerrarse sobre el 
Centenario de la Independencia. 

Si faltó la consagración oficial de la fecha hasta el 
año 1860, no faltó nunca ni la consagración popular, 
ni el testimonio de los actores en las campañas de la 
independencia, ni el reconocimiento de los proceres 
del pensamiento o de la acción. La ley de 1860 reco- 
gió la fecha ya ungida por la voluntad popular. Las 
pruebas exhibidas, del más fehaciente carácter, lo 
prueban concluyentcmente. 

La afirmación que atribuía carácter partidario a 
su consagración ha quedado radicalmente destruida. 
Ultimamente todavía el señor Plácido Abad exhumaba 
antiguos e interesantes datos en artículos publicados 
en La Mañana y Diario del Plata. Y Don Alberto 
Gómez Ruano acopiaba algunos otros de más reciente 
fecha pero también valiosos que corroboran esta tesis. 
Antes de dar por bien probado este punto, agregue- 
mos todavía algunos testimonios, anudando algunos 



[ 139 1 



GUSTAVO GALLINAL 



hilos más de esta tradición que remonta a los años 
mismos de la guerra de la independencia. 

En 26 de agosto de 1835 el periódico montevideano 
El Estandarte Nacional saludaba la fecha patria con 
las siguientes palabras: "25 de Agosto. En igual día 
del año de 1825 en medio del estruendo de las armas, 
y cuando el poder de un Imperio se disponía a sos- 
tener la esclavitud de nuestra tierra, los representan- 
tes de este pueblo heroico, proclamaron su soberanía, 
y declararon nulos, írritos y de ningún valor para 
siempre, todos los actos de reconocimiento, incorpo- 
ración, etc., al Portugal y al Brasil y se declaró a sí 
mismo libre e independiente de hecho y de derecho, 
y con amplio poder de adoptar las formas que creyere 
conveniente. Los votos de los heroicos orientales fue- 
ron cumplidos" . . . Esta nota me ha sido comunicada 
por el doctor Felipe Ferreiro, a quien debo también 
algunos otros datos, 

Y, antes de jurarse la Constitución de 1830, memo- 
rable fecha que no podría sin manifiesto error ser 
celebrada como fecha de nuestra emancipación, aun- 
que lo es sí culminante de nuestra organización cons- 
titucional, el diario El Universal de 1829 saludaba el 
cuarto aniversario de Sarandí con estas palabras in- 
equívocas: "Hoy es el aniversario cuarto de la batalla 
del Sarandí: sus laureles cubren la cuna de nuestra 
independencia. Los nombres inmortales que la fama 
designa con el título de los 33 precedidos por el 
general Lavalleja y el nombre ilustre del general Ri- 
vera, vencedor de Haedo, están identificados con la 
gloria de este día. La batalla del Sarandí mandada en 
jefe por el primero de dichos generales, y por el se- 
gundo a sus inmediatas órdenes, produjo la completa 



[140] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



derrota de todas las fuerzas brasileñas que existían 
en la campaña: la libertad del territorio, excepto do? 
puntos fortificados de su circunferencia: el estable- 
cimiento de las autoridades y de las leves patrias, v 
al fin, la vida y la absoluta independencia del país 
oriental. Estos son los hechos. ¿Qué pluma puede 
lison jarse de ser más elocuente que ellos? ¿Ni quién 
podría hacer un elogio mayor de aquella jornada 
que el que encierra la sencilla narración de sus mis- 
mos resultados?". . . 

"En orden a profanar el sagrado de nuestra inde- 
pendencia, escribía el mismo periódico en 13 de agosto 
de 1829, no hay consideración, no hay poder alguno, 
no hay influencia interior o extraña que esté reser 
vada al odio de nuestro corazón, a las exhalaciones 
más violentas de nuestra pluma". 

Y en jubo 28 de 1828, traza una reseña histórica 
del país, con la referencia (que recojo entre muchas 
otras y valiosas que paso por alto) a aquella revolu- 
ción frustrada de 1823 de la que va transcurriendo 
un siglo sin el más leve recuerdo: "La empresa de la 
independencia del territorio hubiera tenido entonces 
un resultado decisivo si los sucesos de Europa no 
hubieran venido a inutilizar unos esfuerzos que algún 
tiempo después fueron más favorecidos de la fortuna. 

Los mismos elementos malogrados en aquella co- 
yuntura, sirvieron de base a los 33 héroes que se 
entregaron a los azares de la fortuna para conseguir 
la libertad o la muerte: la victoria coronó su es- 
fuerzo y la libertad renació sobre el suelo de la pa- 
tria". Pretender separar la tradición de nuestra in- 
dependencia de la empresa de los Treinta y Tres, 
es negar y contrariar todo el sentido de nuestra 
historia. 



C 141 ] 



GUSTAVO GALL1NAL 



Las palabras de Manuel Calleros, primer presi- 
dente del gobierno patrio, que sirven de epígrafe a 
este artículo, cerrarán — las primeras en el tiempo, 
las de más alto valor por la personalidad de que 
proceden— la serie de testimonios aducidos. Hay 
en esas graves palabras la clara conciencia de la 
trascendencia de la obra realizada: hay también 
como una anticipada apelación al juicio de la posteri- 
dad, contra las postumas negaciones. Y como res- 
pondiendo a ella, la posteridad, manteniendo la con- 
ciencia de sí misma al través del tiempo, mantenien- 
do la unidad del sentimiento nacional a pesar de las 
disensiones y las luchas civiles, fue a erigir el pri- 
mer monumento a su independencia en aquella his- 
tórica ciudad de la Florida, allí donde se sanciona- 
ron las leyes fundamentales, allí donde fue la cuna 
de la libertad, rodeada del respeto de las genera- 
ciones» 

He invocado en otra ocasión la opinión del doc- 
tor Andrés Lamas, y como se ha pretendido desvir- 
tuar el valor de esta cita, cúmpleme ahora ampliarla. 
La opinión de Andrés Lamas, cualquiera que sea el 
juicio que su personalidad política merezca, es sin 
duda, de importancia. Reúne dos calidades que rara 
vez se presentan juntas para dar realce a su pala- 
bra: es el erudito eximio, el estudioso de merecido 
renombre y es también casi el contemporáneo de 
los sucesos. Pudo corroborar la ciencia aprendida 
en los libros con el conocimiento que se toma en 
las fuentes purísimas de la tradición oral más au- 
téntica, fluyendo de labios de los hombres de la 
generación de la independencia. Andrés Lamas con- 
sagró los episodios de la Cruzada minuciosamente en 



[142] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



la nomenclatura de la ciudad, de la que han desapa- 
recido algunos nombres por imperdonable error de 
nuestros municipios: tal el nombre de Santa Teresa 
que rememoraba no una sino dos victorias de las lu- 
chas de nuestra emancipación; tal, el nombre del 
Cerro, que por la misma causa, estaba bien donde es- 
taba; tal algunos otros todavía» Ya esta múltiple con- 
sagración tiene por sí valor tei minante. Pero Andrés 
Lamas además, íecoidó más de una vez en sus escri- 
tos la época de la independencia. 

Sus Apuntes históricos sobre las agresiones del 
dictador argentino Don Juan Manuel de Rosas están 
precedidos por una somera reseña histórica del país. 
"El día en que la lucha se empeñase, dice hablando 
de los pi eliminares de la campaña, todos tendrían 
una sola bandera; la bandera de la independencia 
oriental. Así es que, cuando dos años después, el 19 
de abril de 1825, la lucha se inició decididamente, 
la bandera de la patria se vio rodeada por todos sus 
hijos, y ellos la hicieron triunfar en el Rincón y el 
Sarandú" 

Estos sucesos obligaron a la República Argentina 
y al Imperio del Brasil a que librasen a su fuerza 
material la reivindicación de sus recíprocas pretensio* 
nes de dominio sobre este territorio, y hablando de la 
Convención de Paz del año 28 afirma el carácter de 
nuestra revolución con estas frases: 

"Esta convención que le abrió a nuestro país una 
nueva era — que llenó sus esperanzas — que él ha 
adoptado y sostenido como la primera ley de su de- 
recho público, porque ella reconoce y sanciona la ex- 
presión más auténtica de su voluntad y de sus me- 
jores intereses, — que es, a la vez, una ley de la 



[143 3 



GUSTAVO GALLINA!, 



República Argentina y del Imperio del Brasil, — en- 
cierra, sustancialmente, la "única 1 * base firme y estable 
de la paz de estos países y es la pauta recíproca de 
sus derechos y deberes internacionales. Fuera de esta 
convención* sólo hay deshonor para el que la que- 
branta, guerra y trastorno y malestar para todos; 
guerra perdurable, que se renovaría como el Fénix 
de la fábula, sin otro término posible que la base mis- 
ma de esa convención: La independencia absoluta, 
perfecta* real, del Estado Oriental* Contrariarla, es 
atormentar a la humanidad en una lucha sin porve- 
nir: es despedazarla inútilmente en un círculo de 
hierro que no tiene más que esa salida. 1 ' 

Si estas manifestaciones parecieren poco categóri- 
cas, lo son aún más sin duda las contenidas en la nota 
con que Lamas acompañó el tratado de neutraliza- 
ción de 1859, publicada con oportunos comentarios y 
rectificaciones por el doctor Alberto Palomeque en 
su libro Asambleas Legislativas del Uruguay, pág. 
439. El doctor Lamas, que no pudo conocer algunos 
documentos de extraordinaria eficacia posteriormente 
aparecidos, se refiere a la omisión de la manifesta- 
ción expresa de nuestra voluntad en las palabras mis- 
mas de la Convención de 1828 y dice: "Los docu- 
mentos oficiales, los actos diplomáticos permitían sos- 
tener esa omisión; pero toda nuestra historia protes- 
taba contra ella, y protestaba muy elocuentemente la 
historia de la guerra de 1825 a 1828 a que la dicha 
Convención ponía término. Treinta y Tres orientales 
de imperecedera memoria, la iniciaron el 19 de abril 
de 1825 por el acto sin igual en los fastos america- 
nos; nuestros representantes reunidos en la Florida 
la promulgaron, (a nuestra voluntad) rodeados de 



[144J 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



las bayonetas extranjeras, en el acta de 25 de agosto 
de aquel año; y nuestros conciudadanos solos, ven- 
ciendo en Haedo y en Sarandí, decidieron la libertad 
de todo el territorio de su patria» con la única ex- 
cepción de las plazas fortificadas del litoral Estos 
hechos, cuya heroicidad es parte de la gloria de los 
valientes soldados contra quienes combatían los orién- 
tale?, ese alzamiento unánime de todo un pueblo que 
inicia, que delibera, que obra, que vence por sí solo, 
revela y constituye él solo una nacionalidad, es la 
voluntad y el derecho". 

Recojamos todavía algunos testimonios concurren- 
tes. Sea el primero el del constituyente por San José 
en 1829, Tomás Diago, soldado de la campaña de 
1825 a 1828. En la sesión de la Cámara de Repre- 
sentantes de mayo 29 de 1861 fundaba un proyecto 
de ley sobre determinación del sitio de desembarco 
de los 33 con las siguientes palabras: "Anoche, a las 
ocho de la noche murió uno de los individuos de 
la Constituyente, Don Basilio Pereiia. Ya no queda- 
mos más que ocho de la Asamblea Constituyente. 
Todos vamos desapareciendo. De los miembros del 
Gobierno Provisorio, que proclamó la independencia, 
no quedan más que dos; y de los treinta y tres sólo 
quedan cinco. La mano destructora del tiempo todo 
lo va consumiendo. Me parece qüe cuando un país 
encierra en su historia gloriosos timbres de que todos 
sus hijos deben hacer alarde, deben hacerse; una glo- 
ria, tienen una obligación común para con los veni- 
deros, de dejar bien marcados todos aquellos herhn- 
que forman las páginas brillantes de su historia» Digo 
esto porque hace tiempo que tengo siempre presente 
en la mente la idea de que no se ha querido en cierta 



[145] 



GUSTAVO GALLINAL 



negociación diplomática reconocer nuestra nacionali- 
dad sino como una especie de limosna nómina, por- 
que se dice que en el acta de nuestra nacionalidad 
externa no se reconoció el hecho de que era debida 
a nuestro valor y a nuestros sacrificios para alcan- 
zarla. Teniendo nombres que constatar, y yendo la 
mano del tiempo destruyéndolo todo, me parece que 
no debemos perder tiempo, v que antes que fallezca 
la única persona que puede determinar el lugar pre- 
ciso en que desembarcaron los 33 héroes a los cuales 
debemos nuestra independencia, sería muy bueno que 
se marcase y se fijase aquel lugar, para que nuestros 
descendientes algún día llegasen a ieconocerlo y de- 
cir: aquí fue donde aquellos valientes desembarcaron 
y dieron principio a esa cruzada de nuestra reden- 
ción política". 

Sea el segundo, el testimonio del coronel argentino 
Don Miguel Gregorio Planes, en nota dirigida al ge- 
neral Lavalleja de setiembre 30 de 1828, felicitándolo 
por el tratado de paz que reconoció nuestra indepen- 
dencia: "El infrascripto tiene el honor de felicitar 
al Excmo. señor general en jefe del ejército por la 
honrosa paz que ha obtenido la República, hallán- 
dose S. E. a la cabeza de una de sus principales co- 
lumnas, así como por haberla conseguido satisfaciendo 
los deseos de los que peleaban por la libertad de la 
Provincia, entre los que se complace numerarse el que 
suscribe; complaciéndose ál mismo tiempo el que la 
suerte haya puesto en manos de S. E. llenar los com- 
promisos en que se encontraba con ella desde que se 
lanzó en sus playas con un valor heroico a libertarla; 
con este motivo el que firma pide órdenes nuevamente 
a S. E.'\.. 



[146] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Cada vez que los negociadores de las Provincias 
Unidas se encuentran frente al Gabinete del Imperio 
para tratar de resolver la cuestión oriental surgen lu- 
minosas revelaciones y el sentimiento de nuestro pue- 
blo se pone en transparencia. 

En 1823 el doctor Valentín Gómez va a Río de Ja- 
neiro comisionado por Rivadavia para obtener* la de- 
volución pacífica de la Banda Oriental En 6 de febrero 
de 1824 el Gobierno de S. M. Imperial asegura al 
delegado argentino que no era exacto que la voluntad 
de los orientales se inclinase unánime hacia las Pro- 
vincias Unidas: que existía un partido que buscaba 
la independencia absoluta del territorio. Esa afirma- 
ción, corroborada en otros documentos por pruebas 
cuya solidez nadie ha intentado discutir, no es un 
recurso dialéctico ocasional, no es un ardid del mo- 
mento de la hábil política brasileña, heredera de la 
diplomacia portuguesa. Vicente F. López, el gran his- 
toriador del patriciado porteño, dice al comentar esta 
afirmación imperial, que ella tocaba la llaga con ver- 
dad y habría merecido que estos datos se hubiesen 
estudiado con más juicio por la cancillería argentina. 
Ya entonces, según éste, si hubiesen habido estadistas 
de vuelo "se hubiese celebrado una convención reco- 
nociendo y garantizando ambos países la independen- 
cia de la Banda Oriental, lo que a la verdad hubiese 
sido un gran beneficio para nosotros y para los bra- 
sileños que todavía unos y otros andamos malamente 
envueltos en las desgraciadas consecuencias de la gue- 
rra que nos hicimos después sin bandera propia ni 
intereses recíprocos". (T. IX, págs, 193 y 197, 2* 
edición). 



[147] 



GUSTAVO GALLINAL 



El gabinete imperial persiste en esta aserción con 
una insistencia y un vigor impresionante. Sus agentes 
difunden e«a seguridad por las cortes europeas y el 
General Alvear en nota a Lavalleja de mayo de 1826 
invoca que "el principal pretexto por parte del ene- 
migo ante la Europa esi la idea de que los orientales 
no quieren pertenecer a la Nación Argentina 1 '. 

Del comis^nado argentino de entonces, del doctor 
Valentín Gómez, es del único que no conocemos una 
afirmación conrordante con esta brasileña, o la prueba 
de que sus sentimientos íntimos eran análogos. Ha- 
bría sin embargo, interesantes noticias que merecerían 
ser analizadas y estudiadas en los discursos que el 
doctor Valentín Gómez pronunció en el Congreso de 
las Provincias Unidas, sin duda útiles y acaso capi- 
tales para adelantar algo en el conocimiento de algu- 
nos episodicis de 1822 y 1823, en gran parte aún 
enigmáticos. 

En la sesión del 3 de enero de 1825, explicó con 
su calrjr de palabra v su elegancia de dicción caracte- 
rísticas, las circunstancias de la cuestión oriental en 
aquel momento de su misión, contestando al diputado 
Mena: <k debo decirle que en la enumeración de las 
provincias que ^e consideraba debían integrar el te- 
rritorio del Imperio se introducía la Banda Oriental 
como simplemente federada, cuando desde el momento 
en que el Brasil había declarado su independencia la 
había reconocido como parte integrante del Estado, 
guardando consecuencia con los derechos que la Corte 
de Portugal se había permitido pretender a ella, en 
virtud de la célebre acta de incorporación celebrada 
en Montevideo. Considerada pueá la Banda Oriental 
como puramente federada desde entonces era necesa* 



[148] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



rio reconocer el derecho que ella tenía para separarse. 
Desde que se había reconocido como simplemente fe- 
derada, estaba en el caso de poder reasumir sus de ir 
chos en el acto de sancionarse la constitución; y yo 
puedo asegurar al señor diputado que todos los dipu- 
tados del Norte 9 que opinaban entonces por la inde- 
pendencia de sus provincias, estaban muy dispuestos 
para reconocer ese derecho de la Banda Oriental y 
dejarla en disposición de poder deliberar por sí". 
Pero no es ésta la ocasión ni el momento de ahondar 
en este estudio que merecería activas 1 y largas tareas. 

Desde 1823 el Gobierno Imperial afirma nuestra vo- 
luntad de independencia. En 1827 se encuentran de 
nuevo frente a frente el comisionado del presidente 
Rivadavia, Manuel J. García y los ministros del Em- 
perador. Sucede entonces algo extraordinario. El Em- 
perador del Brasil reitera a García sus manifestacio- 
nes y afirma textualmente que la renuncia de los 

derechos a la Provincia Cisplatina no significaba sa- 

crific o alguno para las Provincias Unidas dado el 
espíritu de insubordinación e independencia de sus 
habitantes. Lo extraordinario es que podemos saber 
que en lo interno de su pensamiento el enviado ar- 
gentino debió pensar y decirse que el emperador bra- 
sileño tenía razón. Así se deduce de los datos trasmi- 
tidos por el historiador López, íntimamente vinculado 
por lazos políticos y de amistad a aquel diplomático 
fino y cultísimo, aunque "siempre sospechoso en 
punto a patriotismo" como decía el deán Funes al 
comunicar a Bolívar la nueva del tratado. 

"Era pues indispensable según él, nos dice López, 
salvar el régimen presidencial y mantenerlo en Buenos 
Aires. No caer en otras manos y dar lugar a una 



[149] 



GUSTAVO G ALLI NAL 



evolución natural que satisficiese la opinión sin des- 
truir las influencias morales en que reposaba la 
situación desde 1821. Pero esto era imposible sin 
hacer la paz; y la paz era imposible sin desenten- 
derse de los orientales que, puesto que no querían 
s:er argentinos, ni convenía a los argentinos que lo 
fuesen, eran en resumidas cuentas puramente extran- 
jeros; y como tales ningún derecho tenían a exigir que 
nosotros nos postráramos y nos arruináremos en una 
demanda ajena a nuestro interés nacional bien enten- 
dido/' (Tomo X. pág. 172). El diplomático García no 
creía justo sacrificar la prosperidad de la provincia 
de Buenos Aires al patriotismo de los orientales: in- 
tentó pues entregarnos con las cadenas remachadas 
de nuevo al Imperio. . . He ahí pues que nos es lícito 
afirmar que si el Emperador del Brasil y el ministro 
argentino mirándose hondamente a los ojos hubiesen 
podido leer mutuamente su más profundo y hondo 
pensamiento hubiesen visto con sorpresa que era en 
ambos, el mismo, en lo esencial, con respecto al senti- 
miento y al móvil de los orientales : ambos creían que 
los orientales anhelaban su independencia total. 

El tratado García, ruidosamente rechazado por el 
pueblo argentino, provoca la caída de Rivadavia, o le 
sirve de pretexto para abandonar un sillón presiden- 
cial en torno dei cual ruge ya amenazante la anai- 
quía. Sube al poder, o con más verdad, recoge las 
desacreditadas y desacatadas insignias del poder pre* 
sidencial, con carácter provisional, el doctor Vicente 
López y Planes, el autor del himno argentino, que 
no era en política más que una decorosa medianía. 
Y el presidente provisional López y Planes, piensa, en 
el fondo, lo mismo que García y el Emperador. Su 



[150] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



hijo ilustre, el historiador, nos lid guardado ron fide- 
lidad su pensamiento en las páginas de su libro, eien 
veces discutible y discutido como obra histórica, pero 
admirable sin reservas como documento, apasionado, 
siempre injusto, elocuentísimo a ratos, lleno de color 
y de brío: acaso el documento culminante que legó 
a la posteridad como testimonio de sus excelencias 
indudables y de sus funestas limitaciones, aquel pa- 
triciado porteño que cometió inmensos errores al 
pretender dirigir y encauzar la revolución, pero que 
fue sin duda en el aspecto intelectual y social, flor 
de selección y de cultura en el ambiente del Río de 
la Plata, El presidente López, nos dice su hijo, an- 
siaba u la ocasión de entregarle a Lavalleja y a los 
orientales el peso de esa contienda. Aquel país, decía 
a Borrego, está alzado contra nuestro influjo y no 
puede ya soportar a nuestros jefes. . . 

Si no podemos retirarnos poco a poco de la Banda 
Oriental y obligar así a Lavalleja a que esfuerce y 
extreme sus propios recursos (que es lo que preferi- 
ría para salir de una situación insostenible dado el 
antagonismo de orientales y argentinos) será indis- 
pensable llamar a San Martín... Cieía que no sólo 
era conveniente sino de todo punto indispensable que 
la República Argentina comenzase a eximirse de com- 
promisos directos, y que trasladara poco a poco el 
peso de las íesponsabilidades directas, ya por el éxito, 
ya por los contratiempos, a los jefes orientales y a 
los esfueizosí que debía hacer ese Estado por su pro- 
pia emancipación, ya que era notorio que la cuestión 
nacional argentina estaba completamente desprendida 
allí de todo interés o derecho propio". (Tomo X, pá- 
ginas 26 í >269.} 



[151] 



GUSTAVO GALLINA!, 



Llega así el momento de entablar las negociaciones 
que remataron en la Convención de Paz de 1828. En 
este momento, las manifestaciones sobre la voluntad 
oriental, a las que ya he tenido ocasión de referirme 
con alguna amplitud, son categóricas. El Ministro 
Guido (que ya en 1826 decía a San Martín, confiden- 
cialmente, que la opinión dominante de los orientales 
era la independencia) se lo asegura ahora al Gober- 
nador Dorrego en documento solemne que suscribe 
también el Ministro Balcarce, y que está concebido 
en estos términos: la independencia ha sido siempre 
para los orientales el objeto de su idolatría, por más 
que las circunstancias los hayan obligado algunas ve- 
ces al arbitrio de la simulación. La confesión brasileña 
se transparenta en las conversaciones de los diplomá- 
ticos. José María Rojas y Patrón, Ministro entonces 
de Borrego, participa de idéntica convicción; años 
más tarde asegura en su correspondencia que Jos orien- 
tales, coincidiendo en miras con la mediación inglesa, 
trabajaban por su independencia, y que su aspiración 
fue reconocida y consagrada por no existir medios 
para someterlos en una guerra civil. . . 

Así, pues, cada vez que las dos grandes naciones 
que dirimen por las armas el secular pleito sobre la 
Banda Oriental inician conferencias o conversaciones, 
infaliblemente, el reconocimiento de que nuestra vo- 
luntad profunda era, no la de unirnos definitivamente 
a ninguna de ellas, sino la de conquistar nuestra ab« 
soluta independencia, surge y expresa a veces el pen- 
samiento de una de las partes y otras, la convicción 
de ambas. Esta doble serie de testimonios, argentino- 
brasileños, sobre nuestra aspiración colectiva, consti- 
tuye, en su conjunto, una prueba luminosa y triunfal 



[152} 



LA INDEPENDENCIA NACI UN AL 



Las declaraciones de nuestra Asamblea, que se in- 
vocan para probar que nuestro propósito era tan sólo 
la unión argentina, están ya expresadas; está enarbo* 
lada la bandera de las Provincias Unidas y arriada 
la tricolor de las horas primeras; los diputados orien- 
tales se han incorporado al Congreso; se ha arrancado 
declaración tras declaración a nuestra Asamblea, y la 
presión de los elementos que pugnan por "nacionali- 
zar" el territorio aparentemente se ha impuesto... 
Aun sin citar los documentos oiientales que prueban 
que tales actos, y la aceptación de la constitución 
unitaria, provocaban la repulsa del país y trajeron 
el desprestigio de la Asamblea, aun sin citar los do- 
cumentos que prueban nuestras gestiones por el reco- 
nocimiento de la independencia y nuestro anhelo por 
conquistarla, cabe preguntar si aquellas apariencias 
son la verdad, toda la verdad. Si nadie soñaba con la 
independencia, ¿cómo esa evidente falsedad se pro- 
fesa al través de los años una y otra vez, con obsti- 
nada reiteración, por muchos de los gobernantes ar- 
gentinos y brasileños que soportan las más grandes 
responsabilidades de los sucesos y tienen en sus ma- 
nos, en ciertos momentos, loa destinos de sus pue- 
blos? ... ¿Es que el Emperador del Brasil, y el Pre- 
sidente argentino López, y el Ministro García y el 
Ministro Rojas y el Ministro Guido, y el Ministro 
Baleare e, padecen todos un grosero engaño, o nos 
atribuyen, contrariando muchas veces el interés de 
sus pueblos, un propósito con que jamás soñamos? Si 
nuestra sumisión a la política argentina es perfecta, 
si no deseamos sino consolidar la unión, ¿qué signi- 
fican todos esos testimonios, esas pruebas concordan- 
tes emanadas algunas de personalidades directivas y 
del carácter más auténtico y solemne? 

r 153 ] 

14 



GUSTAVO GALLINA!. 



Sobre sentimientos popúlate* 

Repi eduzcamos ahora un testimonio preciosísimo 
que López engarzó en las páginas de su libro para 
demostrar la rebeldía oriental siempre viva y latente, 
el germen activo del anarquismo artiguista que de- 
nuncia y condena con su pintoresco estilo y su carac- 
terístico vigor difamatorio» La realidad del sentimiento 
oriental está allí patente actuando vigorosamente: ese 
sentimiento popular es el alma de fuego que arde bajo 
las apariencias, sin extinguirse jamás y que súbita- 
mente se alzará en llamas. Es el testimonio de un ofi- 
cial argentino, salterio, José María Todd, que hizo la 
guerra del Brasil y que dice narrando los recuerdos 
e impresiones recogidas a su paso por la campaña 
del país: "Con mucho sentimiento mío, diré que en 

ese tiempo los sáltenos recibimos muchas visitas de 
estancieros que venían a preguntarnos por miembros 
de sus familias y amistades que de tiempo atrás se 
habían establecido en nuestra provincia . . . Estos se- 
ñores nos convidaron varias ocasiones a pasar el día 
en cada una de sus respectivas casas, recabando ellos 
mismos el permiso de nuestros jefes- Cada vez que 
asistimos a sus invitaciones encontrábamos reunidos 
muchos vecinos, que sabiendo que entre nosotros no 
había ningún porteño, se desataban contra éstos con 
las mayores injurias, diciéndonos que jamás se uni- 
rían a la República Argentina, dominada totalmente 
por Buenos Aires; que este pueblo criminal era el 
causante de la íuina del Estado Oriental; que los ha- 
bía perseguido y hostilizado siempre con el fin de 
anular el cómodo y barato puerto de Montevideo, y 
beneficiar el puerto difícil y caro de Buenos Aires, a 



r 154] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



fin de que éste fuera el único puerto accesible al co- 
mercio de Europa. En vano les hacíamos mil reflexio- 
nes, sin conseguir más que exacerbar su odio. Nos 
convencimos entonces de que retoñaban con fuerza 
las raíces que dejó implantadas Artigas y sus se- 
cuaces". 

La entidad Pueblo Oriental 

Nadie que haya hojeado la documentación de la 
época y también de épocas anteriores y que no ca- 
rezca por completo de sentido histórico, podrá des- 
conocer que la entidad del pueblo oriental, que la 
personalidad colectiva oriental, se perfila con rasgos 
inconfundibles. Como sucede en todos los pueblos, 
esa conciencia de sí mismos es preexistente a las for- 
mas constitucionales siempre cambiantes. Explicar con 
precisión absoluta el proceso de formación de ese 
sentimiento sería la más delicada tarea, como lo es 
siempre la exploración de las nacientes de los senti- 
mientos, de las ideas y las instituciones: nada más 
difícil que internarse en las brumosas regiones, origi- 
narias. Aun en épocas en que nadie pudo soñar en 
separaciones políticas, el sentimiento local, el del amor 
al terruño nativo, fue el eterno fondo humano del 
patriotismo. Yo no he afirmado que Artigas haya 
luchado por la independencia nacional: sería un evi- 
dente error histórico. Pero sí que en las luchas por 
el federalismo, por la soberanía y la autonomía den- 
tro de una federación de pueblos libres, se fue mol- 
deando el sentimiento de independencia, y como tal 
quedó grabado en la memoria del pueblo. El senti- 
miento nacional fue lentamente formándose en la 



[155] 



GUSTAVO GALLINAL 



crisálida del sentimiento localista. La Banda Oriental 
pasó de una en otra dominación, incierta sobre su 
destino definitivo y sobre sus formas políticas: pero 
al través de esas mutaciones aquel sentimiento per- 
maneció inconmovible, y no se apagó jamás la con- 
ciencia de la personalidad colectiva. En 1823 y con 
mayor razón en 1825 aparece ya formado y nadie 
demostrará que Iog "anarquistas'' de que hablaban 
las actas brasileñas, que tentaban establecer una "re- 
pública separada" luchaban por un mero ideal pro- 
vincial, puramente localista» 

Hay en la comunidad platense un acento oriental 
claro y único. En la misma poesía de la emancipación 
(y no principalmente en la culta) muy pobre, nula 
de valor literario casi siempre, se sorprende ese acento 
genuino: interpreta la rebeldía artiguista en la marcha 
oriental de Hidalgo de 1811, la canción que parece 
haber flotado sobre las largas y dolientes caravanas 
del Exodo. ¿No hay una reminiscencia de ella en 
nuestro himno de ahora, como atestiguando la con- 
tinuidad del sentimiento a que da voz? 

j Orientales, la patria peligra 
reunidos al Salto volad, 
Libertad entonad fn la marcha 
y al regreso decid Libertad l 

En este canto tosco, de mal medidos versos, alienta 
la ruda alma del pueblo. Montevideo ha sido entre- 
gado al v'rrey español, cuando estaba ya exánime; 
e! portugués acampa en nuestras cuchillas... ¿No 
sentís, en la pobreza de la expresión, restallar la pro* 
testa anónima del pueblo? 



[156] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



En Oriente de pierden los lauros 
que la patria nos hizo ganar. 
Sin recursos y sin más fortunas 
que gritar Libertad, Libertad, 
los nativos del ínclito Oriente 
empezaron con ansia a entonar... 

La revolución de 1823 tuvo también sus canciones 
cívicas, que están en el Parnaso Oriental de Luciano 
Lira. Así canta esa entidad colectiva, real y viva antes 
de organizarse en Estado ni en Provincia, El día en 
que esa entidad se lanzó por sí misma a la lucha, y 
proclamó su derecho a disponer de su destino segÚT 
su voluntad soberana y dispuso de él, marca sin duda 
el momento decisivo de ese proceso de formación que 
apenas es dado ahora bosquejar en sus grandes lí- 
neas. Se reintegró primero a la comunidad libre de 
pueblos platenses a que pertenecía por su origen, por 
su raza, por su idioma. Algunos, particularmente en- 
tre las clases cultas, no fueron más allá en sus pro- 
pósitos. 

Era sin duda esta reintegración por acto de sobe* 
ranía al grupo de pueblos hermanos platenses. era ya 
en sí una magnífica y gloriosa etapa de libertad, 
que aun en este único sentido merecería ser celebrada 
como fecha culminante de nuestros anales. Otros pue- 
blos de América celebran las horas primeras de su 
independencia, envueltas todavía en planes monárqui- 
cos o en caducas formas imperiales 5 y con justicia 
las rememoran. 

¿Y no podríamos nosotros celebrarlas por los víncu- 
los libres de unión a los pueblos platenses que se ten- 
dieron entonces? Otros se doblegaban ante los suce- 
sos. Pero otros iban más allá y querían que se desa* 



(157] 



GUSTAVO GALLINAL 



tasen también esos vínculos por un acto de soberanía 
análogo al que los había anudado. En 1826 el futuro 
negociador de la paz, Guido, nos dice entre otros, que 
ésa era "la opinión dominante" de los orientales. 

Se iba pues, a la realización de la independencia 
absoluta, como resultado del derecho de autodetermi- 
nación proclamado en la Florida que, al través de las 
inevitables incertidumbres, desenvolvía sus consecuen- 
cias lógicas y se realizaba en toda su plenitud. La 
independencia absoluta desataría los últimos lazos 
políticos, sin rozar por cierto en lo más mínimo los 
vínculos étnicos y sociales que seguirían uniendo a 
los dos pueblos platenses. Ella era a la vez la fórmula 
de liberación para nosotros, y para los pueblos del 
Plata y de América la de confraternidad que pudo 
ser turbada cuando cualquiera alimentó ambiciones 
de predominio, pero que se fortifica y se fortificará 
cada día más en el porvenir, en el mutuo respeto y 
reconocimiento de sus derechos soberanos. 

La gratitud de los pueblos se vuelve en los años 
de seguridad y de confianza de la madurez, se vuelve 
siempre con afecto hacia las horas iniciales, siempre 
rodeadas de incertidumbre, con frecuencia de dolor, 
y amenazadas de negación. 

Oigo decir que el 25 de agosto no es una fecha 
definitiva. En la historia de los pueblos no hay fe- 
chas definitivas: hay etapas, que marcan el desen- 
volvimiento paulatino de un proceso orgánico, el 
curso de una carrera cuyo fin no conocemos. En las 
efemérides más altas se rememoran sólo etapas ma- 
yores. Vemos los jalones que bordean nuestro camino. 
No alcanzaremos nunca al término de piedra en que 
muere la ruta . . 



L 158 1 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



¡Cuánto pe9o muerto de pasado gravitando sobre 
esa fecha magna de América que es el 25 de mayo! 
¡Cuánta herencia de doctrinas arcaicas, cuántas ne- 
gaciones de los derechos de los pueblos! Y sin em- 
bargo nadie podría amenguar su significado y su 
valor. Los constituyentes de 1830 al trazar en su ma- 
nifiesto una breve reseña de nuestra historia, desta- 
caban sólo dos fechas: 1810, la fecha de América, 
la hora inicial particularmente para lodos los pueblos 
de la comunidad platense; 1825, la fecha nuestra, 
nuestra hora inicial, no menos hermosa tampoco por- 
que también en ella muchas cosas parezcan flotar to- 
davía envueltas en la incertidumbre del amanecer. 

Al abrir la primera legislatura patiia en 1830, La- 
valle ja pudo invocar también aquel año 25 como el 
punto de partida de nuestro camino de libertad, en 
su última etapa victoriosa. ¿Para qué intentar remo- 
ver ahora ese hito orientador que nuestros mayores 
plantaron en la historia nativa? * 



Diario del Plata Montevideo, domingo 24 de ]iimo de 1923. 



r 159 1 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



LA REPUBLICA ORIENTAL DEL 
URUGUAY 



LA REPUBLICA ORIENTAL DEL 
URUGUAY 

1 

"Así como un hombre es un todo, también es una 
parte. Y se incurriré en parcialidad no viéndolo." En 
esa forma expresa Emerson, en uno de sus Ensayos, 
en el último, ese concepto, dicho en tantas formas, 
aun por el mismo Emerson, y que todos aceptamos. 

Lo que decimos del hombre, hemos de afiimarlo de 
las naciones, de los estados. Y es el caso de recor- 
darlo ahora que los americanos damos término, con 
la conmemoi ación del nacimiento de dos repúblicas, 
Bolivia y el Uruguay, a la fiesta centenaria de todas 
las del continente. 

Hablaremos algo de la segunda, la Oiiental del Uru- 
guay, que, el 25 de agosto de 1825, hace ahora un 
siglo, comunicó a los demás pueblos, desde su memo- 
rable asamblea de la Floiída. el hecho de su naci- 
miento. Lo hizo en estos términos: 

"La Provincia Oriental del Río de la Plata, en uso 
de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legal- 
mente inviste, para constituir la existencia política de 
los pueblos que la componen, y establecer la indepen- 
dencia y felicidad: 

I o Declara írritos, nulos, disueltos, y de ningún 
valor, para siempre, todos los actos de incorporacio- 
nes y reconocimientos, aclamacione> y juramentos 
arrancados a sus pueblos por la violencia de la fuerza 



[163] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



unida a la perfidia, de los intrusos poderes de Portu- 
gal y del Brasil» 

2? En consecuencia, reasumiendo la plenitud de 
sus derechos, libertades y prerrogativas, se declara, de 
hecho y de derecho, libre e independiente del rey de 
Portugal, del emperador del Brasil y de cualquier otro 
del Universo, y con amplios poderes para darse las 
formas que, en uso y ejercicio de su soberanía, estime 
convenientes." 

Declararse libre e independiente, en éste como en 
todos los casos quiere decir sentirse "un todo'', sin 
dejar de ser una parte; incorporarse "con un carácter 
individual*', a los seres de su especie, movido de leyes 
recónditas, cuyo estudio, y no la simple narración 
de los sucesos, es lo que llamamos historia. 

"El carácter lo es todo, dice el mismo Emerson; el 
individuo es un sistema; y hay que juzgarlo por los 
hábitos, y no por una palabra suelta, o por un acto 
aislado. Sólo debe respetarse el magnetismo, que so- 
mete las tribus y las razas a la ley de la polaridad. 
Los hombres son limaduras de acero. Elegimos una 
partícula, y exclamamos: ¡Oh limadura de acero nú- 
mero uno, cómo atraes mi corazón! ¡Qué virtudes tan 
prodigiosas son las tuyas, cuán propias de tu cons- 
titución, qué incomunicables! Mientras hablamos, re- 
tírale el imán, cae el granillo en el montón con el 
resto... y nosotros continuamos nuestra mojiganga 
con la roedura. Preciso es ir en busca de los univer- 
sales, del magnetismo; no de las agujas." 

No apreciaríamos, pues, debidamente, la aparición 
particular de ese Estado Oriental del Uruguay, si no 
le diéramos su puesto y representación en lo univer- 
sal. Que todos, hombres y pueblos, tenemos algo de 



[164] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



universal, efectivamente. Y es la manifestación, la 
realización, mejor dicho, de eso universal que hay en 
nosotros, lo que hace de un hombre un genio o un 
héroe, y de un conjunto de hombres una Nación o 
genio o héroe colectivo. 

Y no razonaríamos, si ya no es muy superficial- 
mente, la independencia americana, si nos apartára- 
mos de esa ley de la historia, que se percibe con cla- 
ridad en la emancipación total del continente, y en la 
parcial de todos sus Estados; pero con mayor claridad 
e interés, si cabe, en la formación de éste de que ha- 
blamos, el Oriental del Uruguay y del Plata, que tiene 
aspectos propios, muy dignos de atención para el pen- 
sar discreto y serio. 

II 

Todos sabemos cómo y cuándo y por qué se des- 
prendieron estas colonias americanas de sus metrópo- 
lis: de la "inglesa", las que hablaban esa lengua; de 
la "ibérica", las que hablaban en español o en portu- 
gués, es decir, las de lengua "hispánica". 

Nos concretaremos a éstas, a las de lengua hispá- 
nica, y entre ellas a las que, en la América subtropi- 
cal, formaron lo que se llamó Virreinato español del 
Río de la Plata, materia cósmica, llamémosla así, de 
cuatro Repúblicas: la "Argentina", o gran núcleo cen- 
tral, entre los Andes y la cuenca de los grandes ríos, 
con su salida al Atlántico por el de la Plata; el "Pa- 
raguay", mediterráneo, sin contacto con los océanos, 
en el extremo septentrional del este; "Bolivia", en el 
septentrional del oeste, ya sobre el océano Pacífico; 
la "República Oriental del Uruguay", por £n, la que 
ahora nos ocupa, en el extremo meridional del oriente, 



[165} 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



sobre el Atlántico y el Plata, separada por éste del 
resto del continente andino, parte integrante, orogá- 
ficamente, de la formación geológica del Brasil, en el 
Atlántico. 

Todas cuatro, las repúblicas platenses, han celebra- 
do, como efeméride común, la emancipación de la me- 
trópoli española, el suceso que tiene su cifra gloriosa 
más representativa en el 25 de majo de 1810; pero 
los Estados de los dos extremos, el septentrional del 
Pacífico y el oriental del Atlántico, Bolivia y Uruguay, 
celebran, con el centenario de 1825, el de su efemé- 
ride particular, y no sin mucha causa y muy gloriosa, 
por cierto, 

Bolivia se desprende "como un todo", de los virrei- 
natos de que formó parte, después del último combate 
con el español en el Pacífico, el de ífc Ayacucho*\ Las 
fuerzas o leyes que determinaron su separación de sus 
otros hermanos emancipados son profundas; pero no 
lo bon menos, sino más, si cabe, las que presiden la 
de la región oriental del Uruguay y el Plata. Dos no- 
tas fundamentales reclaman a este respecto nuestra 
atención: la de ser el territorio del Uruguay el solo 
trozo de ios dominios españoles situado sobre el Atlán- 
tico, separado del gran núcleo central argentino por 
la cuenca de los grandes ríos, Uruguay, Paraná y 
Paraguay, que convergen en el Plata^ y el de ser el 
único en que se concentra, no sólo la pugna entre 
las colonias y las metrópolis ibéricas, sino la histórica 
y secular de éstas entre sí: la de España y Portugal, 
que se disputan sus lotes respectivos en esta América 
del Sur, sin perjuicio, por supuesto, de su alianza 
natural contra los pueblos todos americanos; cuando 
éstos quieren emanciparse* 



[166] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



E&, pu<jr, el Uruguay, el único encaigado Je la mi- 
sión de contener a Portugal, y conservar para la 
familia española, para la lengua española, las dos 
márgenes del Plata; toda la embocadura del grande 
estuario. Es ése su mayor rasgo diferencial, acaso; el 
que más le imprime carácter, y hace de él u un todo". 
Así se explica cómo su independencia queda deter- 
minada, en 1825, cuando se desprende de la familia 
portuguesa, que con injusta violencia se la incorporó, 
y cuando se reincorpora a la española, de la que nunca 
quiso separarse. Y cómo es esta reincorporación la na- 
tural forma de obtener y declarar la propia indepen- 
dencia. 

III 

El Virreinato español del Río de la Plata se exten- 
día como hemos dicho, entre los Andes y la cuenca 
de los grandes ríos que, dividiendo en dos, de norte 
a sur, el continente, desembocan en ese Plata, el gran- 
de estuario; no llegaba al Atlántico, puede decirse: 
terminaba en la margen derecha de los ríos y el es- 
tuario; Buenos Aires, su sede virreinal, estaba sobre 
esa margen; era el gran puerto. Por eso sus habitan- 
tes fueron llamados porteños, los del puerto por an- 
tonomasia. 

Pero frente a Buenos Aires, Río de la Plata por 
medio, estaba Montevideo, núcleo de ese pedazo de 
territorio que se extiende entre el Plata y el Atlántico, 
y que, si geográficamente u oiográficamente, estaba 
soldado a los inmensos dominios portugueses del océa- 
no Atlántico, sociológicamente era parte, no propia- 
mente de los virreinatos andinos, pero sí de la familia 
española extendida a ambos lados de la cordillera de 



[167] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



los Andes; hermano de Buenos Aires, de Santiago 
de Chile, de Lima; capital de un territorio lleno de 
carácter y con destino propio. 

Fue ésa una manzana de discordia entre las coro- 
nas de España y Portugal. Portugal quería ese terri- 
torio para sí; "su grande Imperio americano" había 
de tener por límite el Uruguay y el Plata; por puerto 
meridional Montevideo, con su hermosa bahía, con 
su cerro, última vértebra, quizá de la osamentación 
geológica del Brasil. Pero los habitantes de esa tierra 
privilegiada, los que han de llamarse siempre "orien- 
tales" y hablar en español, éstos no querían ser portu- 
gueses, sino castellanos, conservar para la familia, 
para todos los hermanos de habla española, las dos 
márgenes del grande estuario del sur. 

He ahí cómo y por qué la región central argentina, 
con su núcleo en Buenos Aires, hubo de luchar con 
la Corona española, y cómo y por qué la oriental, la 
del extremo atlántico, sin perjuicio de unirse a todos 
sus hermanos en ese esfuerzo, hubo de hacerlo espe- 
cialmente contra la portuguesa, y hacer de esa pugna 
su rasgo diferencial, y formar en ella su persona, "su 
todo", que dice Emerson. E identificar su permanen- 
cia en la familia española con la propia personalidad 
independiente. 

IV 

Símbolos personales de las leyes sustentadoras de 
los pueblos, son los héroes que éstos construyen de 
su propia sustancia. Son, por ende, entidades reales, 
sustanciales. Los construidos así por el Uruguay, "Ar- 
tigas", y el grupo de los "Treinta y Tres" acaudillados 
por Lavaileja, son eso. El primero, sacado a luz de 



[168] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



en medio de tinieblas históricas ya disipadas, es hoy 
la figura orbital de ese Estado Oriental; pero es tam- 
bién el símbolo por excelencia de la fraternidad de 
los pueblos de América en el esfuerzo común demo- 
crático por su emancipación de las metrópolis, tanto 
de la española como de la portuguesa. El grupo ho- 
mérico de los "Treinta y Tres", tan nítido y tan que- 
rido de todos los americanos, íepresenta el esfuerzo 
particular de los orientales por recoger, "continuando 
el primer período de la regeneración política de to- 
dos", su parte en el acervo común, su propia inde- 
pendencia, que, como hemos visto, se identifica con 
su permanencia en la familia española, con la del Río 
de la Plata, en primer término, Argentina, Bolivia, 
Paraguay, Las dos grandes fechas, 1810 y 1825, re- 
presentan la misma gloria para el Uruguay, si bien 
es la segunda, el 25 de agosto de 1825, la que en defi- 
nitiva la consagra. 

Entre esas doa cifras, en esos quince años, de 1310 
a 1825, entre las Piedras y Ayacucho, se realiza en 
la América del Sur el épico drama de la emancipación 
de la madre española, desarrollado sobre todo en el 
norte de la Argentina y en el Pacífico, desde Buenos 
Aires y Santiago de Chile hasta Colombia. Esa mag- 
nífica empresa, toda de todos los americanos, es un 
asalto, desde los dos extremos, al núcleo central, 
primum vivens y ultimum moriens, como el corazón 
en el hombre, de la fuerte metrópoli española; el Perú, 
Lima, la ciudad de los reyes; El Callao, su baluarte 
y fortaleza. Hacia allá convergen todos, desde 1810; 
los que vienen del norte y los que van del sur, al 
través de las llanuras impasibles y de las montañas 
torvas. Es una magnífica epopeya, no cabe duda. No 

[169] 

15 



Juan zorrilla de san mahtin 



la hay, que yo sepa, más digna del recuerdo y del 
canto perdurables. Los nombres protagonistas de San 
Martín y de Bolívar lo dicen todo. Y es eso lo que 
termina en "Ayacucho", el último combate, al finali- 
zar el año 1824. 

V 

Pero raya el de 1825. Mientras esa lucha está em- 
peñada en el norte argentino y en el Pacífico, otra 
más oscura, pero convergente y no menos heroica, lo 
está en el Atlántico, en el trozo de territorio entre el 
Plata y el océano, que es hoy "el patrimonio de los 
orientales*', y que pudo no serlo de los hispanoameri- 
canos. Los hombres que parten de Buenos Aires hacia 
la montaña andina para expugnar el baluarte del rey 
español con su sede en Lima, han dejado a su espalda 
al rey portugués que la tiene en Río de Janeiro, y que 
ha ido avanzando hacia el Plata, con recursos pode- 
rosos, tanto o más poderosos que los de España, y 
buscando su conjunción con ésta, su aliada natural. 
Con ella ha de partir el botín en las colonias. Esas 
dos coronas reales son una misma cosa, si bien se 
mira. La hermana del rey de España es reina consorte 
de Portugal. 

Fácil es comprender lo que significa, para los que 
luchan en el norte con España, para toda nuestra em- 
presa emancipadora, el detener en el sur a ese rey 
portugués. Y, una vez eso comprendido, una vez alum- 
bradas con lámpaxas las entrañas de esta historia, el 
nombre de Artigas, el héroe del Uruguay, entra en 
su luz. 

El fue quien acaudilló y llevó a término, con el 
pueblo oriental, esa obra complementaria de la de 



[170] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



San Martin y de Uolívar, sus hermanos, sus pares; 
fue él quien, con su pueblo, sostuvo, desde el princi- 
pio, las luchas con las coronas de España y Portugal, 
unido a sus hermanos de allende el Plata unas veces, 
separado otras de ellos en la acción* pero siempre 
unido en el espíritu y en el propósito final: conserva- 
ción de ambas márgenes del estuario para las nacio- 
nes de lengua española que se forjaban en aquella 
fragua llena de oscuridades caóticas y de núcleos cós- 
micos. En esa lucha, Artigas vence a España unido a 
sus hermanos de allende el Plata, y, con éstos, toma 
posesión de su ciudad natal, Montevideo; pero para 
conservarla, ha de luchar sin éstos, completamente 
solo, segregado políticamente de aquéllos, aunque no 
sociológicamente del conjunto de pueblos libres ame- 
ricanos de que aquéllos forman parte a su vez. 

Así hubo de quedar cuando los hermanos de allende 
el Plata se fueron hacia los Ande* a unirse a los del 
Pacífico, y concentrar hacía allá todas sus fuerzas* 
Para eso y por eso, para concentrar el esfuerzo total, 
continental, en el norte, tramontando la cordillera re- 
mota, los pueblos platenses hubieron de abandonar a 
Artigas, dejando confiada a SL, a sus orientales, a su 
heroísmo, la misión, casi irrealizable, al parecer, de 
conservar, para sí mismos, y para la familia de her- 
manos españoles, la codiciada región entre el Plata 
y el Atlántico. Con el desempeño de esa misión cobra 
este Estado su definitiva cohesión y su carácter. Y su 
título más claro al amor de América. 

Artigas se queda solo, formando la piimera "Repú- 
blica Oriental' \ como fue llamado uno de sus buques 
corsarios, armado para resistir la invasión de Por- 
tugal. Este ha caído sobre su tierra, juzgada presa 



[171] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



fácil dada la ausencia de sus hermanos. Lo» ejéicitus 
del rey portugués se apoderan de Montevideo, efec- 
tivamente; penetran en la plaza abandonada, casi en 
el mismo día en que los que se lian ido hacia los 
Andes, unidos a sus compañeros los chilenos* que los 
esperan del otro lado, penetran en Santiago de Chile, 
después de vencer en u Chacabuco'\ Peí o Artigas, uni- 
do a aquéllos en espíritu, a argentinos, chilenos y pe- 
ruanos; unido, con toda su alma a San Martín, su 
hermano predilecto, guarda su propia tierra, para sí 
y para todos, y la sella y confirma con la resistencia 
heroica, y con la inmolación propia y de su pueblo. 
Mientras aquéllos, todos los andinos, conglomerados 
en haz glorioso, van hacia la victoria, que los recibe 
en "Chacabuco" < 1817) y los confirma en "Ayacucho" 
(1824), éstos, los orientales de Artigas, solos contra 
el portugués, luchan y caen desangrados, rendidos de 
fatiga, con su caudillo, como no podía meno<s; dan la 
vida por la vida, el todo por el todo. 

La primera ''República Orientar* o "Piovincia Orien- 
tal" parece no existir en ese momento; peí o existió 
para siempre. Es un muerto, al parecer; peí o ¿ acaso 
es lo mismo ser un muerto que no ser? 

VI 

Cuando se afirma, y así suele hacerse, que el año 
1824, el feliz de "AyacuchV*, es el año terminal de 
la dominación española, no se recuerda ese muerto 
aparente; no se dice toda la verdad* Lo es en el Pa- 
cífico, no cabe duda, donde la aparición de la Repú- 
blica de Bolivia, desprendida, tras aquel gran combate, 
de los virreinatos andinos, es, efectivamente, la última 



r 172] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



manifestación de las nuevas vidas que saltan del con- 
glomerado español, hecho pedazos por falta de cohe- 
sión orgánica. Pero ese trozo del continente entre el 
Plata y el Atlántico, con su plaza fuerte española en 
Montevideo, de que se ha adueñado el rey de Portu- 
gal para su hijo el emperador del Brasil, ese trozo 
también es parte de aquel conglomerado. Mientras 
no se restituya a él arrancándose de las manos del 
usurpador que rechaza; mientras el Río de la Plata 
no corra, en ambas márgenes, por tierras de lengua 
española, como corrió durante la colonia, no puede 
decirse que el patrimonio de España esté todo en ma- 
nos de sus hijos vivos. 

Este año de 1825, en que esa Provincia o Estado 
Oriental, realiza, como el de Bolivia, su obra propia, 
reincorporándose a la gran familia, al par que de- 
clarando su propia vida, es, pues, el que cierra el 
ciclo de la independencia continental. 

Es ese espíritu el que mueve a los orientales, no 
bien llega a su noticia el triunfo de "Ayacucho"; es el 
que los lleva a ocupar su puesto entre los vencedores 
de que ellos forman parte. Llaman a éstos en su au- 
xilio, a todos los hermanos vencedores; a lo^ de San 
Martín, a los de Bolívar, a los chilenos de O'Higgins^ 
a los colombianos de Sucre, a los Estados occidenta- 
les del Uruguay y el Plata y sobre todo, Buenos Aires, 
Santa Fe, Córdoba, que por su unidad geográfica na- 
tural han de conglomerarse en la gran familia argen- 
tina. Los orientales quieren reincorporarse a todos 
ellos, como Chile, como Colombia, como Buenos Ai- 
res; juzgan, y juzgan bien, que esa reincorporación 
"es su derecho"; que no sólo no es incompatible con 
la propia independencia, sino que es su sola y ver- 
dadera forma. 



[173] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Y eso es lo que van a decir en su Declaratoria) de 
¡a Florida: proclamar la ley de la América española: 
todos para todo*. La ley del pasado y la del porvenir. 

Pero si bien espeian esa unión, que ha sido y es 
la fuerza de todos y cada uno, no aguardan a que el 
auxilio llegue, para arrojarse a la eiupiesa; se lanzan 
sulos a ella, con impaciencia febril y sin pérdida de 
momento; se aventuran solos, seguros de arrastrai 
tras de sí, como el núcleo del cometa arrastra su cauda 
luminosa, loda la estirpe de que son y quieren ser 
miembros, y a cuya libertad han contribuido como el 
que más. 

VII 

Eso es el giupu de "Treinta y Tre^' hombres, acau- 
dillados por La\alleja, capitán de Aitigas, que desem- 
barca en la "Agraciada", costa del río Uruguay, el 
19 de abril de 1825. Y eso la Declai atoria de la Asam- 
blea que, reunida el 25 de agosto del mismo año, en 
la Florida, proclama los dos extremos del pensamiento: 
la propia vida dentro de la vida continental, de la 
platense sobre todo. Declara rotos y disueltos todos 
los vínculos que la atan al rey de Portugal, y que el 
mismo pueblo biasileño, que no es enemigo, por cierto, 
del oriental, romperá más tarde; la Nación se pro- 
clama libre e independiente de ese rey, del emperador, 
su hijo, que lo sucede, y de todo poder del universo. 
Y se declara, por fin, al mismo tiempo, unida a las 
demás Provincias o Estados del Río de la Plata, en 
el territorio de América del Sur, por ser libre y es- 
pontánea voluntad de los pueblos que la componen, 
manifestada desde el primer período de la emancipa- 
ción política: es decir, miembro, como lo proclamó 



fl74] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



Artigas desde ese primer período, no de la familia 
portuguesa, sino de la española, que acaba de conquis- 
tar, toda reunida en el Pacífico, su independencia to- 
tal, y la particular de cada Estado, la del Oriental 
inclusive, en la batalla de "Ayacucko". 

Esa memorable declaración, tanto la de sentirse 
"un todo", según la frase de Emerson, cuanto la de 
sentirse "una parte" de un todo mayor, tiene un ca- 
rácter definitivo, irrevocable, que debe comentarse a 
la luz de la historia que la precede y la sigue. No la 
vemos más definitiva en ninguna de las de América, 
animadas todas, sin embargo, desde las primeras hasta 
las últimas, del mismo espíritu, que es lo que se llama 
la infrahistoria. Los otros Estados no tuvieron nece- 
sidad de declararse incorporados los unos a los otros, 
porque ya lo estaban: ninguno había sido arrebatado, 
como el oriental, a la familia española. 

Es, pues, ese momento el que ha de celebrarse, y 
el que se celebra como el más representativo de la 
República uruguaya. Las victorias de los orientales, 
solos todavía durante el año 1825, SarandU Rincón, 
Santa Teresa, que llenan ese año clásico del Uruguay; 
las que, desde que comienza el año siguiente, 1826, 
obtienen aquéllos unidos ya desde entonces a los her- 
manos ultraplatenses que han acudido, como no po- 
dían menos, al llamado de la sangre; la jornada final 
de "Ituzaingó", hecha eficaz por la vertiginosa inva- 
sión de Rivera, el hermano de Lavalleja, a las "Mi- 
siones Orientales"; la Constitución, por fin, del nuevo 
Estado, que es jurada por el pueblo el 18 de julio de 
1830, todo eso arranca de aquel momento, que pode- 
mos llamar, con Emerson, el momento universal, y 
se concentra en él. 



U75] 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



VIII 

Primum vivere^ dcinde philosofare* Ante todo, vi- 
vir; después filosofar, obrar, crecer, llegar. Los Esta- 
dos americanos, unánimes 5 no han consagrado el 
momento en que han obrado, legislado, sino el en 
que "se han sentido el alma' 5 en forma más o menos 
nebulosa. Que los pueblos, como los astros, aparecen 
así; sus cunas están envueltas en cortinajes de nubes. 
¿Dónde estabas tú, dice Dios a Job, el formidable 
profeta del desierto, dónde estabas cuando Yo envol- 
vía la tierra en sus nieblas, como se envuelve un niño 
en sus pañales? 

Ni siquiera son los héroes personales, por venera- 
bles que sean, y pese a las fórmulas de Carlyle, quie- 
nes pueden señalar, con sus nombres, los momentos, 
oscuros y luminosos al par, en que aparecen los uni- 
versales de los pueblos, las nebulosas espíales, "Sólo 
debe respetarse el magnetismo, oímos decir a Emerson, 
que somete las tribus y las razas a la ley de la pola- 
ridad." Y el mismo Emerson nos incita a ir en busca 
de ese "magnetismo"; no de las limaduras de acero. 
Lo son los mismos héroes, para él: sólo limaduras. 
; Quién es capaz de decir, escribe en sus Ensayos, si 
Washington es un grande hombre? ; Quién si lo es 
Franklin? ¿Quién si lo fue alguno de los doce, de los 
seis, de los tres dioses mayores de la fama? Ellos 
también aparecen y desaparecen ante lo eterno. 

El que bien penetra en ese orden de ideas, sólo él 
puede comprender cómo y por qué los pueblos de Amé- 
rica hemos consagrado, como fecha de nuestro na* 
cimiento, la de nuestras declaraciones de voluntad 
colectiva, por balbucientes que sean. Fácil es incurrir 



[176] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



en confusiones y aun en errores invencibles, sobre eso, 
que pueden llegar a ser quebrantos de amor. Y para 
eso existen las celebraciones; los centenarios para sus- 
tituir el análisis por la pasión, que es lo sólo que jamás 
se equivoca en los pueblos: el corazón, primurn vivens, 
ultimum moriens. ¿Cuál es el pueblo, así sea el más 
histórico de la tierra, que conoce bien su propia his- 
toria, lo que se llama conocerla? ¿Y cuál el que no 
conoce, el que no percibe o siente la propia vida? 
Esta no es una narración, ni una comprobación o ra- 
zonamiento, sino otra cosa, otra función superior a 
nuestras pobres faenas del pensamiento, función a la 
que Maeterlinck llama "nuestra alma divina", y que 
existe en los pueblos y es forma sustancial de su 
cuerpo visible. 

Una obra, dice de Sanctis, tiene su intención en sí 
misma, y poco importa cual haya sido la intención 
del autor. 

La verdad es que no tenemos gran influencia sobre 
nuestro "yo". 

¿Qué he hecho yo hoy de inmortal? Acaso el ha- 
ber dejado en otro corazón una certeza que no tengo 
en mí mismo. He ganado mi día. 

Esa Declaratoria de kt Florida, que el Uruguay con- 
sagra y celebra jubiloso con todos sus hermanos, ésa 
del año 1825, es más clara quizá, más precisa, que 
las anteriores de los demás Estados de América, el 
mismo Uruguay de 1810 entre ellos, que se dicen in- 
dependientes, y con razón, pese a sus protestas de 
fidelidad al rey de España; pero es más clara sólo 
porque es porterior & aquéllas; porque, gracias a ellas, 
el "yo" d e las profundidades ha salido más a la su- 
perficie; el sol esta más cerca del meridiano. 



[mi 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN 



Ni aun por eso, sin embargo, ha de tomarse el texto 
de la Declaratoria de la Florida como la sola fuente 
o base del dogma nacional. Los mismos cristianos no 
toman la letra del Evangelio como la sola fuente de 
la fe religiosa* El Evangelio escrito ha de integrarse 
con la tradición, con la vida misma del espíritu que 
anima al cristianismo. El patriotismo no es un análi- 
sis, sino una fe* Y ésta se cultiva no tanto razonando, 
sino amando, amando sobre todo, reverenciando la 
intención de la obra, más aun que la de su autor, aun 
concediendo que el autor es el pueblo mismo. Sobre 
la intención del conjunto está la de las fuerzas que 
mueven el universo con cadencia y número. 

No hay que mirar con ojeriza el instinto local o 
regional que movió estos pueblos de América. Se ha 
visto en él sólo un elemento de disgregación, sin ad- 
vertir que lo fue, ante todo y sobre todo, de acción. 
Como la tieria, que girando sobre bu propio eje se 
mueve al mismo tiempo en torno del sol, estos pue- 
blos se conglomeraron, gracias a su propio movimiento 
inmanente o cósmico: la conciencia de sentirse un 
todo, una persona. 

La fecha del Uruguay, el 25 de agosto, puede y 
debe ser celebrada como propia, no sólo por la Re- 
pública Oriental sino por todas las de la América 
del Sur, de origen español; como la verdadera nota 
final de su emancipación gloriosa. El esfuerzo de los 
orientales significa, no sólo la propia aparición entre 
los Estados soberanos, sino el último esfuerzo heroico 
de este mundo hispanoamericano. Por ese esfuerzo, 
la gran familia, cada día mas unida en el pasado y 
en el porvenir, se extiende hoy, en. la América del 
Sur, desde Panamá hasta el Río de la Plata, hasia su& 



DITO] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



dos márgenes. Esa República Oriental del Uruguay, 
cuya padre Artigas hablaba la misma lengua y sentía 
el mismo dinamismo heroico que San Martín, Bel- 
grano, Bolívar, O'Higgins y Sucre; ésa, en cuyos 
"Treinta y Tres^ parecen agruparse y reconocerse y 
abrazaise Lodos los soldados conocidos v todos los 
desconocidos de la epopeya continental, es la hermana 
que, llegada la última a la familia, quisiera ser la 
primera en el amor de todos. Su centenario cierra los 
centenarios que van pasando, que vamos dejando atrás. 
Comenzaremos juntos las centurias nuevas, y juntos 
reforzaremos nuestra fe en los destinos de nuestra es- 
tirpe, abierta en todas las direcciones. * 



* Juan Zorrilla de San Martín Obras Completas Detalles 
de Historia. Imprenta Nacional Colorada. Montevideo, 1930 
Págs 147 a 167. Fue publicado originariamente en el Suple- 
mento de La Nación Tomo I, número 9. Buenos Aires, do- 
mingo 23 de agosto de 1925 Págs. 2 y 3. Al reeditar este en- 
sayo en 1930 el autor introdujo algunas modificaciones que 
robustecen la tesis en él sustentada 



[179] 



FELIPE FERREIRO 



LA REVOLUCION DE 1825 
Y LA. INDEPENDENCIA NACIONAL 



LA REVOLUCION DE 1825 Y LA 
INDEPENDENCIA NACIONAL * 

¡Saludo a Florida, la ciudad cordial, la ciudad histó- 
rica hacia donde convergen en estos día9 en la devota 
evocación de las glorias comunes, los ojos y los cora- 
zones orientales que enciende el fervor patriótico con- 
centrado en el curso de un siglo! 

A la dirección de este Liceo — casa abierta a todas 
las impulsiones fecundas y generosas y cerrada a cual- 
quier propaganda innoble y estéril— agradezco pro- 
fundamente el honor que me ha conferido al exal- 
tarme a su tribuna para que os hable de la Indepen- 
dencia Nacional; visión de sucesos que pasa por los 
espíritus como un flamear de orgullo y de gloria. . . 

I 

El ciclo de luchas sostenidas por el pueblo oriental 
para alcanzar su libertad, abarca dos periodos clara- 
mente distintos. En el primero se pretende llegar a 
ella por la asociación con otros pueblos (autonomía 
provincial) ; reivindicando todos los derechos de so- 
beranía en el segundo (independencia absoluta). 

La diferencia de grado en la aspiración obedece a 
causas perfectamente determinables, y el paso de un 
período a otro, señálase nítidamente con el comienzo 
de la guerra de 1825, 

• Conferencia pronunciada en ]a ciudad de Florida el 24 
de agosto de 1925. 



[ 183 ] 



FELIPE FERREIRO 



Enrayaré a grandes rasgos una demostración de 
este aserto. 

El sentido de la insurrección de 1811, es el de un 
movimiento de solidaridad con los demás pueblos del 
Virreinato del Río de la Plata. La necesidad de la 
emancipación no entraba entre las que pudieran cata- 
logarse como locales. El yugo español, fuera o no 
pesado, y nos inclinamos resueltamente a creer que no 
lo era, &e sobrellevaba sin protestas, Al amparo del 
orden y de la paz imperturbables, el pueblo constataba 
progresos crecientes y eso bastábale para vivir feliz. 

Entretanto, un día llega a su conocimiento la no- 
ticia del levantamiento de Mayo y* casi podría decirse, 
al siguiente, todo está de pie, electrizado por un sen- 
timiento nuevo ... La revolución viene del campo a 
la ciudad; no ha necesitado doctrinarios para surgir 
y desarrollarse en un impulso extraordinario por lo 
unánime» 

Pero la solidaridad que empuja al pueblo a la in- 
surrección, no excluye el pensamiento de mirar pri- 
mordialmente por los propios destinos. Todo lo con- 
trario, lo trae al plano actual y hasta diríase que va 
a constituirlo en preocupación obsesionante. 

La caída del Virrey señala a los ojos de todos, el 
momento en que ha desaparecido la autoridad central» 
unificadora y coordinadora. La igualdad entre los 
pueblos es lógica consecuencia de tal hecho, y de ahí 
viene sin esfuerzo la idea de organización federativa; 
idea de unión sobre bases de recíproco respeto a las 
tradiciones, costumbres e instituciones de cada pueblo; 
idea de asociación mediante pacto que garantice la 
libertad y la seguridad de cada integrante al tiempo 
que la permanencia del todo. 



[184] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



La doctrina dental organización queda expuesta en 

las Instrucciones del año XIIL Consagrarla en la 
práctica es todo el anhelo de Artigas y el motivo 
central de las agitaciones y luchas de la década 1810- 
1820. 

Nadie pretende* ni siquiera desea entonces, la inde- 
pendencia absoluta. Había razones poderosas que 
aconsejaban lo contrario. El territorio no albergaba 
cincuenta mil habitantes y de hecho estaba cercenado 
de una de sus mejores partes por la usurpación por- 
tuguesa de 1801. Al norte rondaba las fronteras, listo 
para atravesarlas en son de conquista, un enemigo 
poderoso, cuyo avance no podía ser resistido por los 
orientales solos. La pobreza general era extrema. Por 
otra parte, la uniformidad de idioma, raza, costum- 
bres y comunidad de aspiraciones con los pueblos 
occidentales, inducía al mantenimiento de los vínculos 
de unión. 

Lo que no ha de sacrificarse jamás, eso sí, es la 
aspiración de libertad. Por ningún precio la cede el 
pueblo oriental y, de ahí, por qué, andando algunos 
años más, su ideal de unión va a ser suplantado por 
el de la independencia absoluta. 

Por alcanzar su libertad luchan los orientales en 
todos los momentos, la razón permanente de sus ac- 
titudes más diversas, de sus acciones y reacciones más 
contradictorias es esa aspiración que aparece en el 
transcurso de veinte años como médula, a la manera 
del hilo rojo de los cables o que alude Goethe en un 
símil venturoso. La Constituyente lo constató con viva 
satisfacción al dirigirse al pueblo, en ocasión solemne, 
diciéndole : "los votos que hicisteis al tomar las armas 

[185] 

19 



FELIPE FERREIRO 



en 1810 y al empuñarlas de nuevo en 1825, empeza- 
ron a cumplirse", 

Y bien, lo que perdura en 1820 cuando las dianas 
portuguesas de Tacuarembó repercuten con eco fúne- 
bre en la tristeza del territorio dominado, es la aspi- 
ración indeclinable de libertad, del bien que se ha 
perdido cuando recién iba a dar frutos. 

¿Cómo alcanzarla ahora? ¿Cómo reintegrarse a 
su posesión? 

Falta Artigas en el escenario y sobrevienen por ló- 
gica consecuencia las opiniones encontradas. Para ello, 
piensan algunos, es necesario volver al viejo pro- 
grama de confederación con los pueblos occidentales; 
renovar la lucha contra el usurpador y seguirla sin 
tregua hasta expulsarlo. 

Creen otros que tal programa es ya irrealizable; 
argumentan, no sin razón, que no se puede esperar 
ninguna ayuda de los pueblos hermanos y sin ella, 
débese considerar imposible la victoria sobre los in- 
vasores. Ante esa realidad, sostienen que no hay otra 
solución que la de someterse a cambio de garantías 
que, por otra parte, son ofrecidas por Lecor. 

Los menos, comienzan a manifestar que es llegada 
la hora de buscar la independencia absoluta. El so- 
metimiento y la transacción con el enemigo repugna 
a su republicanismo neto y probado. Nada se debe 
esperar y nada pedir a los pueblos occidentales. Son 
los menos prácticos, sin duda alguna, porque, ¿cómo, 
de dónde sacar fuerzas para luchar primero y, en caso 
de vencer, (remotísimo caso según había que dedu- 
cir de recientes experiencias), mantener después la 
independencia? 



[ 186] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 

Todavía, en núcle ús íeduodísimo-. quedarían los 
que piensan en la solución de un protectorado inglés 
y los que sienten reflorecer su españolismo desde que 
ha vuelto a imperar en la Península. el régimen cons- 
titucional de 1812. 

Tales, las opiniones que dividen a los orientales en 
la realidad de 1820, 1821 y 1822. Una sola modifi- 
cación, y de forma, puramente, puede advertirse en 
1823 y 1824- Muda de rótulo la tendencia positivista. 
Los "abrasilerados" aparecen en sustitución de los 
que aconsejaban arreglos con Don Juan VI. El cuadro 
adquiere en cambio movilidad extraordinaria en esos 
dos últimos años, como consecuencia de la indepen- 
dencia del Brasil y las resonancias de la misma entre 
las tropas que guarnecen la Cisplatina. 

Bien sabido es lo que ocurrió entonces. Los portu- 
gueses hacen su composición de lugar; han de irse; 
tarde o temprano tendrán que abandonar la Ciapla- 
tina, desde que el Brasil deje de ser su colonia y, 
ante tal evidencia, renuncian a la posesión de aqué- 
lla, (legitimada por el Congreso de 1821), como me- 
dio de provocar un conflicto entre oiientales y brasi- 
leños que en último término será su venganza. El 
conflicto viene en efecto al finalizar el año 22 y llega 
a cobrar proporciones de gran problema. 

Se dividen los orientales en "abrasilerados^ y en 
"argén linistas' 1 . Los primeros apoyan a Lecor, los se- 
gundos se apoyan en da Costa y los Voluntarios del 
Rey. A los primeros les ofrece Lecor la seguridad de 
que la Provincia será considerada parte del Imperio 
pero en calidad de Estado libre y confederado. Los 
segundos van a ofrecer a cambio de un apoyo indis- 
pensable, a Santa Fe, a Entre Ríos, a Buenos Aires, 



r 187 j 



FELIPE FERREIHO 



a Córdoba, a Corrientes, la segundad de una unión 
a los pueblos hermanos. El punto de arranque de los 
dos partidos es el mismo en esta incidencia e igual 
su objetivo final; ambos pretenden ascgurai la liber- 
tad del territorio y ninguno de los dos tiende a buscar 
por el momento la independencia absoluta. 

Entre tanto, en el ardor de la lucha, se va abriendo 
una sima al parecer incolmable para separar a los 
orientales que forman en cada núcleo. Táchame mu- 
tuamente de traidores y anti-pa trio tas; van al rampo 
de batalla prodigándose en bizarría en lo que con 
propiedad podríamos llamar la primera guerra civil 
mantenida en este suelo; se persiguen con encono en 
todos los lugares y sin pararse en los medios y, cuan- 
do ia hora del triunfo llega para unos, suena para 
los otros la de la proscripción. 

Esto ocurre en 1822, en 1823, en 1824 ¿y cómo 
se vuelven a encontrar juntos, nuevamente juntos y 
más que nunca unidos en 1825? ¿Qué poderosa y 
desconocida fuerza ha traído al mismo campo a los 
que sólo guardaban rencores de la víspera? 

Han coincidido en que sólo por la absoluta inde- 
pendencia, por la total reivindicación de los derechos 
de soberanía les será dado alcanzar y asegurar la 
permanencia de la libertad en la tierra oriental. Eso 
es todo, y los motivos que han llevado a tal extremo, 
de donde resultaría la coincidencia y luego el enten- 
dimiento y la conjunción de fuerzas para lograr aquel 
fin, quedan a la vista en cuanto se observe la lección 
que unos y otros pudieron recoger de las jornadas 
sin gloria de 1822, 1823 y 1824, 

Los "argentinistas" tuvieron que comprobar que su 
derrota era debida primordialmente a Buenos Aires 



[ 188] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



puesto que no sólo se mantuvo en una actitud fría* 
mente pasiva durante la emergencia sino que hizo 
cuanto pudo para obstar los planes de apoyo conce- 
bidos por Santa Fe y disuadió a Entre Ríos de sus 
propósitos de ayuda. Evidentemente no había interés 
ni siquiera deseo de rectificar los errores del Direc- 
torio y ello haría exclamar a Lavalleja en un momento 
de heroico despecho: "Los montevideanos no hemos 
de desistir de la empresa* tenemos resignación bas- 
tante para pelear solos o acompañados". 

De ahí una gran decepción que los llevaría, sin 
sentir, a la idea de absoluta independencia. Por otra 
parte, ¿cómo no mirar a la íealidad argentina para 
aprovechar las lecciones que suministraba? Provin- 
cias que son verdaderas repúblicas por todos lados, 
Tucumán. Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, la misma 
Buenos Aires, rechazando la idea de un Congreso para 
tratar de la unión en 1821. 

Los "abrasilerados" sufren un desengaño ma)ur 
todavía en 1824. Dieron su adhesión a la causa del 
Imperio y ella decidió indudablemente, el triunfo de 
Lecor, bajo la promesa solemne de que la Cisplatina 
se conservaría autónoma y. en efecto, la Constituyente 
de 1823 así lo estableció. 

Pero tal base fue omitida en la Constitución otor- 
gada por Don Pedro I en 1824 y resultó (ésa era la 
constatación más dolorosa), que los orientales "abra- 
silerados" habían luchado pura y simplemente para 
agrandar, a sus propias expensas, los dominios del 
Emperador, El proceso es lógico como se ve. La idea 
de independencia absoluta viene sola. La fuerza de las 
cosas la trae; y la impone en todas las conciencias 
que se abren a la reflexión. 



r 189 3 



FELIPE FERREIKO 



Cuaja y grana su fruto la nueva semilla cuando 
apenas si el tallo salía a luz. Imperceptible en los 
tiempos de la Patria Vieja, empieza lentamente a cre- 
cer como en un invernáculo en 1821 en el ambiente 
propicio y misterioso de las logias de Independien- 
listas y Caballeros Orientales. El 1822 y en 1823 
apenas si algún indicio permite señalar que sigue su 
vital impulso hacia arriba. Los agentes exteriores a 
que he aludido, ejercen entretanto su influencia cate- 
górica en 1824 y en 1825; ya es todo, tallo pujante, 
flor y fruto; desembarco de los Treinta y Tres, De- 
claratoria de la Florida, Rincón, Sarandí, Santa Te- 
resa . . . 

II 

Por la absoluta independencia, único medio cierto 
de alcanzai su libertad, van a luchar los orientales en 
1825. De los antecedentes bosquejados no puede de- 
rivarse otra cosa, recia y lógicamente, como para dar 
sentido a la decisión irrevocable de vencer o morir 
que alienta en las almas. Tampoco podría explicarse, 
a no ser así, el oiigen de las dos características sa- 
lientes del movimiento: la generalidad y el entusias- 
mo; la geneialidad que supone coincidencia de opi- 
niones — y ya se ha visto cómo eran de discrepantes 
las de la víspera — y un entusiasmo desbordante, con- 
taminador, que pasa soliviantando hasta los ánimos 
más apocados, tal como no ocurría desde los días ini- 
ciales de Asencio y Las Piedras . . . 

¿Y cómo?, se dirá. ¿Cómo y por qué entonces La» 
valle ja se anuncia a los irredentos al desembarcar en 
la Agraciada llamándoles argentinos- orientales y ma- 
nifestando el pi opósito de cumplí? el viejo programa 



T 190 ] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



artiguista? ¿Cómo y por qué entonces el Gobierno 
Provisorio, no bien queda instalado, envía dos dipu- 
tados a gestionar la unión con los pueblos occidenta- 
les? ¿Cómo y por qué entonces la Sala de Represen- 
tantes de la Florida declara la misma unión en un 
documento solemne y explícito? ¿Cómo y por qué 
entonces escribe Rivera a sus amigos de Buenos Ai- 
res a principios de 1826, expresándoles que se ha 
mantenido en el ejército oriental al solo objeto de 
prestigiar el reconocimiento de las autoridades cen- 
trales? 

Porque, entre los conceptos de independencia ab- 
soluta y coparticipación en la asociación de Provincias 
Unidas — contesto para satisfacer de una vez a todas 
esas preguntas — ni de hecho ni de derecho había 
oposición en 1825, ni surgió en 1826, ni en 1827, ni 
en 1828, por la sencilla razón de que la entidad Es- 
tado de las Provincias Unidas no llegó entonces a 
organizarse. 

Pueblos soberanos, regidos por constituciones pro- 
pias y diferenciadas, ostentando indistintamente el 
nombre de Estados, Provincias y Repúblicas, llevaban 
ese rótulo genérico y hasta lo aceptaban de buen gra- 
do, acaso porque era como una expresión viva de su 
anhelo cierto de unión. Pero de ahí no se induzca 
la existencia de la misma, porque se caería en pro- 
fundo error. Media un abismo entre la realidad del 
conglomerado que formaban y la que debe contener 
un Estado jurídicamente organizado* Se perdió la 
oportunidad de constituirlo en 1813 sobre las bases 
trazadas en el Congreso de Tres Cruces, y de entonces 
para adelante no hay tentativa en tal sentido que no 
signifique un retroceso y un nuevo motivo de segre- 
gaciones y disgregaciones. 



[191] 



FELIPE FERRE1RO 



Seremos uno sin dependencia, amigos sin humi- 
llaciones y libres con gloria, escribía en 1820 el ca- 
bildo de Tucumán al gobernador de Buenos Aires al 
participarle la proclamación de la República, y ésa 
era la única fórmula aceptada y consagrada por el 
uso, cuando los pueblos estaban entre sí en buenas 
relaciones. 

Nadie admitía subordinaciones, ni cercenamiento de 
facultades; todos acariciaban la idea de unirse en una 
asociación amplísima, fundada en las sólidas bases 
de la afinidad racial, identidad de costumbres, igual- 
dad de religión, y la tradición de comunes glorias ad- 
quiridas en Ja guerra de la emancipación. 

El vocablo unión había adquirido así un contenido 
especial y preciso de asociación de iguales y, ya en 
1813, lo definía uno de los diputados a la Asamblea 
Constituyente, Don Nicolás Laguna, diciendo: Quien 
juró Provincias Unidas, no juró la unidad de las Pro- 
vincias; unidad no es unión. A ese contenido de aso- 
ciación de iguales, a esa unión que era la única viable 
por lo menos en los primeros tiempos de la organiza- 
ción que se anhelaba, a impulsos de la intuición de 
que ella haría la grandeza del pueblo argentino, alude 
claramente el Gobierno de Tucumán en el siguiente 
párrafo de un oficio dirigido a Artigas en abril de 
1820: La Provincia de Tucumán es y será, a toda 
costa, una República libre e independiente, hermana, 
si, y federada con las demás, que no dispensará sacri- 
ficio hasta ver concluida la obra magna de la verda- 
dera libertad de los pueblos por la voz de sus repre- 
sentantes en Congreso. 

Y en la misma forma, exactamente, hubiera hablado 
cualquiera de las otras Provincias. Así pensaban to- 



í 192] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



das y, entretanto, cada una procedía a su modo y 
encaraba a su manera la solución de los problemas 
que agitaban perpetuamente la realidad de una demo- 
cracia en formación. Las constituciones y las leyes en 
general se dictaban exclusivamente en vista del inte- 
rés y la seguridad locales* resultando de ahí contra- 
dicciones curiosísimas de fondo, como la siguiente, 
que parece bien típica. Entre Ríos consideraba ciu- 
dadanos en su carta fundamental — vigente hasta 
1853 — a todos lo* hijos de América; mientras Co- 
rrientes, en la suya, sólo admitía en calidad de tales 
a los nacidos en territorio de la Provincia; y Santa 
Fe, a los originarios de cualquier parte de la Nación. 
Tratábase de una disolución (dispersión se decía en- 
tonces), completa, absoluta, total. 

Las guerras entre grupos de Provincias eran fre- 
cuentes y las alianzas y ligas 5 tanto como las guerras. 

Dentro de laa mismas Provincias se producían mo- 

vimientos regionales que culminaban a veces con la 
organización de nuevos Estados, como ocurrió con 
Catamarca y Santiago del EsLero. Los objetos más 
característicamente nacionales no lograban el acuerdo 
de todos, y así sucedió que las Provincias negocia- 
ron, una por una y cada cual a su manera y en vista 
de su situación peculiar, el arreglo que en 1823 pa- 
trocinó Rivadavia para obtener el reconocimiento de 
la independencia del todo, por parte de España. Así 
sucedió también, que cada una apreció a su modo 
nuestro movimiento de 1S22-1823, y no hubo forma 
de concordarlas en el momento en que su ayuda era 
requerida, a pesar de que todas se manifestaban, en 
el fondo, dispuestas a apoyarnos. 



r 193] 



FELIPE FERREIRO 



En tales condiciones, teniendo de hecho y de dere- 
cho el carácter de soberanas, habiéndolo afirmado de 
mil maneras y después de proclamar cuantas veces 
fue del caso que era su resolución conservarlo, van 
las Provincias al Congreso Constituyente de 1824 para 
intentar, por tercera vez, la unión a que todas aspi- 
ran y todas temen, sintiendo el peligro de una hege- 
monía de Buenos Aires, cercana o remota, pero siem- 
pre posible, según lo demostraba un pasado no muy 
lejano. 

¿Cómo se explica entonces su asistencia a la con- 
vocatoria? Porque Buenos Aires había empezado por 
ofrecer una garantía de su buena fe y elevación de 
propósitos, declarando de antemano "que se regiría, 
como hasta entonces, bajo la forma de gobierno adop- 
tada, hasta la promulgación de la Constitución Na- 
cional, y que «a más, (y esto era lo fundamental), ee 
reservaba el derecho de aceptar o desechar por su 
parte dicha constitución, en el todo o secundaria- 
mente^. Estaba visto que lo que se reservaba para 
ella, teníalo que reconocer a quienes estaban en el 
mismo pie de igualdad, vale decir, que la asistencia 
al Congreso a nada obligaría ni podía comprometer; 
y con efecto, apenas instalado aquel cuerpo, auerf¿ 
casi resuelto, en carácter general, por ley dictada el 
23 de enero de 1825. He aquí los términos de dicha 
ley, llamada justamente fundamental desde entonces. 

"1. Las provincias del Río de la Plata reunidas 
en congreso reproducen por medio de sus diputados 
y del modo más solemne el pacto con que se ligaron 
desde el momento en que sacudiendo el yugo de la 
antigua dominación española se constituyeron en na- 
ción independiente y protestan de nuevo emplear todas 



[ 194] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



sus fuerzas y todos aus recursos para afianzar su in* 
dependencia nacional y cuanto pueda contribuir a 
su felicidad* 2. El congreso general de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata es y se declara constitu- 
yente. 3. Por ahora y hasta la promulgación de la 
constitución que ha de reorganizar el estado, las pro- 
vincias se regirán interinamente por sus propias ins- 
tituciones. 4. Cuanto concierne a los objetos de la 
independencia, integridad, seguridad, defensa y pros- 
peridad nacional es del resorte privativo del congreso 
general. 5. El congreso expedirá progresivamente las 
disposiciones que se hiciesen indispensables sobre los 
objetos mencionados en el artículo anterior. 6. La 
constitución que sancionare el congreso será ofrecida 
oportunamente a la consideración de las provincias, 
y no será promulgada ni establecida en ellas hasta 
que haya sido aceptada." Por último se establecía que 
el Poder Ejecutivo Nacional quedaba provisoriamente 
encomendado, por ahora y hasta la sanción de la 
Constitución que se iba a elaborar, al gobierno de 
la Provincia de Buenos Aires, en lo referente a las 
relaciones exteriores y asuntos anexos. 

Nadie que haya penetrado y conozca la realidad 
argentina de 1820 a 1825, de la cual es apenas un 
bosquejo lo que hemos dicho, podrá dudar que, antes 
de la aprobación de esta ley, las Provincias eran en- 
tidades soberanas y absolutamente independientes en- 
tre sí. Y ¿de qué parte de derechos se desprendieion 
después? ¿Qué ceden con desmedro de su soberanía? 
¿De qué órgano o autoridad jerárquica superior se 
reconocen dependientes? Para demostrar que no varía 
en un ápice su posición y calidad antes aludida, he 
aquí el testimonio del Diputado Pbro. Agüero, miem- 



[195] 



F KUP K FERBEIRO 



bro informante de tal ley: "en el orden gubernativo, 
en el deliberante, en el legislativo, y también en el 
judicial, ninguna de las provincias que antes forma- 
ban el Estado que se llama de las Provincias Unidas, 
ha reconocido un jefe o autoridad superior". 

La realidad es ésta: el Congreso Constituiente tiene 
el carácter de un órgano puramente consultivo ya que 
sus resoluciones no obligan a nadie, y el encargado 
de las relaciones exteriores, "Gobierno de la Provin- 
cia de Buenos Aires'*, es un simple mandatario acci- 
dental. Desempeñando Rosas estas funciones en 1840, 
el Dr. Zavalía expresaba, señalando con precisión la 
calidad jurídica del mandato: "El poder del gobierno 
de Buenos Aires no es un poder constitucional que 
esencialmente le corresponda; es una facultad acci- 
dentalmente conferida por las provincias en disper- 
sión. Es sabido que el poderdante puede durante la 
gestión ejercer su personería revocando o sin revocar 
el poder dado al apoderado, Y por último,, la comi* 
sión, jamás obstó al comitente para llenarla por sí 
mismo'*. 

¿Será preciso agregar que esa doctrina era la prác- 
tica en los tiempos que estudiamos v que a pesar 
de Las rieras y a pesar de Rivadavia, Córdoba man- 
tenía negociaciones diplomáticas con Bolivia, y Co- 
rrientes intentaba hacer lo propio con el Paraguay? 
Si hay algo que puede afirmarse a conciencia es que 
en 1825 no había oposición entre los conceptos de 
independencia absoluta y coparticipación en la aso- 
ciación de Provincias Unidas. Sería necesario para 
que aquellos conceptos fueran excluyentes. que exis- 
tiera un Estado; "Pueblo sobre un territorio deter- 
minado, organizado jurídicamente, bajo un poder su- 



[ 196] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



piemo, de manera a adquirir capacidad de querer y 
de obrar, como un todo único, para los fines colecti- 
vos"; y no es por cierto en la confusa y embrionaria 
organización de entonces, donde tales elementos se 
encuentran. El poder judicial nacional ni siquiera 
aparece en bosquejo. El poder legislativo no existe, 
porque el remedo de tal, que es la Constituyente, no 
tiene capacidad para dictar leyes que obliguen irre- 
fragablemente, y el poder ejecutivo es un órgano ac- 
cidental con acción limitada al objeto exclusivo de 
las relaciones exteriores y dirección de la guerra, 
desde el momento en que ésta se enciende. 

¿Surge aquella oposición más adelante, a raíz de 
la elección de Rivadavia paia Presidente de un Es- 
tado todavía en proyecto? Imposible bajo todo punto 
de vista; ni aquel hecho, ni la capitalización de Bue- 
nos Aires que le sigue, modificaron el régimen jurí- 
dico emergente de la Ley Fundamental de 23 de enero 
de 1825. Entretanto, a las Provincias siempre en guar- 
dia, produjo un deplorable efecto ese modo de proce- 
der autoritario y fuera de moldes que tratábase de 
justificar con el pretexto de la guerra y las consiguien- 
tes necesidades de unificación. 

Reputóse el hecho como un avance de Buenos Ai- 
res o, dicho con más propiedad, del viejo partido 
directorial, que nada aprendía y nada olvidaba, y la 
reacción consiguiente no se hizo esperar* El Poder 
Ejecutivo Nacional, tal era el criterio por otra parte 
justo, no tenía ni podía tener más facultades ni mayor 
capacidad de mandato que el de encargado de las 
Relaciones Exteriores y Guerra, a quien suplantaba, 
y de ahí un creciente espíritu de desobediencia para 
con sus resoluciones, con perjuicio evidente para la 



[197] 



FELIPE FERRE1RO 



unión. Rivadavia presidente, ésta es la verdad pura* 
gobernaba pero no mandaba, porque ateniéndose al 
texto de la Ley Fundamental, las Provincias asociadas 
observaban sus disposiciones permanentemente y cuan- 
do advertían que aquéllas podían significar un des- 
medro de sus derechos indeclinables de soberanía, aun 
cuando fueran dictadas al preciso objeto de la gue- 
rra, dejaban de cumplirlas. Ilustrativo al respecto es 
el siguiente detalle que tomo al azar del montón co- 
pioso que he reunido para documentarme. En febrero 
de 1826, el Ministro interino de Guerra participa al 
gobernador de Corrientes que el Presidente decidió 
delegar en su persona el mando de las tropas que 
existían en la Provincia, lo mismo que la defensa de 
su territorio, "hasta ver que se dispusiera lo conve- 
niente". Contestóle de inmediato el gobernador Ferré, 
pidiéndole que aclarara el sentido de tal resolución, 
porque entendía que, con o sin delegación de Riva- 
davia y en los términos de la Constitución de su 
Estado, correspondíale en propiedad dicho mando y 
la obligación de defensa del territorio, y el Ministro 
de Guerra, por toda respuesta, le envió un extracto de 
las ordenanzas militares recientemente dictadas. Por 
ellas pudo comprobar Ferré, lleno de alarma, (son 
sus palabras textuales) "que no sólo se supone la 
integridad de la Nación, sino una autoridad central 
revestida de ese poder que, en la esfera de su asiento 
y fuera de ella, obra con la misma influencia sobre 
todas las partes del todo" y, en vista de que tal auto- 
ridad no estaba reconocida ni era cierta la integridad 
de la Nación, dio cuenta de la incidencia al Congreso 
de la Provincia para que decidiera sobre el particu- 
lar. Días después, Ferré oficiaba al Ministro de Gue- 



[198] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



ira adjuntándole un testimonio de la decisión reque- 
rida que, en síntesis, decía: que Corrientes no tenía 
por qué obedecer ni cumplir órdenes del tenor de las 
precitadas, "porque eran inconciliables con los dere- 
chos que la Ley de 23 de enero de 1825 reconocía a 
loa pueblos". 

Casos semejantes a este se produjeron en cantidad 
más que suficiente para demostrar que la creación 
de la Presidencia Nacional no modificó en un ápice 
la situación de independencia de los Estados que co- 
participaban en la asociación de Provincias Unidas; 
y bueno será que lo tengan presente los que han 
creído lo contrario porque conocen el Registro de Le- 
yes dictadas entonces. La realidad no está en estas 
leyes, nítidas, resueltas, firmemente imperativas, como 
de Rivadavia, sino en la historia de su aplicación. 
Por el detalle anotado puede juzgarse cómo se cum- 
plían. 

Entretanto, llegamos a la hora en que el Congreso 
Constituyente, desoyendo el clamor de los pueblos, 
traicionando su mandato y desatendiendo los consejos 
de la experiencia y las voces de la razón, apiueba un 
proyecto de Constitución centralista, que sólo la in- 
comprensión y la testarudez de los unitarios podía 
formular. Esta es la hora, la única, en que pudo pro- 
ducirse la oposición entre los conceptos de indepen- 
dencia absoluta y asociación de Provincias ligadas 
por el pacto de 23 de enero de 1825. Recién entonces 
pudo llegar a existir jurídicamente organizado, como 
un todo único, el Estado Provincias Unidas del Río 
de la Plata. Hubiera bastado que los pueblos acepta- 
ran la carta que se sometía a su aprobación. Pero 
¿cómo iban a aceptarla? ¿No era todo el pasado una 



[199] 



FELIPE FERREinO 

prueba palpitante de que bolamente bubie amplísimas 
liases de confederación sería posible una reunión leal 
v estable? Ciegos los constituyentes y, si no lo fue- 
ran, sordos a los requerimientos del patriotismo, que 
es peor; con su obra, — que debió ser de unión y 
de concordancia — lo que hicieron, fue alejar, hasta 
lo remoto, esta posibilidad. A no ser por la guerra 
con el Brasil, de seguro que otra se hubiera encendido 
entonces entre los pueblos que aceptan ocasionalmente 
la Constitución, como Tucuraán, o la rechazan de 
plano como las Provincias del litoral, Córdoba, Santa 
Fe, Santiago del Estero. La asociación se disuelve rá- 
pidamente. Las Provincias retiran o destituyen a los 
diputados y revocan el poder que habían dado al Pre- 
sidente para el manejo de las relaciones exteriores y 
guena. Los decretos y leyes que salen entonces de 
los gobiernos y asambleas provinciales, dan la sensa- 
ción de un furor reconcentrado y de una irrevocable 
resolución de no salir más del aislamiento. 

Córdoba se dirige a los Ministros extranjeros resi- 
dentes en Buenos Aires, participándoles su separación 
de la Liga desde el 2 de octubre de 1826 y hacién- 
doles saber que todo tratado celebrado desde dicha 
fecha con el "Presidente de Buenos Aires" no la obli- 
gaba en manera alguna. A lo que contesta el Encar- 
gado de Negocios de Estados Unidos, J. M. Forbes, 
manifestando que siempre había estado acreditado, so- 
lamente, ante el gobierno de la última Provincia. La 
misma Córdoba, al fundar su resolución de retirarse 
de la asociación, expresa, como uno de los motivos 
primordiales, la constatación de los avances del Con- 
greso que, siendo puramente constituyente, legislaba 
fuera del círculo de la Constitución, cuya formación 



[200] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



era el único encargo que se le había encomendado. 
Argumento exactísimo a estar a lo dispuesto por la 
ley de 23 de enero de 1825. 

Santa Fe procede como Córdoba, y su Sala de Re- 
presentantes dicta una resolución, el 6 de mayo de 
1827, que es preciosa a nuestro objeto poique, en 
forma explícita, señala cuál era el veidadero concepto 
imperante de unión y cómo no se excluían en la rea- 
lidad de entonces, la independencia absoluta y la co- 
participación. Santa Fe fue una de las Provincias 
que con más entusiasmo concurrió al Congieso Cons- 
tituyente, de las que contribuyeron cun mayor deci- 
sión al mantenimiento de la unión \\ puede reeotdaise 
en prueba, de ello que, ya en 1821 trató de auspiciarla 
reuniendo el Congreso de San Lorenzo, que Bueno* 
Aires hizo fracasar. 

Pues bien; Santa Fe no entendía que la unión sig- 
nificara disminución de sus derechos de independiente, 
y así expresa en la parte dispositiva de la resolución 
que he mencionado: 1? Es inadmisible el Código Cons- 
titucional dado en 24 de diciembre último poi e^tai 
fundado en la forma de unidad que es contiaiia al 
voto de la Provincia, etc. 2 9 Se declara la Piovincia 
fuera de Congreso, "quedando en absuluto, indepen- 
diente, como lo ha estado hasta el presen Le' 1 y entre- 
tanto no se actúe una nueva liga cimentada en lus 
principios que ella apetece. 3° No obstante lo expre- 
sado en el artículo precedente, prestará siempre una 
cooperación activa a la defensa en que e^tá empeñada 
la Piovincia Oriental y a sostener la intrgiidad del 
ten i torio contra el que intente atacarlo. 

¿Será piedlo agregai que el estado de total dis- 
giegación que sigue inmediatamente al rechazo poi 

[201] 



FELIPE FERREIFvO 



parte de las Provincias de la Constitución unitaria, 
perdura durante todo el año 1827 \ no termina en 
1823 ni en 1829 y sigue existiendo todavía durante 
la época de Rosas? 

¿Acaso no se recuerda que Qunoga ya estaba im- 
perando en La Rioja y que los Gutiérrez, los Aráoz, 
los Alemán, los Gorriti, los Heiedia v los López, ini- 
ciaban el peiíodo de guerras que por más de una dé- 
cada mantuvo en continua agitación a las Provincias 
del norte y oeste? ^ bien» de todo lo que hasta aquí 
he dicho, surge y «e impone con evidencia una sola 
conclusión, v es: que desde 1825 a 1828 cualquiera 
de las Provincias que integraban la entidad geográ- 
fica y si se quiere histórica , nombrada Provincias 
Unidas del Río de la Plata, conservaba en absoluto su 
capacidad de soberana a pesar y, no obstante, la cali- 
dad de asociada. Puede retirarse de la unión cuando 
se le ocurra, porque el pacto de enero de 1825 no 
establece ninguna prohibición, se rige por sus leyes 
v constitución propia mientras permanezca dentro y 
toda vez que no sea consagrada por su voto una cons- 
titución geneiaK (cosa que no llegó a pioducirse), y 
so reserva el derecho de desautorizar a *us diputados, 
porque las opiniones particulares <le los mismo* no 
le obligan en ningún caso. 

Y ahora preguntamos: ¿Qué podía perder la Pro- 
vincia Oriental requiriendo una plaza en la unión? 
¿Enajenaba alguno de sus derechos de soberana? 
¿Comprometía una independencia, o la posibilidad de 
alcanzarla desaparecía? Si se piensa que antes de 
manifestar el anhelo de coparticipación con los demás 
Estados asociados en el Congreso Constituyente, se 
proclamó en téi minos precisos y claros la independen- 



[ 202 ] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



cia absoluta del pueblo oriental de todos y cuales- 
quiera de los demás del universo, se ha de admitir, 
cuando menos, que su situación en el caso de ser 
aceptado en la unión, no podía ser peor a la que 
conservaba Buenos Aires, o Entre Ríos o Santa Fe, 
perteneciendo a la misma. Esto salta a la vista; si 
dichos pueblos estaban asociados a la unión sin de- 
jar de ser por eso independientes, absolutamente in- 
dependientes, como lo establece la resolución de Santa 
Fe que antes se ha transcrito y como, con más elo- 
cuencia todavía lo prueban los actos de soberanía 
que todos y cada uno realizaban, tampoco podía dejar 
de serlo el pueblo oriental, cuando se le reconociera 
y desde que se le reconociera en calidad de integrante 
de la unión. Tal es la verdad que resulta evidenciada 
v, digámoslo aunque sea de paso, ella nos da la opor- 
tunidad de constatar algo muy grato a nuestros sen- 
timientos y al buen deseo, de que los fundadoies ha- 
yan sido hombres limpios de pensamientos y rectos 
en la acción. Ni simulación, ni duplicidad para ante 
los hermanos argentinos hubo ni podía haber en su 
actitud de partidarios de la independencia absoluta 
y al propio tiempo, mantenedores de la idea de unión. 

Por lo demás, no se suponga que en este lado del 
Uruguay se daba al concepto de asociación un con- 
tenido distinto al corriente en los pueblos occidenta- 
les. Tal suposición sería infundada en absoluto y bas- 
taría a probarlo el hecho de que los miamos hombies 
y muchas veces en los mismos días, hablan de inde- 
pendencia en unos documentos y en otros de unión, 
cosa que sólo puede explicarse lógicamente, partiendo 
del principio de que no consideraban en oposición 
los dos conceptos. Todavía, si fueran exigidas, podrían 



[ 203 ] 



FELIPE FERREIRO 



darse piuebas más rigurosas en el mi*mo sentido. Son 
Ae e>e carácter a nuestro juicio: 

1^ La comunicación que el 2 de setiembre de 1825 
fingió la Sala de Repiesentantes al Gobierno de 
Buenos Aires, como "encargado del Ejecutivo Nacio- 
aiaP. requiriendo su ayuda para la prosecución de 
la guerra contra el Imperio, pues en dicha comunica- 
ción se alude claramente a la coexistencia de los dos 
conceptos, diciendo: "La Provincia Oriental en medio 
de los riesgos y conflictos de la guerra que sostiene 
ha allanado poi su parte cualquier escollo que detu- 
viera el término de sus desgracias, rompiendo a la 
faz del mundo los vínculos con que sus opresores la 
ligaron a los tronos de Portugal y del Brasil; "ha 
declarado su independencia, su unión a las del Río 
de la Plata'', constituido su gobierno legítimo, etc., 
ctcéteia/' 

2 n El cueipo de leyes dictadas desde 1825 a 1827 
en vi^ta exclusiva del interés local y en ejeicicio de 
facultades de soberano: organización municipal, or- 
ganización judicial, sistema rentístico, presupuestos, 
escalafón, etc. 

'V 1 La resolución de la Sala de Representantes de 
21 de setiembre de 1827 poi la cual "ufando de la 
soberanía ordinaria y extraordinaria que reviste", 
declara: "Art. I o La Provincia Oriental ha reasumido 
la parte de soberanía de que se había desprendido 
al incorporar sus diputados al Congreso General Cons- 
titúlenle disuclto el lí) de agosto pióximo pasado. 
Art. 2^ Mientras no se establezca un cuerpo represen- 
tativo y ejecutivo nacional, cualquier autoridad mili- 
tai, sea cual fuese su origen, que se encontrase o 
en U ai e en el territorio de la Provincia, seiá respon- 



[ 204 ] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



sable ante el Ejecutivo y Legislatura de esta irmma 
Provincia de la infracción de sus leyes". 

III 

En lo que va dicho queda demostrado, si es que he 
sido feliz en mi intento que, ni en 1825, ni en ]P26. 
ni en 1827, ni en 1828, había oposición en tic los 
conceptos de independencia absoluta y eopaitícipa^ón 
en la asociación de Provincias Unidas y que los orien- 
tales estaban perfectamente al corriente de esa coexis- 
tencia. Siendo así, es evidente que falla por su base 
la tesis de los que, a la vista del hecho cieito de la 
unión y remitiéndose a él exclusivamente, nieg^i que 
los patriotas de 1825 hayan iniciado la guena con 
el propósito de alcanzar lo que se nos reconoció por 
el ti atado de paz de 1828, la independencia. Los con- 
ceptos de independencia y unión no eran cxcluyenles, 
luego pues, el hecho de que los orientales buscjran 
la unión y la aceptaran de buen grado, no prueba 
que no persiguieran y anhelaran la independencia. 
Pero, claro está que tampoco prueba lo oontiario y 
de ahí que la única conclusión inobjetable que de 
todo esto se saca es que estaban en libertad de optar 
por una u otra cosa. Con unión y a pesar de la misma, 
sabemos ya que mantenían sus derechos de indepen- 
dientes y podían actuar como tales, y entonces, ;por 
qué buscaban la unión?, ¿para qué la proclamaron?, 
¿cuáles eran realmente sus aspiraciones? ¿Deseaban 
que su tierra oiiental quedara formando paite para 
siempre de la gian patria despedazada, a que aludía 
Juan Carlos Gómez, o pretendían consenaila con so- 
beranía absoluta? Creo que esto último es lo nidu- 



[ 205 1 



FELIPE FERREIRO 



dable y voy a exponer mis razones. Aludí al priiiíJ 
pió al nacimiento de una vocación de nacionalidad 
en 1824 por la inducción de influencias exteriores 
(actitud del gobierno de Buenos Alies frente a los 
orientales "argentinistas" y de Don Pedio I con res- 
peto a los "abrasilerados"j y vuelvo a repetir que veo 
una prueba ilevantable de su existencia en la decisión 
concordante de luchar que se apodera de todos, así 
que vibraron en la Agraciada las notas del clarín que 
tocó a reunión, concitándolos. Se confunden en ese 
momento para no separarse más. "argentinistas" y 
*'abrasilerados'\ ¿Por que y para qué? ¿La sola cons- 
tatación del hecho no vale por una prueba ilevanta- 
ble? Además, no sería difícil confirmar la deducción 
con abundantes pruebas documentales. Al azar tomo 
una comunicación de Rivera a Lavalleja de fecha 16 

d© mayo y allí encuentro que se ha puesto en comu- 
nicación con los brasileros y abra^ileiados de Merce- 
des y Salto; que en cuanto a los de Mercedes, sabe 
por el coronel abrasilerado Fernández, que el día an- 
terior llegó a su campamento, que "el mismo Fernán- 
dez y los demás no saben cómo expresai el contento 
de todos los jefes y oficiales y ti opa después que pú- 
blicamente el Manuel Fernández impuso de la reso- 
lución general del país, cuales las causales que habían 
dado lugar a ello y cuales las consecuencias que iban 
a suceder de una guerra interminable y espantosa en- 
tre americanos: de modo que, según me asegura Fer- 
nández, han quedado casi para gritar ¡viva la patria!", 
concluye Rivera y más adelante dice, refiriéiido&e a la 
posibilidad de armonizar opiniones con los riogran- 
denses que guarnecían el Salto: "conseguido esto, mi 
compadre, nada más hay que hacer, porque todo es 



[ 206 ] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



conseguido y nuestra patria será libre sin tener que 
hacer uso de las armas*\ ¿Y sobre qué base podría 
tentarse un ai regio con los riograndenses? ¿Acaso 
podría ser sobre la de asociación en las Provincias 
Unidas? Pero se dirá ¿para qué, si es que se pro- 
ponían ir a la independencia absoluta, a cada instante 
aluden los patriotas a la unión y a íine & del año 1S25 
llegan hasta suprimir su tricolor para adoptar la ban- 
dera blanca v celeste? 

Y bien, si hay algo que no puede ni siquiera dis* 
cutirse, es que los oiientales con su¿» solas fuerzas 
jamás hubieran podido derrotar al poderoso Imperio 
sojuzgador. La experiencia de los últimos años de la 
Patria Vieja eia harto elocuente al respecto y la mis» 
rna forma en que se llega a la paz de 1828, a pesar 
de la ayuda de los 6.000 argentinos que compartieron 
con los orientales la ruda y afanosa lucha que culmina 
en Ituzaingó, lo demuestra. 

Quiere decir, pues, que para que el radioso desper- 
tar de 1825 pudiera llegar a ser algo más que una 
aventura gloriosa; para que hubieran posibilidades 
serias de colmar el anhelo independientista, la ayuda 
argentina era, más que necesaria, imprescindible. ¿Có- 
mo obtenerla? El pueblo argentino la hubiera dado 
sin reservas ni condiciones desde un principio. Acom- 
pañaba con viva simpatía el movimiento de los orien- 
tales, sentía la necesidad de ayudarlo, de hacer por él 
cuando menos, lo que había hecho por Chile, por Bo- 
livia, por el Perú, por el Ecuador. Pero ¿cómo? ¿De 
qué manera compeler al gobierno de Buenos Aires a 
dar el paso decisivo que se reclamaba? ¿Con, qué pre- 
texto exigirle que oyera el clamor del sentimiento po- 
pular y no tuviera razones de estado para contenerlo 



[ 207 ] 



FELIPE FEHREIRO 



romo un dique? ¿Cómo quitarle el derecho a que es- 
cudara su fría indiferencia en las obligaciones de neu- 
tralidad, tratados, .etc.? Estamos, sin duda alguna, 
frente al motivo ocasional de la unión. Alguien, quién 
-abe quién, pero indudablemente un gran amigo dp 
los orientales acá? o el misterioso amigo a que muchas 
veces alude Trápani en sus comunicaciones a Lava- 
He ja, ideó con ella, la solución que* al paso que per- 
mitiría a los patriotas obtener la ayuda que: necesita- 
ban para llevar adelante sus planes, sin sometimiento 
a ninguna obligación que los obstara, daba pie al 
pueblo ai genlino para exigir al Congreso y Gobierno 
de Buenos Aires que tomaran cartas en el asunto v 
decidieran finalmente la intervención. 

He ahí todo; así se explica claramente el sentido de 
algunos hechos que en otra forma aparecen confusos 
y contradictorios, Deade el tantas veces recordado, de 
que Lavalleja entró al país convocando a la lucha a 
los argén tino^onentales ; hasta la actitud del Congreso 
que recién a los cuatro nieges de presentarse, v eso 
mi&mo por simple mayoría, decidió recibir en su seno 
a los diputados nombrados por el Gobierno de Florida, 

Por Jo demás, si los actores de la epopeya que so- 
brevivieron a 1828 y tuvieron la dicha de alcanzar 
los tiempos de la República y participar de los afanes 
de la oigamzación, afirmaron siempre con orgullosa 
uniformidad, que sólo habían combatido por la in- 
dependencia, téngase presente para constatar que, an- 
tes, ni lo habían negado, ni lo ocultaron, que éVa es 
la impresión que recogen los hermanos argentinos, 
soldados y estadistas, y no hay razón ni derecho para 
tacharla. Pienso que si en los tiempos en que vivían 
aquellos hombre^ de bionee, alguien se hubieia pei- 

[ ?08 | 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



mitido poner en duda su palabra piócer, ensajandu 
la suspicaz insinuación de que apiovechaban lo que 
fue obra de imprevistos sucesos paia agrandar su mé- 
rito, con más amargura que indignación, sin duda, 
habrían apelado al testimonio de los compañeros de 
jornada, hermanos por la sangre, por la alinesrac*ión 
y por el común anhelo de ser libres, paia que dirían 
fe de sus dichos > 

Podría ser el testimonio de Isidoro Suarez. el z\ a- 
nadero de Jimín, quien al terminar la guerra fel citaba 
a Lavalleja poi la paz honrosa habida entre el im- 
perio del Brasil y el Estado Oriental. 

El del coronel Fiancisco Crespo, que. con igual mo- 
tivo, escribía al jefe de los Treinta y Tres y le felici- 
taba del hecho "que viene a dar fin a las fatigas y 
penurias que por la salvación de la patria pasa ion 
los biavos guerreros orientales con la gran coopera- 
ción de la República) Argentina 9 . 

El del coronel Gregorio Planes, que por idéntica 
causa se dirigía a Lavalleja felicitándolo poi la paz 
que ha obtenido la República iS así como por habeila 
conseguido satisfaciendo los deseos de los que pelea- 
ban por la libertad de la Provincia*. 

Al del teniente salteño José María Todd quien, alu- 
diendo en sus Memorias a los sentimientos íeiuante* 
en el pueblo, dice: "Cada vez que asistíamos a ^us 
invitaciones (se refteie a diversos hacendados y hom- 
bres de campo que no nombraj, encontrábamos leu- 
nidos muchos vecinos, que sabiendo que entre noso- 
tros no había ningún porteño, se desataban ton ti a 
éstos con la3 mayores in junas, diciéndonos que jamas 
se unirían a la República Argentina, dominada total* 
mente por Buenos Aires". 



r 209 ] 



FELIPE FERREIRO 



Y por último, podía haber sido el de cualquiera 
de los doscientos o trescientos oficiales veteranos de 
la guerra que sirvieron dentro de los muros de Mon- 
tevideo o en el Cerrito durante la de nueve años, y 
leyeron en el Defensor de la Independencia Ameri- 
cana del 18 de febrero de 1*546, un artículo evocando 
la jornada de Itu¿aingó bajo el epígrafe 20 de febrero, 
en el cual se decía: u En igual día de J827 argentinos 
y orientales se cubiieron de gloria luchando en favo? 
de la Independencia Oriental**. 

No hubieia sido distinto el testimonio de los esta- 
distas y diplomáticos de la luminosa hoia inicial, en 
el caso de ser requerido. La prueba está a mano, en 
su correspondencia privada y en conocidos documen- 
tos públicos. 

Así, Guido, escribiendo a San Martín en 1826, le 
dice; ' Por consecuencia de lat> gestiones del Lord 
Ponsonby. parece que no queda duda de que por este 
paquete que toca en el Janeiro se hacen aberturas de 
paz al Emperador. La independencia de la Banda 
Oriental, se cree generalmente, es la base de la nego- 
ciación que se manda entablar". Y agrega: "Esa con- 
dición que en un sentido puede halagar los intereses 
del Emperador y que en otra ha venido a ser un íc- 
^ultado infalible de la opinión de los orientales, puede 
por otia parte venir a ser el manantial de grandes 
males y de grandes dificultades en la organización de 
esta República". 

Y tal cu acepto acerca de la falible opinión" de 
los diéntales, perduia en su ánimo en 1828 y hay 
indicios, más que suficientes, para creei que se hu- 
biera robustecido todavía. En efecto, a iaí/ del vic- 
Lonoso avance do Rivera sobre Misiones, se le ordenó 

L 210 | 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



que no firmara la paz que sobre la base de nuestra 
independencia había ido a negociar a llío de Janeiro, 
conjuntamente con Balcarce, por cieei Doirego, > 
así ge lo expresaba en la comunicación en que le libró 
tal orden 5 que aquel triunfo, ) loa que podían seguir, 
obligarían al Emperador a pasar por las bases más 
favoiables a Buenos Aires. Pues bien, Guido y Bal- 
caree, asumiendo una actitud evidentemente pasible 
de responsabilidades, siguieron la negociación que cul- 
minaría en el Tratado de agosto y explicaban su de- 
cisión de desobediencia diciendo a Doirego ''que cuan- 
to mayores sean esos progresos (aludían a los de Ri- 
vera) más deiechos creerán haber adquirido los orien- 
tales para conquistar una independencia que sin esos 
títulos nuevos ha sido siempre el objeto de su ido- 
latría y \ 

IV 

Suponer que la Paz de 1828 consagró una cosa con- 
traria al anhelo de los orientales, o eme, por añadi- 
dura, les brindó un bien que no buscaban, significa, 
pues, desconocer del pasado que nos enaltece, sus he- 
chos más brillantes y más típicamente nacionales- 
La Paz de 1828 lo que consagró fue una cosa con- 
traria al anhelo de Dorrego. quien en la oportunidad 
a que hace un momento he aludido, esciibía a Guido 
V Balcarce. "que los señores Ministros no deben con- 
ten tir en entrar a estipular ninguna clase de Tratador 
que tengan por objeto especial reconocer la absoluta 
independencia de la Provincia Oriental, erigida en un 
Litado nuevo". 

La paz de 1828 lo que consagró fue una cosa cun- 
tí aria al anhelo de Pedro I, quien a los dos años de 



[211 ] 



FELIPE FERREmO 



suscribirla enviaba a Europa una misión presidida 
por el Marqués de Santo Amaro con estas instruccio- 
nes: 4i En cuanto al nuevo Estado Onental o Provincia 
Cisplatina. que no forma parte del territorio argentino, 
que ya estuvo incorporada al Brasil y que no puede 
existir independiente de otro Estado, V. E» tratará 
oportunamente y con franqueza de probar la necesidad 
de incorpórenla otia vez al Imperio", y más adelante: 
"Es el límite natural del Imperio; es el medio eficaz 
de remover ulteriores motivos de discordia entre el 
Brasil y los Estados del Sur"'. 

Juan Carlos Gómez pedía, en ocasión memorable 
que, a ese monumento que muestra en vuestra plaza 
principal que "también nosotros tenemos tradiciones 
históricas", se adosaran las estatuas de Dorrego y Pe- 
dro J. ¿ Sería para saldar la deuda que contrajimos 
porque nos otorgaron generosamente la independencia? 

No. fue Inglaterra, fue la convicción de que los 
orientales no cejarían en la lucha hasta alcanzar el 
reconocimiento de su independencia, por parte de 
Inglaterra y por parte del Brasil y la Argentina, lo 
que impuso la Paz de 1828. A Inglaterra le interesaba, 
eso sí, que se firmara la paz y cesara el corso y e] 
bloqueo que entorpecía en la costa atlántica el cre- 
ciente desariollo de su comercio. Ofrecemos a la vista 
una prueba categórica. La Convención Queluz-García 
de mayo de 1827, se estipuló sobre la base de nuestra 
entrega al Imperio. Tal certidumbre tuvieron entonces 
los negociadores de la misma, de que el pueblo orien- 
tal no la admitiría, que establecieron en un artículo 
adicional secreto que, si se levantasen jefes que pre- 
tendan mover guerra o continuarla contra cualquiera 
de las alias paites coníratantes. ambas «e obligaban 



[212 1 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



a k, \edar por todos los medios posibles que aquéllos 
sean socorridos por cualesquiera de los habitantes o 
residentes en sus respectivos estados^ castigando seve- 
ramente a los infractores con todo el rigor de las 
leves/'. 

Pues bien: a Lord Ponsonby, para cuya estatua re- 
claman algunos el lugar que Juan Carlos Gómez pedia 
en vuestro monumento para colocar las de Dorrego 
v Pedro I, en la calidad de espontáneos donantes de 
la independencia le pareció, son sus palabras textua- 
les que la base firmada po? el señor García es emi- 
nente e inesperadamente ventajosa para la República 
A mayor abundamiento, véase lo que escribió Guido 
en 1842, cuando, por razones políticas, alguien trató 
de dai a la actuación de Lord Ponsonby en la Con- 
ferencia de, Paz. un alcance que estaba lejos de sei 
el e\acto. Se trata de una carta dirigida a José Cle- 
mente Pereira, último sobreviviente del grupo de ne- 
gociadores bi asílenos, y en la cual, por otra parte, 
se recuerda que cuando el ministro mediador llegó a 
Río de Janeiro para intervenir en las gestiones de paz, 
ya estaba acordada la base de la independencia orien- 
tal y sólo quedaban diferencias acerca de las Misione?, 
He aquí lo que expresa Guido, reduciendo a sus verí- 
dicas propoiciones la deuda que tenemos con Ingla- 
terra: "Que el gobierno británico sirvió de mediad oí 
en nuestra desgiaciada contienda, no puede cuestíu 
narse; que la cieación de la Tiovincia Cisplatina en 
Estado independiente entrabe en su sistema politizo 
sostenido desde el tiempo de Canning para ¡subdividii 
la América, no es para mí, asunto de laiga contro- 
versia, peí o que la independencia de ht República de ] 
Vivgua) y su constitución en Estado sepaiado sea 



[213 J 



FELIPE FERRE1RO 



obra especial de la Gran Bretaña en agosto de In2P> 
y de hecho, del noble Lord Ponsonb^* y que él dic- 
tase los términos del tratado entre Bueno* Aiie* % el 
Brasil como lo refiere el "Moming Herald" es una 
completa lebehóii contra la verdad y una escandalosa 
usurpación de nuestros derechos como negociadores. 

Repitámoslo una vez más con el corazón henchido 
por el alborozo que produce la constatación; la Paz 
de 182o\ lo que consagró, fue un anhelo indeclinable 
de los ojientales. No la admitía Doirego. no la que- 
ría Pedru J. v «-i Inglaterra mediaba para que hubiera 
una paz cualquiera, sólo la aceptaban nuestros héi"es 
sobre la base que se estipuló. 

Muchos meses antes de que se suscribiera el tratado 
(en el de febrero) el Embajador Gordon se diiigió 
a Lavalleja comunicándole que el Emperador se había 
manifestado de acuerdo con reconocer nuestra inde- 
pendencia v que se trataría de la paz sobre ese prin- 
cipio, v Lavalleja contestóle de inmediato: que ello 
wiisfaiía las aspiraciones de todos los habitantes de 
la Banda Ouental puesto que los ponía en posesión 
de lo que había sido el origen de su lucha durante 
Jos ti es últimos años. 

Si en aquel momento Lavalleja hubiera querido 
eertificar su palabra con demostraciones documenta- 
les, barríale transcribir el oficio que el 22 He se- 
tiembre de 1C25 pa¡?ó a Lecor proponiéndole exacta- 
mente lo que ahora iba a triunfar. Idénticas ideas los 
mismos propósito^, al través de los tres años de lurha. 
He aquí la piueba: "Exmo. Señor: Revestido, como 
me hallo, de la autrnidad y carácter de Gobernador 
v Capi'án Geneial de e^ía Provincia, por el voto hbie 
y expreso de 1» >^ puebloe que la componen, cieo uno 



214 ] 



LA INDEPENDENCIA NACIONAL 



de mis más esenciales debeies participar a V. E. esta 
circunstancia para derivar de ella el objeto impor- 
tante de la presente comunicación. Abandonemos, 
Exmo, Señor, toda especie de prestigio y pretensiones 
marcadas con el espíritu de la ambición y extiema 
injusticia con que por el espacio de nueve años se 
ha querido sujetar la cerviz de los orientales a los 
tronos de Portugal y Brasil, tergiversando, por resor- 
tes bien conocidos a V. E. y al mundo entero, la 
voluntad general de los habitantes del país, resueltos 
siempre a romper el yugo ominoso que los oprimía. 
Sea la última prueba indestructible, este ardor he- 
roico con que han conmovido y empuñado las aunas 
tres mil quinientos bravos al clamor de la Libertad e 
Independencia del País. Ya es tiempo que V. E, en 
bien de la humanidad, estremecida con la idea de las 
víctimas que van a sacrificarse en la sangrienta lucha 
sostenida por un poder que intenta esclavizar, contra 
otro que combate por su libertad y por los más justos 
derechos que conocen los hombies, tnbute un noble 
homenaje a la razón y a las luces del siglo, haciendo 
a su soberano, el Empeiador del Brasil, una manifes- 
tación exacta e imparcial del estado político de e¿ta 
provincia, de su resolución unánime y decidida de 
recuperar su existencia social a toda costa, y de ¡os 
males irreparables que van a seguirse del empeño in- 
noble y quimérico de subyugar un pueblo cuya his~ 
toria está allomada 1 con mil rasgos de grandeza y 
heroicidad en la causa de sti Independencia, contando 
pata sustentarla, con el apoyo de las provincias hites 
del Río de la Plata. Yo niego a V. E , lome sobie sí 
este territorio las tropas de su deppnclcniia, facullán- 
dole para entrar en relacione? de paz v amigad, tan 



[215 1 



FELIPE FERREIRO 



pieciosas entre pueblos que e>tán en íntimo contacto 
por bu localidad c inteieses cumuno. > ¿hurtando, 
entretanto, la preciosa sangre que \a a empapar los, 
drMtiadoé campo? de oriente \ causar la aflicción de 
mil inocentes familias, cu va i esponjan didad pesará 
exclusivamente <?obre \. E. en el ra^o inesperado de 
desatendei un pa-o que aconseja ]a piudencia, la jus- 
ticia v la human i dad"*. 



Pru la independencia, exclusivamente por adquirir 
su independencia luchan los orientales desde 1825 
Justa lo2o. Ellos lo declararon sulcmti emente en este 
lugar, que en horas todavía inciertas, dio asilo a sus 
representante*. Y si así no fuera, si aquéllos huhicid' 1 
nVjado de cumplir la formalidad de íitual y no tu- 
viéramos la ejecutoria que nos legaion en un acta 
limpia como su pensamiento y categórica como su 
pi opósito, habí í a que creeilo igualmente, porque sólo 
ruando no* fue reconocida por el mundo, dejaron ello* 
de combatir! * 



* Suplemento del Imparcal, Monte\iclci>, 12 1% 26 de se- 
tjei* tre cíe 1925 



v 




[ 216 ]